5 de noviembre de 1929: violenta erupción del Volcán Santa María causa muerte y destrucción en Quetzaltenango

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Roca de 71 metros de altura que estuvo en la cúspide del llamado “Volcán Santiaguito” poco antes de la erupción de 1929. Este volcán no es más que un nuevo cráter del Santa María, como lo explica el geólogo Godofredo Hunter, autor de la fotografía.

El 5 de noviembre de 1929, durante el gobierno del general Lázaro Chacón,  ocurrió una nueva erupción en el Volcán Santa María, en el departamento de Quetzaltenango, la cual guarda mucha similitud con la ocurrida en el Volcán de Fuego en 2018.  Esto queda claro cuando se leen los fragmentos del reporjate del periodista guatemalteco Carlos Wyld Ospina – quien recorrió el área afectada personalmente pocos días después del desastre – publicado en “El Imparcial” el 13 de noviembre de 1929, y que reproducimos a continuación:

“Delante del Palmar, entre una cañada entre cerros, corre el […] Nim-á. […] El gran Nimá encabrita sus ondas contra las peñas […] pero ni arrastra lavas ni ofrece nada sospechoso de complicidades con el volcán. No fué así, desde luego, en la noche terrible [del 5 de noviembre]: todos estos misteriosos seres naturales colaboraron entonces con las fuerzas tremendas.

[…] De pronto, […] la zona verde termina bruscamente sin transición. El muro de verdor está como cortado de un tajo ; en opuesta dirección, el desierto quemado, retorcido y todavía sangrante. La arena abre una extensión que parecería ilímite si allá en el fondo, invisible aún, el cráter no levantara su horizonte negro, nuboso, movible y rugidor. Pero esto debe ser muy lejos, muy lejos, porque de la erupción no se percibe más que el amontonamiento de las grandes masas gaseosas.

[…] Sólo hay dos colores privativos, con algo de inexorable : el blanco grisáceo de la sabana-arena y ceniza — y el negro de la carbonización. Pero, a la derecha, sobre la falda de un cerro poco elevado, vemos otra vez la columna verde, la vegetación viva, que sigue, con respecto al erial, una línea sinuosa en trechos, pero rudamente delimitada, como si el huracán volvánico hubiese encontrado un dique invisible que le marcó el hasta aquí.

[…] Cerca a la linde de la zona trágica, hay una vivienda en pie, cerrada, con su techo de cinc intacto :

— ¿Y esto? ¿Vive gente todavía allí?
— De ese rancho — nos responde uno de los palmareños — sacamos en la mañana siguiente a la noche del sábado, cinco cadáveres. Estaban tendidos en sus iapexcos, donde esas víctimas pasaron del sueño a la muerte, sin transición. Parecían dormir aún; pero eran cuerpos negros, como carbonizados.

Nos explicamos, como podemos, el macabro hecho. Esa gente murió probablemente asfixiada por el anhídrido sulfúrico y por efecto del hálito ígneo — aire caliente quién sabe a qué temperatura — que sopló sobre la región, iniciando el fenómeno plutónico, como lo confirman todos los sobrevivientes. Así se explica que el rancho quedase indemne mientras sus habitantes perecían en segundos de tiempo. Quizás contribuyera para ello el agua que cayó probablemente de los cielos, arrojada por el cráter[…] En esta humilde zona cafetalera es característico el hallazgo de cadáveres en actitud viviente. Quién murió en el instante de soltar las amarras de una bestia; quién a la puerta de su casa; quién, tranquilamente, en el lecho, mientras dormía, sin inquietud alguna. Muchos perecieron luchando contra el caos asesino de gases, agua, arena, ceniza y piedras igniscentes. […]

Nos hablan de ciertas “piedrecitas de fuego”, una sola de las cuales era capaz de fulminar a un ser viviente. Las piedras igniscentes cayeron: las vemos, todavía humeando, a nuestros pies; pero son proyectiles que pueden horadar un techo y hasta derribar una casa[…]

La planicie desciende sin brusquedad hacia el infierno del cráter lejano — caldera en ebullición. A la derecha del cráter, que parece hundido en un bajío, según se mira desde el sitio por donde avanzamos, se yergue […] el Santa María. La enorme masa de vapores nos impide precisar detalles. La marcha sobre la arena calcinada, a pie enjuto, resulta penosa: arde el suelo; se hunde el pie en la blandura traicionera; quema el aire; sofoca el azufre y asquea la pestilencia. […] Son cadáveres semienterrados o a flor de arena. Grupos de zopilotes se aposentan aquí y allá, y dardean a aletazos y quiebran a graznidos el ambiente de fragua y de osario. […] Más allá, un grupo de cuatro o cinco personas se inclina sobre los restos de una vivienda; es la atroz búsqueda de cadáveres. Por todas partes están — es forzoso que estén: caminamos por encima de ellos — soterrados a una cuarta, a una vara, a un metro, a dos metros de la superficie de arena — vamos entre ellos, y no es remoto que, al dar un paso, hollemos alguno, sólo visible por el extremo de un píe o la crispatura de un puño emergente, como en son de grotesca amenaza, o por el contorno, ya pelado, de una calavera.

[…] A la izquierda del desierto, haciendo amplios círculos, desenrrolla su cinta de agua consumida el Nim-á Segundo. Más lejos, contorneando las fincas “Las Animas” y “El Tambor”, corre el río de este último nombre, que forma confluencia, en un ángulo de los terrenos de la primera de aquellas fincas, con el río Concepción. Todos estos cursos se marcan por una hilera de fumarolas y de nubes de vapor acuoso que se deshilachan en el aire como motas de algodón flojo. Bajamos al cauce del Nim-á Segundo : es un riachuelo hirviente, burbujeante, con lecho hondísimo, sembrado de pedruscos volcánicos, por sobre los cuales saltamos, hasta atravesarlo.

[…] Cortamos los tallos carbonizados de los cafetos: último resto de las grandes plantaciones. Recogemos algunos granos de café que, por rara casualidad, quedaron adheridos al extremo de cualquier chirihisco retorcido. Tomamos pedruscos del suelo, negros y betunosos : todavía queman. Al pie de algunos árboles derribados — porque ya no queda uno solo en pie por aquellos parajes — la savia hierve todavía con un rumor sordo, y el boquete, que ocupó la base del tronco, muestra un círculo grasiento, como formado por el mismo betún que baña las piedras. Fuera de esta materia, vagamente parecida a las lavas volcánicas, no vemos rastro alguno de ellas.

[…] No hay lavas. Según nos enseñaron en la escuela, las lavas son rocas fundidas, o materia rocallosa llevada a la licuación por efectos de fantásticas temperaturas […] Nada semejante se ve por aquí. Aquí no hay más que arena, ceniza y cantos sueltos, indudablemente arrojados en lluvia de fuego por el volcán. Pero no hay lavas. […] El Santa María, jamás ha arrojado lavas. […]

Cerca ya del cráter, el escenario se ensombrece aún. Más que las ráfagas de aire candente y de vapores deletéreos, nos llega el horror en ráfagas. El caos plutónico parece que se tragara la luz : tan sombrío es. […]

La prensa de la capital le ha atribuido la erupción presente al llamado Volcancito, y a las últimas, Santiago. Ha habido quienes sostengan que, en efecto, existen dos volcanes independientes. Pero esto, para los conocedores concienzudos de la zona y para quienes la han observado en excursiones de estudio, es un error, nacido de apariencias formales. El volcancito, es simplemente un amontonamiento de rocas arrojadas por el cráter del Santa María, el cual ábrese, en la base del volcán. El volcancito ha ido formándose precisamente al borde del cráter: posición que indica, por sí sola, su origen.”

Como podrá darse cuenta el lector el llamado “Volcancito” o “Santiago” – y que actualmente se conoce como “Santiaguito” no es más que un nuevo cráter del Volcán Santa María, el cual se formó por las fuertes erupciones de 24 de octubre de 1902 y 1929.


BIBLIOGRAFIA: