29 de septiembre de 1897: se inicia la revolución de José León Castillo en el oriente guatemalteco contra el autogolpe de José María Reina Barrios

29septiembre1897
Ruinas de la Iglesia Colonial de Chiquimula. En el recuadro: el licenciado José León Castillo.  Imágenes tomadas de Wikimedia Commons.

En 1897, en medio de la grave crisis económica que provocó en Guatemala el desplome del precio internacional del café  (único producto de exportación de Guatemala en esa época), el general presidente José María Reina Barrios pasó de ser un gobernante democrático progresista, a convertirse en dictador, extendiendo su periódo de gobierno hasta 1902.  Este cambio se inició cuando pidió a la Comisión Permanente de la Asamblea para que convocara a sesiones extraordinarias, pero como ésta se rehusara, lo hizo él mismo como Jefe del Ejecutivo, provocando así que muchos de los diputados renunciaran.  Entonces convocó a una nueva asamblea entre sus allegados, y ellos extendieron su mandato presidencial el 1 de junio.  Este fue el detonante de las revoluciones en su contra, pues se advertía el deseo dictatorial del presidente y se estaban sufriendo los graves efectos de la crisis económica.

Aquel 1 de junio, Reina Barrios envió un telegrama a todos los alcades y gobernadores, para hacerles saber la extensión de su mandato y sus poderes dictatoriales.  Entre los que recibieron aquel telegrama estaban Próspero Morales (su antiguo Ministro de la Guerra) y José León Castillo, a quien el presidente mantenía en Chiquimula como Comandante de Armas para demostrar que no le temía, a pesar de ser un fuerte opositor.  Ambos respondieron lacónicamente al telegrama del presidente el 2 de junio, diciendo que harán del conocimiento de sus subalternos del mensaje presidencial; sus mensajes eran totalmente opuestos a los serviles mensajes del resto de autoridades locales, y presagiaban las revoluciones que ambos encabezarían.

Reina Barrios, a pesar de la grave crisis, seguía empecinado en terminar el Ferrocarril del Norte y contrayendo fuertes préstamos para ello, lo que le acarreaba más animadversión. A finales de agosto de 1897, la nueva Asamblea Constituyente convocada por el presidente entre sus amigos aprobó definitivamente la extensión del gobierno del presidente y la suspensión de la constitución, y fue cuando Castillo se enteró por intermedio del diputado Rosendo Santa Cruz y del telegrafista  Antonio Monterroso (a quien el entonces estudiante Baudilio Palma del Instituto Nacional Central para Varones en la ciudad de Guatemalay le prestó su mula para que viajara hasta Chiquimula) de que Reina Barrios iba a destituirlo y enviarlo a la Penitenciaría Central.1

Castillo ya lo veía venir y con diez mil pesos plata que había conseguido, entregó el puesto y prácticamente huyó para El Salvador junto con Santa Cruz y Monterroso, y con el capitán Salvador Cuellar, Mateo y Vicente Paz Pinto y los cadetes Salomé Prado y Rodolfo Tinoco.  Al llegar a Santa Ana, se enteraron de que el presidente salvadoreño Rafael A. Gutiérrez les prohibió estar en la región fronteriza con Guatemala.  Allí se quedaron entonces, tratando de subsistir, cuando estalló la Revolución Quetzalteca el 7 de septiembre de 1897, lo que hizo más difícil aún su estadía en El Salvador.1

El jefe militar del occidente de El Salvador era el general Tomás Regalado, quien había compañero de estudios de Castillo en Guatemala.  Cuando éste le pidió ayuda, Regalado no dudó en proporcionársela, sin pedir permiso al presidente Gutiérrez.  Así fue como Castillo obtuvo ciento cincuenta hombres al mando del general José Rodríguez de Santa Ana, ciento setenta y cinco rifles y doce mil cartuchos, y pudo ingresar por Chingo (Jeréz) en la frontera de Jutiapa el 29 de septiembre de 1897 a las 4 de la mañana.1

De Chingo pasaron a Coatepeque y de allí a Yupiltepeque, en donde decidieron que lo mejor era atacar Jutiapa desde El Sillón, utilizando para esto un ardid que hizo creer al gobierno de Reina Barrios que sus fuerzas eran de tres mil hombres.  Ante esto, Castillo pidió al general Vicente Farfán, jefe político del departamento, que se rindiera pero cuando éste lo puso a votación, sus hombres (entre quienes estaba un tío político del diputado Santa Cruz) votaron a favor de la lucha, pues aunque eran castillistas, djieron que a pesar de que se había roto el orden constitucional, ante todo eran militares con responsabilidad ante Reina Barrios. Y así, los revolucionarios siguieron en El Sillón, perdiendo tiempo valioso para una revolución de caráter guerrillero de ataques por sorpresa que no está en capacidad de repeler un ataque frontal, aunque recibieron víveres de Zapotitlán, que decidió unirse a los alzados.2

Castillo reunió a los Jefes para hacer un recuento de lo que tenían y encontraron que en ese momento tenían diez mil cartuchos y trescientos hombres.  El general Rodríguez solicitó ciento cincuenta hombres para cortar el paso de los seiscientos chiquimultecos que iban por el Tamarinco a atacarlos, de acuerdo al plan de José María Reina Barrios.  Castillo accedió y ordenó que fueran con él con los coroneles revolucionarios Antonio Monterroso, Salvador Cuellar y Mateo Paz Pinto.  uiso que también fue Santa Cruz, pero Rodríguez se negó porque lo odiaba y no quería tener que fusilarlo.   El general Aguilar también pidió cien hombres para hacer otro frente y en El Sillón se quedó Castillo con el general Pedro Barillas, un piquete de fuerza y algunos soldados, lo que hizo sospechar a Farfán de que algo pasaba pues no lo atacaban.   Los revolucionarios optaron entoncs por salir de El Sillón antes de que Farfán los capturara y se fueron a Yupiltepeque para unirse a los cien hombres de Aguilar y emprender el retorno hacia Coatepeque, lo que muchos han visto como el principio del fracaso  de la revolución.2

En Los Horcones vieron una fuerza que parecía la de Rodríguez, pero resultó se enemiga y le hicieron frente,  Castillo en persona junto con los generales Aguilar y Barillas y el general Ibarra de Atilizaya, El Salvador, junto con el mexicano José María González y once cadetes de la Escuela Politécnica al mando del oficial chileno Ricardo Ramos.  La fuerza gubernamental era la del general Eulogio Flores.  Los revolucionarios triunfaron y se hicieron de algunos pertrechos y hombres que se les unieron.2

Pero para entonces, el gobierno de Reina Barrios ya había desbaratado la revolución de Occidente y empezó a dirigir sus fuerzas hacia el oriente.  Y no ayudó a la causa castillista que los revolucionarios hayan estado dos días en Asunción Mita, Jutiapa, sin hacer nada.2

El general salvadoreño Ibarra fue a Santa Ana a conseguir nuevos elementos del general Regalado, junto con Petrona Godoy.  Ambos consiguieron de Regalado diez mil cartuchos y cuatro mil pesos plata acuñada.  De ese dinero, solamente dos mil pesos llegaron a Castillo, pues el resto, dijo Petrona Godoy, se había usado para pagar al licenciado Salvador Sandoval y al general Máximo Cerna.3

A las fuerzas revolucionarias se unieron José María González, quien había dirigido la Asonada de Chiquimula en 1896, el capitán e ingeniero Isidro Valdez y un oficial de apellido Castañeda de Cuilapa.  El coronel Alfonso Aguilar con el piquete de fuerza “batallón Navajas” fue por el convoy y lo encontró acampando en Santa Rosa.  Mientras los revolucionarios marchaban sobre Chiquimula, eran seguidos por las fuerzas del general Farfán, que no los atacó a pesar de contar con una fuerza de casi dos mil hombres, debido a que era castillista.3

Cuando estaban cerca de San José La Arada, ocurrió un hecho fortuito que sería decisivo para la revolución.  Un tiro se le escapó a un soldado y mató a un sobrino del general Rodríguez, quien ya no estuvo al cien por ciento en el resto de la campaña.  (Castillo y Rodríguez no se conocían antes del movimiento y fueron presentados en la casa del general Regalado). Por otra parte, la revolución seguía aumentadon con la incorporación del militar Landelino Sandoval con más de treinta hombres armados.  Esa noche acamparon en Santa Rosa, a ocho kilómetros de San José La Arada.  Aquella noche Castillo quiso recorrer las avanzadas, pero Rodríguez lo convenció de que descansara junto con Santa Cruz, ya que él iba a hacer el recorrido con las fuerzas de refresco.  A las dos de la mañana un castillista que venía desde Chiquimula despertó a Castillo para contarle como estaba la situación allá, y Castillo sorprendido le preguntó cómo había llegado hasta él.  El emisario le dijo que el camino estaba libre y que el sorprendido era él al ver cómo Castillo estaba “durmiendo a pierna suelta, casi en las barbas del enemigo que ya estaba ocupando las posiciones de La Arada“. Castillo ordenó la retirada inmediata y al hacerlo se encontraron con el general Rodríguez y el grueso de la fuerza.3

Mientras tanto, fuerzas gubernamentales provenientes de Jalapa y Jilotepeque marchaban hacia Jicampa, comandadas por el coronel Manuel Urrutia, que era castillista, pero quien llevaba instrucciones de atacarlo de inmediato.  Urrutia llevaba paso lento para dar tiempo a que los revolucionarios ganaran terreno, pero Castillo y sus aliados no lo aprovecharon.3

En la mañana del día siguiente, los revolucionarios pasaron revista a la tropa y concluyeron que estaban listos para atacar Chiquimula, pues contaban con diecisiete mil cartuchos y quinientos hombres equipados.  Las tropas que iban a resistirlos provenían de Chiquimula, Zacapa y San Agustín Acasaguastlán y ya estaban formando un triángulo con las fuerzas del coronel Rafael Cabrera al norte, las del coronel Joaquín Flores al oriente, y mil quinientos hombres que ya ocupabn las posiciones en La Arada, al sur, comandaas por el general Elías Estrada.3

El plan de Castillo consistió en enviar al capitán Salvador Cuellar a la media noche para burlar a las fuerzas de Estrada y atacar por sorpresa a Cabrera.  Cuellar cumplió con su cometido y al amanacer había tomado  la cabecera y aumentado sus fuerzas con los castillistas que allí había.  Pero el resto de las fuerzas revolucionarias fue descubierta por las avanzadas en La Arada y tuvo que presentar batalla.  Las fuerzas gubernamentales no presentaron una buena pelea, empezando por el general Estrada, luien se había emborrachado antes de la batalla y no supo como combatir.  Y así tras prácticamente un día completo de combate, las fuerzas del gobierno emprendieron la retirada, dejando tras de sí ochenta mil cartuchos, bombas, un cañón en mal estado y un lote de medicinas.  El mismo general Estrada dejó su mula de raza abandonada al huir, la que  Castillo regaló a Rodríguez que había peleado valientemente.  Y es que la retirada fue tan mal organizada que un grupo de quinientos soldados tinocos al mando del coronel Ramos quedó en su posición y no solamente se entregó, sino que se adhirió a la revolución, presentándose personalmente a Castillo.  Mientras tanto, Cuellar resistió los tres asaltos que hizo el coronel Flores en San Esteban.3

Tras las victorias en La Arada y en Chiquimula, cuando las fuerzas vencedoras de Castillo entraron a Chiquimula los pobladores, y especialmente los estudiantes del Instituto, celebraron como que si hubieran ganado la revolución. En ese momento contaban con mil trescientos hombres con suficientes cartuchos para resistir una semana los ataques de toda la tropa que los rodeaba.  Pero las fuerzas gubernamentales se estaban reforzando y estaban estrechando el cerco contra los revolucionarios, además no había señales de que otras partes del país apoyaran al movimiento.  Las fuerzas orientales que estaban combatiendo a las fuerzas de Próspero Morales en la región occidental del país fueron llamadas a marchas forzadas a atacar a Castillo a Jalapa y Chiquimula, mientras que el general Toledo se puso al frente de un contingente regular que marchó sobre Zacapa, el siguiente objetivo de los revolucionarios. Además, la retaguardia revolucionaria era atacada por el general Florentín González, y tras él venían las fuerzas comandadas por los generales Pío Porta, Vicente Farfán y Manuel Duarte.4

En La Arada, se había quedado la mayor parte de las fuerzas castillistas, además de los quinientos tinecos que del coronel Ramos, todos al mando de las fuerzas era el general Rodríguez.  Por otra parte, de Chiquimula salió un piquete de la fuerza revolucionaria comandada por el coronel Salvador Cuellar hacia Zacapa, quien logró tomar fácilmente la plaza que defendía el Jefe Político, coronel Oliva, pero cometió el grave de error de abandonarla para regresar a notificar la buena noticia a Chiquimula.  Y es que cuando Cuellar salió de Zacapa las fuerzas del gobierno la recuperaron y los revolucionarios se retiraron pensando que se había producido una derrota.  Cuando Castillo se enteró de la torpeza de Cuellar, mandó al señor Santa Cruz a ocuparla nuevamente, junto con toda la tropa de que disponía en Chiquimula.  Pero para entonces, los viajes de ida y vuelta a Zacapa (una distancia de 36 kilómetros por caminos en mal estado)  solamente lograron que las fuerzas del gobierno avanzaran sin ser molestadas.4

Y en La Arada también también se estaban cometiendo errores.  Increíblemente, Rodríguez abandonó las posiciones que recibió, aún sabiendo que en ese lugar en 1851, las fuerzas del general Rafael Carrera habían vencido categóricamente a los liberales gracias a su posición estratégica. Rodríguez, se situó en San Esteban, dejando abierto el camino hacia Chiquimula y a los jefes castillistas que estaban allí prácticamente a merced de las fuerzas del gobierno, pues Castillo había enviado sus útimas fuerzas a Zacapa sin saber que estaba descubierta su retaguardia. Para colmo de males, lo quinientos hombres que comandaba el coronel Ramos se retiraron al ver que su jefe había sido tratado despectivamente por el general Rodríguez.  Y es que los miembros de estas fuerzas ya estaban desmotivadas desde el momento que Castillo (a quien sí respetaban) no los llevó consigo a tomar Zacapa.Solamente se quedaron en La Arada el coronel Manuel F. Rivera con veinticinco hombres y el oficial Paganini de Quetzltenango con ochenta rifleros; al saber de las torpes maniobras de Rodríguez, mandaron a avisar a Castillo para que evitara salir hacia Zacapa a toda costa, pero ya era tarde.4

Cuando Rodríguez se retiró a San Esteban con el grueso de las fuerzas, las tropas gubernamentales del general Florentín González, que habían salido de Santa Rosa, atacaron  la pequeña fuerza de Rivera y Paganini.  Castillo, por su parte, al recibir el mensaje de Rivera, salió para La Arada junto con el general Pedro Barillas, el coronel Alfredo Quiñónez y veinte soldados, al mando del oficial Saberlio Miner.  Con su pequeño grupo, Castillo atacó las fuerzas gubernamentales, reforzando a las de Rivera que resistía con gran ferocidad, y mientras Paganina flanqueaba por el lado izquierdo a las tropas de González.  Aquel innecesario combate no se debió haber producido nunca, de haberse quedado Rodríguez en La Arada.4

Castillo y sus hombres se retiraron y pasaron por Chiquimula para irse a San Esteban, para reunirse con el general Rodríguez llevando los pocos hombres y pertrechos que les quedaban, y los heridos en los últimos combates. Pero allí se encontraron con que el coronel Marcos García, de Mataquescuintla, les contó que las tropas ya habían partido hacia El Salvador encabezadas por el general Rodríguez.  Castillo se enfureció y envió a algunos soldados a caballo para que detuvieran a Rodríguez y que lo esperaran para hablarse.  Así se hizo, y Castillo llegó hasta donde estaban para recriminarles su actitud cobarde y obligarlos a regresar, pero por el camino de Jocotán hacia la frontera con Honduras, pues el camino que habían utilizado ya lo había recuperado el gobierno.  El único motivo para regresar ahora era sacar a Santa Cruz y a Cuellar de Zacapa, en donde estaban como dueños de plaza, pero rodeados por las fuerzas gubernamentales.   Sin embargo, no hubo necesidad, pues Santa Cruz se enteró del desastre que ocurrió en Chiquimula y emprendió la retirada hacia Honduras por el camino de Lanchor y llegó a reunirse con Castillo.3

