15 de agosto de 1862: el escritor José Milla y Vidaurre escribe un artículo sobre la Feria de Jocotenango de la Ciudad de Guatemala

15agosto1862
El Parque de Jocotnenago en 1915.  Este parque llevó nombre “Estrada Cabrera” y “Morazán” hasta que le fue devuelto su nombre original.  En el recuadro: el escritor José Milla y Vidaurre.  Imágenes tomadas de Wikimedia Commons.

Reproducimos a continuación el artículo que el escritor guatemalteco José Milla y Vidaurre escribió el 15 de agosto de 1863, retratando la Feria de Jocotenango (conocida en el siglo XXI como Feria de Agosto), y describiendo cómo se vivía en la Ciudad de Guatemala durante los últimos años del gobierno del presidente vitalicio, el capitán general Rafael Carrera.

El dia 15 del corriente, a eso de las diez de la mañana, me constituí en Jocotenango. no tanto para ver la feria cuanto para ver los que van á verla. Armado con mi espíritu do observación como con un instrumento cortante, fui a reunir los materiales para este articulejo; o hablando con mas exactitud, fui a tomar una fotogralia de la feria. Si ella aparece desordenada, confusa é ininteligible, podrá ser efecto de torpeza del fotografista, o por el contrario, demasiada fidelidad del cuadro. Si es lo primero, yo tendré la culpa; si lo segundo, la tendré también, por haber escogído ese asunto como objeto del bosquejo. En uno y otro caso, me someto al fallo y no prometo la enmienda, visto que ni yo sé fotografiar mejor, ni hay por acá cosas mejores en que ejercitar el arte. Basta de introducción.I.

La plaza, las calles y los callejones de Jocotenango han recibido su visita de la policía, anual como la feria, transitoria como ella y como todas las cosas de este bajo mundo. Las paredes (donde las hay) están blanqueadas; los poéticos cercos de chichicaste (donde no hay paredes,) han visto caer sus vigorosos retoños, dejando libre el rustico sofá que cubre un tapiz verde, principio de vejetacion que se llevan á sus casas, pegado á los trajes, los que tienen la fortuna de disfrutar de la comodidad de esos bancos. Los árboles los árboles soa los únicos que es tan siempre iguales, y sospecho lo estarán hasta la consumación de los siglos. Mas de una hora permanecí el dia 15 bajo la sombra que proporcionaba uno de esos ancianos respetables, de la cual disfruté yo, pobre pedestre en compañía de un coche, cuatro caballos con sus correspondientes ginetes y una mesa, almacén portátil de golosinas. Tuve el estraño capricho de entablar un diálogo con aquel vejetal, ya fuese porque algunos hombres hemos de charlar hasta con las plantas, ya porque van haciéndose muy raros los individuos del reino Jiwnano con quienes puede tenerse un rato de conversación instructiva y agradable.1

Pasados los cumplimientos de estilo y el obligado ‘¿cuánto ha que no nos vemos?,’ yo, que procuro ser bien criado hasta con los árboles, estuve buscando circunloquios y precauciones oratorias para preguntar á mi amigo su edad y su nombre. El pícaro viejo contestó lo primero con una alusión histórica a uno de nuestros últimos capitanes generales del tiempo del gobierno español, y a lo segundo con una descripción científica. No habiendo entendido ni una ni otra, me propuse pasar el caso en consulta con cualquiera de los muchos sabios que tenemos, algunos de los cuales no dejarían de andar aquel dia viendo la feria. En seguida me refirió mil detalles curiosos de mas de cincuenta quinces de Agosto que había visto pasar; describiéndome los trajes antiguos, los coches antiguos, los hombres antiguos, las mujeres antiguas, el modo con que aquellos cortejaban á éstas en la feria antiguamente, en lo cual no hallé grandes diferencias con la moda actual, aunque él, como buen viejo, declaro todo lo moderno detestable; dijo que éramos, en todo y por todo unos farsantes, unos malos imitadores de los usos y costumbres de otros tiempos, citándome por ejemplo la crinolina, que dijo ser una exageración del tontillo de sus mocedades. Para poner término á la charla insustancial de aquel anciano descontentadizo, le pregunté cómo estaba tan descuidado y feo en un dia de tanta concurrencia; qué habla sido de algunos de sus compañeros, cuya falta estaba yo notando desde algún tiempo todos los años, y por qué no se les reponía con árboles jóvenes. Un ligero murmullo, como de impaciencia, fué la única respuesta que obtuve, y viendo que no podia sacar una palabra mas á aquel caprichoso vegetal, me despedí de mi amarillento y descuidado interlocutor y fui á mezclarme en la barahunda de la concurrencia.

