14 de enero de 1986: Cerezo toma posesión

El licenciado Vinicio Cerezo toma posesión como presidente de la República. Es el primer presidente civil desde 1970.

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El Palacio Nacional de Guatemala, sede del gobierno del licenciado Vinicio Cerezo. En el recuadro: Cerezo y su esposa, Raquel Blandón, junto con el Ministro de Relaciones Exteriores Mario Quiñones y su señora durante una visita oficial a la República Federal de Alemania (Alemania Occidental) en 1986. Imágenes tomadas de Wikimedia Commons.

Tras los golpes de estado de 1982 y 1983, el gobierno militar del general Oscar Humberto Mejía Vítores permitió la convocatoria de una Asamblea Constituyente que emitió una nueva constitución para la República en 1985, en base a la cual se realizaron elecciones en las que resultó electo el licenciado Marco Vinicio Cerezo Arévalo.  

El nuevo presidente tomó posesión de su cargo el 14 de enero de 1986, siendo el primer gobiernante civil en hacerlo desde 1970; pero, a diferencia de sus antecesores, la Constitución de 1985 le confería muy poco poder al ejecutivo, descentralizando numerosas atribuciones que antes eran responsabilidad del presidente de la República.  

En su discurso de inaguración, Cerezo hizo un resumen certero de la situación del país en el momento de la transición a los gobiernos civiles, los cuales reproducimos a continuación por su importancia histórica:

[…] Somos un pueblo al que por mucho tiempo se nos negó la expresión y muchos fuimos perseguidos por decir la verdad.  Hemos recuperado la palabra.

Somos un pueblo al que se nos decía qué hacer, y cómo hacerlo, sin preguntarnos jamás si nos parecía bueno o malo, si estaba de acuerdo con nuestra comunidad, con nuestra aldea, nuestra región, nuestra ocupación, nuestras ideas y aspiraciones, nuestro modo ancestral de vida, nuestras creencias.  Hemos recuperado nuestro derecho a participar. Muchos llegamos a ser extraños en nuestra propia tierra, y hoy regresamos a lo nuestro.1

[…] Era imprescindible, es cierto, el esfuerzo científico y profundo por saber exactamente lo que nos ha venido poasando, lo que nos pasa ahora y lo que nos podrá pasar como pueblo, como nación, como región, si no hacemos algo drástico y urgente por corregirlo.

Pero, por doloroso que esto sea, este conocimiento debemos compartirlo. Porque parte de nuestra crisis se debe a la ignorancia generalizada sobre lo que nos pasa, debido a una cuidadosa labor de desinformación y ocultamiento. […] No importa las razones, miles de vidas guatemaltecas han caído en esta espantosa vorágine […], y cientos de miles de nosotros hemos padecido de una u otra manera los efectos de este clima general de atropellos.2

Encontramos un país en las peores condiciones que jamás Mandatario alguno haya recibido esta Nación.  En la vida política los guatemaltecos nos encontramos con que la [fuerza] se constituyó en un permanente sustituto de la negociación y el compromiso; incapaces de resolver sus diferencias por el diálogo […] algunos guatemaltecos optaron por el absurdo y primitivo lenguaje del daño físico y la represalia armada.  Nuestra familia guatemalteca se ha visto miles de veces enlutada con una [fuerza] insensata y cruel, amparada en los más variados signos ideológicos.  Unos la emprendieron desde una decisión individual, al margen de toda ley, con el argumento de la defensa de sus privilegios y prerrogativas de que habían gozado ancestralmente.  Otros la emprendieron porque no veían otras salidas para defener sus derechos y reivindicaciones. Otros la emprendieron argumentado que era necesaria por su seguridad y el orden. Otros, en fin, la emprendieron desde un uso abusivo de posiciones de poder, sumándose así a los […] que nunca respetaron la convivencia de nuestra comunidad nacional.2

[…] No es necesario insistir aquí en los aspectos internacionales de la crisis económica y social, que el sufrido pueblo de Guatemala ha soportado como nadie, […] ya han hablado de manera certera sobre la injusticia del orden económico internacional y de cómo nuestras débiles economías se han visto devastadas en el torbellino de la recesión mundial.  Pero sí es necesario hablar de nuestra situación interna.  Si bien es cierto que la crisis internacional nos ha golpeado duramente por razones de sobra conocidas, también es cierto que internamente algunos guatemaltecos han puestos abundantes ingredientes para el desastre. […] También debemos reconocer grandes dosis de intolerancia e incomprensión, a la par que pareciera haberse entronizado una falta total de moral y de principios, contagiendo nuestra vida nacional de una corrupción generalizada y de una facilidad casi espontánea para el abuso de poder.3

Recibimos un país con las arcas vacías, producto de la mala administración de los anteriores gobiernos y de la corrupción.  Recibimos una situación económica desastrosa y crítica sin precedentes: la actividad económica se ha ido reduciendo, con importantes desequilibrios en el comercio internacional y en las finanzas del sector público.  Se han encogido los ahorros y la inversión y tenemos márgenes muy estrechos para superar esos desequilibrios y adoptar una acertada política económica.  No hay fondos para iniciar proyectos nuevos y no hay recursos suficientes para financiar los gastos de funcionamiento del gobierno. Nuestra deuda externa es cuatro veces el valor anual de nuestras exportaciones, y han hipotecado el futuro de nuestros hijos y de nuestros nietos; por esta eduda, cada guatemalteco debe 320 dólares.3

Demasiados guatemaltecos están sin trabajo. Y los que tienen un salario, lo han visto encogerse de manera angustiante: a pesar de los aumentos, cada vez se puede comprar menos y pagar menos porque nuestra moneda vale menos y las cosas cada vez valen más. […] Hoy cada guatemalteco [en promedio] dispone de un quetzal diario para su alimentación, su vivienda, su educación, su transporte y su salud.  Pero la realidad es más cruel y más dura. Porque sabemos que unos pocos guatemaltecos tienen mucho más que eso, y otros muchos no tienen nada.3

Somos ocho millones.  Cinco millones de nuestros hermanos viven en estado de pobreza.  Todavía mueren muchos de nuestros niños al nacer.  Y de los que viven, solamente uno de cada tres no está desnutrido.  Los otros dos están condenados a no comer bien, a que su cerebro no se desarrolle bien, a no tener suficientes fuerzas para el trabajo y el estudio y a la ignominia de que otros guatemaltecos le digan más tarde que es un tonto y un haragán; que le reclamen una higiene y una limpieza a la que nunca he tenido acceso y le exijan un comportamiento y una educación que jamás han podido estar a su alcance.4

Y si las condiciones de vida de la mayoría de nuestros conciudadanos son en verdad precarias, todavía más cruel ha resultado nuestra historia reciente cuando le permitieron organizarse para decir lo que pensaba y defender colectivamente sus derechos.  Se reprimió la organización libre de los ciudadanos y sus entidades representativas.  Muchos de los líderes y voceros de nuestro pueblo conocieron la muerte y el exilio.4


BIBLIOGRAFIA:

  1. Departamento de Recopilación de Leyes (1987).  Recopilación de las Leyes de la República de Guatemala, 1986.  Guatemala: Tipografía Nacional. p. i.
  2. Ibid., p. ii.
  3. Ibid., p. iii.
  4. Ibid., p. iv.