27 de abril de 1718: el Cabildo de Santiago de los Caballeros de Guatemala solicita al rey de España un alivio a los impuestos tras el terremoto de San Miguel de 1717

 

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a Catedral de Antigua Guatemala durante su construcción a finales del siglo XVII, pocos años antes del terremoto de San Miguel de 1717.  Imagen tomada de Wikimedia Commons.

 

Debido a lo interesante de los datos en él expuestos, reproducimos a continuación el artículo que escribiera el licenciado Federico Hernández de León el 27 de abril de 1924 sobre la solicitud que hizo el cabildo de la ciudad de Santiago de los Caballeros a la Corona Española para que les aliviera la carga impositiva luego del terremoto de San Miguel, que ocurrió el 27 de Agosto de 1717, día de San Miguel Arcángel.

Dice el licenciado Hernández de León:

“Los vecinos de la capital del reino de Guatemala no dijeron propiamente seísmico, que la palabrita estaba todavía entre las cosas por hacerse; pero sí dijeron al rey que los temblores de tierra llamados de San Miguel, los habían dejado en peores condiciones de como se mantiene el ángel que el susodicho santo tiene a sus plantas.  El lector recordará que por los días de septiembre, precisamente por donde cae la celebración del arcángel, de 1717, la tierra se había encalabrinado en formas poco decentes y aparte las viviendas humanas que derribara o cuarteara, las casas de Dios estaban para venirse por los suelos.  A mayor abundamiento, unos huracanes devastaban la campiña.

Debemos, aunque sea a la distancia, manifestar nuestra piedad, para aqeullos primeros pobladores de la ciudad señorial, que constantemente se veían atormentados por los temblores de tierra; y los fenómenos volcánicos, después del torrente que se despeñara de la cumbre del Volcán de Agua, se manifestaban por erupciones de los otros atalayas, que ponían el espanto dentro de gentes venidas de lejanas tierras y agobiadas por escrúpulos espirituales y preocupaciones de todo linaje.  El 27 de Agosto del citado año 17, a eso de las 11 de la noche, cuando los vecinos de la ciudad estaban en el goce del sueño, se despertaron al mandato de unos ruidos que tenían los alcances de alaridos de gigante.  Salieron a los patios y a las calles y vieron con espanto que, sobre la cresta del Volcán de Fuego se levantaba una inmensa columna, como si se tratase de una válvula de escape de los infiernos.

Aquello era obra de Satanás.  De pronto, cuando se estaba en lo major de las discusiones, una sacudida violenta, anunció el arribo de un cataclismo.  Los infelices vecinos, castañeteaban de puro pavor y la noche se desenvolvió, en medio de las más crueles zozobras.  Así pasaron noches y días que en el día de San Miguel, el terremoto fue algo de tomarse en consideración.  Las autoridades levantaron la plaza y los vecinos ricos se ausentaron de aquellos lugares, dispuestos a no volver más.  Pero como al cabo pasaran algunos días, sin que los fenómenos se repitieran, poo a poco se entró en confianza y la ciudad volvió a tomar el tinte de animación que en sus mejores días.

Sin embargo, los quebrantos sufridos, suponían Fuertes pérdidas y todos se dieron a buscar la manera de resarcirse de los daños.  Se celebraron varias juntas para dirigirse al rey, en demanda de amparos que, si no eran con aprestos de dinero, por lo menos que se acordara la merma de las contribuciones y tributos.  Las solicitudes fueron presentadas el 27 de abril de 1718 reforzadas por inúmeros memorials que se acompañaron al pedimento dirigido a la real persona.

El Cabildo decía algo así:

“Señor. La Ciudad de Santiago de Guatemala, puesta a los reales pies de V.M., pone en su real consideración los lamentables estragos, que ha padecido en la repetición de los formidables terremotos, que sobrevinieron en ella; de forma que la arruinaron enteramente, como tiene dado cuenta a V.M. difusamente en los autos que se remitieron. Para que pueda repararse aquella Ciudad, y continuar el real servicio como lo han hecho hasta aquí, propone a V.M. los medios que pueden ser de alivio común, sin perjuicio del patrimonio de V.M.

  1. Que la plata y oro que se sacare de las minas y se marcare sea pagando el diezmo en lugar del quinto, como ya se ha concedido repetidas veces.
  2. Que hallándose la Ciduad totalmente sin propios algunos y sin poder reedificar las oficinas necesarias y estando gravados los vecinos con ochocientos pesos anuales sobre el abasto de la carne, se ha de servir V.M. mandar cese esta gabela en la carne a beneficio común.
  3. Siendo constant que el único fruto que mantiene las provincias de Guatemala es la tinta añil, que copiosamente producen, teniendo V.M. prohibido no trabajen los indios en estas haciendas por haberse informado peligraban mucho en ellas; se ha de servir V.M. permitir que los indios que voluntariamente quisieren trabajar en ellas lo puedan hacer, y los dueñs de las haciendas permitirlo, sin car en pena ni condenación alguna.
  4. Atendiendo a la gran ruina que la Ciudad y sus contornos padeció con los huracanes, se pide la piedad de V.M. para que perdone las alcabalas por veinte años y que se aplicasen los frutos de todas las encomiendas que vacasen hasta conseguir la reedificación.

Espera la Ciudad de la benigna y piadosa propensión de V.M. le honre y favorezca, concediéndola los pontos que van tocados, para alivio de las desgracias que ha padecido; y que puedan sus habitadores y los de sus provincios repararse de tan especiosas ruinas, y contratiempos como han experimentado”.

Acá termina el relato del licenciado Hernández de León.  Como la ciudad se mantuvo en este sitio hasta 1773 e incluso fue reedificada tras los terremotos de San Casimiro en 1751, es de suponer que el rey aprobó lo solicitado por los vecinos de la Ciudad de Santiago.

BIBLIOGRAFIA: