20 de abrl de 1908: el cadete Víctor Vega intenta asesinar al presidente de Guatemala, licenciado Manuel Estrada Cabrera

 

Edificio original de la Escuela Politcnica.  Había sido el convento de La Recolección en el Centro Histórico de la Ciudad de Guatemala  y fue convertido en la Academia Militar tras la Revolución Liberal de 1871.  Imagen de Revista Militar tomada de Wikimedia Commons.

 

En abril de 1907 se produjo el Atentado de La Bomba, del que salió ileso el presidente Estrada Cabrera, y cuyas represalias fueron terribles no solamente para los autores intelectuales y materiales, sino que para sus familias y numerosos implicados inocentes.

Para 1908 el gobierno cabrerista mantenía su régimen dictatorial y el servilismo estaba en su apogeo; de hecho, la iglesia de Santo Domingo había cambiado el recorrido de su solemne procesión de Viernes Santo para pasar frente a la casa de habitación del presidente, situada en la 7.ª avenida sur de la Ciudad de Guatemala. Esta circunstancia fue tenida en cuenta por varios cadetes y oficiales de la Escuela Politécnica, quienes advirtieron que el capirote del traje de cucurucho —que por esos años cubría el rostro de los penitentes— era ideal para esconder a posibles conspiradores. Los cadetes concibieron un plan sencillo: aprovechando que la procesión iba a pasar frente a la casa del presidente, irían disfrazados de cucuruchos, invadirían la casa presidencial y apresarían a Estrada Cabrera. Pero para el Miércoles Santo de ese año los conjurados estaban presos: dos de ellos, durante una borrachera en una fonda, habían hablado de más y terminado en la cárcel. Estrada Cabrera, una vez que supo de la conjura, puso palizadas frente a su casa, prohibió que la procesión pasara enfrente y prohibió el uso de los capirotes en el traje de cucurucho.​ Uno de los delatores fue el oficial Roderico Anzueto Valencia, agente de Estrada Cabrera.

 El 20 de abril de 1908 estaba planificada la recepción oficial del nuevo ministro plenipotenciario de Estados Unidos, Mr William Heinke, en el Palacio de Gobierno; esas recepciones se realizaban en el salón de honor del Ministerio de Relaciones Exteriores, en el viejo palacio colonial y en ellas montaban guardia los cadetes de la Escuela Politécnica, que acababan de relevar a la guardia de línea, que se trasladó al patio del Palacio. De hecho, Estrada Cabrera era muy aficionado a que los cadetes prestaran sus servicios en exhibiciones públicas oficiales.

Estrada Cabrera, vestido de rigurosa etiqueta, llegó a la puerta del salón en el palacio en su coche de punto; el imaginaria avisó a a concurrencia, y el presidente bajó del coche, y atravesaba el corredor público frente al Pabellón Nacional cuando sonó un disparo. El cadete de la Escuela Politécnica Víctor Manuel Vega, en venganza por la prisión y las torturas de sus jefes y amigos, en lugar de presentar el arma le disparó a Estrada Cabrera a quemarropa, pero el proyectil solo hirió a éste en el dedo meñique de la mano izquierda.​ Por una casualidad increíble, el presidente se salvó porque el corredor público era muy estrecho, y cuando pasó frente a la bandera se quitó el sombrero de copa y apartó la tela de la insignia con la mano izquierda justo cuando salía el disparo de Vega. Estrada Cabrera se tiró al suelo y rápidamente se arrastró hasta la esquina más próxima y se metió a la primera oficina del Ministerio de Relaciones Exteriores, donde se puso a salvo.​ Allí se le unieron el ministro de Relaciones Exteriores, Juan Barrios M. —revólver en mano— y el subsecretario Felipe Estrada Paniagua, además de algunos soldados. Posteriormente fue tratado por los médicos, y salió aun balcón del Palacio para calmar a los ciudadanos y evitar que se produjera la anarquía al saberse de su supuesta muerte.​

La guardia del presidente reaccionó de inmediato, atacando a la Compañía entera de los Cadetes que montaba guardia, hiriendo y matando a varios de ellos, mientras que el resto fue conducido a los calabozos o logró refugiarse en casas vecinas.​ Los oficiales a cargo del Estado Mayor presidencial eran: general José María Orellana, coronel Mauro de León, tenientes coroneles Ernesto de León y Juan B. Arias, comandante Carlos Jurado, capitán Lisandro Anleu y Silvano Miralles.​ Fue precisamente Anleu quien mató al cadete Vega en el lugar donde intentó perpetrar el magnicidio, quien cayó a los pies de la comitiva de Estrada Cabrera, quedando tendido entre el corredor y la alfombra de la subsecretaría de Relaciones Exteriores. ​

Como había ocurrido tras el atentado de La Bomba los ciudadanos se apresuraron a manifestar su adhesión al Benemétiro presidente y jefe del Partido Liberal. La manifestaciones quedaron recogidas en la obra El crimen del 20 y el pueblo de Guatemala de Fernando Somoza Vives, publicada en 1908 y que tenía la siguiente dedicatoria: «La Mañana y su Redactor dedican este volumen, síntesis del afecto de un pueblo a su Gobernante, al gran Repúblico licenciado don Manuel Estrada Cabrera.»

A continuación se reproducen algunos de los mensajes publicados:

  • «Felicitamos a la República por la salvación de su prestigiado Jefe y a la madre amorosa por la salvación del amado hijo».
  • «Con profunda pena, con dolor inmenso, [en los] corazones leales al hombre generoso, a quien sus […] enemigos gratuitos no tienen más que echarle en cara una perpetua compasión para sus obsecados adversarios».
  • «Señor Presidente: Guatemala entera, por nuestro medio, os presenta sin reticencias de ningun género con toda espontaneidad y con toda sinceridad también su incondicional y firme adhesión a vuestra causa y a vuestra persona, sus congratulaciones por haberos salvado providencialmente. […] Dignaos de recibir con benevolencia, Señor Presidente, esta sencilla pero ingenua manifetación de simpatía y aprecio que individual y colectivamente vienen a haceros, en esta ocasión solemne, los Representantes del pueblo de Guatemala.»
  • «[Tras el ataque] volvió el rostro sereno al grupo de homicidas y entró al Ministerio de Relaciones Exteriores, donde después de enjugarse la preciosa sangre […] comenzó a disponer lo conveniente […] para la Nación, que felizmente permanece inalterable.»
  • «El pueblo entero ha condenado ese delito incalificable en que no se ve sino la mano misteriosa de alguien que quiere poner en práctica venganzas personales que la moral y el derecho no pueden admitir.»

Por el mismo estilo continúan los mensajes provenientes de toda la República y de todas las dependencias estatales, algunos con más de dos mil firmas.

BIBLIOGRAFIA: