20 de mayo de 1877: se publica el primer número del periódico de la Sociedad Literaria “El Porvenir” de los intelectuales liberales de la época de J. Rufino Barrios

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Composición fotográfica del Teatro Colón (anteriormente Teatro Carrera) realizada por Alberto G. Valdeavellano y publicada por la revista cultura “La Ilustración Guatemalteca” en 1897.  Imagen tomada de Wikimedia Commons.

La Sociedad literaria “El Porvenir” se formó en Guatemala con las principales personalidades literarias entre los criollos liberales que habían tomado el poder tras el triunfo de la Revolución Liberal de 1871. “El Porvenir” se reunió por primera vez la noche del lunes 19 de marzo de 1877, por iniciativa de Vicente Carrillo, quien fue su primer presidente, y con el objetivo de crear una “literatura nacional”.1

Los estatutos de la nueva sociedad fueron redactados por Carrillo, sometidos a discusión y aprobados por todos los miembros. Contaron desde el principio con la venia del gobierno del general J. Rufino Barrios, y todos los representantes del gobierno eran automáticamente miembros honorarios de ella, destacando entre ellos el licenciado Lorenzo Montúfar, quien no solamente era Ministro de Estado sino que era el principal ideólogo liberal anticlerical.1 Montúfar, quien fue un guía-protector de los miembros más jóvenes de la Sociedad dada su experiencia como Ministro de Estado en Costa rica y de Rector de la Universidad de Santo Tomás,<sup>1</sup> había regresado a Guatemala durante el gobierno de Barrios, tras haber salido huyendo del país disfrazado de clérigo cuando el general Rafael Carrera regresó a Guatemala de su autoimpuesto exilio en agosto de 1849.2

Las reuniones de la Sociedad eran semanales, y de julio acordaron también imponer una cuota de 50 centavos a cada miembro, para sufragar los gastos y en agosto de este mismo año, Barrios concedió, a través de la tesorería de la Universidad, cincuenta pesos mensuales para apoyar las labores de «El Porvenir», dada la importancia de esta asociación en la formación y desarrollo de los intelectuales liberales guatemaltecos.1

El 20 de mayo de 1877 la sociedad empezó a publicar un periódico quincenal que llevó el nombre de “El Porvenir” y en su primer número incluyó una lista de los socios que la componían:

  1. Honorarios: personajes relevantes, principalmente miembros del gobierno y a las mujeres.
  2. Asistentes: los que concurrían con regularidad a las juntas.
  3. Corresponsales: socios que se encontraban fuera de la ciudad o del país y contribuían con materiales para las sesiones y el periódico.1
  4. La junta directiva se componía de presidente vicepresidente, secretario, sub-secretario, varios vocales y tesorero, aunque en de 1879 se suprimieron los cargos de presidente y vice-presidente y se eligieron doce presidentes para ejercer el cargo durante un mes cada uno. Y en mayo de 1880 ampliaron las temáticas abordadas a otras ciencias e inauguraron una serie de conferencias públicas como otro medio de difusión de sus trabajos para lo cual organizaron veladas artístico-literarias en el Teatro Nacional.1

Máximo Soto Hall, quien luego sería un ideólgo del gobierno del licenciado Manuel Estrada Cabrera, clasificó a los miembros de la siguiente forma: 3

  • “Sombras protectoras”: eran las personalidades de mayor edad, y entre ellas estaba el ya mencionado Lorenzo Montúfar, el padre Ángel María Arroyo, quien a pesar de ser sacerdote fue uno de los principales aliados de J. Rufino Barrios y uno de sus principales aduladores,4 Antonio Machado y el escritor José Milla y Vidaurre. Los tres primeros citados eran considerados como los grandes oradores de la época,5 mientras que Milla, era muy respetado como orador y catedrático universitario a pesar de ser conservador y miembro de los gabinetes de Carrera y Vicente Cerna antes de la revolución de 1871.3
  • Mayores de 30 años: eran los que empezaban por aquel entonces a a labrarse un nombre. Entre ellos destacan:3
    • Antonio Batres Jáuregui: quien luego sería Ministro de EStado de Barrios y de todos los presidentes liberales hasta Manuel Estrada Cabrera, a pesar de ser conservador. Fue vice-presidente de la Sociedad desde su fundación hasta noviembre de 1877.
    • Fernando Cruz: quien luego sería Ministro de Estado.
    • Salvador Falla: jurista y político que fue vocal 1º y luego asumió la presidencia de la asociación desde noviembre de 1877 hasta enero de 1879.
    • Ricardo Casanova y Estrada: por entonces un joven abogado, quien después de ser humillado por el presidente Barrios durante un litigio que se seguía por la propiedad que había sido de la Orden de San Felipe Neri de la Escuela de Cristo, decidió hacerse sacerdote y llegó a ser el arzobispo de Guatemala.
    • Juan Fermín de Aycinena: otro escritor conservador, quien era descendiente del patriarca de su familia, que tenía el mismo nombre. Aycinena fue miembro del gobierno de Carrera, pero abandonó la política tras la Revolución de 1871.
  • Jóvenes: los literatos que apenas empezaban. Entre ellos se encontraban:
    • Manuel Valle: joven poeta de 16 años, miembro asistente y asiduo colaborador del periódico con su poesía. Llegó a ser abogado, escribió varias obras de teatro y en 1902, junto a Virgilio Rodríguez Beteta y Francisco Contreras fundó el primer ateneo de Guatemala.3
    • Miguel Ángel Urrutia: secretario particular de Barrios. Ingresó a la sociedad en febrero de 1879 y fue un asiduo colaborador del periódico principalmente con su poesía.<sup>3</sup>
    • Ramón A. Salazar: médico, quien luego llegaría Ministro de Instrucción Pública de Barrios y luego editor de la revista cultural “La Ilustración Guatemalteca” durante el gobierno del general José María Reina Barrios. Fue miembro de varias Asambleas Legislativas que favorecieron al gobernante liberal de turno y también fue ministro del licenciado Manuel Estrada Cabrera. Fue uno de los principales intelectuales anticlericales guatemaltecos y director del Diario de Centro América, que en esa época era un periódico semi-oficial.
    • Juan Arzú Batres: ingeniero, quien fue director del Diario de Centroamérica y padre del escritor José Arzú. Fue miembro fundador de la Academia Guatemalteca correspondiente a la española de la lengua y ocupó diferentes puestos en la directiva de la sociedad.3
    • Guillermo Hall: tío de Máximo Soto Hall y padre de Elisa Hall de Asturias
    • Domingo Estrada: de 22 años de edad, era hijo de Arcadio Estrada, un abogado que participó en el movimiento de 1871 y que ocupó varios puestos ministeriales durante los gobiernos liberales. Por la influencia de su padre, Estrada ocupó puestos públicos mientras todavía estudiaba en al Universidad de donde se graduó de abogado en agosto de 1877. Pasó la mayor parte de su vida fuera de Guatemala sirviendo puestos diplomáticos, principalmente en los Estados Unidos. Fue vocal, tesorero, miembro de la comisión de imprenta y publicó asiduamente en el periódico “El Porvenir“.3

Entre los miembros extranjeros destacaron:

  • El ingeniero mexicano Alejandro Prieto, quien fungió en la sociedad como vocal 1º y era Secretario de la Legación de México en Guatemala. Prieto escribió el primer Tratado de Agrimensura recopilando leyes y decretos, y se hizo cargo, ad honorem, de las asignaturas de Topografía, Agrimensura y dibujos y con ello formó la Facultad de Ciencias Exactas de donde salieron los primeros veintidós Ingenieros Topógrafos. Trazó el Cementerio General y el Hipódromo del Norte. Hizo el primer estudio de los límites con México, y la nivelación de los ríos Pensativo y Democracia.1
  • El licenciado hondureño Marco Aurelio Soto,3 quien fuera Ministro del gobierno de Barrios durante los primeros años de éste, y luego fue colocado en la presidencia de Honduras junto a su primo Ramón Rosa por el general Barrios. Años después, cuando ya no le era útil, Barrios lo derrocó y lo sustituyó por Luis Bográn.
  • El poeta cubano José Martí, quien aparece en la lista de socios asistentes que se publicó en el primer número del periódico. En 1878 figura como Vicepresidente de la sociedad y pronunció un discurso en la primera velada que realizara la sociedad el 25 de julio de 1877, que fue el que le valió el sobrenombre de “Dr. Torrente“.6

Por supuesto, la ideología liberal y el progreso que proponía y documentaba la Sociedad Literaria era para las élites ilustradas y no para el ciudadano común, en particular el indígena. Los literatos se convirtieron, entonces, en apologistas de la medidas económicas anticlericales y pro-cafetaleras de J. Rufino Barrios que utilizaron a los indígenas como mano de obra casi gratuita. He aquí algunas frases publicadas en las páginas de aquel periódico por Salvador Falla, que dejan clara la posición de los intelecuales liberales:

El aborigen, poseedor de inmensos terrenos vírgenes henchidos de fecundidad, pero que yacen hace siglos esperando la hora de la redención por el cultivo, … alega no sé qué derechos señoriales adquiridos de tiempos remotísimos y se opone con una tenacidad propia de su raza a que una mano extraña, una mano aleve toque el árbol que él no ha plantado, el árbol que no ha cuidado ni visto crecer.”7“No le pidamos al indio iniciativa, adelanto, progreso; porque la iniciativa individual no se encuentra en la degeneración y en la ignorancia; no queramos que sienta la sed de la riqueza, la ambición del bienestar material; porque la ambición no puede avenirse con una alma empequeñecida. Pidámosle al indígena lo que puede darnos: que auxilie la obra del progreso con su mano callosa, su brazo fornido, su índole suave“.8

Así pues, para aquellos eruditos liberales, lo “nacional” era únicamente lo español y lo occidental. Juan Arzú Batres, en un artículo titulado “La imaginación y el pensamiento” llega al extremo de eliminar a toda la población indígena de América considerando que el continente era únicamente la reunión de dos razas: la inglesa y la española, y que estaba llamado a ser la síntesis de ambas y lograr con ello “que no se reconozca otra raza que la raza humana, ni otra civilización que la civilización Universal”.9

Uno de los sucesos más relevante de la Sociedad Literaria ocurrió en diciembre de 1879 cuando el presidente Barrios les encargó convocar a un concurso para elegir un himno nacional. Pretendían utilizarlo para las celebraciones que el gobierno planeaba para el mes de marzo de 1880 cuando entraría en vigor la Constitución de 1879, cuya redacción se había pospuesto por varios motivos desde que Miguel García Granados se había hecho con el poder en 1871. El 5 de enero de 1880 la sociedad convocó al concurso para el cual se otorgó un plazo de quince días. Nombró un jurado calificador compuesto por José Milla, José Antonio Salazar, Javier Valenzuela, Manuel Ramírez y Salvador Falla. Pero solamente se recibieron sólo trece composiciones y cuando el jurado eligió los tres primeros lugares, todos miembros de la Sociedad (Juan Fermín de Aycinena, Miguel Ángel Urrutia y Manuel Arzú y Saborío), dictaminó que ninguno de ellos merecía el calificativo de Himno Nacional y el evento quedó como un simple concurso literario.1


BIBLIOGRAFIA:

  1. Fuentes Oliva, Regina (4 de junio de 2009). Una aproximación al ambiente intelectual guatemalteco de la Reforma Liberal, a través de la sociedad Literaria El Porvenir“. En Boletín AFHEC. (41) Guatemala: Asociación para el Fomento de los Estudios Históricos en Centroamérica.
  2. Coronado Aguilar, Manuel (1975). Apuntamientos para la Historia de Guatemala. I Guatemala: Editorial del Ejército. p. 266.
  3. Soto Hall, Máximo (1966). La niña de Guatemala: el idilio trágico de José Martí. Gutaemala: José de Pineda e Ibarra. p. 53.
  4. Vela, David (1948). Literatura Guatemalteca Guatemala: Tipografía Nacional. p. 315.
  5. Ibid, p. 307.
  6. Hall, La niña de Guatemala, p. 67.
  7. Falla, Salvador (24 de julio de 1877). El Porvenir ¡Adelante!. En El Porvenir I (5), p. 65.
  8. Ibid, pp. 66-67.
  9. Arzú Batres, Juan (5 de julio de 1877). La novela. En El Porvenir I (4), pp. 53-54.

 

14 de abril de 1865: muere el presidente vitalicio de Guatemala, capitán general Rafael Carrera

14abril1865
Vista de la Plaza Mayor de la Ciudad de Guatemala desde la Catedral Metropolitana en la época en que falleció Rafael Carrera.  De todos los edificios, el único que sobrevive hasta hoy es el Palacio Arzobispal que se observa en primer plano.  Al fondo está el Palacio Colonial a la izquierda, el antiguo Ayuntamiento a la derecha y el mercado central que antes en la plaza.  En el recuadro: el general Rafael Carrera y su verdadera firma.  Imágenes tomadas de Wikimedia Commons.

Una de las figuras olvidadas en la historia de Guatemala es, indudablemente, la del capitán general Rafael Carrera.  Lo único que dicen de él en los textos de historia que se redactaron luego de la Reforma Liberal de 1871 fue que era un “cachureco” borracho y analfabeto que firmaba como “Raca Carraca” y que era el brazo armado de la familia Aycinena, supuesto verdadero poder tras el trono.1  Por su parte, los escritores marxistas que investigaron la historia de Guatemala durante la década de 1950 y 60 se refieren a Carrera como un “reyezuelo” y casi no profundizan en su gestión puesto que un gobierno católico que se preocupara por el bienestar de los indígenas no encaja en su narrativa de dominación de clases dominantes en el país.2

Las razones por las que los liberales se esforzaron por destruir el recuerdo histórico del general Carrera son varias, entre ellas:

  1. Carrera era mestizo y su fisonomía era predominantemente indígena.3  (Incluso los criollos conservadores como, por ejemplo, Manuel Cobos Batres, intentaron decir que no era posible que tuviera ascendencia indígena porque tenía muchas cualidades, al mismo tiempo que decía que el licenciado Manuel Estrada Cabrera no era un digno presidente pues era “mestizo de indio“.4)
  2. El principal apoyo del gobierno de Carrera fueron los pactos que estableció con los líderes indígenas, en especial del occidente guatemalteco que era en donde los criollos liberales pretendían establecer su propio Estado.
  3. La Iglesia Católica era el principal aliado de Carrera, ya que éste fue nombrado líder campesino por gracia de la Virgen María en la guerra civil contra el gobierno liberal del Dr. Mariano Gálvez.
  4. Al retomar a sangre y fuego el Estado de los Altos en 1840, Carrera destruyó el sueño de los criollos liberales guatemaltecos de formar su propio estado con la rentable frontera con México y con el potencial de importantes puerto en Ocós y Champerico.
  5. Carrera derrotó al héroe máximo de los liberales centroamericanos, el general Francisco Morazán en marzo de 1840, dando fin no sólo con la carrera política de éste, sino con la República Federal que añoraban los liberales.
  6. En la Batalla de La Arada el 2 de febrero de 1851, Carrera venció a un ejército liberal formado por aliados de Honduras, El Salvador y Guatemala, sometiendo a ambos estados a su control a partir de entonces y eliminando la amenaza liberal a su régimen conservador.
  7. Durante todo el tiempo que Carrera fue presidente vitalicio, los criollos liberales guatemaltecos se mantuvieron en el exilio por el terror que les inspiraba.
  8. Cuando venció a Gerardo Barrios en 1863, Carrera no se detuvo sino hasta llegar a San Salvador, en donde dió orden de destruir a cañonazos la tumba de Francisco Morazán.3

Por supuerto, el general Carrera no era perfecto, ni mucho menos.  Por ejemplo, a pesar de ser fanático católico tenía la costumbre de ser agasajado con un grupo de muchachas jóvenes que le eran ofrecidas en cada poblado por donde pasaba, especialmente tras alguna victoria militar; y no se diga del sinnúmero de amantes que tuvo, entre las que hubo actrices e incluso una hermana del general Serapio Cruz (Tata Lapo).  También hizo nombrar capitán a su hijo Francisco, cuando éste era todavía un niño, y sus esbirros tenían mucha crueldad, como en la ocasión en que un barbero intentó agredir a Carrera y sus guardias no solo mataron al atacante, sino que los desmembraron y pusieron las partes del cuerpo en las entradas de la Ciudad de Guatemala como escarmiento.3  Y, quizá lo peor de todo, es que hizo muchos préstamos a bancos ingleses cuando necesitó armas para sufragar los gastos de su ejército, llegando al colmo de entregar en concesión a los ingleses la región comprendida entre el río Belice y el río Sarstún para poder obtener armas para combatir al filibustero estadounidense William Walker.5

La muete del “caudillo adorado de los pueblos“, como le decían sus aduladores, ocurrió el Viernes Santo, 14 de abril de 1865 en la Ciudad de Guatemala, y le sobrevino por una grave enfermedad estomacal que algunos historiadores indican que se produjo por un envenamiento que sufrió durante unas vacaciones, y otros por un cáncer de estómago.  Lo cierto es que Carrera pasó sus últimos días entre los hedores de su propio excremento, al que ya no podía controlar y murió poco después de ver pasar la procesión de Jesús Nazareno de La Merced.

He aquí el decreto emitido por el gobierno conservador tras la muerte del presidente vitalicio:

“Por cuanto habiéndose servido Dios Nuestro Señor llamar a sí al excelentísimo señor capitán general don Rafael Carrera, presidente de la República;Debiéndose verificar los funerales de su excelencia con la solemnidad correspondiente y hacerse las demostraciones públicas debidas, con motivo de tan doloroso suceso.

Por tanto: oído el parecer del consejo de estado; tiene a bien decretar y decreta:

Artículo 1°. Los funerales del excelentísimo señor capitán general don Rafael Carrera, presidente de la república, se harán el día 17 del corriente a las nueva de la mañana en la Santa Iglesia Catedral, donde será sepultado el cadáver en el lugar destinado al efecto.

Artículo 2°. El ministro de gobernación, justicia y negocios eclesiásticos se pondrá de acuerdo con el muy reverendo arzobispo metropolitano para disponer la solemnidad con que deba verificarse el acto.

Artículo 3°. El ministro de hacienda y guerra dictará sus disposiciones para que se hagan al cadáver de su excelencia los honores prescritos por la ordenanza general del ejército.

Artículo 4°. Los funcionarios y empleados públicos, civiles, militares y de hacienda de la capital, vestirán luto durante treinta días.  Los de los departamentos, por igual tiempo, desde que reciban el presente decreto.

Artículo 5°. Las oficinas públicas, tiendas de comercio y talleres estarán cerrados el día en que se hagan los funerales de su excelencia el presidente.

Artículo 6°. Los ministros de gobernación, y de hacienda y guerra dispondrán que las autoridades y corporaciones concurran a las exequias y tomarán las demás disposiciones correspondientes a la solemnidad del acto.

Artículo 7°. Los corregidores de los departamentos, poniéndose de acuerdo con los curas párrocos, dispondrán se hagan honras solemnes por el eterno descanso del alma de su excelencia.”6

La muerte de Carrera obligó a restituir la constitución de 1851, ya que ésta había sido modificada el 21 de octubre de 1854 porque Carrera había sido nombrado presidente vitalicio. Esas reformas fueron una concesión personal y exclusiva, de modo que cuando falleció el presidente se consideró que legalmente debía restablecerse la constitución de 1851.  De acuerdo al artículo 9°. de aquella constitución el ministro de relaciones exteriores, Pedro de Aycinena, quedó como presidente interino y cuyo primer acto oficial fue convocar a la Cámara de Representantes para que eligiera al nuevo presidente de la República.7


BIBLIOGRAFIA:

  1. Aguirre Cinta, Rafael (1899) Lecciones de Historia General de Guatemala. Arregladas para uso de las escuelas primarias y secundarias de ésta República.  Guatemala: Tipografía Nacional. pp. 147-150.
  2. Martínez Peláez, Severo (1990). La patria del criollo; ensayo de interpretación de la realidad colonial guatemalteca. México: Ediciones en Marcha.
  3. Woodward, Ralph Lee, Jr. (1993). Rafael Carrera and the Emergence of the Republic of Guatemala, 1821-1871 (en inglés). Athens, Georgia EE.UU.: University of Georgia Press.
  4. Arévalo Martínez, Rafael (1945). ¡Ecce Pericles!. Guatemala: Tipografía Nacional.
  5. Aycinena, Pedro de; Wyke, Charles Lennox (1859). «Tratado Aycinena-Wyke 1859». Google Docs. Guatemala.
  6. Pineda de Mont, Manuel (1872). Recopilación de las leyes de Guatemala, 1871 III. Guatemala: Imprenta de la Paz en el Palacio. pp. 351-352.
  7. — (1859). Recopilación de las leyes de Guatemala, compuesta y arreglada a virtud de orden especial del Gobierno Supremo de la República. Tomo I. Imprenta de la Paz. pp. 85-87.

 

Viernes de Dolores de 1956: el arzobispo Mariano Rossell amenaza con la excomunión a los participantes y asistentes al desfile bufo de la Huelga de Dolores

Viernesdolores1956
El Parque Central y la Catedral Metropolitana de la Ciudad de Guatemala a finales de la década de 1950.  En el recuadro, un sello conmerorativo del arzobipos Mariano Rossell.  Imágenes tomadas de Wikimedia Commons.

En la cuaresma de 1956, se produjo un hecho que evidenció que el arzobispo metropolitano Mariano Rossell y Arellano pensó que, tras ayudar a la Contrarrevolución en 1954 y obtener privilegios para la Iglesia Católica en la Constitución promulgada en febrero de 1956, el clero había recuperado todo el poder que había perdido en 1872. Y es que en la época colonial y el gobierno de los 30 años, el poder de los eclesiásticos era prácticamente absoluto. Desafortunadamente para Rossell, pronto se dió cuenta de que los tiempos habían cambiado radicalmente y que ya no podía dominar la situación como lo habían hecho sus antecesores.

Lo que ocurrió fue que Rossell y Arellano condenó las actividades de la Huelga de Dolores, porque “parodiaban sacrílegamente la liturgia sagrada y [las] oraciones, inclusive el Credo y el Padre Nuestro“, aunque no dijo que le molestaba que la actividad de sátira y crítica política lo llamara “sor Pijije” y lo acusara de haberse prestado a los intereses de la United Fruit Company, combatiendo el “comunismo ateo” enarbolando al Cristo Negro de Esquipulas para recuperar los privilegios que la Iglesia Católica había perdido desde el régimen liberal de J. Rufino Barrios. Lo que dijo Rossell para justificar su molesta fue que “era ilícito toda burla a los credos religiosos, sobre todo en tiempos de democracia“.

Así pues, el arzobispo emitió un comunicado a toda su feligresía (que en esa época era la mayoría de la población guatemalteca) en el que decía: “advertimos a todos los católicos que no les es lícito autorizar con su presencia los actos de representaciones, desfiles, etc. de la llamada huelga de Dolores“. Rossell y Arellano llegó al extremo de amenazar con la excomunión a todo aquel que participara o presenciara el desfile, pues le parecía que era “incoherente el participar en la huelga de Dolores, burlarse de la liturgia y los símbolos católicos y luego participar piadosamente en las procesiones, las cuales se celebran días después de la Huelga, en Semana Santa.”

El Honorable Comité de Huelga de Dolores hace su desfile el Viernes de Dolores precisamente para criticar a las procesiones de Semana Santa, y por ello, respondió en un comunicado que no permitirían que los “ministros de la religión actuaran con hipocresía” y que la huelga se realizaría “quisieran o no“.

Al día siguiente del comunicado del arzobispo y de la respuesta de los estudiantes, hubo un mitin del “Comité de defensa moral pública” en el que hacían responsable al Gobierno “por los hechos de sangre que pudieran suceder, si los estudiantes persisten en ofender la religión“. Aquel comité estaba dirigido por el diputado José García Bauer (quien vivía frente a la Iglesia de La Recolección) y estaba conformado por miembros conservadores de la sociedad guatemalteca que creían que con el triunfo de la Operación PBSUCCESS de la CIA en 1954 habían regresado a la época del general Rafael Carrera.

Las advertencias del arzobispo y del Comité cayeron en oídos sordos, como ocurre siempre que hay una queja por faltas a la moral, ya que lo único que consiguen es que la curiosidad del público sea mucho mayor.  Así pues, cuando el desfile de la Huelga se realizó ese Viernes de Dolores las calles estaban abarrotadas; pero, poco después de haber iniciado su recorrido, cuando los estudiantes iban por la 12 calle entre segunda y cuarta avenidas de la zona 1 de la Ciudad de Guatemala, tres hombres elegantemente vestidos lanzaron una bomba sobre una carroza, causando una explosión que dejó a más de treinta personas lesionadas, entre estudiantes y espectadores. A pesar del pánico inicial, el desfile continuó como estaba programado.

Al darse cuenta de que no le hicieron caso, Rossell y Arellano montó en cólera y decidió suspender las procesiones de semana santa, cumpliendo con la amenaza de de sancionar a los que participaran en el desfile. Pero la presión por continuar con las procesiones fue muy fuerte, y el 26 de marzo el arzobispo, en una reunión en la Catedral, atendió la petición de los feligreses y miembros de todas las hermandades de que extendiera licencia para que las procesiones se realizaran “como de costumbre“. Y, dándose cuenta de que ya la Iglesia Católica no podía influir en la sociedad como lo había hecho en los siglos pasados, dijo simplemente que esperaba que los estudiantes recapacitaran y que el próximo año “si no había huelga decente no habrían procesiones“.


BIBLIOGRAFIA:


6 de marzo de 1837: en San Juan Ostuncalco se produce la primera sublevación indígena contra los Códigos de Livingston que impuso el gobierno liberal de Mariano Gálvez

6marzo1837
Iglesia Parroquail de San Juan Ostuncalco, Quetzaltenango en 2010.  Los curas párrocos fueron instrumentales en la rebelión campesina contra las leyes laicas impuestas por los Códigos de Livinston impulsados por José Francisco Barrundia (en el recuadro). Imágenes tomadas de Wikimedia Commons.

El gobierno del Dr. Mariano Gálvez habría sido mejor si no hubiera tenido la influencia nefasta de José Francisco Barrundia, quien era un liberal radical que intentó introducir al país novedosos sistemas de justica y educación que no se adaptaron en lo absoluto a la realidad nacional.  El caso más específico fue el de los Códigos de Livingston, que Barrundia tradujera, y que prácticamente forzó a Gálvez a imponer desde la presidencia de la Asamblea Legislativa el 1 de enero de 1837.

Y es que el problema de los mencionados cógidos era que imponía modificaciones al sistema de vida que eran incompatibles con las costumbres ancestrales y coloniales de los indígenas guatemaltecos;  el matrimonio civil, el divorcio, y los juicios de jurados eran ideas muy novedosas para esa época en que apenas 15 años antes se había declarado la independencia del Imperio Español. Así como estaban las cosas en ese momento, a los indígenas no les pareció en lo absoluto que se restringiera la actividad de los curas párrocos (que no habían sido expulsado del territorio como los frailes regulares) ni que se pusiera a la autoridad de la Iglesia Católica bajo la autoridad civil, cuando estaban acostumbrados a que fuera todo lo contrario.

Otra de las cosas que se impusieron en los códigos fue la construcción de cárceles públicas en los poblados.  Y aquí fue donde la situación estalló, pues los curas párrocos se encargaron de divulgar toda clase de historias falsas sobre las nuevas instalaciones carcelarias entre los indígenas a su cargo.  Así pues, el 6 de marzo de 1837, apenas dos meses después de implementados los códigos, los indígenas de San Juan Ostuncalco se alzaron contra los que estaban construyendo la cárcel pública de la localidad.  Armados de hondas y piedras, hicieron huir al juez y al magistrado de la corte que estaban supervisando las obras, quienes al verse a salvo pidieron ayuda a una escolta.  Los soldados llegaron a dispersas a los alzados a balazos, y así terminó aquel primer tumulto contra los códigos.

Pero aquel primer alboroto fue solamente un aviso, pues la labor de los curas párrocos apenas empezaba a dar frutos.  Tan solo un año después, debido a los alzamientos indigenas en todo el Estado, el régimen liberal se había resquebrajado y Mariano Gálvez había abandonado la presidencia.


BIBLIOGRAFIA:

  • Hernández de León, Federico (6 de marzo de 1926) El Capítulo de las Efemérides, 6 de marzo de 1837, Levantamiento en San Juan Ostuncalco. Guatemala: Nuestro Diario, Talleres SELCA.
  • Solís, Ignacio (1906) Memorias de Carrera, 1837 a 1840. Tip. de Sánchez y de Guise. Guatemala.

 

2 de marzo de 1632: el Ayuntamiento nombra una comisión para recibir al nuevo Obispo, doctor Agustín de Ugarte y Saravia

2marzo1632
Ruinas de la Ermita de Nuestra Señora del Carmen en completo abandono en 1896.  En el recuadro: el obispo Ugarte y Saravia, quien autorizó la construcción de la ermina durante su gestión al frente de la diócesis de Guatemala.  Imágenes tomadas de Wikimedia Commons.

El doctor Agustín de Ugarte y Saravia nació en Bogotá en 1564 y desde su nacimiento estuvo vinculado a la Iglesia Católica, ya que su padre era pariente del arzobispo Hernando Arias de Ugarte. A una temprana edad fue llevado a España, en donde realizó brillantes estudios en Salamanca y recibió el Doctorado en la Universidad de Oñate en Viscaya. Se ordenó sacerdote, se presentó a concurso y obtuvo la parroquia de Santa Cecilia en la villa de Espinosa de los Monteros de donde era nativa su madre; luego obtuvo la de San Sebastián en Burgos y, finalmente, fue Canónigo Racionero en Salamanca.

Regresó a la Nueva Granada en 1624 cuando contaba con sesenta años de edad,pues había sido nombrado Inquisidor Apostólico. Fundó de sus propios fondos un Monasterio de Carmelitas en Cartagena de Indias y en 1628 fue presentado al Obispado de Chiapa y Guatemala durante el papado de Urbano VIII.

En Guatemala fue recibido en 1632 en Santo Tomás (hoy Milpas Altas) por los capitanes Gaspar de Balcárcel y Pedro de Santiago, quienes habían sido comisionados por el Ayuntamiento de la capital el 2 de marzo de ese año para tal efecto. Había sido consagrado por el Obispo de Cartegena, Luís Ronquillo y ya al frente de su nueva diócesis dotó de una cátedra de casos de conciencia y asistió a las sesiones para que no faltasen los clérigos. Era muy responsable, al punto que un Jueves Santo hizo que lo llevaran a la Catedral a fin de celebrar los oficios del aquel importante día.

El 3 de septiembre de 1634 instituyó la Cofradía del Santo Escapulario de Nuestra Señora del Carmen en la capilla de Santa Teresa en la Iglesia Catedral de Guatemala, y el 20 de noviembre de ese año aprobó los estatutos de la misma. Posteriormente, el 9 de abril de 1638 autorizó para que la Cofradía erigiera su propia ermita, lo cual fue autorizado por la Real Audiencia al día siguiente. De esta manera, fue construida la primera ermita de Nuestra Señora del Carmen la ciudad de Santiago de los Caballeros de Guatemala la cual fue bendecida en junio de ese año.

El 10 de enero de 1641 fue promovido a la diócesis de Arequipa, y en su lugar fue nombrado el doctor Bartolomé González Soltero. Ugarte y Saravia llegó a Arequipa en 1643, y posteriormente erigió el sagrario para los curas, construyó la torre mayor de la Catedral y proveyó a la sacristía de muchos objetos valiosos.


BIBLIOGRAFIA:

  • Gauchat, Patritius (Patrice) (1935). HIERARCHIA CATHOLICA MEDII ET RECENTIORIS AEVI Vol IV. Münster: Libraria Regensbergiana. pp. 93, 148, 199, and 290. (en latín)
  • Pardo, J. Joaquín [1944] (1984). Efemérides de Antigua Guatemala 1541-1779. Guatemala: Consejo Nacional para la Protección de la Antigua Guatemala.
  • Pérez Pimentel, Rodolfo (s.f.) Agustín de Ugarte y Saravia. Ecuador: Diccionario Biográfico de Ecuador.

24 de febrero de 1836: tras la expulsión del arzobispo Ramón Casaus y Torres en 1829, el Papa interviene para nombrar un Vicario Capitular para el Estado de Guatemala

24febrero1836
Así lucía la Catedral Metropolitana de Guatemala en la época en que Casaus y Torres fue expulsado y declarado traidor a la patria.  En el recuadro: el arzobispo en mención.  Imágenes tomadas de Wikimedia Commons.

Los miembros de la Iglesia Católica, tanto del clero regular (frailes) como del clero secular (curas párrocos) no siempre estuvieron defendiendo las causas populares en Guatemala.  De hecho, esto apenas se inició con la Teología de la Liberación que empezó en 1968, luego de las profundas reformas llevadas a cabo por el Concilio Vaticano II.  Por el contrario, durante la colonia española y el gobierno de los 30 años, los miembros del clero eran los que más poder económico, político y diplomático tenían en la región.

Pero su poder se empezó a resquebrajar después de la Independencia en 1821.  Aunque en el Acta misma dice que esta región seguiría “siendo católica por los siglos de los siglos”, la verdad fue que apenas se separó Centro América del fracaso Primer Imperio Mexicano en 1823, y de inmediato se iniciaron los decretos anticlericales que buscaban mermar el poder de los religiosos.  Esto llevó a un golpe de estado en Guatemala en 1826, que puso en el poder al conservador Mariano de Aycinena, miembro de la familia más poderosa de la época colonial y con muchas conexiones con el clero.  Sus primos y sobrinos eran frailes u obispos, su hermana era una importante monja concepcionista que decía que sufría las estigmatas de Cristo y él mismo representaba el añejo poder aristocrático de la colonia.

El resto de los criollos de la región detestaba a los conservadores y a los religiosos por su poder económico y, con las ansias de quedárselo para ellos, abrazaron la causa liberal, el libre pensamiento y el progreso, atacando así a una religión que ya había quedado “obsoleta por el paso del tiempo“.  Así que el golpe de estado en Guatemala sirvió para encender la mecha de una guerra civil que terminó con la invasión del Estado por parte del líder liberal, el general Francisco Morazán, quien el 14 de abril de 1829 metió a la cárcel sin juicio a los Aycinena y sus familiares y colaboradores cercanos, después les confiscó sus bienes y por último los expulsó de la región centroamericana.  Y lo mismo hizo con los religiosos: expulsó a todas las órdenes de frailes, exceptuando a las hospitalarias y se quedó con sus numerosos bienes, los cuales repartió entre sus correligionarios o vendió a particulares, en especial a ciudadanos ingleses.  Y en cuanto al arzobispo Ramón Casaus y Torres, líder del clero secular, lo expulsó en junio de 1829.

Casaus y Torres, como la gran mayoría de eclesiásticos de su tiempo, era un hombre soberbio que estaba acostumbrado a mandar y no a que lo sacaran a media noche de sus aposentos, lo pusieran a lomos de mula y lo echaran de la ciudad.  Así que partió de muy mala gana hacia La Habana, Cuba, que todavía era colonia española y desde allí se dedicó a escribir documentos atacando sin miramientos a las nuevas autoridades liberales de Guatemala.  Esto no le sentó bien a los criollos liberales, que el 13 de junio de 1830 lo declararon traidor a la patria y le prohibieron el retorno al país, dejando así al país sin arzobispo.

Y aquí se inició la primera gran crisis de la Iglesia Católica en Guatemala pues la mayoría de frailes y monjas  habían sido expulsados y no había nadie al frente de la curia en el clero secular.  Casaus y Torres había dejado a varios señores a cargo de su arquidiócesis, pero de ellos únicamente el laico Diego Batres pudo hacerse cargo de la situación. Luego de un tiempo empezó a discutirse la posibilidad de que había que elegir a un nuevo arzobispo, y la opinión de las autoridades se dividió: unos decían que no hacía falta, porque Casaus y Torres había sido expulsado por las autoridades civiles y no por las eclesiásticas, mientras que otros decían que había que cambiarlo porque era traidor a la patria.  Prevaleció la opinión de los último, y quedó nombrado como vicario capitular Batres, a pesar de no ser religioso.

Aquello se volvió un gran problema, pues aunque las autoridades eran aniclericales, la mayoría de la población seguía siendo profundamente católica.  Y Batres pasó a ser el hazmereir de la ciudad, quedando en ridículo a donde iba, frente a los fieles católicos y, en especial, frente a las beatas que suspiraban por el retorno de Casaus y Torres.  Afortunadamente para Batres, la situación la zanjó el papa Gregorio quien lo confirmó como vicario capitular mediante la siguiente comunicación:

“Hace pocos días representaron a nuestro Smo. Padre Gregorio, por la divina Providencia Papa XVI algunos individuos del Cabildo de la Iglesia Metropolitana de Guatemala, cómo, habiendo sido el actual Arzobispo de la misma Iglesia separado de su grey por las turbulencias políticas, y hallándose en La Habana, decidió dicho Cabildo, atendidas las circunstancias y principalmente la distancia de los lugares, deber proceder a la elección de Vicario capitular; y que esta recayó en el doctor Diego Batres, desginado en tercer lugar entre los que había nombrado el Arzobispo, cuando iba a apartarse de Guatemala, para que en su ausencia hiciesen sus veces.  Pero como se suscitó duda sobre la legitimidad de la misma elección, acordaron consultar a la silla apostólica, así para que les dejase tranquila su conciencia, como para que oportunamente les prescribiese lo que debería hacerse en este asunto.  Por tanto, después de un maduro examen de todo, Su Santidad, a quien di cuenta yo el infrascrito Secretario de la Sagrada Congregación destinada a los negocios consistoriales, acogiendo benignamente esta súplica y sanando previamente, en cuando sea necesario, lo que el mismo Diego Batres haya practicado como vicario capitular de la referida Iglesia Metropolitana, le ha confirmado con la autoridad apostólica en este cargo, con las facultades que por derecho o costumbres competen a los Vicarios capitulares; concediendo además al Cabildo la potestad de subrogarle otro, cuantas veces aconteciere que falte, sin que obste en contrario cosa alguna.  Y mandó que se extendiese el presente decreto, y se insertase en las actas de la misma Sagrado congregación. Dado en Roma, el día 24 de febrero del año del Señor, 1836.

Luis Tregia, Arzobispo de Calcedonia, Secretario de la misma Sagrada Congregación”

La situación mejoró un tanto para los miembros del clero secular, pero apenas un año y medio después, el pueblo campesino católico se alzaría en armas, pidiendo que retornara el arzobispo y que se abriera la Catedral Metropolitana que había permanecido cerrada desde su marcha en 1829, pues no estaban conformes con el gobierno “hereje” que los liberales habían impuesto, entre otras razones.  Se iniciaba así una segunda época de bonanza que se inició en 1840 y terminó con la Revolución Liberal de 1871.


BIBLIOGRAFIA:

  • Hernández de León, Federico (25 de febrero de 1926) “El capítulo de las efemérides: 25 de febrero de 1836, Un cisma en el cabildo y una carta del Papa”. Guatemala: Nuestro Diario.

 

20 de febrero de 1838: tras la caída del gobierno del Dr. Mariano Gálvez se emite un decreto que deroga las disposiciones anticlericales y anticonservadoras que emitió Francisco Morazán en 1829

20febrero1838
Mapa del Estado de Guatemala en 1832 sobre el que gobernó el Dr. Mariano Gálvez.  Sombreado a la izquierda aparece el territorio de lo que sería el Estado de Los Altos entre 1838 y 1840 (incluyendo parte del actual México) y sombreado a la izquierda el enclave británico en Belice que existía desde antes de la Independencia en 1821.  Imagen tomada de Wikimedia Commons.

El final del gobierno del Dr. Mariano Gálvez y el del gobierno del general José María Reina Barrios guardan muchas similitudes.  Ambos gobernantes liberales tuvieron unos brillantes primeros años de gobierno, para luego caer víctimas de las crisis políticas o económicas que se produjeron hacia el final de su período presidencial no sin antes adoptar un gobierno despótico y dictatorial para internar mantenerse en el poder.  Si bien Gálvez no fue asesinado como Reina Barrios, no fue porque no tuviera enemigos, sino porque logró huir a tiempo.  Y, en ambos casos, ambos gobernantes dejaron un vacío de poder que resultaría en el establecimiento de férreas dictaduras:  la del general conservadorRafael Carrera y la del licenciado liberal Manuel Estrada Cabrera.

En el caso específico del Dr. Gálvez, aún mucho antes de su salida del gobierno, los criollos liberales que habían sido su apoyo estaban divididos y tenían problemas para enfrentar a su enemigo común: los campesinos católicos que se habían alzado contra el gobierno.  Los liberales no lograron ponerse de acuerdo a la hora de hacer gobierno y cometieron un grave error que, a la larga, les costó el poder durante 30 años.

He aquí lo que ocurrió:

El Dr. Pedro Molina, uno de los principales líderes liberales, se dió cuenta de que existían numerosas leyes que se habían establecido durante el gobierno de los 7 años de Gálvez que iban en contra de lo estipulado en la Constitución del Estado, y que estaban vigentes; entonces, elevó una solicitud a la Asamblea Legislativa para que se emitiera una resolución declarándolas inconstitucionales y, por lo tanto, automáticamente derogadas.

La Asamblea analizó la petición y viendo que el Dr. Molina tenía toda la razón, emitió el siguiente decreto el 20 de febrero de 1838:

  1. Ninguna ley evidentemente contraria a la Constitución, puede ni debe subsistir.
  2. Cuando se presente alguna ley notoriamente contraria a la Constitución, los tribunales deberán arreglarse en sus juicios, al sentido claro de la fundamental, informando en seguida al cuerpo legislativo.
  3. Con respecto a los casos dudosos de contradicciones, los tribunales y cualquier ciudadano pueden pedir a la Asamblea la declaratorio correspondiente, sin perjuicio de que dichos tribunales resuelvan desde luego, según entiendan de justicia y por su propio convencimiento.
  4. La declaratoria que haga el Cuerpo Legislativo solamente podrá aplicarse a los casos posteriores al que motivó la duda; y sin que pueda tener jamás efecto retroactivo.

En la práctica, el decreto se traducía en que se daba carta abierta a los criollos conservadores para que solicitaran que se derogaran las disposiciones que había dictado Francisco Morazán en 1829 cuando después de invadir guatemala, y que incluían:

  1. Confiscación de los bienes de los criollos aristócratas (especialmente de la familia Aycinena)
  2. Deportación de los criollos conservadores
  3. Expulsión del arzobispo Ramón Casaus y Torres
  4. Clausura de conventos
  5. Reforma social amparada en la separación de Iglesia y Estado

¡Es decir, los liberales destruyeron la obra reformadora de su propio líder, el general Morazán, quizá sin querer!  Pero el decreto del 20 de febrero ya estaba emitido y los conservadores, amparándose en él, pidieron a la Asamblea que derogara los siguientes decretos:

  1. Decreto del 4 de junio de 1829:  en éste se establecía claramente el nombre de las personas que no podían disfrutar de la gracia de un indulto que daba el gobierno liberal, mostrando una parcialidad atentatoria, claramente opuesta a los estipulado en la Constitución.
  2. Decreto del 22 de agosto de 1829: en éste el general Morazán, actuando como Jefe de Estado de Guatemala sin estar debidamente autorizado para ello, daba una larga lista de personas que serían deportadas, después de una injusta prisión.

Los conservadores se dieron cuenta del alcance del decreto del 20 de febrero, tal y como queda claro en el mensaje que le mandaron a la Asamblea:  “[…] usando del derecho de petición y con el debido respeto ocurrimos al cuerpo legislativo, no para implorar gracia, ni solicitar favor, sino para reclamar el cumplimiento de las garantías, violadas en nuestras personas, así como en las de otros muchos de nuestros conciudadanos que también han sido víctimas de medidas de circunstancias, que redujeron a completa nulidad las leyes fundamentales del estado y de la república“.

A pesar de ser una Asamblea liberal, y de que la petición fue analizada por doctores también liberales, la respuesta fue la siguiente: “Los legisladores que las dieron se olvidaron no sólo de que no tenían facultades para ello porque ninguna autoridad del estado es superior a la ley, sino hasta de su propia dignidad y delicadeza.  Ellos habían sido perseguidos y a su vez se convirtieron en enemigos facultados para autorizar la persecución, las prescripciones, la confiscación de bienes… Los mismos que con las armas habían recobrado sus destinos perdidos eran lo que erigiéndose en jueces de su propia causa, declararon nulos e intrusos a los que entraron a ocuparlos por su deserción vergonzosa, olvidándose de que ellos eran los verdaderos autores de ese desorden.”

La Asamblea, pues declaró nulos los decretos de Morazán y le envió a este el fuerte mensaje de que se había tomado atribuciones que no le correspondían.  De este punto ocurrieron dos cosas que llevarían a la caída de los liberales:  los conservadores exiliados pudieron retornar y se aliaron junto con los que ya residían en Guatemala con los campesinos católicos dirigidos por el general Rafael Carrera y, encencieron la cólera de Morazán, que llegó al Estado y destituyó a las autoridades sustituyéndolas, otra vez, por gente de su confianza.  Estos dos hechos llevarían al encuentro final entre Carrera y Morazán en marzo de 1840, en donde se selló el destino de ambos líderes.


BIBLIOGRAFIA:

  • Hernández de León, Federico (20 de febrero de 1926) “El capítulo de las efemérides: 20 de febrero de 1838, Una Ley Conciliatoria”. Guatemala: Nuestro Diario.

 

 

12 de febrero de 1823: poco después de haber sometido a El Salvador, el mexicano Vicente Filísola se entera de la caída del Imperio de Agustín de Iturbide

12febrero1823
Coronación de Agustín de Iturbide como el Emperador Agustín I, en la Catedral de la Ciudad de México.  En el recuadro: el emperador mexicano.  Imágenes tomadas de Wikimedia Commons.

De todas las provincias centroamericanas, la única que se opuso rotundamente a la Anexión a México el 5 de enero de 1822 fue la de El Salvador, llegando incluso al extremo de declararse un estado más de la Unión Americana con tal de no estar sujetada al poder de Agustín de Iturbide.  Cuando Gabino Gaínza no logró tomar el control de la situación, fue llamado con engaños a México y en su lugar fue enviado el brigadier Vicente Filísola, quien tomó el poder en la ciudad de Guatemala en junio de 1822, y luego partió hacia El Salvador, tomando la región por la fuerza el 10 de febrero de 1823. Como las fuerzas de El Salvador eran solamente un grupo de patriotas voluntariosos, no eran capaces de hacer frente al disciplinado contingente de Filísola.

Cuando por fin las fuerzas de Iturbide habían tomado el control de toda Centroamérica, el 12 de febrero  llegó a Filísola por correo expreso, una copia del Acta de Casa Mata, en la que se desconocía al emperador Iturbide.   En México, la situación había degenerado en cuestión de semanas; Iturbide se había convertido en el emperador Agustín I y había disuelto el congreso, proclamando su autoridad sobre todas las cosas.  El poder lo había cegado y los desaciertos en que incurrió daban muestras de que estaba fuera de control.  Iturbide destituyó al general Satan Anna del mando militar, quien empezó a levantar las ánimos de sus tropas contra el Emperador, a quien tildaba (y no sin razón) de ser un “loco caprichoso“.  Santa Anna trazó su plan de Veracruz en el que desconocía a Iturbide como emperador y reorganizaba a los ejércitos, dando inicio a una guerra civil.

Al enterarse de esto, Iturbide giró órdenes de detener a Santa Anna y puso al general Echevarri al mando supremo del ejército.  Pero en lugar de ayudar al Emperador, Echevarri se alió con Santa Anna y junto los demás jefes y oficiales del Estado Mayor, firmaron el Acta de Casa de Mata el 1 de febrero de 1823, en la que decían:

  1. Siendo que la soberanía reside exclusivamente en la nación, se instalará el congeso a la mayor posible brevedad;
  2. La convocatoria se hará bajo las bases prescritas para las primeras.
  3. Respecto a que los señores diputados que formaron el extinguido congreso, hubo algunos que por sus ideas liberales y firmeza de carácter se hicieron acreedores al aprecio público, al pso que otros no correspondieron debidamente a la confianza que en ellos se depositó, tendrán las provincias la libre facultar de reelegir los primeros y sustituir a los segundos con sujetos más idóneos para el desempeño de sus arduas obligaciones.
  4. Luego que se reúnan los representantes de la nación, fijarán su residenci aen el lugar o pueblo que estimen por más conveninete, para dar principios a sus sesiones.
  5. El ejército no atentará contra la persona del emperador, pues lo contempla decidido para la representación nacional.

Inmediatamente se buscaron correos que repartieran copias del Acta y que se leventara a los pueblos en el desconocimiento del emperador, llegando a Filísola el 12 de febrero.  Al contrario de Iturbide, Filísola era un hombre inteligente y al leer el Acta de Casa de Mata, salió a perseguir a los salvadoreños que habían resistido a la invasión y habían huído a Honduras;  de esta forma, Filísola no levantó sospechas entre los hombres a su mando ni entre sus enemigos en Centroamércia, y como pudo empezó a trazar su plan de retirada en forma adecuada.  Pero las noticias que se recibieron desde México en los siguientes días eran alarmantes y no le dejaron duda de que la caída de Iturbide era inminente; por ello, al regresar a la Ciudad de Guatemala convocó a una Asamblea Constituyente Centroamericana el 24 de junio de ese año y le entregó el poder para poder regresar a México tan pronto como le fue posible.


BIBLIOGRAFIA:

  • Hernández de León, Federico (12 de febrero de 1926) “El capítulo de las efemérides: 12 de febrero de 1823, Filísola recibe copia del Acta de Casa de Mata”. Guatemala: Nuestro Diario.

 

10 de febrero de 1849: entran las fuerzas de los hermanos Vicente y Serapio Cruz a la Ciudad de Guatemala, tras alcanzar la paz con el general presidente Mariano Paredes

10febrero1849
La Parroquia de La Candelaria de la ciudad de Guatemala en 1875, vista desde el Cerrito del Carmen.  De este barrio era originario el general Rafael Carrera, quien se encontraba en el exilio cuando Vicente Cruz entró a la ciudad en 1849; fotografía de Eadweard Muybridge.  En el recuadro: el mariscal Serapio Cruz, hermano de Vicente. Imágenes tomadas de Wikimedia Commons.

Reproducimos a continuación parte del artículo “10 de febrero de 1849, Pax” del historiador Federico Hernández de León, el cual describe la situación de anarquía que vivía Guatemala durante el exilio autoimpuesto del general Rafael Carrera luego que los criollos le pidieran que abandonara el poder.  Tristemente, la descripción que hace Hernández de León de la vida en Guatemala de 1849, responderá a aquellos lectores que más de alguna vez se habrán preguntado “cuándo se arruinó Guatemala” que, desafortunadamente, el país nunca ha estado del todo bien…

“Todo el año de 1848 y lo que se llevaba del 49 habían sido días de zozobras y de incertidumbres. Los sucesos políticos no daban […] tranquilidad al guatemalteco que, cada noche despertaba sobresaltado, creyendo que una legión de forajidos se le metía por las rendijas de las puertas.  En las tertulias del anochecer, se referían los horrores que hicieran los ‘herejes’ encabezado por [Francisco] Morazán allá por el año 28.  ¡Qué de episodios!  Aquellos no eran hombres, sino satanases.  No había para ellos nada sagrado, ni de respeto.  Hollaban las casas del clero, martirizaban a sus ministros y hacían de las alhajas lo que se les daba la gana.

Y esos malditos liberales querían volver a las andadas.  habían logrado sacar del poder al caudillo adorado de los pueblos.  [Rafael] Carrera se había marchado para México y la Asamblea y el ejecutivo eran una [completa nulidad].  [José Francisco] Barrundia, exaltado, no daba ninguna bola.  Todo se le iba en proponer planes descabellados, en medio de discursos que solo creía una minoría exigua.  Los conservadores, por primera vez en su vida, se dividían y, dentro del mismo clero, cada cura tiraba por su lado.  Los elementos [más prominentes] trataban de imponer su voluntad al presidente [Mariano] Paredes, sin lograr que sus actos persuadieran al pueblo de la bonda de su palabra.

Y mientras tanto, Tata Lapo [el mariscal Serapio Cruz], su hermano Vicente, Agustín Pérez y más de otro forajido, mantenían la insurrección viva en el oriente y cometían toda clase de desafueros.  Carrera no quiso entrar en una lucha dudosa contra los pueblos levantados y dejó la presidencia.  Los liberales creyeron que cuando ellos tomaran la dirección de los asuntos, todo iba a salir por el buen carril.  Pero no sucedió así:  los alzados peleaban no por ideas ni principios, que no los tenían, sino por ambiciones particulares. 

Así, a pesar de la marcha de Carrera, y de los propósitos de una nueva orientación, la facción de oriente se mantuvo en actitidades.  Los chapines [es decir, los capitalinos] escuchabran con espanto los crímenes que se cometían y las nombres de Sampaquisoy, Sansur, Sanguayabá, Sansare y otros santos de este linaje, les tenían azorados y temerosos.  Cuando se supo que todas las fuerzas de los alzados estaban en palencia, ya para caer sobre la capital, hubo desmayos y pataletas, […] con los recuerdos de las hordas morazánicas.

El presidente Paredes había entrado el primero de enero y se empeño, sobre todas las cosas, en lograr la paz para el oriente.  Comisionó a Manuel Sáenz de Tejada y a Raymundo Arroyo para que se entendieran con los levantados; llevaban instrucciones de acceder a todo, con tal de lograr la paz para todos los pueblos. La paz era una necesidad; todos llamaban por ella y ya no se toleraba una existencia en que no se lograba punto de reposo.  Ninguno se exponía a salir de los muros de la ciudad, temeroso de caer en manos de una gavilla; por la noche se pasaban cerrojos y se emplazaban trancas en todas partes; pero la seguridad no era completa y, en medio del silencio de las noches, los pobres vecinos creía que, como una plaga infernal, caían los demonios sobre la ciudad inmaculada.

Sáenz de Tejada y Arroyo llegaron hasta Palencia; Serapio Cruz llegó también procedente de Chiquimula para entrar en los puntos del arreglo pacificador.  Después, pasaron los mismos comisionados del gobierno a Zacapa, en donde se encontraba Vicente Cruz y celebraron otro convenio.  Constaba de una suspensin de hostilidades hasta por ocho días, en tanto que se determinaban los puntos sobre un entendido estable. Por lo pronto, el presidente de la República renunciaba al cargo de Comandante General de las armas y lo transfería a Vicente Cerna, una buena persona, muy amiga del ausente general Carrera, y que se hallaba entregado a su labores de campo en la región de Chiquimula.  Cerna aceptó el cargo que se le dispensaba, después de publicar una proclama, un tanto simplona […]

El gobierno de Paredes procedió con la mayor cautela.  Cedió a todo lo que se le pedía.  Repasando los oficios dirigidos por Vicente Cruz, en que por sí y ante sí se proclamaba presidente de la República, causa admiración la mansedumbre de Paredes.  Hay en esos oficios una suficiencia y un tono de superioridad tan molestos que un hombre con menos cautela que Paredes lo echara todo a rodar.  Pero Paredes ya tenía entre sus planes, la manera de orientar la situación y se sometió a todo lo que le imponían los pedigüeños.  Paredes había dispuesto la vuelta de Carrera, seguro como estaba que era el único que podría poner en cintura a los revoltosos.

De esta suerte, el 8 de febrero se dió la comandancia de las armas al Brigadier don Vicente Cruz, y se invitó al vecindario a dar la bienvenida a las fuerzas revolucionarias que, en son de paz, llegarían a la capital al día siguiente.  Y así fue: al día siguiente 9, por la tarde, Vicente Cruz como un jefe victorioso entraba a la ciudad de Guatemala, a la cabeza de mil hombres, que eran salteadores de las haciendas de Oriente.  Lo recibieron con un sabroso banquete que presidió el ministro José M. de Urruela.  […] Tata Lapo y Agustín Pérez, lo mismo que León Raymundo, uno de los más sangrientos personajes de la época y jefe de una de las gavillas, no quisieran entrar. […]

Y la mañana del 10 de febrero de 1849, los vecinos de la angustiada Ciudad de Guatemala salieron de sus casas y se encaminaron a los veintitantos templos que santificaban el lugar, a despacharse misas para dar gracia al Altísimo que al fin acordara imponer el sosiego en este redil, mientras la palabra del obispo Bernardo Piñol y Aycinena, desde la Catedral repetía las evangélicas palabras del glorioso Apóstol:  ‘¡La Paz sea con nosotros!'”

En efecto, tal y como lo planeó Paredes, Carrera regresó a Guatemala ese año, haciéndolo por el occidente del país desde su exilio en México y estableciendo pactos con todos los líderes indígenas de la región; de este modo, llegado el momento, tomó la ciudad casi sin esfuerzo, obligando a los criollos liberales a salir huyendo del país y a los criollos conservadores a pactar con él para no sufrir represalias de los indígenas, como estaba ocurriendo en esos momentos con las masacres de criollos y europeos en Yucatán.  Después se ocupó de acabar con los forajidos que asolaban el oriente y, finalmente, venció definitivamente a los liberales en la Batalla de La Arada en 1851, consiguiendo por fin la verdadera paz.


BIBLIOGRAFIA:

  • Hernández de León, Federico (10 de febrero de 1926) “El capítulo de las efemérides: 10 de febrero de 1849, Pax”. Guatemala: Nuestro Diario.

8 de febrero de 1898: tras un año turbulento en que la economía se derrumbó y hubo tres revoluciones sofocadas, asesinan al presidente José María Reina Barrios

8febrero1898
Momento del asesinato del presidente Reina Barrios.  En el recuadro: el ciudadano suizo-británico Edgar Zollinger, asesino del presidente.  Imágenes tomadas de Wikimedia Commons.

Uno de los presidentes que se preocupó más por el desarrollo de Guatemala fue el general José María Reina Barrios.  Aprovechando el aumento en el precio internacional del café, las rentas nacionales eran inmejorables y pudo convencer a muchos inversionistas para que compraran bonos para la construcción del acueducto de Acatán y del Ferrocarril del Norte.  Com guinda al pastel, organizó una lujosa Exposición Centroamericana con la que presentaría al Ferrocarril Interoceánico a los inversionistas extranjeros, y con ellos convertiría a Guatemala en un destino comercial con una posición privilegiada por su ubicación geográfica entre dos océanos y un ferrocarril único.  Por cierto que fue en la inauguración de la Exposición que se estrenó el Himno Nacional.

La economía estaba tan bien, que derogó el Reglamento de Jornaleros que obligaba a los indígenas a trabajar prácticamente de gratis en las fincas cafetaleras, y en lugar de ello creó el Instituto Agrícola de Indígenas, en el cual se educaba a los estudiantes más aventajados de cada municipio del país.  Las fabulosas instalaciones de aquel instituto fueron construidas en donde hoy en día funciona la Escuela Normal Central para Varones en la zona 13 de la Ciudad de Guatemala.  Y para enmarcar la Exposición Centroamericana, construyó varios palacios y museos, como el Palacio Presidencial en el patio del antiguo Palacio Colonial, el Palacio de La Reforma (en donde ahora está el obelisco a los Próceres) y el Pabellón de la Exposición, el cual estaba en donde ahora se encuentra el Ministerio de Educació sobre la Avenida Reforma.

Desafortunadamente para Reina Barrios, y para todo el país, el desplome del precio internacional del café cuando Brasil se recuperó de una guerra civil y empezó a producir el grano en enormes cantidades, hizo que todos los planes del presidencia se quedaran a medias y que la economía nacional se derrumbara como un castillo de naipes.  Ante el caos que se originó, en pleno año electoral, el presidente insistió en perpetuarse en el poder, dando un autogolpe de estado, disolviendo la Asamblea y consiguiendo que una nueva asamblea, compuesta por sus allegados y amigos le extendieran el mandado de 1898 a 1902.

Aquel fue el detonante para que estallaran las revoluciones de Occidente y de Oriente, dirigidas por el exministro Próspero Morales y por el gobernador José León Castillo, respectivamente.  Aunque ambas fueron sofocadas a sangre y fuego por el gobierno, el gobernante sufrió un severo desgaste.  En primer lugar, se dió cuenta de que su gestión no era aprobada ni en su región de origen, pues fue en San Marcos, si tierra natal, en donde se alzaron en armas las fuerzas de Morales.  Por otra parte, los verdaderos líderes de la revolución quetzalteca no fueron capturados, sino que en su lugar lo fueron varias personalidades altentes, entre las que estaba el filántropoco Juan Aparicio, hijo, muy querido en la región.  Reina Barrios había dado órdenes de que los fusilaran, pero la sociedad quetzalteca le rogó que los perdonara, a lo que accedió el presidente a última hora; pero cupo la mala fortunada Reina Barrios, que su ministro de Gobernación y Justicia, el licenciado Manuel Estrada Cabrera, fuera enemigo personal de Aparicio por una vieja rencilla y éste se demoró en enviar el telegrama dando el indulto a los condenados, por lo que éstos fueron fusilados antes de que llegara la notificación del perdón.

Por aquel crimen, Reina Barrios destituyó a Estrada Cabrera y lo envió a Costa Rica, pero su situación era ya insostenible.  La sociedad quetzalteca no le perdonó los fusilamientos y uno de los antiguos empleados y amigos de Aparicio, el ciudadado suizo británico Edgar Zollinger decidió vengarse.  Así, el 8 de febrero de 1898, a las 8 de la noche, luego de salir de visitar a una de sus numerosas amantes y desoyendo advertencias de que había un complot en su contra, Reina Barrios murió de un disparo que Zollinger le propinó a quemarropa. La policía persiguió a Zollinger y le dió muerte a garrotazos y luego llegó Emilio Ubico, quien le dió el tiro de gracia.  El ingenio chapín le puso de sobrenombre a Ubico “el mata-muertos”.

El cuerpo de Reina Barrios fue sepultado casi inmediatamente en las criptas de la Catedral Metropolitana para evitar desórdenes.  Y aquí es conveniente indicar que las circunstancias de este sepelio fueron muy singulares:  Reina Barrios era un masó de grado 33, al igual que varios de los presidentes liberales que lo antecedieron y que estaban enemistados con la Iglesia Católica, pero el arzobispo Ricardo Casanova y Estrada autorizó que lo enterraran en la Catedral porque estaba agradecido con el fallecido presidente por haberle permitido regresar del exilio en Costa Rica en 1897.  Por su parte, el cuerpo de Zollinger fue expuesto al escarnio y estuvo en exhibició por un tiempo antes de ser sepultado; la grotesca imagen puede encontrarse en Wikimedia Commons.

En lugar de Reina Barrios quedó el licenciado Manuel Estrada Cabrera en la presidencia, pues él era el Primer Designado y por ello le correspondía. Se ha querido acusar a Estrada Cabrera de haber sido el autor intelectual del crimen de Reina Barrios, pero haciendo una evaluación de cómo se encontraba la situación del país en esos momentos, se puedo decir que había muchas personas que querían deshacerse del presidente.


BIBLIOGRAFIA: