Volcán de Fuego: el coloso que ha afectado a Guatemala desde que se tiene memoria

El Volcán de Fuego se ha mantenido en constante actividad durante toda la historia de Guatemala, y ha sido el causante de numerosos desastres.

Composición fotográfica del Volcán de Fuego realizada por Alberto G. Valdeavellano en 1897.
Composición fotográfica del Volcán de Fuego realizada por Alberto G. Valdeavellano en 1897. Imagen tomada de «La Ilustración Guatemalteca«.

Durante la época colonial:

En 1690 el historiador criollo Francisco Antonio de Fuentes y Guzmán describió así al Volcán de Fuego en la Recordación Florida: «Uno de los dos montes que circundan el valle de Panchoy, donde se asentó la segunda ciudad y capital de Guatemala, de la que distaba tres leguas, y al que se dió por los españoles este nombre para distinguirle del Volcán de Agua, o sea el que lanzó la manga torrencial que arruinó la ciudad vieja en 1541. En la cima del Volcán de Fuego, algo menos elevado que el de Agua, se cuaja la nieve, pero en el cráter no truena, como sucede con el de Pacaya, con el que se comunica, como con la Sierra de Sinaloa, distante de aquel setecientas leguas».1-8

Leyendas sobre el volcán:

En 1897, la revista La Ilustración Guatemalteca relata la leyenda indígena de por qué el volcán conservó el nombre de «Volcán de Fuego» (que había recibido por sus constantes erupciones). De acuerdo a los redactores de dicha revista cultural, contaban los indígenas de la localidad de Alotenango que cuando unos sacerdotes españoles intentaron bautizar el volcán con el nombre de «Catarina» éste se negó rotundamente a recibir las aguas bautismales, provocando una erupción tan violenta que la cruz con la que pretendían bautizarlo fue arrojada hasta el palacio del obispo en Santiago de los Caballeros de Guatemala. Los sacerdotes tuvieron entonces terror del volcán y nunca intentaron bautizarlo nuevamente.1-8

Desastres provocados por el volcán en la época colonial:

Véase también: colonia española

Finalmente, el historiador colonial Domingo Juarros en su obra «Compendio de la historia de la Ciudad de Guatemala» publicada en 1818 habló de las erupciones que había hecho el Volcán de Fuego durante la colonia española, especificando que las que hizo en 1581, 1586, 1623, 1705, 1710, 1717, 1732 y 1737 causaron daños en los alrededores, mientras que la que hizo a fines del siglo XVIII no tuvo consecuencias desastrosas, aunque duró varios días y calentó el agua de una vertiente que baja del volcán Acatenango a tal punto que ésta no se podía cruzar.1-8

Exploración de Eugenio Dussaussay:

Véase también: J. Rufino Barrios

En 1881, el escritor Eugenio Dussaussay pidió autorización para subir al volcán al Jefe Político de Sacatepéquez, quien les entregó una carta para el alcalde de Alotenango solicitándole que le prestara a los exploradores los auxilios necesarios para su expedición.​ Dussaussay y su acompañante, Tadeo Trabanino, querían ascender al pico central, que en ese entonces todavía no había sido explorado, pero no encontraron guía y se conformaron con subir al cono activo, que había hecho erupción en 1880.3

Su guía, Rudecindo Zul, era oriundo de Alotenango, y junto con dos muchachos de la localidad encaminaron a Dussaussay y a Trabanino hasta un lugar en la montaña conocido como meseta, ya llegando a los picos de los volcanes, pero de allí no pasaban por el temor que tenían al volcán; de hecho, sólo Zul se ofreció como guía, mientras que a los otros los obligó el alcalde a ir.​ La ascensión desde Alotenango se iniciaba con una marcha de cuatro leguas —aproximadamente dieciséis kilómetros— por una planicie hasta llegar a la primera cuesta, llamada «del Castillo» o «Gajoteachucuyo» y que consistía en las faldas más bajas del volcán.​ La región presentaba una asombrosa vegetación con robles, encinas con bellotas, aguacates y amates entre otros muchos árboles. Al salir de la cuesta del Castillo, los árboles eran menos elevados, pero se encontraban en mucho mayor cantidad y como hacía ocho meses que nadie había subido hasta allí, Zul y sus mozos tuvieron que abrir un sendero con machetes.​

A medida que iban ascendiendo empezaron a advertir grandes masas de vapor acuoso flotando por el aire que eran llevada por el viento en todas direcciones mientras que las que eran más densas quedaban reclinadas sobre la montaña o se extendían por largos trechos. Cuando llegaron al lugar conocido como el «Cipresal» —por haber en él seis cipreses— los envolvió una densa niebla cuyos glóbulos podían distinguir flotando lentamente por el aire y sin caer a tierra. Cuando Dussaussay midió la temperatura esta era de tan solo dos grados sobre cero; poco después el vapor condensado empezó a caer en forma de un fuerte aguacero.

Al salir del Cipresal, la vegetación de lugar cambió nuevamente, y predominaban castaños silvestres. Los exploradores pasaron allí la noche, improvisando una choza con horcones, ramas y hojas y barriendo la lava que había sobre el suelo; al amacener, pudieron ver Escuintla y el océano Pacífico al sur, el volcán de Agua al este y Antigua Guatemala y la Ciudad de Guatemala al noroeste.3

Los exploradores continuaron escalando, y llegaron al punto que los indígenas de Alotenango llamaban la «primera meseta» y de donde ya no pasó Zul; solo un mozo acompañó a Duassaussay y a Trabanino hasta la «segunda meseta«, que es la que lleva al cráter del volcán. Cuando ascendieron hacia la segunda meseta ya solo había raquíticos pinos y ya no había fauna; la vegetación poco a poco iba disminuyendo y cuando llegaron a la meseta ya no había. Ya solos, los exploradores comprendieron por qué los indígenas no pasaban de esta meseta: el lugar consistía de un filón de solo unos treinta centímetros de ancho dejando a ambos lados profundos precipicios y por el mismo corría un viento tan fuerte, que los arrojó al suelo. Duassaussay y Trabanino bordearon el filón y como pudieron llegaron al pie de la peña que forma la base del pico y con mucha dificultad lograron acercarse al cráter, pero no pudieron verlo porque estaba ladeado y un poco más abajo de la cúspide del volcán. Lo que sí percibieron era que, a pesar de estar a ocho grados bajo cero, el fuerte calor de la piedra que pisaban y el olor sulfuroso que emanaba del humo que arrojaba el volcán.​ Luego de dieciséis horas de penoso ascenso, el regreso fue de apenas cuatro horas.3


Bibliografía:

  1. Cadena, Felipe (1774). Breve descripción de la noble ciudad de Santiago de los Caballeros de Guatemala y puntual noticia de su lamentable ruina ocasionada de un violento terremoto el día veintinueve de julio de 1773. Mixco, Guatemala: Oficina de Antonio Sánchez Cubillas.
  2. Comisión del presidente de la Real Audiencia de este Reino de Guatemala (1774). Extracto o Relación Methodologógica de los autos de reconocimiento. Mixco, Guatemala: Oficina de Antonio Sánchez Cubillas.
  3. Dussaussay, Eugenio (1897). «Impresiones de viaje: el volcán de Fuego». La Ilustración Guatemalteca (Guatemala: Síguere, Guirola y Cía.) I (12).
  4. Fuentes y Guzmán, Francisco Antonio de (1883) [1690]. Zaragoza, Justo; Navarro, Luis, ed. Recordación Florida. Discurso historial y demostración natural, material, militar y política del Reyno de Guatemala II. Madrid, España: Central.
  5. Juarros, Domingo (1818). Compendio de la historia de la Ciudad de Guatemala. Guatemala: Ignacio Beteta.
  6. Maudslay, Alfred Percival; Maudslay, Anne Cary (1899). A glimpse at Guatemala, and some notes on the ancient monuments of Central America (en inglés). Londres: John Murray.
  7. Melchor Toledo, Johann Estuardo (2011). «El arte religioso de la Antigua Guatemala, 1773-1821; crónica de la emigración de sus imágenes». tesis doctoral en Historia del Arte (México, D.F.: Universidad Nacional Autónoma de México).
  8. Rodríguez Girón, Zoila; Flores, José Alejandro; Garnica, Marlen (1995). «El real palacio de Antigua Guatemala: arqueología y propuesta de rehabilitación». En Laporte, L.P; Escobedo, H. Simposio de investigaciones arqueológicas en Guatemala (Guatemala: Museo Nacional de Arquelogía y Etnología, versión digital): 585.

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