(Nota de HoyHistoriaGT: Milla critica aquí el descuido del bosque que ocupaba el barrio de Jocotenango, que es donde se realizaba la feria y que actualmente es la zona 2 del Centro Histórico de la Ciudad de Guatemala. Milla podía darse el lujo de criticar a las autoridades porque él mismo era funcionario del Ministerio de Relaciones Exteriores y amigo personal del presidente Carrera).

II.

La plaza y la calle principal de Jocotenango presentan el espectáculo más animado y pintoresco. Millares de personas de condiciones diversas y de trajes tan diferentes como sus condiciones, se empujan unas á otras y apenas dejan espacio sufíciente para que puedan abrirse paso individuos de menor volumen que el mío. Las vendimias se ostentan por todas partes en ordenado desorden, bajo las anchas sombras de petate. Aquí las mesas cubiertas de vasos y garrafas de agua loja; allí los dulces, ofreciendo á las moscas gratuito y espléndido banquete; acá las delicadas tunas de Panajachel; allá las sabrosas camuesas de Totonicapan; los zapotes, los pepinos, las naranjas; la chancaca, la pepitoria y las rapaduritas. Todo se ofrece abundante y barato á los aficionados, menos las nueces de Momostenango, que este año están tan escasas como el dinero y como el buen sentido. Pero la sociedad puede ir pasando sin dinero, y el sentido común no hace una falta muy notable, que digamos. Las nueces es cosa diferente. La feria de Jocotenango sin nueces, es un cuerpo sin alma, una niña sin camisa garibaldina, una república sin revoluciones.2

(Nota de HoyHistoriaGT:  para 1862, la República de Guatemala, creada el 21 de marzo de 1847, había pasado por la revolución de 1848 que obligó a renunciar y salir al exilio al presidente general Rafael Carrera, la contrarrevolución de 1849, cuando Carrera regresó al poder y reincorporó a Los Altos, que se habían segregado nuevamente en 1848, y al intento de invasión de los liberales desde Honduras y El Salvador, que Carrera evitó en la batalla de La Arada el 2 de febrero de 1851.  Luego de eso, siguió la anarquía hasta que por fin se nombró presidente vitalicio al general Carrera en 1854.  Y esto sin contar la Guerra Civil Centroamericana de 1826 a 1829, y laguerra campesino-católica contra el gobierno liberal de Mariano Gálvez en 1837-38.  De allí que era como “una república sin revoluciones”).

A medida que adelanta el dia, la concurrencia crece. Los carruages van y vienen, abriéndose camino con dificultad por entre la masa compacta de gente de a pié y de á caballo que lo ocupa todo. Los cocheros aguejan sus bestias; y creyéndose, quizá, desde lo alto de sus pescantes, unos presidentes investidos con facultades extraordinarias, sacuden latigazos a diestra y a siniestra, sin hacer caso de los derechos del hombre ni de las garantías constitucionales. El calor es insoportable; el viento gira bajo la razón social de aire, polvo y compañia; millares de pitos de Patzún, soplados por vigorosos alientos infantiles, producen un ruido infernal, capaz de romper los tímpanos menos delicados. Damas elegantes cabalgando en briosos alazanes, (estilo figurado) pasan y vuelven a pasar de un punto á otro, sin saber por qué ni para qué, á no ser para tener el gusto de ver y mas aun la satisfacción de que las vean. Hábiles jinetes tienen la peregrina ocurrencia de sacar plumas en medio del gentío, olvidándose de que pueden sacarle á uno, de paso, el ánima del cuerpo. Los chalanes de la ciudad y de los pueblos circunvecinos van y vienen en sus caballos que desaparecen bajo las anchurosas albardas y los abultados pellones. Algunos caminan como he leído no sé dónde lo hacian los templarios, dos en un caballo. Escuadrones de chiquillos recorren las calles y la plaza, sobre rocines, ostentando la alegría expansiva y candorosa de su feliz edad. De cuando en cuando una figura extraña del uno ó del otro sexo, de a caballo o de a pié, tiene el privilegio de ocupar por diez minutos la atención de la concurrencia. Un coche que se rompe,un mal jinete que compra el terreno, una ligera camorra que se suscita por cualquier motivo y acaba de cualquier modo, esos son les acontecimientos notables que interrumpen la uniformidad del espectáculo.

III.

Entretanto, ¿dónde está la feria? ¡Oh, la feria! La feria es para la mayor parte de la gente que va á Jocotenango una cosa secundaria, un pretexto para reunirse, y nada mas. ¿Qué importan los bueyes a esa desdeñosa belleza que atraviesa el gentío recostada en el fondo de su carretela? Si se vendiera alguna otra cosa; ¡pero bueyes! ¿Qué tiene que ver con los muletos ese elegante metinietre que por nada de esta vida pondría sus frescos y limpios guantes en contacto con esas inmundas bestias? ¿Qué nos importan los animales con cuernos a mí y a tantos otros como yo, que somos animales de pluma?3

No así, por cierto, á Don Agaton Cuerna Vaca, hacendado opulento, que montado en una mula lerda, recorre el campo de la feria desde las seis de la mañana, seguido de un numeroso estado mavor de caporales y de vaqueros. Va en albarda, con grandes estriberas de hierro, de chaqueta, sin chaleco ni corbata, ni otros molestos adminículos, cubriendo sus tostadas facciones un enorme sombrero de palma, como de partideno. Discute científicamente sobre bueyes, caballos y muletos; compra, vende, se ajita, se afana, grita, se enfada, hace subir ó bajar los precios, es el rey de la feria. Lo vi durante una hora regatear un caballito, y confieso que no me habia imaginado pudiese desplegarse tanta habilidad diplomática en tan insignificante transacción. ¡Qué defectos puso Don Agaton á la pobre bestia! ¡Cómo le descubrió más tachas que si fuese muía de alquiler, todo por quedarse con el jaco por quince pesos! La retórica de Cuerna Vaca anonadó ai propietario, de tal modo, que entregó el caballo y se fué creyendo haber hecho un magnífico negocio. El hacendado ató su nueva compra á la cola de la muía que montaba, y volvió á la ciudad á eso de las tres de la tarde, atravesando las calles principales como un guerrero victorioso que lleva en pos de sí, como trofeo, los despojos del enemigo. El 15 de agosto de 1863, Don Agatón Cuerna Vaca irá á la feria y llevará el mJsmo caballo, ya gordo y amaestrado; pedirá por él cien pesos, y si le ofrecen ochenta, contestará muy serio: — Mas me costó aquí el año pasado. — ¡Oh sublimidad del arte del negociante! ¡Vender caro y comprar barato!4

IV.

Pero dejemos ese tipo y pasemos á otro que se encuentra también regularmente en la feria, y no es menos curioso que el que dejo lijeramente bosquejado. Don Inocente Patallana es lo que se llama un buen hombre, expresion que en el estilo común suele ser equivalente de algo que no quisiera Ud. ser, lector amado. Dios ha derramado sobre él sus bendiciones; es decir, le ha dado una descendencia que lleva trazas de llegar á ser tan numerosa como la de Abraham. Tiene once hijos vivos y efectivos, y después del último, la esposa de Don Inocente ha dicho como los periodistas cuando dejamos incompleto algún artículo: se continuará. Es pues el caso que las criaturas de Patallana, desde ocho días antes de la feria, le sacaban los últimos restos de juicio que le quedaban, instando para que los llevase á Jocotenango, á caballo. Patallana sumó sus oncegénitos y con una lógica admirable, dedujo que necesitaba once caballos, once sillas, once frenos para habilitarlos, añadiendo otro caballo con su respectivo jaez para él, pues los muchachos no debían ir solos, por su cuenta y riesgo. Ahí fueron las congojas y los apuros del bueno de Don Inocente. Al principio pensó en solicitar la remonta; pero desistió, temiendo hubiese en ella algunos caballos demasiado bravos. Alquilar era mucha cosa; pues el número que se necesitaba haria subir considerablemente el desembolso. Pensando y repensando el caso, se decidió al fin por el recurso mas obvio y mas común en tales circunstancias, acudir á los amigos por medio de un empréstito forci voluntario.5

Desincó en guerrillas a los interesados, que se desparramaron por la ciudad, distribuyendo esquelas y mensajes verbales, requisitorias de caballos y moríturas que recibieron los empadronados con señaladas muestras de impaciencia. Las respuestas no se hicieron aguardar. Uno estaba á pié, otro acababa de prestar su caballo, éste no tenia silla, aquel tenia que montar, el de mas acá ofrecía una grupera, el de mas allá una cincha, y casi todos declararon que no tenia freno. No faltó quien ofreciera á Don Inocente un caballo tordillo algo pesado, y admitido á pesar del defecto, a lo cual contestó únicamente el bueno del paterfamilías que la ocurrencia era graciosa, pero vieja. Entretanto los muchachos no se daban por vencidos; y al fin, aunque con mil fatigas, lograron aperarse, alquilando dos caballos, prestando otros, acomodándose dos pares de chicos en dos machos, sacando á luz unas monturas viejas que estaban sirviendo de dormitorio á las palomas en un altillo de la casa, y reservando para sí el excelente Patallana una yegua vieja que tenia una oreja posliza, hecha de cartón pintado. Habilitado el escuadrón, se puso en marcha é hizo su entrada triunfal en Jocotenango, á eso de las doce, con aplauso y jubilo de la concurrencia.

La comitiva fué de un lado á otro; de la plaza al llano y del llano á la calle principal, sin que hiciesen mella en la grande alma de Don Inocente las pullas y las bromas de sus amigos y de sus conocidos. Uno de tantos tuvo la maligna idea de jugarle una burla, y acercándosele con disimulo, mientras otro le llamaba la atención, arrancóla oreja fingida á la cabalgadura, dejando al descubierto el defecto de la pobre bestia. Ahí fué la alegría y la zumba de los que presenciaron el lance. Don Inocente acudió á buscar su oreja, digo la de su yegua, y ocupado en eso, no vio que iba sobre él un coche, tirado por dos fogosos tordillos. ”¡A un lado!” gritaron varias voces; pero el hombre no se movía. Entonces el postillon, que no podia ya contener sus caballos, sacudió un tremendo zurriagazo en las ancas de la yegua, que sacando fuerzas de flaqueza, levantó primero las partes traseras, luego las manos y dio en tierra con su caballero. Depuesta la carga, la sonta echó á correr por entre el gentío, derribando á uno de los mucliachos, volcando una mesa de comestibles y atropellando á la gente de a pié, que se hizo un remolino. En la confusión unos gritaron “¡fuego!,” otros ”¡temblor!,” otros ”¡revolución!,” otros “¡chucho con rabia!;” buscaron la policía y no se hallaba; todo era gritos, alboroto y carreras, hasta que la yegua sin oreja logró ganar una de las calles transversales y se largó para su casa. Don Inocente reunió su prole, y subiendo á las ancas del caballo de uno de sus niños, se volvió á su casa, maldiciendo de la feria de Jocotenango.6

(Nota de HoyHistoriaGT: entre bromas, Milla resume a lo que ya estaban acostumbrados los guatemaltecos en 1862: familias con numerosos hijos, incendios, terremotos y estallido de revoluciones, mientras que para imponer el orden la policía no se encontraba por ningun lado.)

IV.

Era ya tarde. Vi, pues, que debía dar punto a mis observaciones. Resumiendo éstas, dije para mí. Gran concurrencia, mucho rocín, mucho coche, calor insoportable, figuras estrambóticas y elegantes, animales que se venden y animales que no se venden, polvo, confusión, mucho ruido y pocas nueces; esto es, poco mas ó menos, la feria de Jocotenango. Para Don Agaton Cuerna Vaca estuvo buena, pues compró por quince lo que valía treinta. Para Don Inocente Patallana estuvo mala, pues queriendo proporcionar á su familia un rato de distracción, volvió a su casa burlado y magullado. La opinión que respecto á la feria expresarian en sus respectivos círculos aquellos dos sujetos, debía ser esencialmente diferente, como fué diverso el papel que en ella les destinó la suerte. No fueron menos contradictorios los juicios que tuve ocasión de oir a los mismos que venían de Jocotenango en la tarde del 15, en el espacio que media desde aquel pueble hasta mi easa. –Mucha concurrencia. — Mas hubo el año pasado. — Ahora ha sido mayor.— Pocas ventas. — Muchas, pero precios bajos. — Todo ha estado carísimo.- -¿La viste? — No ha venido. — Esto ha estado desierto.— Yo creía que no habría un traje como el mió, y he visto seis mejores. — Esto es insoportable. — ¡Qué hermosa es! — ¡Qué caballo tan penco el que montaba!— ;Será alquilado!— A veinticinco pesos la mancuerna, ¡qué barbaridad! — Mucha gente. — Jamas olvidaré este día. — No hubo nueces. — Buenas tardes. —

¿Cómo conciliar tan diferentes pareceres sobre las mismas cosas? Inútil empeño! Si de otro modo fuera, el mundo no seria mundo. Quédese pues, cada cual con su opinión y yo con la mía, que creo modestamente la mejor de todas, y convengamos ‘en que cada cual habla de la feria según le va en ella.'”


BIBLIOGRAFIA:

  1. Milla y Vidaurre, José (1882) [1865]. Cuadros de Costumbres Guatemaltecas. I. Guatemala: Tipografía El Progreso. p.: 145.
  2. Ibid., p.: 146.
  3. Ibid., p.: 147.
  4. Ibid., p.: 148.
  5. Ibid., p.: 149.
  6. Ibid., p.: 150.