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Hoy en la Historia de Guatemala… para niños

Hoy le pedí a mi papá que me llevara a ver a la monjita guatemalteca que nos ayudó en los partidos de fut contra quinto y sexto.  Hacía rato que no la había ido a ver y no sé por qué hoy me entraron ganas de irla a ver al Centro.

Cuando llegamos mi papá me contó que antes, todas las Iglesias tenían una cuadra completa, y que no era solo la iglesita, sino que tenían conventos y unos grandes jardinotes.

  • Yo: ¿de verdad?
  • Mi papá: si mijo, así era.
  • Yo: ¿Y que pasó que ahora hay edificios y casas en lugar de los jardínes y de los conventos???
  • Mi papá: pues pasó que el gobierno se los quitó a los frailes y a las monjas en 1872.
  • Yo: ¡Qué mala onda!  ¿Y por qué se los quitó?  ¡Si los frailes y las monjas no le hacen nada a nadie!
  • Mi papá: es una historia muuuuuy larga y toda complicada.  Pero lo que sí te puedo decir es que el gobierno vió que había solamente 3 o 4 frailes en cada convento y como los edificios eran tan grandes, decidieron que mejor los usaban para otras cosas.  Eso fue el 24 de mayo de 1872.
  • Yo: ¿como qué cosas????
  • Mi papá: como colegios, institutos, bibliotecas, el conservatorio de Música, la Escuela Politécnica, las facultades de la Universidad…
  • Yo:  ¿y los frailes y las monjas?  ¿A dónde se mudaron???
  • Mi papá: ellos se tuvieron que ir de Guatemala.
  • Yo:  ¿y a donde se fueron???
  • Mi papá: a donde los recibieran.  En esos años, en América  ya casi sólo en Guatemala había conventos y monasterios…
  • Yo: ¿y los de los otros países, los botaron????
  • Mi papá: no hijo.  En todos pasó lo mismo: los liberales sacaron a los frailes y a las monjas y se quedaron con sus antiguos conventos y monasterios.
  • Yo: ¿pero, por qué??

Mi papá ya no me pudo contestar porque llegó el sacristan a regañarme porque estaba hablando a gritos (es que era mucha la emoción de la plática y a mi se me olvida bajarle el volume a mi voz) y estábamos en la iglesia.   De la vergüenza, mi papá sólo se despidió, me agarró de la mano y me sacó de la iglesia.

Que triste esa historia… Hasta las ganas de las tostadas que mi papá me había ofrecido para cuando salieramos, se me habían ido. Pero sólo sentí el olorcito del atol de elote de la señora que vende en la esquina de la iglesia y… ¡Se me olvidó la tristeza!