1 de noviembre de 1877: conspiración Kopesky

Se descubre la “conspiración Kopesky” que pretendía asesinar al presidente J. Rufino Barrios y a su familia.

1noviembre1877
Plaza Mayor de la Ciudad de Guatemala en la época en que los conjurados fueron fusilados frente a la fuente de Carlos III.  Al fondo se aprecia el Palacio Colonial.  La casa del general Barrios estaba  en la esquina opuesta del Palacio y desde allí pudo ver los fusilamientos.  Imagen tomada de Wikimedia Commons.

El 1 de noviembre de 1877 se descubrió una conspiración cuyo objetivo era asesinar al general presidente J. Rufino Barrios y a otros importantes personajes del gobierno liberal.  Las personas implicadas, incluído el aventurero polaco Antonio Kopesky quien era comandante del Cuartel de Artillería, fueron juzgadas por una Corte Marcial, convictas y confesas, y diecisiete de los implicados fueron sentenciados a la pena capital y a condenas de cárcel.  Los principales conjurados fueron fusilados el 5 y el 7 de noviembre frente a la fuente de Carlos III, entonces en la Plaza Mayor de la Ciudad de Guatemala, y el resto fue indultado al cabo de poco tiempo.1  Las personas fusiladas al pie de la fuente fueron:

  • El 5 de noviembre:
    • José María Guzmán (carpintero)
    • Macario Santa María
    • Tomás González
    • Francisco Carrera Limón
    • Jesús Batres (comerciante, caficultor y ganadero; se mantenía en estado de embriaguez)
  • El 7 de noviembre:
    • Manual (o Gabriel) Aguilar (presbítero)
    • Antonio Kopesky (militar polaco)
    • Francisco de León Rodas (militar conservador guatemalteco)
    • Rafael Segura (poeta y escritor; empleado público)
    • José Lara Pavón (catedrático universitario, miembro de la familia Aycinena; ya era anciano)
    • Lorenzo Leal (conservador, pintor miniaturista)
    • Rafael Gramajo
    • Carlos Alegría
    • Cipriano Montenegro
    • Abraham Carmona
    • Enrique Guzmán (destilador de aguardiente)
    • Desiderio Montenegro2

La conspiración fue organizada por dos militares, el ya mencionado Kopesky y el Capitán Francisco de León Rodas. Kopesky había llegado a México con las tropas del emperador Maximiliano y luego de quedar inválido trabajó como mercenario en Centroamérica, donde había cometido una doble traición en Omoa en 1873 y a quien el presidente Joaquín Chamorro de Nicaragua había expulsado de ese país por conspitar contra su gobierno en 1875. A pesar de esto, había sido reclutado por Barrios para que colaborara en su ejército debido a su especialización en artillería. De León Rodas, por su parte, odiaba a Barrios desde una vez que lo había humillado públicamente. El resto de conspiradores eran dos militares, un grupo de civiles conservadores, otros que eran liberales de oposición y un cura párroco.

¿Cómo fueron los hechos?  El 23 de octubtre de 1877 la Asamblea Nacional Legislativa había cerrado sus sesiones después de declarar que el tiempo propio para hacer la Constitución de la República no había llegado.  Esto significaba que el presidente Barrios podría seguir gobernando con las amplias facultades discrecionales que le concedía el Acta de Patzicía, y extendiendo su período por cuatro años a partir de la emisión de aquel decreto.1 Esto creó mucho descontento entre los opositores de Barrios pues se daban cuenta que el presidente era en realidad un dictador con carta abierta para gobernar como mejor le pareciera.

De acuerdo a la versión oficial, los conspiradores querían emborrachar y narcotizar a los guardias del presidente, para luego entrar a la casa y acabar con todo aquel que se les cruzara por enfrente hasta llegar a Barrios y su familia y matarlos a todos.3  Pero el 31 de octubre de 1877, una anciana tocó insistentemente a la puerta de la casa de Barrios, hasta que fue recibida, y le aseguró al general presidente que era la madre de un soldado de artillería y que a la noche siguiente, un grupo se alzaría para matarlo a él y a su familia.  Barrios mandó a traer un grupo de cincuenta soldados de la Guardia de Honor y los colocó de guardia en el despacho presidencial, que estaba frente a la puerta de su casa (en donde en el siglo XXI se encuenta el Parque Centenerio), para que en caso de un atentado abriran fuego desde la ventana de su oficina.4

He aquí lo que le contró Barrios al presidente de Nicaragua, Pedro Joaquín Chamorro en una carga del 10 de noviembre de ese año:

“[…] he cortado aquí una conspiración de carácter muy grave para toda la sociedad, por el abominable plan de asesinatos en que se basaba. Era dirigda por una sociedad organizada a estilo de los carbonarios, y sus indivuos ligados como aquellos con juramentos terribles para la guarda del secreto. Debía ejecutarse en la noche del 1 de noviembre y darle principio un aventurero inválido llamado Antonio Kopesky, a quien por consideración tenía empleado yo como Comandante de una Brigada de Artillería. Entre los conspiradores figuraban algún individuo de la nobleza y algunos del clero, lo cual pudo colegirse desde que se tomaron los puñales, las mordazas y el veneno preparados para la matanza y demás lances de pillaje y violencia en que pensaban cebarse. Por supuesto, éramos yo y las personas de mi familia las primeras víctimas que debían inmolarse por medio de asesinos contratados para el efecto. Los detalles de ese plan causan horror: no se concibe cómo ha podido germinar en la mente de seres humanos.”5

 

Cuando el complot se descubrió los esbirros del gobierno capturaron a muchas personas, a quienes los juzgaron y sentenciaron a muerte en Corte Marcial como escarmiento para todos los enemigos del general Barrios de acuerdo al siguiente decreto:

“J. Rufino Barrios, General de División y Presidnete de la República de GuatemalaConsiderando: que uno de los más estrictos deberes es conservar la tranquilidad pública.

Que la lenidad de la actual Administración en vez de contener a los sediciosos ha servido para alentarlos en la vía de nuevos crímenes.

Y que los monstruosos atentados que en estos últimos días se proyectaron y comenzaban a ponerse en ejecución son una prueba flagrante de que no han bastado las disposiciones preexistentes para garantizar el honor, la vida y los intereses de los ciudadanos.  Con la mira de prevenir que en lo sucesivo se repitan crímenes de esta naturaleza, en uso de las facultades de que estoy investido,

Decreto:

Artículo 1°. Serán juzgados militarmente todos los reos de sedición, rebelión o conspiración.

Artículo 2°. De la misma manera serán juzgados sus cómplices, auxiliadores o encubridores.

Artículo 3°. Los delincuentes de que hablan los dos artículos anteriores, a más de las penas corporales que les corresponden, conforme a las leyes militares y de las indemnizaciones civiles a que están sujetos todos los reos, sufrirán una multa de la mitad a las dos terceras partes de sus bienes, segun las circunstancias.

Dado en Guatemala, en el Palacio de Gobierno a cinco de noviembre de mil ochocientos setenta y siete.  J. Rufino Barrios.  (Nota de HoyHistoriaGT: entre los firmantes estaban el ministro de Relaciones Exteriores e Instrucción Pública, doctor Lorenzo Montúfar, y el subsecretario encargado del Ministerio de la Guerra, Arturo Ubico).6

 

En virtud del decreto anterior, a todos los implicados los torturaron a palos en los calabozos de las cárceles, un método que era muy utilizado en aquella época.4  Si bien algunos sí estaban implicados, varios autores coinciden en que no todos los fusilados fueron realmente conspiradores, sino simples chivos expiatorios que Barrios utilizó para aterrorizar a la población y hacerle ver que no iba a permitir que nada ni nadie se interpusiera en su camino.Por ejemplo, he aquí lo que dice al respecto Santos Soto, un perseguido político de Barrios, al respecto de Jesús Batres, quien fuera fusilado el 5 de noviembre:

[…] después de la conspiración y fusilaciones de Noviembre de 1877.  Esa conspiración sirvió de pretexto, sin que yo haya tomado en ella ninguna participación.  Jesús Batres, uno de los que fueron entonces fusilados, era primo, compadre e íntimo amigo mío.  Hacíamos en sociedad varios negocios de compras de ganado y otros, en los cuales me daba la tercera parte de las utilidades.  Yo siempre he creído que Batres tampoco tuvo parte en la conspiración de 1877, porque yo conocía muy bien su modo de pensar, y porque siendo tanta la confianza y amistad que conmigo tenía, algo me habría comunicado.  Creo que su muerte debió ser motivada por algunas otras causas, y que Barrios aprovechó aquella oportunidad para matarlo.”7

 

Barrios, por su parte, lo relató así en su carta a Chamorro:

“Descubierto providencialmente a tiempo, pudo prenderse a casi todos los conspiradores principales y cómplices asesinos. Una parte de ellos recibió ya el castigo debido, ejecutándoseles en la Plaza Mayor, entre éstos un sacerdote, y un individuo de la nobleza, el Lcdo. don José Lara Pavón. Es satisfactorio ver que el Ejército compuesto de la clase sencilla y honrada del pueblo, no pudo ser contaminada para aquel funesto plan. Nuestra sociedad, pues, ha pasado días de espanto, imaginando la magnitud del peligro, los desastres sin cuento que debieron tener lugar ejecutados por una turba de ladrones y asesinos desbordada con puñal en mano, y ha presenciado impasible el tremendo castigo de los que tales escenas de barbarie meditaron y se proponían poner por obra. Esta es una lección que debe servirnos para ser aun más vigilantes contra el fanatismo”.4

 

El presidente vió los fusilamientos desde el balcón de su casa, que estaba ubicada en la esquina suroeste de la 6a. avenida y 8a. calle, frente al Palacio de Gobierno.2 Se cuenta que los parientes y amigos que quisieron recoger los cadáveres de los fusilados fueron hechos prisioneros y torturados a palos en las cárceles y cuarteles de la ciudad,8 y que “tan pronto como el paso por las entradas de la plaza quedó libre, una multitud de curiosos de todas las clases y condiciones, entre ellos muchas señoritas elegantemente vestidas, se precipitaron en un tumulto y con avidez para contemplar los sangrientos despojos de aquellos desgraciados“.4


BIBLIOGRAFIA:

  1. Aguirre Cinta, Rafael (1899) Lecciones de Historia General de Guatemala. Arregladas para uso de las escuelas primarias y secundarias de ésta República.  Guatemala: Tipografía Nacional. p. 202.
  2. Fernández Ordóñez, Rodrigo (2008) La fuente del caballito. Fe de errata y excusa para documentar la ajetreada historia de la fuente de Carlos III.  Guatemala: Universidad Francisco Marroquín, Departamento de Educación.
  3. Contreras, Ana Yolanda (2017) Entre la ficción y la historia; desmitificación del gobierno liberal del general Justo Rufino Barrios en la novela “Sueño de los justos”. Centroamericana 27 (1); ISNN: 2035-1496. p. 68.
  4. Palma, Claudia (1 de noviembre de 2015) Los conjurados. Guatemala: Prensa Libre.
  5. Barrios, J. Rufino (10 de noviembre de 1877) Carta al Sr. don Pedro Joaquín Chamoro, presidente de la República de Nicaragua. Guatemala. p. 1.
  6. Gobierno de Guatemala (1881). Recopilación: Las Leyes emitidas por el Gobierno democrático de la República de Guatemala, 1877-1881 II. Guatemala: Tipografía El Progreso. p. 156.
  7. Rodríguez, Guillermo (Mayo de 1886) Exposición y documentos presentados a la Asamblea Nacional Legislativa por Guillermo Rodríguez, acusado y sentenciado con pretexto de la bomba del 13 de abril de 1884.  Guatemala: Tipografía de Arenales. p. 50.
  8. Alonso, América; Vela, Julia; Zurita, Cecilia (2017) Vida y obra, Lorenzo Leal y Miguel Leal.  Guatemala: Instituto de Investigación en Diseño y Arquitectura, Universidad Rafael Landívar. pp. 11-12.

13 de abril de 1884: atentado contra el presidente Barrios

una bomba estalla cerca del general J. Rufino Barrios y su Ministro de la guerra Juan M. Barrundia sin causarles daño

13abril1884
Esquina sudeste del Teatro Nacional (anteriormente Teatro “Carrera”).  Por aquí iban pasando J. Rufino Barrios y Juan M. Barrundia cuando la bomba estalló, pero no alcanzós a herirlos.  En el recuadro: grabado del general Barrundia, el temido Ministro de la Guerra de Barrios.  Imágenes tomadas de Wikimedia Commons.

La noche del 13 de abril de 1884, el general presidente J. Rufino Barrios y su ministro de la Guerra general Juan Martín Barrundia paseaban por los jardines del Teatro Nacional (antiguamente “Teatro Carrera”) en la Ciudad de Guatemala, cuando de pronto, al llegar a la esquina sudeste, una bomba estalló cerca de donde se encontraban.1  De inmediato se reunieron allí Fernando Córdova, Javier Olaverri y Manuel Ortigosa, conocidos espías y esbirros de Barrios y Barrundia y procedieron a recoger fragmentos de la bomba, entre proyectiles, pita, bola de plomo, y punzón.  Además, recibieron órdenes inmediatas de Barrios de que capturaran a los que se encontraran en la fonda de Santos Soto, un viejo oponente de Barrios.  Después de eso, Barrios y Barrundia continuaron su paseo, a pesar de las heridas que se dijo que habían sufrido.2

Para entonces, las fortunas de Barrios y Barrundia habían crecido exponencialmente gracias a sus grandes fincas cafetaleras, a las leyes agrarias que favorecían estos cultivos y a las comisiones que les otorgaban las compañías que construían la infraestructura ferroviaria y portuaria en el país.  Y, aunque aquello era del conocimiento público, la sociedad no protestaba porque el control que Barrios y Barrundia ejercían no sólo sobre Guatemala sino sobre las vecinas Repúblicas de Honduras y El Salvador era prácticamente absoluto.3

Así pues, ante el tremendo atrevimiento de atentar contra la vida del general Barrios, nadie protestó cuando se produjeron persecuciones y torturas que fueron documentadas por Guillermo Rodríguez, quien fuera acusado y condenado como principal sospechoso del atentado.

En la fonda de Santos Soto, ubicada en la esquina opuesta a la esquina del Teatro en donde se produjo la explosión, capturaron a Soto y a su familia, además de José Cordero, José Escobar y Miguel Figueroa, y otras personas, algunas de las cuales se hallaban por el Teatro, y otras que fueron aprehendidas en sus casas y comenzó a instruirse averiguación ante un Juez de Paz.  (Soto era propietario de una fonda en la que se vendía aguardiente que producía junto con el hacendado Guillermo Rodríguez en la finca “El Palomar”, y ya había tenido problemas con Barrios por la “conspiración Kopesky” en noviembre de 1877, cuando un esbirro del presidente lo incriminó en una conspiración que hubo en esa oportunidad para así no pagarle 200 pesos que Soto le había prestado.  Soto era primo, socio  y compadre de Jesús Batres, uno de los fusiliados por ese complot y a raíz de eso Soto había estado preso y exiliado en San Marcos hasta 1882).  En la única declaración que pudo dar Cordero antes de morir, aparece que momentos antes de la explosión de la bomba, y en el propio lugar donde ésta se verificó, había visto a un hombre montado en la baranda del Teatro.4

Por la mañana trasladan a la cárcel pública a todos los aprehendidos y se continúan allí las diligencias en presencia y con intervención del mismo Barrundia, de los Ministros Díaz Mérida y Sáchez, del Director de Policía Roderico Toledo, y de otras personas más, quienes ordenan el tormento de los palos a Santos Soto, a Escobar, a Cordero y a otros, incluyendo a Jesús y a Abraham Soto y a Rafael Rivera, hijos y entenado de Santos Soto.  Aquella escena se repitió durante varios días, pero no todos resistieron.  Juan Leiva, muere en la Cárcel, asesinado segun unos, suicidado segun otros, sin que se le haya tomado declaración; José Cordero muere a palos en el Batallón N°. 3, a donde había sido trasladado; Miguel Figueroa desaparece misteriosamente, y Mariano Vásquez muere en la Penitenciaría.  Otro de los procesados, Tomás Santos, recibe quinientos palos cada día en el Batallón N°.2 y sus heridas son presa de los gusanos; por su parte, Sebastián Macal, por los insultos y terribles amenazas que le hace el mismo Presidente Barrios, es obligado a confesar que fue autor de la bomba.5

Le exigieron a Santos Soto a que nombrara como su defensor a Rodríguez, a quien obligaron a aceptar ese cargo a pesar de no ser abogado, y no le dieron el permiso que solicitó para hablar con su defendido, además de imponerle que presente la defensa en veinticuatro horas.  Rodríguez encontró en proceso las declaraciones de Jesús y Abraham Soto y la de Sebastián Macal, incontestables, que no le dejaron hacer defensa alguna.  En ese momento, Rodríguez no sabía como se habían adquirido aquellas declaraciones.5

El 5 de mayo el  Juzgado 1°. de la 1a. Instancia, condenó a muerte a Santos y Jesús Soto, y a José Escobar, aplicando leyes españolas, lo que fue ratificado por la Sala primera de la Corte de Justicia, el 9 del mismo mes, aplicando las mismas leyes.  A los condenados se les exhibió al público vestidos con una túnica negra y capirote durante su capilla ardiente, pero luego los trasladan nuevamente de la Cárcel pública al Fuerte de San José, donde los vuelven a torturar a palos pues la intención del gobernante era incriminar a un grupo de “nobles”.  El casitgo es tal, que Escobar murió en la noche del 16 de mayo, mientras que Santos Soto es obligado a presenciar los palos que le dan a su hijo Jesús, mientras a él mismo lo están tortuando.  Hasta entonces, Santos había tenido la fortaleza de no mentir ante las exigencias de sus verdugos, pero ya no pudo y ya moribundo cedió a la exigencia del general Barrios, que dirigía aquellas torturas en persona quien lo tomó del pelo y le exigió que dijera que “Guillermo Rodríguez es el de la bomba“.6

Tras procurar medicinas y médicos para Soto, Barrundia se presenta al Fuerte de San José y obliga a Soto a firmar una declaración preparada de antemano y con ella proceden a capturar a Rodríguez el 18 de mayo, a quien dejan incomunicado en las bartolinas. El 19 lo llevaron ante el Auditor Vicente Sáenz, quien le tomó la primera declaración y le hizo ver que no podía haber sido Rodríguez quien hizo la bomba, pues el regresó a Guatemala de Europa en septiembre, y la bomba estaba lista desde mayo.7

Capturaron también a Cresencio Vera, quien era el mayordomo de la finca “El Palomar”, propiedad de Rodríguez, pero éste se salvó de que lo torturaran por ser ciudadano mexicano. Y además capturaron a todos los que trabajaban en la finca, incluyendo a hombres, mujeres y niños y a algunos de los hombres los torturaron a palos mientras que al resto le hicieron amenazas y promesas para que acusaran a Rodríguez. (De hecho, Rodríguez reproduce en su alegato una declaración de Santos Soto en la que éste indica que Barrios quería aprovechar aquella coyuntura para inculpar y encarcelar a varios personajes que le molestaban, entre ellos José María Samayoa, el general Julio García Granados, Carmen Cruz, Valerio irungaray, el general Felipe Cruz, José Batres y Manuel Urruela; Barrios le pidió a Soto tras numerosas torturas que los inculpara pero éste no lo hizo).8

Aparentemente, al final de uno de estos careos Barrios habría tomado un rifloe y se puso a tirar al blanco con uno de sus esbirros, riéndose y diciéndole que esos tiros seguramente asustarían a la gente en la ciudad, que debían creer que estaban fusilando a alguien y que le gustaría ver “cómo se pondrían todos los nobles al ver cómo había mandado a Rodríguez.”9

Barrios y Barrundia se turnaban para aleccionar a los acusadores o testigos y preparaban a Soto para los careos con Rodríguez, quien prácticamente no pudo defenderse y fue acusado de rebelión, de levantar a los pobladores en las inmediaciones de la ciudad, y hasta de reunirse en casas particulares en un complot para derrocar al gobierno.  Ante todo esto, Rodríguez es condenado a muerte el 21 de junio de 1884, mientras que se absolvió a su mayordomo, Cresencio Vera; su sentencia fue confirmada por la Corte de Justica el 27 de junio.  De acuerdo al alegato de Rodríguez ante la Asamblea, “la sentencia fue confirmada a pesar de contradicciones graves y evidentes y de que para entonces ya era obvio que se había empleado el tormento para obligar a todos los declarantes” e indica que los jueces y magistrados “buscaron un ardid para fundar la condenatoria a muerte que les mandaban a imponerle“.10

A Rodríguez le esperaba una humillación final: el 4 de julio, al medio día lo llevan, vestido con una túnica negra y capirote, con los brazos atados y en medio de una escolta hasta la casa de Barrios, quien le da una carta que dice: “Guillermo Rodríguez queda indultado de la pena de muerte y de la Inmediata Superior a que fue condenado por los tribunales de la república por el atentado del 13 de abril último. L. y R.  Barrios“.  El presidente también indultó a Soto, Miranda y Macal y el 27 de julio Rodríguez sale al exilio a Europa.11


BIBLIOGRAFIA:

  1. Aguirre Cinta, Rafael (1899) Lecciones de Historia General de Guatemala. Arregladas para uso de las escuelas primarias y secundarias de ésta República.  Guatemala: Tipografía Nacional. p. 204.
  2. Rodríguez, Guillermo (Mayo de 1886) Exposición y documentos presentados a la Asamblea Nacional Legislativa por Guillermo Rodríguez, acusado y sentenciado con pretexto de la bomba del 13 de abril de 1884.  Guatemala: Tipografía de Arenales. p. 3.
  3. Tipografía El Renacimiento (3 de agosto de 1885). Memoria de las riquezas de la mortual del Señor General expresidente Don Justo Rufino Barrios, en su relación con los intereses de la Hacienda pública (2.ª edición). Guatemala: Tipografía de “El Renacimiento”. p. 26.
  4. Rodríguez, Exposición y documentos presentados, p. 4.
  5. Ibid, p. 5.
  6. Ibid, p. 6-7
  7. Ibid, p. 7.
  8. Ibid, p. 84.
  9. Ibid, p. 91.
  10. Ibid, p. 8-9.
  11. Ibid, p. 14.