15 de abril de 1920: tras una semana de combates, negociaciones y sobornos capitula el presidente Manuel Estrada Cabrera

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Armamento que tenía el presidente Manuel Estrada Cabrera en su residencia de La Palma y que allí quedó tras su rendición.  Imagen tomada de Wikimedia Commons.

El final del gobierno del licenciado Manuel Estrada Cabrera esta relatado magistralmente por el escritor Federico Hernández de León en la efeméride que reproducimos a continuación:

“El 8 de abril de 1920, después que la Asamblea Legislativa declarara loco a Estrada Cabrera y removido de su puesto, el autócrata se creyó fuerte aún ; quiso decretar a la República en estado de sitio y disolver la Asamblea ; pero los miembros de su gabinete se opusieron, a excepción de un mal hombre, que continuó a su lado estimulando sus infernales instintos. Los patriotas, a eso de las cinco de la tarde de aquel día, se armaron como pudieron y, organizándose violentamente, se prepararon a sostener por la fuerza, los dictados de la Asamblea. Estrada Cabrera, imaginándose que infundiría el pánico en la ciudad, inició un violento cañoneo sobre la población.

Así empezó la semana que se llamó trágica, semana de jueves a miércoles, en la que los vecinos de la ciudad de Guatemala se vieron amenazados de muerte, como en los días de las invasiones de Morazán y Carrera. Sin embargo, a pesar de lo que se ha dicho de los linchamientos y atropellos consumados en el siglo XX, no tienen punto de comparación con las atrocidades que se verificaron en la primera mitad del siglo pasado: las pasiones de aquellos días eran más violentas; el odio estimulaba al crimen y largo sería el referir la cadena de violaciones, de incendios, de asesinatos y de fríos fusilamientos, actos consumados con los más atroces detalles.

Después de empeñadas gestiones que llevaran a cabo los licenciados José Ernesto Zelaya, Marcial García Salas y Manuel Valladares, se llegó a conminar la rendición de Estrada Cabrera. El ultimátum se le presentó el 14 de abril y contenía los puntos siguientes:

”Capitulación absoluta de todos los fuertes y elementos de guerra que existen en su poder y que serán tomados inmediatamente por el gobierno; Cabrera se entrega al gobierno, que lo conducirá a la Academia Militar, en donde será debidamente custodiado; como consecuencia, la renuncia de Cabrera será presentada en el acto de la capitulación ; el gobierno y el partido unionista, por nobleza de la nación, garantiza la vida de Cabrera y la de su familia; respecto a los bienes de Cabrera, solo se presta la garantía legal.’

Este ultimátum contrasta con el decreto de la Asamblea, en que se disponía la separación del poder del mandatario; el artículo 3 — dice así:

“Mientras el doctor Estrada Cabrera se encuentre en el país, se le harán los honores correspondientes al alto cargo que ha ejercido; y se le garantiza ampliamente por el pueblo en el goce de sus derechos.”

Pero el doctor de marras no quiso aceptar lo que la Legislativa ordenaba y, al cabo de siete días, tenía que someterse a la humillación a que le sujetaba el pueblo, capitulando presa del espanto que le causaran las balas disparadas por los patriotas, sobre las cercas de su cubil.

Pronto se regó por la ciudad, en la tarde del 14 de abril, que Estrada Cabrera aceptaba los puntos del ultimátum y que, al día siguiente, a las nueve de la mañana, se daría preso. Solo puso por condiciones que fueran a tomarlo en su propia residencia de ‘La Palma’, que le acompañara el cuerpo diplomático, una comisión del partido unionista, un representante del presidente Herrera y los señores Ministros que formaban el nuevo gabinete. El hombre quería marchar, por última vez, en medio de gente distinguida.

[…] A las ocho de la mañana de aquel día, llegaron al edificio de la Legación Inglesa, en la esquina de la 9a. Avenida y 13 Calle, los miembros del cuerpo diplomático, punto de cita que se diera la noche anterior, para acudir a la rendición de Estrada Cabrera ; una larga fila de automóviles cubría la calle, en tanto que grupos de vecinos asistían, especiantes, a la organización del singular cortejo. Ya cerca de las nueve, el señor Armstrong, encargado de la Legación británica, envió aviso a la casa del gobierno que todo estaba listo y solo se esperaba la concurrencia de los señores ministros, para dirigirse a ‘La Palma.’

En la casa del gobierno se desarrollaba en esos momentos una curiosa escena. El señor
[Adrián Vidaurre], ministro de hacienda del nuevo gabinete decía:

— ¡Yo no voy a La Palma! ¡Cómo va ser eso! Sería exponerme a sufrir las injurias que
quisiera decirme Estrada Cabrera; yo he sido su amigo y considérese el papel que desempeñaría sirviendo de su aprehensor…

— ¡Pues si tú no vas, no voy yo tampoco! — exclamaba el ministro de la guerra, licenciado Beteta. — Yo también he sido su amigo, y haría el mismo papel desairado ….

Y el doctor don Manuel Arroyo, ministro de instrucción pública, agregaba: ¡Si ustedes no van, yo tampoco podré ir! Debo a Estrada Cabrera muchas atenciones y no seria correcto que me le presentara en estos momentos. . . .

—¡Y qué diré yo!— clamaba don Alberto Mencos— que también he sido su amigo

Y en tanto que el diálogo se enredaba sobre los mismos tópicos, de la Legación Inglesa se continuaba a la pronta presentación que, de lo contrario, la capitulación se quedaría sin cumplir

Los ministros unionistas Aguirre y Saravia estimulaban a sus colegas al cumplimiento de lo pactado ; pero las voces de los ministros amigos de don Manuel se mostraban inflexibles. Don Carlos Herrera, se pasaba el índice por los ojos, como queriéndose apartar una mala visión y daba pasitos alrededor de la sala. Los apremios de la Legación eran continuos y ya se temía que todo se echara a perder, cuando por fin se convino en que los ex-amigos del mandatario caído, no fueran expuestos a una segura inculpación.

Los automóviles se pusieron en marcha, como un gigantesco ofidio que se arrastrara hacia San Pedrito. Por las calles extraurbanas, las filas de patriotas, con sus improvisados jefes a la cabeza, saludaban a las personas de los automóviles. Al llegar a ‘La Palma’, Estrada Cabrera recibió a la brillante comitiva, en un cenador octógono, cuyas paredes de vidrios de colores, ponían una nota más de alegría. El Viejo dictador hacía esfuerzos supremos por mantenerse sereno.

— Quise la felicidad de la patria — chillaba— con todas las fuerzas de mi alma; si no lo logré no ha sido por falta de voluntad. Me entrego a la seguridad del cuerpo diplomático y a la hidalguía del partido unionista…

En las afueras de La Palma Julio Bianchi y Emilio Escamilla ordenaban la procesión:
en el primer automóvil (un hermoso carro que fuera del ex-ministro Girón) protegido por todas las banderas de las naciones amigas, tomó asiento el caído, en medio de los ministros de los Estados Unidos y de España; en los siguientes carros, todo el resto de carne enferma sacada de ‘La Palma’ y custodiada por los elementos del partido unionista. Don Pedro Quartín, el meritísimo representante de España, resaltaba por
su talante de caballero castellano.

Y don Manuel fué depositado en el salón de honor de la Academia Militar. Con voz un
tanto angustiada dijo:

— Supongo que no me dejarán aquí, comiéndome estas paredes…

Uno de los jefes unionistas lo consoló : se le daría de comer y de vestir, para lo material y un defensor para lo espiritual …. Y el fiero tirano divagaba la mirada entre el grupo de personas que le había conducido al sitio que le serviría de prisión, con gestos que movían a piedad. Ya no era el poderoso; era el infeliz abandonado por la Fortuna, que llegaba al final obligado, al final a que son conducidos los atormentadores de pueblos, los sátrapas, los malos ciudadanos.”


BIBLIOGRAFIA:


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