2 de mayo de 1832: los liberales decretan la tolerancia de cultos

Púlpito de la iglesia de La Merced en la Ciudad de Guatemala a finales del siglo XIX. En el recuadro: el jefe de Estado de Guatemala de 1831 a 1838, Dr. Mariano Gálvez. Imágenes tomadas de Mizner Scrapbook Central America y Nuestro Diario.

La influencia de los religiosos en los gobiernos de Guatemala ha sido una constante desde la época colonial.  Originalmente, la Iglesia Católica tenía el dominio absoluto de la situación, hasta que se produjeron las reformas borbónicas en la segunda mitad del siglo XVIII en la que las órdenes regulares perdieron gran parte de su poder,1 e incluso expulsaron a la otrora intocable orden de la Compañía de Jesús de todos los territorios del Imperio Español en 1767.2

A pesar de haber quedado debilitados, los frailes regulares mantuvieron su influencia en el gobierno, y por ello sus vicarios y comendadores estuvieron presentes en la firma de la Independencia el 15 de septiembre de 1821, juntamente con los miembros del cabildo eclesiástico y claustro de la Pontifica Universidad de San Carlos de Borromeo, todos ellos líderes del clero secular.3 A partir de ese momento, los clérigos intervinieron en los asuntos políticos de la región y fueron los principales aliados de los criollos aristócratas en el partido conservador; de hecho, varios de los principales líderes eclesiásticos eran familiares de los aristócratas.4 No es casualidad, pues, que la misma acta de Independencia incluya el siguiente párrafo:

10.°— Que la religión católica, que hemos profesado en los siglos anteriores y profesaremos en los siglos sucesivos, se conserve pura é inalterable, manteniendo vivo el espíritu de religiosidad que ha distinguido siempre a Guatemala, respetando a los ministros eclesiásticos seculares y regulares, y protegiéndoles en sus personas y propiedades.3

En contraposición, los criollos hacendados crearon el partido liberal y abrazaron la causa del libre pensamiento y de la Ilustración para atacar sistemáticamente a los miembros de partido conservador, minando poco a poco sus privilegios.  Esto llevó a la Guerra Civil Centroamericana de 1826-29, que se inició cuando los conservadores, hartos de todos los decretos anticlericales y anti-aristócratas que se estaban emitiendo en el Estado de Guatemala, aconsejaron al presidente Manuel José Arce a que hiciera prisionero al jefe de Estado, Juan Barrundia.4

En aquella guerra resultaron triunfadores los liberales, dirigidos por el general Francisco Morazán, quien no solamente destituyó a los aristócratas de los gobiernos federal y estatal en Guatemala, sino que expulsó a los líderes conservadores y a los frailes regulares de toda la región centroamericana en septiembre de 1829.5  Con el camino libre, Morazán llegó a la presidencia de la República Federal y en Guatemala eligieron como jefe de Estado al líder liberal Mariano Gálvez, quien otrora fuera conservador, secretario del Gabino Gaínza e incluso secretario de la Junta Provisional Consultiva que se formó tras la independencia.6

Aunque los liberales expulsaron a los frailes regulares, perimitieron que se quedaran los curas párrocos, exceptuando al líder del cabildo eclesiástico y jefe del clero secular, el arzobispo Ramón Casaus y Torres, quien tuvo que salir al exilio a Cuba.7  Y aunque los liberales toleraron la presencia de los párrocos, los siguientes atacando, quitándoles el diezmo obligatorio y haciendo la siguiente declaración terminante en el Congreso Federal de Centro América el 2 de mayo de 1832: «todos los habitantes de la República son libres para adorar a Dios según su conciencia, y el Gobierno Nacional les protege en el ejercicio de esta libertad«.8

Esto sería a la larga una de las causas por las que cayó estrepitósamente el gobierno del Dr. Mariano Gálvez el 2 de febrero de 1838, y por las que se fracturó irremediablemente la República Federal el 18 de mayo de ese mismo año:9 los liberales empezaron a hacer muchos negocios con los británicos protestantes de Belice, cuya religión era ahora protegida por la ley federal.10

Los liberales olvidaron que en el Acta de la Independencia también había quedado plasmado el papel del clero secular:

11.°— Que se pase oficio a los dignos prelados de las comunidades religiosas para que cooperando á la paz y sosiego, que son la primera necesidad de los pueblos, cuando pasan de un gobierno a otro, dispongan que sus individuos exhorten á la fraternidad y concordia á los que estando unidos en el sentimiento general de la Independencia, deben estarlo también en todo lo demás, sofocando pasiones individuales que dividen los ánimos y que producen funestas consecuencias.3

Este párrafo quiere decir que los curas párrocos eran los encargados de indoctrinar a sus fieles.  Sólo que después de la declaración de 1832, en lugar de exhortar a la fraternidad y concordia, los curas párrocos hicieron labor de hormiga entre sus feligreses campesinos diciéndoles que los liberales eran «herejes» y enemigos de la «santa religión«.  Tras cinco años de estar inculcando estas creencias, los campesinos eran totalmente antiliberales, y no ayudó a la causa de Gálvez el que hubiera establecido un impuesto individual abusivo en contra del campesinado.11

La gota que colmó el vaso fueron los códigos de Livingston que se establecieron el 1 de enero de 1837, ya que parte de ellos eran las leyes laicas que permitían el matrimonio civil y el divorcio.  Esto reforzó la creencia de que los liberales eran heréticos y bastó con que llegara la epidemia del cólera para que los campesinos estallaran y se rebelaran contra el gobierno, cantando el «Salve Regina» en todas las batallas.  De hecho, el comandante guerrillero Rafael Carrera fue ungido por los curas párrocos como el «ungido por la Santísima Virgen María» para salir de los herejes.10


BIBLIOGRAFIA:

  1. Domínguez Ortiz, Antonio (2005) [1988]. Carlos III y la España de la Ilustración. Madrid: Alianza Editorial. ISBN 84-206-5970-3. pp. 135-140.
  2. Real Gobierno de España (1805) [1775]. Novísima Recopilación de las Leyes de España mandada formar por el señor don Carlos IV. Madrid. pp. 181-183.
  3. Pineda de Mont, Manuel (1869). Recopilación de las leyes de Guatemala, compuesta y arreglada a virtud de orden especial del Gobierno Supremo de la República I. Guatemala: Imprenta de la Paz en el Palacio. pp. 11-14.
  4. Mencos Franco, Agustín (1893). Rasgos biográficos de Francisco Morazán: apuntes para la historia de Centro América. Guatemala: Tipografía El Comercio. pp. 32-35.
  5. La Antorcha Centro-Americana (11 de septiembre de 1829).  Guatemala, septiembre 10. En: La Antorcha Centro-Americana. (7) Guatemala: Imprenta Nueva. p. 28.
  6. Marure, Alejandro (1844). Efemérides de los hechos notables acaecidos en la república de Centro América, desde el año de 1821 hasta el de 1842. Guatemala: Imprenta La Paz. p. 5.
  7. Hernández de León, Federico (1929). El libro de las efemérides: Capítulos de la Historia de la América CentralII. Guatemala: Tipografía Sánchez y de Guise. pp. 132-133.
  8. — (1963) [1944]. El libro de las efemérides: Capítulos de la Historia de la América CentralVI. Guatemala: Tipografía Nacional.  pp. 132-133.
  9. Coronado Aguilar, Manuel (1975). Apuntamientos para la Historia de GuatemalaI Guatemala: Editorial del Ejército. pp. 157, 235, 246, 272 y 304.
  10. Solís, Ignacio (1906) Memorias del General Carrera, 1837 a 1840. En: Colección de Documentos Históricos y Biográficos. 1. Guatemala: Tipografía de Sánchez y de Guise.  pp. 17-50.
  11. Woodward, Ralph Lee Jr. (1993). Rafael Carrera and the Emergence of the Republic of Guatemala, 1821-1871 (en inglés). Athens, Georgia EE.UU.: University of Georgia Press.