Santa Cruz y Castillo decidieron apoderarse de Zacapa una tercera vez, y ordenaron a las tropas marchar para allá de inmediato, pero Rodríguez se opuso, pretextando que las tropas estaban cansadas.  Cuando llegaron a Chiquimula, los revolucionarios trataron la extraña actitud de Rodríguez y aunque Santa Cruz dijo que era un plan militar, Macario Sagastume dijo que lo que pasaba era que Rodríguez quería abandonar a Castillo y convertirse en el jefe directo de la revolución.  De acuerdo con Sagastume, Rodríguez iba a dejar a Castillo en Santa Rosa y luego atacaría Jalpa por el camino de Jilotepeque y Pinula.  Ante esto hubo quienes opinaron que fusilaran a Rodríguez de inmediato, pero Castillo, dijo que lo mejor era que éste regresara a Santa Ana, en El Salvador y que le diera parte al general Tomás Regalado, que lo había recomendado, sin olvidar mencionar lo del tiro que se le había escapado a un soldado y que había matado al sobrino de Rodríguez en La Arada.  (Es conveniente indicar aquí que Castillo era ultra liberal, identificado con las enseñanzas radicales y casi fanáticas del Dr. Lorenzo Montúfar, mientras que Rodríguez estaba emparentado con el mariscal Vicente Cerna, ex-presidente guatemalteco, y era favorable al retorno de los conservadores al poder).4

Al día siguiente, todos partieron juntos hacia al ataque de Zacapa pero Rodríguez y sus hombres se quedaron a la retaguardia y por último se fueron a El Salvador con parte de los pertrechos, dejando a la fuerza revolucionaria reducida a solamente seiscientos hombres.  Ya para aquel momento las deserciones proliferaban.5

El general Florentín González había pasado por Chiquimula y los estaba esperando en Zacapa, también con seiscientos hombres.  Los revolucionarios atacaron rápidamente pero González resistió, confiando en los refuerzos que le llevara Toledo por el ferrocarril; los revolucionarios sabían esto, y enviaron al capitán Tomás Menéndez Mina y a Paganini a detenerlo a la estación, pero nunca lo hicieron y Toledo ingresó sin problemas con casi mil quinientos hombres y buena artillería.  La derrota fue total.  Cuando se dió la orden de retirada, algunos soldados no se dieron  y terminaron siendo capturados y pasados por las armas.  Entre las pérdidas de los revolucionarios estuvo el capitán jutiapaneco Francisco Carrillo.5

Las tropas del gobierno prefirieron no salir a perseguir a los revolucionarios, quienes logaron huir despacio con sus heridos, petrechos y proclamas que no pudieron repartir en Zacapa.  Cuando ingresaron al territorio hondureño un grupo de soldados de ese país los conminó a rendir sus armas, pero Castillo se opuso y hasta amenazó con resistir pero finalmente le dieron autorización de proseguir, reingresando a Guatemala por Esquipulas.5

Ya solamente quedaban 120 hombres cuando llegaron a Carboneras, y allí fueron sorprendidos por las fuerzas de Tolero, que los desbarató y capturó a algunos de ellos, aunque no los fusiló.   Los hombres que quedaban llegaron a Citalá y luego a Ocotepeque, en donde les dijeron que se fueran para Tegucigalpa, a lo que dijeron que sí, pero en realidad se fueron a El Salvador por Chalatenango.5

Así fracasó aquella revolución castillista, dejando únicamente como resultado el afianzamiento del general Reina Barrios en el poder y el agotamiento de los recursos nacionales, que tuvieron que gastarse para contrarestar ésta y la revolución de occidente.  Aunque Reina Barrios fue asesinado el 8 de febrero de 1898, las revoluciones no lograron su cometido, pues el sucesor del asesinado presidente fue el licenciado Manuel Estrada Cabrera, quien impuso una férrea dictadura que se extendió por veintidós años y a quien también se opuso Castillo con todas su fuerzas.


BIBLIOGRAFIA:

  1. Nuestro Diario (12 de enero de 1926).  Retazos de nuestra historia: el movimiento revolucionario de Castillo.  Guatemala: Nuestro Diario. p. 1.
  2. — (13 de enero de 1926).  Retazos de nuestra historia: el auge de la Revolución.  Guatemala: Nuestro Diario. p. 1.
  3. — (14 de enero de 1926).  Retazos de nuestra historia: la Revolución recibe nuevos elementos.  Guatemala: Nuestro Diario. p. 1.
  4. — (15 de enero de 1926).  Retazos de nuestra historia: el desastre de la Revolución.  Guatemala: Nuestro Diario. p. 1.
  5. — (16 de enero de 1926).  Retazos de nuestra historia: la huída de los castillistas.  Guatemala: Nuestro Diario.