2 de diciembre de 1899: rebelión castillista en Oriente

Una rebelión liderada por el excandidato presidencial José León Castillo invade Jutiapa y Chiquimula

2diciembre1899
Caricatura aparecida en «El Torpedo» poco antes de las elecciones de 1898, en la que se muestra al candidato José León Castillo recibiendo ayuda económica del presidente salvadoreño Tomás Regalado para invadir Guatemala tras resultar perdedor. En el recuadro: el general Tomás Regalado, último caudillo de Cuscatlán. Imágenes tomadas de «El Torpedo» y de Wikimedia Commons.

El licenciado José León Castillo se distanció del gobierno del general José María Reina Barrios cuando éste dio un autogolpe de estado e intentó extender su mandado presidencial hasta 1902 luego de que estallara la grave crisis económica por la caída del precio internacional del café.  Reina Barrios lo había enviado como Jefe Político a Jutiapa en mayo de 1897, y tras le extensión de su mandato lo iba a hacer prisionero, pero Castillo huyó a El Salvador y desde allí intentó dirigir la Revolución de oriente en septiembre de 1897.  Sin embargo, por su nula preparación militar, su movimiento fracasó.1-5

Tras el asesinato del presidente el 8 de febrero de 1898, y la llegada al poder del licenciado Manuel Estrada Cabrera,6-7 la situación en el país retornó al férreo estilo dictatorial del general J. Rufino Barrios, y Castillo postuló su candidatura a la presidencia para las elecciones a las que convocó el presidente interino para agosto de ese año.8  Aquellas elecciones fueron irregulares, ya que Estrada Cabrera movió todas las influencias a su alcance para resultar electo, incluyendo sacar presos a las calles para que le sirvieran como esbirros y amedrentaran a los votantes, y la publicación de pasquines en contra de sus rivales;8 específicamente, se publicó «El torpedo» en la casa editorial «A. Siguere y Cía.» —la misma que publicaba «La Ilustración Guatemalteca«—, y en el que atacaban directamente a Castillo.  Aunque éste y los otros candidatos también publicaron periódicos en los que atacaban al presidente interino exponiendo que éste utilizaba los recursos del Estado para su campaña, Estrada Cabrera resultó electo y Castillo tuvo que salir al exilio a El Salvador, en donde lo apoyaba el general Tomás Regalado y desde donde intentó derrocar al gobierno liberal.9

Su primer intento en contra de Estrada Cabrera ocurrió el 2 de diciembre de 1899, cuando dirigió una nueva revolución en el oriente del país, invadiendo Jutiapa y de Chiquimula por unas horas. Al respecto, el presidente mencionó lo siguiente en su mensaje anual a la Asamblea Legislativa en marzo de 1900: «la paz y la tranquilidad han reinado, felizmente, en todo el país; y si bien el dos de diciembre próximo pasado, unos cuantos ambiciosos turbaron, de momento, el sosiego público penetrando a los departamentos de Jutiapa y Chiquimula, fueron rechazados por la opinión pública y batidos y deshechos inmediatamente por las fuerzas del Gobierno, tornando la calma, apenas turbada, a aquellos leales pueblos de Oriente; y los ciudadanos todos, al amparo de la ley, han vuelto á sus habituales ocupaciones, pues que comprenden que sólo con la paz y con el trabajo, pueden restañarse, siquiera sea paulatinamente, las antiguas heridas de la patria10 A esto, el presidente de la Asamblea Legislativa, licenciado Arturo Ubico Urruela, contestó: «La Asamblea deplora que en el mes de diciembre último el sociego público se haya turbado por la invasión que unos cuantos enemigos de la paz efectuaran en los departamentos de Jutiapa y Chiquimula; pero se complace á la vez en que las fuerzas del Gobierno secundadas por la opinión pública hayan impedido la realización de los propósitos de aquéllos, tornando de nuevo la tranquilidad de que felizmente se ha disfrutado en todo el país.»11

Es importante destacar que para entonces, las relaciones entre el presidente de Guatemala, el general Tomás Regalado —hombre fuerte de El Salvador— y el general José Santos Zelaya —presidente de Nicaragua— eran muy tirantes. Los tres eran conocidos despectivamente como los «Porfiritos«, en alusión a que su estilo de gobierno era semejante al del general Porfirio Díaz en México y a que los tres creían estar destinados a seguir el ideal liberal de J. Rufino Barrios de lograr la unión centroamericana. Además, debido al triunfo de los Estados Unidos en la guerra contra España en 1898, la posibilidad de construir el canal Interoceánico en Nicaragua era más real que nunca antes. Por esto, el que lograra constuir el canal, dominaría en la región centroamericana y sería un rival de peso para Porfirio Díaz y México.12

Por esta razón, Díaz apoyó cualquier movimiento que apoyara las fricciones entre los porfiritos, en especial en contra de Guatemala, ya que el gobierno de Estrada Cabrera se había aliado con los Estados Unidos para evitar que Inglaterra invadiera el país para cobrar la gran deuda que arrastraba el país debido al colapso económico de 1897. Así pues, Díaz proporcionó ayuda a Regalado para desestabilizar a Guatemala, quien a su vez patrocinó el intento fallido de José León Castillo.13


BIBLIOGRAFIA:

  1. Nuestro Diario (12 de enero de 1926).  Retazos de nuestra historia: el movimiento revolucionario de Castillo.  Guatemala: Nuestro Diario. p. 1.
  2. — (13 de enero de 1926).  Retazos de nuestra historia: el auge de la Revolución.  Guatemala: Nuestro Diario. p. 1.
  3. — (14 de enero de 1926).  Retazos de nuestra historia: la Revolución recibe nuevos elementos.  Guatemala: Nuestro Diario. p. 1.
  4. — (15 de enero de 1926).  Retazos de nuestra historia: el desastre de la Revolución.  Guatemala: Nuestro Diario. p. 1.
  5. — (16 de enero de 1926).  Retazos de nuestra historia: la huída de los castillistas.  Guatemala: Nuestro Diario.
  6. Fernández Ordóñez, Rodrigo (2008). «Disparos en la Obscuridad. El Asesinato del General José María Reina Barrios»Universidad Francisco Marroquín, Departamento de Educación (Guatemala).
  7. — (2009). «La suerte de los que se quedan… los hechos que siguieron al asesinato de Reina Barrios»Universidad Francisco Marroquín, Departamento de Educación(Guatemala).
  8. Arévalo Martínez, Rafael (1945). ¡Ecce Pericles!. Guatemala: Tipografía Nacional. p. 34.
  9. Rivera Cabezas, Napoleón (16 de julio de 1898) El Torpedo.  Guatemala: A. Siguere y Cía.
  10. Estrada Paniagua, Felipe (1908). Recopilación de las leyes de la República de Guatemala. XIX. Guatemala: Arturo Siguere y Cía. p. IV.
  11. Ibid., p. X.
  12. Bucheanu, Jürgen (1996). The making of México’s Central America Policy, 1876-1930. XIX. (en inglés) Tuscaloosa, Alabama: The University of Alabama Press. p. 53.
  13. Ibid., p. 51.

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20 de julio de 1906: tratado de paz del «Marblehead»

Se firma el tratado de paz en el buque «Marblehead», con el que Guatemala ratifica su hegemonía en el Istmo, y se inicia de hecho la injerencia de los Estados Unidos en la región.

20julio1906
Los representantes de El Salvador, Honduras y Guatemala, reunidos con el embajador de los Estados Unidos Leslie Combs y con el de México, Federico Gamboa, a bordo del crucero estadounidense «Marblehead» para la firma del tratado de paz de 1906.  En el recuadro: el embajador Combs, de los Estados Unidos. Imágenes tomadas de «La Locomotora«.

Tras la fortuita victoria del ejército guatemalteco sobre las fuerzas salvadoreñas  comandadas por el general Tomás Regalado el 9 de julio de 1906, la situación del gobierno del licenciado Manuel Estrada Cabrera fue inmejorable.1 Hasta ese momento, las potencias de Norteamérica, Estados Unidos y México, (en donde gobernaban los presidentes Theodore Roosevelt y Porfirio Díaz, respectivamente) tenían un gran interés en mantener el control de la región centroamericana, y por ello el gobierno de Díaz había apoyado las invasiones desde El Salvador y desde el propio México para derrocar al gobierno de Estrada Cabrera, el cual se había aliado a los Estados Unidos desde el principio para contrarrestar la amenaza de una invasión inglesa.2  Dicha invasión, era una fuerte posibilidad, dado el grave endeudamiento que dejó su antecesor, el fallecido general José María Reina Barrios, debido a los grandiosos proyectos que había emprendido durante su gobierno y que quedaron inconclusos tras el desplome de la economía guatemalteca en 1897.3

Con el triunfo de las armas de Guatemala, la posición del presidente Roosevelt en la región quedó consolidada; aunque ya era más poderosa después del triunfo de los Estados Unidos contra España por las islas de Cuba y Puerto Rico en 1898, y por la construcción del Canal Interoceánico después de independizar a Panamá de Colombia, todavía no había controlado al resto de países centroamericanos, que hasta 1906 habían estado más allegados al régimen porfirista que al de los Estados Unidos. De hecho, a los presidentes centroamericanos les llamaban despectivamente «porfiritos«.4

Reconociendo su derrota, Díaz no tuvo más remedio que convocar a una reunión en aguas neutrales entre los representantes de Guatemala, Honduras y El Salvador, junto con enviados de los Estados Unidos y México.  Dicha reunión se llevó a cabo en el crucero estadounidense «Marblehead» en presencia del embajador Leslie Combs, de los Estados Unidos, y del embajador Federico Gamboa, de México, y los delegados firmaron un convenio que terminaba la contienda suscitada por la invasión de Regalado.5  Esto significó un gran triunfo para los Estados Unidos y para Estrada Cabrera, ya que los primeros y sus poderosas transnacionales impusieron sus condiciones en la región, mientras que el segundo, seguiría siendo presidente de Guatemala hasta que ya no le sirvió a los intereses norteamericanos en 1920.6


BIBLIOGRAFIA:

  1. Batres Jáuregui, Antonio (1949). La América Central ante la Historia. Memorias de un siglo 1821-1921III Guatemala: Tipografía Nacional. pp. 660-662.
  2. Buchenau, J. (1996). In the Shadow of the Giant, the Making of Mexico’s Central America Policy (1876-1930) (en inglés). Univ of Alabama Pr; Edición: Vintage Intl. ISBN 0-8173-0829-6. pp. 50 y siguientes.
  3. La Ilustración Guatemalteca (15 de mayo de 1897). «Resumen quincenal»La Ilustración Guatemaleca (Guatemala: Siguere, Guirola y Cía) I (20).
  4. Buchenau, In the Shadow of the Giant, p. 57.
  5. Estrada Paniagua, Felipe (28 de julio de 1906). «Paz». La Locomotora (Guatemala: Pacheco) I (2)  pp. 1,2.
  6. Dosal, Paul (1995). Doing Business with the Dictators: A Political History of United Fruit in Guatemala, 1899-1944 (en inglés). Nueva York: Rowman and Littlefield.

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9 de julio de 1906: Regalado invade Guatemala

Las fuerzas de El Salvador, al mando del general Tomás Regalado, invaden Guatemala

9julio1906
Celebración en la Plaza de Armas de Guatemala tras el triunfo de las fuerzas guatemaltecas sobre los invasores salvadoreños en 1906. En el recuadro: efigie del presidente de Guatemala, Manuel Estrada Cabrera, tras la victoria fortuita sobre el general Tomás Regalado. Fotgrafías de Alberto G. Valdeallano tomadas de «La Locomotora«.

En medio de las tensiones entre el hombre fuerte de El Salvador, general Tomás Regalado, y el presidente Manuel Estrada Cabrera, el 27 de mayo de 1906, fuerzas rebeldes al mando del expresidente, general Manuel Lisandro Barillas, atacaron el puerto de Ocós en San Marcos, pero finalmente fueron rechazados por el ejército guatemalteco. Luego, el 2 de junio, quinientos revolucionarios intentaron atacar el poblado de Asunción Mita, hasta que, finalmente, las tropas salvadoreñas aparecieron en la frontera, primero comandadas por el general guatematelco Salvador Toledo1,2 —quien fuera amante de Algerie Benton, esposa del fallecido general José María Reina Barrios3— y luego por el propio general Tomás Regalado.2

El 10 de julio, el presidente Estrada Cabrera suspendió las garantías constitucionales y declaró la guerra a El Salvador. El presidente guatemalteco intentó dirigir las acciones desde la Ciudad de Guatemala, pero por no tener conocimientos militares no logró mayor cosa; sin embargo, para su fortuna, el general Tomás Regalado murió en El Jícaro, en el departamento de Jutiapa, en circunstancias fortuitas el 11 de julio.2

Y es que mientras Estrada Cabrera y su telegrafista llevaban dos noches sin dormir y poniéndose paños de agua fría para soportar el desvelo, las tropas guatemaltecas que estaban en una altura decidieron retirarse, sin avisarle a otras que se encontraban en una hondonada y con uniformes similares a las de los salvadoreños invasores. Regalado creyó que todas las fuerzas guatemaltecas se habían retirado y dispuso verificar un reconocimiento junto con su Estado Mayor creyendo que las tropas que se habían quedado eran suyas. Entonces, las tropas guatemaltecas que quedaban en la hondonada, al verlos, hicieron fuego sin saber quienes eran, matando a Regalado en la acción.2

La mula que el general salvadoreño montaba fue confiscada y cuando vieron que tenía estribos de oro y las iniciales del fallecido militar, buscaron el cuerpo y al encontrarlo le mandaron a Estrada Cabrera un telegrama en que le contaban que a Regalado «se lo sonaron los muchachos«. Esto llenó de alegría al presidente guatemalteco, quien «se puso como loco de gusto» e hizo hacer saber la noticia inmediatamente.2 Algunos biógrafos conservadores de Estrada Cabrera incluso han llegado a decir que el presidente hizo circular la noticia de «¡mataron a Regalado!» incluso antes de enterarse de su muerte.

Los restos de Regalado fueron llevados a las bóvedas del templo de Santo Domingo en la Ciudad de Guatemala, después de ser embalsamados.4 Y entonces circuló en la ciudad un versito que decía:

«Vengo muerto y embalsamado,
por favor les suplico,
que encierren a Emilio Ubico.
Su servidor: Regalado”.5

Este versito era una burla no solamente a Regalado, sino al famoso «Mata Muertos«, Emilio Ubico, temido Jefe de la Policía de Estrada Cabrera y quien el 8 de febrero de 1898 había llegado hasta donde estaba el cuerpo ya muerto de Oscar Zollinger, quien acababa de asesinar al presidente José María Reina Barrios, y le disparó en la cabeza al cadáver.2,5

La madre de Regalado llegó a Guatemala a solicitar los restos de su hijo, y logró que le dieran el permiso para llevárselo a El Salvador. El cuerpo llegó por tren hasta el Puerto de San José, en Escuintla, el 12 de agosto de 1906 custodiado por la policía, y al día siguiente fue conducido al vapor «City of Sidney«, en donde se levantó un acta de entrega, que fue firmada por las autoridades y los cónsules.4

Finalmente, los restos del General Regalado fueron sepultados en el Cementerio Santa Isabel de la ciudad de Santa Ana, lugar donde se le construyó un impresionante mausoleo hecho de hierro, bronce y mármol, con una altura de 11 metros y en su cúspide un ángel labrado de bronce puro.6

Aquel hecho sentaría las bases para la hegemonía de Guatemala en la región centroamericana, pero también la de los Estados Unidos, poderoso aliado del gobierno guatemalteco.


BIBLIOGRAFIA:

  1. Batres Jáuregui, Antonio (1949). La América Central ante la Historia. Memorias de un siglo 1821-1921. III Guatemala: Tipografía Nacional. p. 660.
  2. Fernández Ordóñez, Rodrigo (2008). «Disparos en la Obscuridad. El Asesinato del General José María Reina Barrios». Guatemala: Universidad Francisco Marroquín, Departamento de Educación.
  3. Batres Jáuregui, La América Central ante la Historia, p. 661.
  4. Ibid., p. 662.
  5. Schlesinger, María Elena (15 de noviembre de 2003). Sobre Zollinger y el magnicidio. Guatemala: Diario elPeriódico.
  6. El País (8 de julio de 2012). Restauran mausuleo del General Tomás Regalado en Cementerio Santa Isabel. El Salvador: El País.

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29 de septiembre de 1897: la revolución castillista de oriente

Se inicia la revolución liderada por el licenciado José León Castillo en el oriente guatemalteco contra el autogolpe de Estado del general presidente José María Reina Barrios.

29septiembre1897
Ruinas de la Iglesia Colonial de Chiquimula. En el recuadro: el licenciado José León Castillo. Imágenes tomadas de Wikimedia Commons.

En 1897, en medio de la grave crisis económica que provocó en Guatemala el desplome del precio internacional del café (único producto de exportación de Guatemala en esa época), el general presidente José María Reina Barrios pasó de ser un gobernante democrático progresista, a convertirse en dictador, extendiendo su periódo de gobierno hasta 1902. Este cambio se inició cuando pidió a la Comisión Permanente de la Asamblea para que convocara a sesiones extraordinarias, pero como ésta se rehusara, lo hizo él mismo como Jefe del Ejecutivo, provocando así que muchos de los diputados renunciaran. Entonces convocó a una nueva asamblea entre sus allegados, y ellos extendieron su mandato presidencial el 1 de junio. Este fue el detonante de las revoluciones en su contra, pues se advertía el deseo dictatorial del presidente y se estaban sufriendo los graves efectos de la crisis económica.

Aquel 1 de junio, Reina Barrios envió un telegrama a todos los alcades y gobernadores, para hacerles saber la extensión de su mandato y sus poderes dictatoriales. Entre los que recibieron aquel telegrama estaban Próspero Morales —su antiguo Ministro de la Guerra— y José León Castillo, a quien el presidente mantenía en Chiquimula como Comandante de Armas para demostrar que no le temía, a pesar de ser un fuerte opositor. Ambos respondieron lacónicamente al telegrama del presidente el 2 de junio, diciendo que harán del conocimiento de sus subalternos del mensaje presidencial; sus mensajes eran totalmente opuestos a los serviles mensajes del resto de autoridades locales, y presagiaban las revoluciones que ambos encabezarían.

Reina Barrios, a pesar de la grave crisis, seguía empecinado en terminar el Ferrocarril del Norte y contrayendo fuertes préstamos para ello, lo que le acarreaba más animadversión. A finales de agosto de 1897, la nueva Asamblea Constituyente convocada por el presidente entre sus amigos aprobó definitivamente la extensión del gobierno del presidente y la suspensión de la constitución, y fue cuando Castillo se enteró por intermedio del diputado Rosendo Santa Cruz y del telegrafista Antonio Monterroso (a quien el entonces estudiante Baudilio Palma del Instituto Nacional Central para Varones en la ciudad de Guatemalay le prestó su mula para que viajara hasta Chiquimula) de que Reina Barrios iba a destituirlo y enviarlo a la Penitenciaría Central.1

Castillo ya lo veía venir y con diez mil pesos plata que había conseguido, entregó el puesto y prácticamente huyó para El Salvador junto con Santa Cruz y Monterroso, y con el capitán Salvador Cuellar, Mateo y Vicente Paz Pinto y los cadetes Salomé Prado y Rodolfo Tinoco. Al llegar a Santa Ana, se enteraron de que el presidente salvadoreño Rafael A. Gutiérrez les prohibió estar en la región fronteriza con Guatemala. Allí se quedaron entonces, tratando de subsistir, cuando estalló la Revolución Quetzalteca el 7 de septiembre de 1897, lo que hizo más difícil aún su estadía en El Salvador.1

El jefe militar del occidente de El Salvador era el general Tomás Regalado, quien había compañero de estudios de Castillo en Guatemala. Cuando éste le pidió ayuda, Regalado no dudó en proporcionársela, sin pedir permiso al presidente Gutiérrez. Así fue como Castillo obtuvo ciento cincuenta hombres al mando del general José Rodríguez de Santa Ana, ciento setenta y cinco rifles y doce mil cartuchos, y pudo ingresar por Chingo (Jeréz) en la frontera de Jutiapa el 29 de septiembre de 1897 a las 4 de la mañana.1

De Chingo pasaron a Coatepeque y de allí a Yupiltepeque, en donde decidieron que lo mejor era atacar Jutiapa desde El Sillón, utilizando para esto un ardid que hizo creer al gobierno de Reina Barrios que sus fuerzas eran de tres mil hombres. Ante esto, Castillo pidió al general Vicente Farfán, jefe político del departamento, que se rindiera pero cuando éste lo puso a votación, sus hombres —entre quienes estaba un tío político del diputado Santa Cruz— votaron a favor de la lucha, pues aunque eran castillistas, djieron que a pesar de que se había roto el orden constitucional, ante todo eran militares con responsabilidad ante Reina Barrios. Y así, los revolucionarios siguieron en El Sillón, perdiendo tiempo valioso para una revolución de caráter guerrillero de ataques por sorpresa que no está en capacidad de repeler un ataque frontal, aunque recibieron víveres de Zapotitlán, que decidió unirse a los alzados.2

Castillo reunió a los Jefes para hacer un recuento de lo que tenían y encontraron que en ese momento tenían diez mil cartuchos y trescientos hombres. El general Rodríguez solicitó ciento cincuenta hombres para cortar el paso de los seiscientos chiquimultecos que iban por el Tamarinco a atacarlos, de acuerdo al plan de José María Reina Barrios. Castillo accedió y ordenó que fueran con él con los coroneles revolucionarios Antonio Monterroso, Salvador Cuellar y Mateo Paz Pinto. uiso que también fue Santa Cruz, pero Rodríguez se negó porque lo odiaba y no quería tener que fusilarlo. El general Aguilar también pidió cien hombres para hacer otro frente y en El Sillón se quedó Castillo con el general Pedro Barillas, un piquete de fuerza y algunos soldados, lo que hizo sospechar a Farfán de que algo pasaba pues no lo atacaban. Los revolucionarios optaron entoncs por salir de El Sillón antes de que Farfán los capturara y se fueron a Yupiltepeque para unirse a los cien hombres de Aguilar y emprender el retorno hacia Coatepeque, lo que muchos han visto como el principio del fracaso de la revolución.2

En Los Horcones vieron una fuerza que parecía la de Rodríguez, pero resultó se enemiga y le hicieron frente, Castillo en persona junto con los generales Aguilar y Barillas y el general Ibarra de Atilizaya, El Salvador, junto con el mexicano José María González y once cadetes de la Escuela Politécnica al mando del oficial chileno Ricardo Ramos. La fuerza gubernamental era la del general Eulogio Flores. Los revolucionarios triunfaron y se hicieron de algunos pertrechos y hombres que se les unieron.2

Pero para entonces, el gobierno de Reina Barrios ya había desbaratado la revolución de Occidente y empezó a dirigir sus fuerzas hacia el oriente. Y no ayudó a la causa castillista que los revolucionarios hayan estado dos días en Asunción Mita, Jutiapa, sin hacer nada.2

El general salvadoreño Ibarra fue a Santa Ana a conseguir nuevos elementos del general Regalado, junto con Petrona Godoy. Ambos consiguieron de Regalado diez mil cartuchos y cuatro mil pesos plata acuñada. De ese dinero, solamente dos mil pesos llegaron a Castillo, pues el resto, dijo Petrona Godoy, se había usado para pagar al licenciado Salvador Sandoval y al general Máximo Cerna.3

A las fuerzas revolucionarias se unieron José María González, quien había dirigido la Asonada de Chiquimula en 1896, el capitán e ingeniero Isidro Valdez y un oficial de apellido Castañeda de Cuilapa. El coronel Alfonso Aguilar con el piquete de fuerza «batallón Navajas» fue por el convoy y lo encontró acampando en Santa Rosa. Mientras los revolucionarios marchaban sobre Chiquimula, eran seguidos por las fuerzas del general Farfán, que no los atacó a pesar de contar con una fuerza de casi dos mil hombres, debido a que era castillista.3

Cuando estaban cerca de San José La Arada, ocurrió un hecho fortuito que sería decisivo para la revolución. Un tiro se le escapó a un soldado y mató a un sobrino del general Rodríguez, quien ya no estuvo al cien por ciento en el resto de la campaña. —Castillo y Rodríguez no se conocían antes del movimiento y fueron presentados en la casa del general Regalado—. Por otra parte, la revolución seguía aumentadon con la incorporación del militar Landelino Sandoval con más de treinta hombres armados. Esa noche acamparon en Santa Rosa, a ocho kilómetros de San José La Arada. Aquella noche Castillo quiso recorrer las avanzadas, pero Rodríguez lo convenció de que descansara junto con Santa Cruz, ya que él iba a hacer el recorrido con las fuerzas de refresco. A las dos de la mañana un castillista que venía desde Chiquimula despertó a Castillo para contarle como estaba la situación allá, y Castillo sorprendido le preguntó cómo había llegado hasta él. El emisario le dijo que el camino estaba libre y que el sorprendido era él al ver cómo Castillo estaba «durmiendo a pierna suelta, casi en las barbas del enemigo que ya estaba ocupando las posiciones de La Arada«. Castillo ordenó la retirada inmediata y al hacerlo se encontraron con el general Rodríguez y el grueso de la fuerza.3

Mientras tanto, fuerzas gubernamentales provenientes de Jalapa y Jilotepeque marchaban hacia Jicampa, comandadas por el coronel Manuel Urrutia, que era castillista, pero quien llevaba instrucciones de atacarlo de inmediato. Urrutia llevaba paso lento para dar tiempo a que los revolucionarios ganaran terreno, pero Castillo y sus aliados no lo aprovecharon.3

En la mañana del día siguiente, los revolucionarios pasaron revista a la tropa y concluyeron que estaban listos para atacar Chiquimula, pues contaban con diecisiete mil cartuchos y quinientos hombres equipados. Las tropas que iban a resistirlos provenían de Chiquimula, Zacapa y San Agustín Acasaguastlán y ya estaban formando un triángulo con las fuerzas del coronel Rafael Cabrera al norte, las del coronel Joaquín Flores al oriente, y mil quinientos hombres que ya ocupabn las posiciones en La Arada, al sur, comandaas por el general Elías Estrada.3

El plan de Castillo consistió en enviar al capitán Salvador Cuellar a la media noche para burlar a las fuerzas de Estrada y atacar por sorpresa a Cabrera. Cuellar cumplió con su cometido y al amanacer había tomado la cabecera y aumentado sus fuerzas con los castillistas que allí había. Pero el resto de las fuerzas revolucionarias fue descubierta por las avanzadas en La Arada y tuvo que presentar batalla. Las fuerzas gubernamentales no presentaron una buena pelea, empezando por el general Estrada, luien se había emborrachado antes de la batalla y no supo como combatir. Y así tras prácticamente un día completo de combate, las fuerzas del gobierno emprendieron la retirada, dejando tras de sí ochenta mil cartuchos, bombas, un cañón en mal estado y un lote de medicinas. El mismo general Estrada dejó su mula de raza abandonada al huir, la que Castillo regaló a Rodríguez que había peleado valientemente. Y es que la retirada fue tan mal organizada que un grupo de quinientos soldados tinocos al mando del coronel Ramos quedó en su posición y no solamente se entregó, sino que se adhirió a la revolución, presentándose personalmente a Castillo. Mientras tanto, Cuellar resistió los tres asaltos que hizo el coronel Flores en San Esteban.3

Tras las victorias en La Arada y en Chiquimula, cuando las fuerzas vencedoras de Castillo entraron a Chiquimula los pobladores, y especialmente los estudiantes del Instituto, celebraron como que si hubieran ganado la revolución. En ese momento contaban con mil trescientos hombres con suficientes cartuchos para resistir una semana los ataques de toda la tropa que los rodeaba. Pero las fuerzas gubernamentales se estaban reforzando y estaban estrechando el cerco contra los revolucionarios, además no había señales de que otras partes del país apoyaran al movimiento. Las fuerzas orientales que estaban combatiendo a las fuerzas de Próspero Morales en la región occidental del país fueron llamadas a marchas forzadas a atacar a Castillo a Jalapa y Chiquimula, mientras que el general Toledo se puso al frente de un contingente regular que marchó sobre Zacapa, el siguiente objetivo de los revolucionarios. Además, la retaguardia revolucionaria era atacada por el general Florentín González, y tras él venían las fuerzas comandadas por los generales Pío Porta, Vicente Farfán y Manuel Duarte.4

En La Arada, se había quedado la mayor parte de las fuerzas castillistas, además de los quinientos tinecos que del coronel Ramos, todos al mando de las fuerzas era el general Rodríguez. Por otra parte, de Chiquimula salió un piquete de la fuerza revolucionaria comandada por el coronel Salvador Cuellar hacia Zacapa, quien logró tomar fácilmente la plaza que defendía el Jefe Político, coronel Oliva, pero cometió el grave de error de abandonarla para regresar a notificar la buena noticia a Chiquimula. Y es que cuando Cuellar salió de Zacapa las fuerzas del gobierno la recuperaron y los revolucionarios se retiraron pensando que se había producido una derrota. Cuando Castillo se enteró de la torpeza de Cuellar, mandó al señor Santa Cruz a ocuparla nuevamente, junto con toda la tropa de que disponía en Chiquimula. Pero para entonces, los viajes de ida y vuelta a Zacapa (una distancia de 36 kilómetros por caminos en mal estado) solamente lograron que las fuerzas del gobierno avanzaran sin ser molestadas.4

Y en La Arada también también se estaban cometiendo errores. Increíblemente, Rodríguez abandonó las posiciones que recibió, aún sabiendo que en ese lugar en 1851, las fuerzas del general Rafael Carrera habían vencido categóricamente a los liberales gracias a su posición estratégica. Rodríguez, se situó en San Esteban, dejando abierto el camino hacia Chiquimula y a los jefes castillistas que estaban allí prácticamente a merced de las fuerzas del gobierno, pues Castillo había enviado sus útimas fuerzas a Zacapa sin saber que estaba descubierta su retaguardia. Para colmo de males, lo quinientos hombres que comandaba el coronel Ramos se retiraron al ver que su jefe había sido tratado despectivamente por el general Rodríguez. Y es que los miembros de estas fuerzas ya estaban desmotivadas desde el momento que Castillo (a quien sí respetaban) no los llevó consigo a tomar Zacapa.Solamente se quedaron en La Arada el coronel Manuel F. Rivera con veinticinco hombres y el oficial Paganini de Quetzltenango con ochenta rifleros; al saber de las torpes maniobras de Rodríguez, mandaron a avisar a Castillo para que evitara salir hacia Zacapa a toda costa, pero ya era tarde.4

Cuando Rodríguez se retiró a San Esteban con el grueso de las fuerzas, las tropas gubernamentales del general Florentín González, que habían salido de Santa Rosa, atacaron la pequeña fuerza de Rivera y Paganini. Castillo, por su parte, al recibir el mensaje de Rivera, salió para La Arada junto con el general Pedro Barillas, el coronel Alfredo Quiñónez y veinte soldados, al mando del oficial Saberlio Miner. Con su pequeño grupo, Castillo atacó las fuerzas gubernamentales, reforzando a las de Rivera que resistía con gran ferocidad, y mientras Paganina flanqueaba por el lado izquierdo a las tropas de González. Aquel innecesario combate no se debió haber producido nunca, de haberse quedado Rodríguez en La Arada.4

Castillo y sus hombres se retiraron y pasaron por Chiquimula para irse a San Esteban, para reunirse con el general Rodríguez llevando los pocos hombres y pertrechos que les quedaban, y los heridos en los últimos combates. Pero allí se encontraron con que el coronel Marcos García, de Mataquescuintla, les contó que las tropas ya habían partido hacia El Salvador encabezadas por el general Rodríguez. Castillo se enfureció y envió a algunos soldados a caballo para que detuvieran a Rodríguez y que lo esperaran para hablarse. Así se hizo, y Castillo llegó hasta donde estaban para recriminarles su actitud cobarde y obligarlos a regresar, pero por el camino de Jocotán hacia la frontera con Honduras, pues el camino que habían utilizado ya lo había recuperado el gobierno. El único motivo para regresar ahora era sacar a Santa Cruz y a Cuellar de Zacapa, en donde estaban como dueños de plaza, pero rodeados por las fuerzas gubernamentales. Sin embargo, no hubo necesidad, pues Santa Cruz se enteró del desastre que ocurrió en Chiquimula y emprendió la retirada hacia Honduras por el camino de Lanchor y llegó a reunirse con Castillo.3

Santa Cruz y Castillo decidieron apoderarse de Zacapa una tercera vez, y ordenaron a las tropas marchar para allá de inmediato, pero Rodríguez se opuso, pretextando que las tropas estaban cansadas. Cuando llegaron a Chiquimula, los revolucionarios trataron la extraña actitud de Rodríguez y aunque Santa Cruz dijo que era un plan militar, Macario Sagastume dijo que lo que pasaba era que Rodríguez quería abandonar a Castillo y convertirse en el jefe directo de la revolución. De acuerdo con Sagastume, Rodríguez iba a dejar a Castillo en Santa Rosa y luego atacaría Jalpa por el camino de Jilotepeque y Pinula. Ante esto hubo quienes opinaron que fusilaran a Rodríguez de inmediato, pero Castillo, dijo que lo mejor era que éste regresara a Santa Ana, en El Salvador y que le diera parte al general Tomás Regalado, que lo había recomendado, sin olvidar mencionar lo del tiro que se le había escapado a un soldado y que había matado al sobrino de Rodríguez en La Arada. —Es conveniente indicar aquí que Castillo era ultra liberal, identificado con las enseñanzas radicales y casi fanáticas del Dr. Lorenzo Montúfar, mientras que Rodríguez estaba emparentado con el mariscal Vicente Cerna, ex-presidente guatemalteco, y era favorable al retorno de los conservadores al poder—.4

Al día siguiente, todos partieron juntos hacia al ataque de Zacapa pero Rodríguez y sus hombres se quedaron a la retaguardia y por último se fueron a El Salvador con parte de los pertrechos, dejando a la fuerza revolucionaria reducida a solamente seiscientos hombres. Ya para aquel momento las deserciones proliferaban.5

El general Florentín González había pasado por Chiquimula y los estaba esperando en Zacapa, también con seiscientos hombres. Los revolucionarios atacaron rápidamente pero González resistió, confiando en los refuerzos que le llevara Toledo por el ferrocarril; los revolucionarios sabían esto, y enviaron al capitán Tomás Menéndez Mina y a Paganini a detenerlo a la estación, pero nunca lo hicieron y Toledo ingresó sin problemas con casi mil quinientos hombres y buena artillería. La derrota fue total. Cuando se dió la orden de retirada, algunos soldados no se dieron y terminaron siendo capturados y pasados por las armas. Entre las pérdidas de los revolucionarios estuvo el capitán jutiapaneco Francisco Carrillo.5

Las tropas del gobierno prefirieron no salir a perseguir a los revolucionarios, quienes logaron huir despacio con sus heridos, petrechos y proclamas que no pudieron repartir en Zacapa. Cuando ingresaron al territorio hondureño un grupo de soldados de ese país los conminó a rendir sus armas, pero Castillo se opuso y hasta amenazó con resistir pero finalmente le dieron autorización de proseguir, reingresando a Guatemala por Esquipulas.5

Ya solamente quedaban 120 hombres cuando llegaron a Carboneras, y allí fueron sorprendidos por las fuerzas de Tolero, que los desbarató y capturó a algunos de ellos, aunque no los fusiló. Los hombres que quedaban llegaron a Citalá y luego a Ocotepeque, en donde les dijeron que se fueran para Tegucigalpa, a lo que dijeron que sí, pero en realidad se fueron a El Salvador por Chalatenango.5

Así fracasó aquella revolución castillista, dejando únicamente como resultado el afianzamiento del general Reina Barrios en el poder y el agotamiento de los recursos nacionales, que tuvieron que gastarse para contrarestar ésta y la revolución de occidente. Aunque Reina Barrios fue asesinado el 8 de febrero de 1898, las revoluciones no lograron su cometido, pues el sucesor del asesinado presidente fue el licenciado Manuel Estrada Cabrera, quien impuso una férrea dictadura que se extendió por veintidós años y a quien también se opuso Castillo con todas su fuerzas.


BIBLIOGRAFIA:

  1. Nuestro Diario (12 de enero de 1926). Retazos de nuestra historia: el movimiento revolucionario de Castillo. Guatemala: Nuestro Diario. p. 1.
  2. – (13 de enero de 1926). Retazos de nuestra historia: el auge de la Revolución. Guatemala: Nuestro Diario. p. 1.
  3. – (14 de enero de 1926). Retazos de nuestra historia: la Revolución recibe nuevos elementos. Guatemala: Nuestro Diario. p. 1.
  4. – (15 de enero de 1926). Retazos de nuestra historia: el desastre de la Revolución. Guatemala: Nuestro Diario. p. 1.
  5. – (16 de enero de 1926). Retazos de nuestra historia: la huída de los castillistas. Guatemala: Nuestro Diario.

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21 de julio de 1906: Estrada Cabrera se consolida en la región

Tras ganar fortuitamente la Guerra contra El Salvador por la muerte del general Regalado, el gobierno de Estrada Cabrera se consolida en la región

21julio1906
Los representantes de las naciones en conflicto junto con los Ministros Plenipotenciarios de Estados Unidos y México a bordo del «Marblehead» durante la firma del tratado de paz.  Estados Unidos patrocinó a Guatemala, mientras que México lo hizo con El Salvador y Honduras.  Imagen de «La Locomotora«.

Puede decirse que la hegemonía de los Estados Unidos en Guatemala se inició con el triunfo de su patrocinado, el presidente Manuel Estrada Cabrera, sobre los intentos de agresión de El Salvador y Honduras, patrocinados a su vez por el gobierno del general Porfirio Díaz, presidente de México.1

Si Inglaterra había tenido un papel protagónico en la región durante los gobiernos conservadores y liberales del siglo XIX, este imperio fue relegado por los Estados Unidos cuandos estos vencieron a España en la guerra de 1898.  El recién designado presidente Manuel Estrada Cabrera había recibido un país en la ruina tras el colapso de la economía por la caída del precio internacional del café en 1897, y con una gran deuda con Inglaterra.2 Viendo cómo los franceses habían invadido a México reclamando lo que éste país les adeudaba, Estrada Cabrera se alió con el gobierno estadounidense y les concedió grandes concesiones para congraciarse con ellos, y así tener un socio fuerte que evitara una potencial invasión inglesa.  Así nació el enclave bananero de la United Fruit Company, y los monopolios de la Great White Fleet en el transporte marítimo de Puerto Barrios y de la International Railways of Central America (IRCA) en los ferrocarriles nacionales.1

Al darse cuenta de esto, Porfirio Díaz empezó a apoyar a los gobernantes de El Salvador y de Honduras y así contrarrestar la presencia estadounidense en Centroamérica.  Díaz veía con mucha preocupación el auge norteamericano, especialmente después de que el gobierno de Teddy Roosevelt había independizado a Panamá de Colombia en 1903 para construir el canal interoceánico.1

Los tres presidentes de Centroamérica tenían en común un estilo autoritario y dictatorial sobre sus países, al punto que eran conocidos en México y en otros países de América Latina como «los Porfiritos«.  Lo único que los diferenciaba era que Estrada Cabrera era abogado graduado de la Escuela Facultativa de Derecho de Occidente, mientras que el resto eran militares de línea dura.  En 1906, gobernaba en El Salvador Pedro José Escalón como títere del verdadero hombre fuerte, Tomás Regalado, quien era enemigo acérrimo de Cabrera y quien con la ayuda de Díaz, se animó a invadir Guatemala.1

Es interesante como la situación era exactamente a la inversa de la fallida intentona de J. Rufino Barrios en 1885: en esa ocasión el hombre fuerte de Guatemala invadió a El Salvador, pero murió en la frontera en circunstancias embellecidas por los historiadores liberales, pero que realmente no han sido del todo esclarecidas.  En 1906, Regalado confundió a sus hombres por un batallón guatemalteco de refresco que había llegado con uniformes similares a los salvadoreños, y cuando se acercó a ellos fue acribillado a balazos. Al igual que lo que ocurrió con las fuerzas de Barrios en 1885, cuando cayó Regalado hubo una desbandada general que terminó en una aplastante derrota para el ejército invasor.3-6

El tratado de paz se firmó en el buque «Marblehead» con representantes de las naciones en conflicto y de sus patrocinadores, Estados Unidos y México.  Allí estuvo presente el embajador mexicano en Guatemala, el escritor Federico Gamboa, quien en su diario relata los hechos como una gran derrota para la libertad, cuando en realidad el gran perdedor fue su gobierno.  Años después, en 1945, Rafael Arévalo Martínez copió textualmente grandes partes del diario de Gamboa en su obra «¡Ecce Pericles!«, que se ha convertido en el libro referente sobre el gobierno del licenciado Estrada Cabrera, pero omite decir que Gamboa tenía una fuerte enemistad con el régimen liberal guatemalteco por ser representante del gobierno conservador antiestadounidense de Porfirio Díaz.7-8

Por su parte, ese fue el principio de la hegemonía estadounidense en Guatemala, la cual se ha consolidado a tal punto, que en el siglo XXI es necesario tener el beneplácito del embajador, congreso y presidente estadounidense para poder gobernar en el país.1


BIBLIOGRAFIA:

  1. Buchenau, J. (1986). In the Shadow of the Giant, the Making of Mexico’s Central America Policy (1876-1930) (en inglés). Univ of Alabama Pr; Edición: Vintage Intl. ISBN 0-8173-0829-6.
  2. Batres Jauregui, Antonio (1949). La América Central Ante la Historia 1821-1921 Memorias de un Siglo. III. Guatemala: Tipografia Nacional.
  3. Arévalo Martínez, Rafael (1945). ¡Ecce Pericles!. Guatemala: Tipografía Nacional.
  4. Estrada Paniagua, Felipe (15 de julio de 1906). «El 11 de julio». En Méndez, Joaquín; Estrada Paniagua, Felipe (ed.). La Locomotora (Guatemala) I (1).
  5. (15 de julio de 1906). «Proclama». En Méndez, Joanquín; Estrada Paniagua, Felipe (ed.). La Locomotora (Guatemala) I (1).
  6. — (15 de julio de 1906). «Decreto No. 662 del gobierno de la República de Guatemala». En Méndez, Joanquín; Estrada Paniagua, Felipe (ed.). La Locomotora (Guatemala) I (1).
  7. Méndez, Joaquín; Estrada Paniagua, Felipe (28 de julio de 1906). «Paz». La Locomotora (Guatemala) I (2).
  8. Gamboa, Federico (1910). Gómez de la Puente, Eusebio, ed. Mi diario, primera serie. México: La Europea.

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