13 de mayo de 1642: toma posesión como presidente de la Real Audiencia de Guatemala el licenciado Diego de Avendaño, en sustitución del marqués de Lorenzana

 

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Ruinas del Convento de San Francisco de Antigua Guatemala en 1916.  En este convento fue sepultado Diego de Avendaño al morir en 1654.  Imagen Arnold Genthe, tomada de Wikimedia Commons.

 

El licenciado Diego de Avendaño, presidente de la Real Audiencia de Guatemala entre 1642 y 1650 es recordado como uno de los más probos y rectos gobernantes que tuvo la Capitanía General durante la época colonial.

Se encontraba en Granada, como oidor de la Cancillería cuando fue notificado por el Consejo Superior de Indias que, por recomendación del conde duque de Olivares, había sido nombrado como presidente de la Real Audiencia de Guatemala.

Luego de un penoso viaje desde Granada, llegó a la ciudad de Santiado de los Caballeros, el 13 de mayo de 1642 y la población lo recibión con fiestas y celebraciones.  Un año después arribó su señora esposa, Ana de Rentería desde España, en donde se había queado reponiéndose de una enfermedad.

Su gobierno se vio afectado por las constantes incursiones de corsarios holandeses que se internaron hasta el lago de Izabal, y se caracgterizó por la absoluta honradez con la que desempeño el cargo.

Avendaño murió en el poder en 1654, y fue enterrado a petición suya en la portería del Convento de San Francisco, siendo sustituido por el oidor decano Antonio de Lara Mongrovejo.

Cuenta la leyenda que cuando murió su esposa tres años después la enterraron junto a él, y cuando abrieron la tumba para depositar a doña Ana, encontraron con sorpresa que las manos de Avendaño se mantenían intactas, a diferencia del resto del cuerpo que ya estaba corroído.  El prior del convento, exclamó: “¡Claro! Esas manos están intactas por la pureza que tuvieran en vida: en ocho años que nos gobernara, no recibió el valor de un maravedí de cohecho o de regalo…”

Nos preguntamos a cuantos cadáveres de políticos y gobernantes guatemaltecos encontraríamos con las manos intactas si hubiera necesidad de abrir sus tumbas…

BIBLIOGRAFIA: