2 de abril de 1767: el rey Carlos III decreta la pragmática sanción para expulsar a la Compañía de Jesús de todos sus dominios y expropiar sus bienes

2abril1767
Ruinas del abandonado convento de la Compañía de Jesús en 1875 en la Antigua Guatemala.  Los jesuitas lo tuvieron que abandonar en 1767 y pasó a poder de los mercedarios, hasta el terremoto de 1773.  En el recuadro: el rey Carlos III, quien firmó la pragmática sanción de 1767.  Imágenes tomadas de Wikimedia Commons.

El enorme poder político y económico de la orden de la Compañía de Jesús, o de los Jesuitas, empezó a disminuir en el siglo XVIII, con la difusión del jansenismo, que era una doctrina de una fuerte carga antijesuítica, y de la Ilustración a lo largo de ese siglo. Se empezó a pensar que los métodos educativos de la Compañía, y su concepto de la autoridad y del Estado eran ya anticuados. Además, la monarquía española estaba cada vez más laicizada y más absolutista, y empezó a considerar a los jesuitas ya no como colaboradores útiles, sino como competidores molestos por su oposición al regalismo. Y encima de todo esto, se mantenían vigentes los ancestrales conflictos que los jesuitas tenían con las órdenes religiosas tradicionales.1

La llegada al trono del nuevo rey Carlos III en 1759 supuso un duro golpe para el poder y la influencia de la Compañía, pues el nuevo monarca, a diferencia de sus dos antecesores, no era nada favorable a los jesuitas, ya que estaba influido por su madre, la reina Isabel de Farnesio, y por el ambiente antijesuítico que predominaba en la corte de Nápoles de donde provenía.2

Aunque el rey en su pragmática sanción del 2 de abril de 1767 menciona que hay gravísimas razones que lo obligan a expulsar a los jesuitas, también dice que se reserva para sí explicar cuales eran.3  En realidad, los jesuitas consistían la máxima oposición al regalismo absoluto que Carlos III aspiraba, ya que esta doctrina política defiendía el derecho del estado nacional a intervenir, recibir y organizar las rentas de sus iglesias nacionales y chocaba frontalmente con la absoluta lealtad de los jesuitas hacia el Papa. Tras el motín de Esquilache en 1766, el rey vió la oportunidad que esperaba para salir de la orden y solicitó al fiscal del Consejo de Castilla, Pedro Rodríguez de Campomanes, que abrira una pesquisa secreta sobre el asunto; Campomanes enseguida dirigió su atención hacia los jesuitas a partir de la evidencia de la participación de algunos de ellos en la revuelta mediante la violación del correo, informes de autoridades, delaciones, y confidencias de espías.4

Con la documentación acumulada Campomanes, quien era un antijesuita acérrimo, presentó su Dictamen ante el Consejo de Castilla en enero de 1767 y acusó a los jesuitas de ser los responsables de los motines con los que pretendían cambiar la forma de gobierno. En sus argumentos inculpatorios recurrió a todo el arsenal antijesuítico que se había acumulado en los dos siglos desde su creación, incluyendo su apoyo al tiranicidio (por su supuesta relación con los intentos de magnicidio en Francia y Portugal), relajada moral, su afán de poder y riquezas, y su malos manejos en América. El presidente del Consejo de Castilla, el conde de Aranda, formó un Consejo extraordinario que emitió una consulta en la que consideraba probada la acusación y proponía la expulsión de los jesuitas de España y sus Indias. Para tener mayor seguridad, Carlos III convocó un consejo o junta especial presidida por el duque de Alba e integrada por los cuatro Secretarios de Estado y del Despacho, el cual ratificó la propuesta de expulsión y recomendó al rey no dar explicaciones sobre los motivos de la misma. Tras la aprobación de Carlos III, y a lo largo del mes de marzo de 1767, el Conde de Aranda dispuso con el máximo secreto todos los preparativos para proceder a la expulsión de la Compañía.5

Luego de la expulsión de los jesuitas la corona reformó los estudios y aprovechó para modificar los planes de estudio tanto en las universidades como en los seminarios. La mayoría de los obispos, en aquellos lugares donde no se había cumplido el decreto de Trento (como el caso del Reino de Guatemala), erigieron seminarios aprovechando las casas de los jesuitas para instalarlos. En estos nuevos seminarios el rey obligó a seguir las líneas doctrinales que había impuesto en las facultades de Teología y de Cánones de las distintas universidades reales y pontificias, que tenían gran influjo jansenista y, por ende, en las que habían sido prohibidos los autores jesuitas.6

Inicialmente se pensó que aquella orden real había sido el inicio de la expansión del espíritu ilustrado, pues se consideraba que se veía constreñido por la poderosa acción regresiva y reaccionaria de los jesuitas. Pero un estudio posterior demostró que las otras órdenes religiosas beneficiadas a corto plazo con la expulsión y con los bienes de los jesuitas no fueorn ni más abiertas ni  progresistas. Es más, para hacer cumplir la orden que prohibía la difusión de las “perniciosas” doctrinas jesuíticas, el rey incromentó la censura y la aplicó desde entonces en otros temas.7

Casi medio siglo después, en el contexto de la Restauración de 1814, el papa Pío VII emitió la bula “Solicitudo omnium Ecclesiarum“, que restauraba la Compañía de Jesús. En España, el nieto de Carlos III, el rey Fernando VII, autorizó inmediatamente su vuelta.

Reproducimos a continuación la pragmática sanción decretada por el rey Carlos III el 2 de abril de 1767, llamada “Extrañamiento de los Regulares de la Compañía de Jesús de todos los dominios de España e Indias, y ocupación de sus temporalidades“:3

Habiéndome conformado con el parecer de los de mi Consejo Real, en el extraordinario que se celebra con motivo de las resultas de las ocurrencias pasadas, en consulta de 29 de enero de 1767, y de lo que sobre ella, conviniendo en el mismo dictamen, me han expuesto personas del más elevado carácter y acreditada experiencia; estimulado de gravísimas causas, relativas a la obligación en que me hallo constituido de mantener en subordinaci~n, tranquilidad y justicia mis pueblos, y otras urgentes, justas y necesarias, que reservo en mi Real ánimo; usando de la suprema autoridad económica que el Todo-poderoso ha depositado en mis manos para la protección de mis vasallos, y respeto de mi Corona, he venido en mandar extrañar de todos mis dominios de España e Indias, e islas Filipinas y demás adyacentes a los Regulares de la Compañía, así Sacerdotes como Coadjutores, o Legos que hayan hecho la primera profesión, y a los novicios que quisieren seguirles; y que se ocupen toda las temporalidades de la Compañía en mis dominios: y para la ejecución uniforme en todos ellos he dado plena y privativa comisión y autoridad por otro mi Real decreto de 27 de Febrero al Presidente del mi Consejo, con la facultad de proceder desde luego a tomar las providencias correspondientes.

  1. Y he venido asimismo en mandar, que el Consejo haga notoria en todos estos reinos la citada mi Real determinación; manifestando a las demás Ordenes Religiosas la confianza, satisfacción y aprecio que me merecen por su fidelidad y doctrina, observancia de vida monástica, ejemplar servicio de la Iglesia, acreditada instrucción de sus estudios, y suficiente número de individuos para ayudar a los Obispos y Párrocos en el paso espiritual de las almas, y por su abstracción de negocios de Gobierno, como ajenos y distantes de la vida ascética y monacal.
  2. Igualmente dará a entender a los Reverendos Prelados diocesanos, Ayuntamientos, Cabildos eclesiásticos y demás estamentos o cuerpos políticos del reino, que en mi real persona quedan reservados los justos y graves motivos que a pesar mío han obligado mi Real ánimo a esta necesaria providencia, valiéndome únicamente de la económica potesetad, sin proceder por otros medios, siguiendo en ello el impulso de mi Real benignidad como padre y protector de mis pueblos.
  3. Declaro, que en la ocupación de temporalidades de la Compañía se comprehenden sus bienes y efectos, así muebles como raíces, o rentas eclesiásticas que legítimamente posean en el reino; sin perjuicio de sus cargas, mente de los fundadores, y alimentos vitalicios de los individuos, que serán de cien pesos durante su vida a los Sacerdotes, y noventa a los Legos, pagaderos de la masa general que se forme de los bienes de la Compañía.
  4. En estos alimentos vitalicios no serán comprehendidos los Jesuitas extranjeros que indebidamente existen en mis dominios dentro de sus Colegios, o fuera de ellos, o en casas particulares, vistiendo la sotana, o en traje de abates, y en cualquier destino en que se hallaren empleados: debiendo todos salir de mis reinos sin distinción alguna.
  5. Tampoco serán comprehendidos en los alimentos los Novicios que quisieren voluntariamente seguir a los demás, por no estar aún empeñados con la profesión, y hallarse en libertad de separarse.
  6. Declaro, que si algun Jesuita saliere del Estado eclesiástico (adonde se remiten todos), o diese justo motivo de resentimiento a la Corte con sus operaciones o escritos, lo cesará desde luego la pensión que le va asignada; y aunque no debe presumir que el cuerpo de la Compañía, faltando a las más estrechas y superiores obligaciones, intente o permita, que alguno de sus individuos escriba contra el respecto y sumisión debida a mi resolución, con título o pretexto de apologías o defensorios dirigidos a perturbar la paz de mis reinos, o por medio de emisarios secretos conspire al mismo fin, en tal caso, no esperado, cesará la pensión a todos ellos.
  7. De seis en seis meses se entregará la pensión anual a los Jesuitas por el banco del giro, con intervención de mi Ministro en Roma, que tendrá particular cuidado de saber los que fallecen o decaen por su culpa de la pensión, para rebatir su importe.
  8. Sobre la administración y aplicaciones equivalentes de los bienes de la Compañía en obras pías, como es dotación de Parroquias pobres, Seminarios conciliares, casas de misericordia y otros fines piadosos, oidos los Ordinarios eclesiásticos en lo que sea necesario y conveniente, reservo tomar separadamente providencias; sin que en nada se defraude la verdadera piedad, ni perjudique la causa pública o derecho de tercero.
  9. Prohibo por ley y regla general, que jamás pueda volver a admitirse en todos mis reinos en particular a ningun individuo de la Compañía, ni en cuerpo de Comunidad, con ningun pretexto ni colorido que sea, ni sobre ello admitirá el mi Consejo ni otro Tirbunal instancia alguna; antes bien tomarán a prevención las Justicias las más severas providencias contra los infractores, auxiliadores y cooperantes de semejante intento, castigándolos como perturbadores del sosiego público.
  10. Ningún vasallo mío, aunque sea Eclesiástico secular o Regular, podrá pedir carta de hermandad al General de la Compañía ni a otro en su nombre; pena de que se le tratará como a reo de Estado, y valdrán contra él igualmente las pruebas privilegiadas.
  11. Todos aquellos que las tuvieren al presente deberán entregarlas al Presidente del mi Consejo, o a los Corregidores y Justicias del reino, para que las remitan y archiven, y no se use en adelante de ellas, sin que les sirve de óbice el haberlas tenido en el pasado, con tal que puntualmente cumplan con dicha entrega; y las Justicias mantendrán en reserva los nombres de las personas que las entregaren, para que de este modo no les cause nota.
  12. Todo el que mantuviere correspondencia con los Jesuitas, por prohibirse general y absolutamente, será castigado a proporción de su culpa.
  13. Prohibo expresamente, que nadie pueda escribir, declamar o conmover con pretexto de estas providencias en pro ni en contra de ellas; antes impongo silencio en esta materia a todos mis vasallos; y mando, que a los contraventores se les castigue como reos de lesa Majestad.
  14. Para apartar altercaciones o malas inteligencias entre los particulares, a quines no incumbe juzgar ni interpretar las órdenes del Soberano, mando expresamente, que nadie escriba, imprima ni expenda papeles u obras concernientes a la expulsión de los Jesuitas de mis dominios, no teniendo especial licencia del Gobierno: e inhibo al Juez de imprentas, a sus Subdelegados, y a todas las Justicias de más reinos de conceder tales permisos o licencias, por deber correr todo esto bajo de las órdenes del Presidente y Ministros de mi Consejo con noticia de mi Fiscal.
  15. Encargo muy estrechamente a los revenrendos Prelados diocesanos, y a los Superiores de las Ordenes Regulares, no permitan que sus súbditos escriban, impriman, ni declamen sobre este asunto, pues se les haría responsables de la no esperada infracción de parte de cualquiera de ellos: la cual declaro comprehendida en la ley del Señor Don Juan el I, y Real Cédula expedida circularmente por mi Consejo en 18 de Septiembre del año pasado para su más puntual ejecución, a que todos deben conspirar, por lo que interesa el orden público, y la reputación de los mismos individuos, para no atraerse los efectos de mi Real desagrado.
  16. Ordeno al mi Consejo, que con arreglo a lo que va expresado haga expedir y publicar la Real pragmática más estrecha y conveniente para que llegue a noticia de todos mis vasallos, y observe inviolablemente, publique, y ejecuten por las Justicias y Tribunales territoriales las penas, que van declaradas contra los que quebrantaren estas disposiciones, para su puntual, pronto e invariable cumplimiento; y dará a este fin todas las órdenes necesarias con preferencia a otro cualquier negocio, por lo que interesa mi Real Servicio: en inteligencia de que a los Consejos de Inquisición, Indias, Ordenes y hacienda he mandado remitir copias de mi Real decreto para su respectiva inteligencia y cumplimiento.  Y para su puntual e invariable observancia en todos mis dominios, habiéndose publicado en Consejo pleno este día el Real decreto de 27 de marzo que contiene la anterior resoluci~n, que se mando guardar y cumplir segun y como en él se expresa, fue acordado expedir la presente en fuerza de ley y pragmática sanción, como si fuese hecha y promulgada en Cortes, pues quiere se esté y pase por ella sin contravenirla en manera alguna, para lo cual, siendo necesario, derogo y anulo todas las cosas que sean o ser puedan contrarias a ésta; por la cual encargo a los muy reverendos Arzobispos, Obispos, Superiores de todas las Ordenes Regulares Mendicantes y Monacales, Visitadores, Provisores, Vicarios y demás Prelados y Jueces eclesiásticos de estos mis reinos, observen la expresada ley y pragmática como en ella se contiene, sin permitir que con ningun pretexto se contravenga en  manera alguna a cuanto en ella se ordena: y mando a los del mi Consejo, Presidente y Oidores, Alcaldes de mi Casa y Corte, y de mis Audiencias y Cancillerías, Asistente, Gobernadores, Alcaldes Mayores y ordinarios, y demás Jueces y Justicias de todos mis dominios, guarden cumplan y ejecuten la ticata ley y pragmática sanción, y la hagan guardar y observar en todo y por todo; dando para ello las providencias que se requieran, sin que sea necesaria otra declaración alguna más de esta, que ha de tener su puntual ejecución desde el día que se publique en Madrid, y en las ciudades, villas y lugares de estos mis reinos en la forma acostumbrada, por convenir así a mi Real servicio, tranquilidad, bien y utilidad de lacausa pública de mis vasallos.3

BIBLIOGRAFIA:

  1. Domínguez Ortiz, Antonio (2005) [1988]. Carlos III y la España de la Ilustración. Madrid: Alianza Editorial. ISBN 84-206-5970-3. pp. 135-137.
  2. Ibid., pp. 137-138.
  3. Real Gobierno de España (18050 [1775]. Novísima Recopilación de las Leyes de España mandada formar por el señor don Carlos IV. Madrid. pp. 181-183.
  4. Domínguez Ortiz, Carlos III y la España de la Ilustración, pp. 138-139.
  5. Ibid., pp. 139-140.
  6. Mestre, Antonio; Pérez García, Pablo (2004). «La cultura en el siglo XVIII español». En Luis Gil Fernández y otros, ed. La cultura española en la Edad Moderna. Historia de España XV. Madrid: Istmo. ISBN 84-7090-444-2. p. 524.
  7. Capel Martínez, Rosa Mª; Cepeda Gómez, José (2006). El Siglo de las Luces. Política y sociedad. Madrid: Síntesis. ISBN 84-9756-414-6. p. 275.

12 de julio de 1820: los principales de Totonicapán desconocen a las autoridades españolas y reconocen a Atanasio Tzul y a su esposa como reyes

 

12julio1820
El valle de Totonicapán en 1887.  En el recuadro: una pintura del siglo XIX que representa a Atanasio Tzul, el calpul dk’iche’ de Totonicapán que dirigió el alzamiento contra las autoridades coloniales.  Imágenes tomadas de Wikimedia Commons.

Atanasio Tzul, miembro de la nación k’iche’ en Totonicapán, era originario del Cantón Paquí y provenía de una familia de jaboneros que habitaban el Barrio Linkah. Su esposa era Felipa Soc y aunque no existen datos oficiales acerca de su fecha de nacimiento y muerte, generalmente se admite que nació en el siglo XVIII y murió en la primera parte del siglo XIX.1

Tzul inició su vida política en 1813, cuando llegó a ser calpul (Principal) de la Parcialidad de Linkah.2 Por ese entonces, el Imperio Español estaba atravezando una grave crisis derivada de la Invasión de Napoleón y luego el establecimiento de las Cortes de Cádiz, cuando obligaron al rey Fernando VII a renunciar al absolutismo. En Cádiz se reunieron representantes de todas las regiones de España y de las colonias, y lograron redactar una Constitución que reflejaba mejor las necesidades de los habitantes del Imperio. Cuando los principales de San Miguel Totonicapán, encabezados por Atanasio Tzul y el macehual Lucas Aguilar, se enteraron que la Constitución de Cádiz de 1812 otorgaba a los indígenas los mismos derechos que a los españoles y ladinos, eliminando el trabajo gratuito que los pobladores indígenas hacían para sus curas párrocos, los principales y concejales de San Miguel Totonicapán, encabezados por Tzul, primer calpul y por el macehual Lucas Aguilar, escribieron a Fernando VII para agradecérselo pues creyeron que él era quien lo había decidido.3

En 1816, Tzul, al servir el cargo de Alcalde de San Miguel Totonicapán se limitó a exigir únicamente siete reales como pago de los impuestos de comunidad y para los sueldos del cura párroco y de las autoridades.3

Pero en la cuaresma de 1820 la situación política cambió nuevamente, cuando se supo que Fernando VII había puesto nuevamente en vigencia la Constitución absolutista, derogando la de 1812. Para entonces, Tzul ya era reconocido como representante no oficial de las parcialidades de Linkah, Pachah, Uculjuyub, Chiché y Tinamit, y volvió a unir fuerzas con Lucas Aguilar ante el interés del pueblo que representaban por acabar con los trabajos grautidos para los eclesiásticos y el tributo real que ya habían sido suprimidos por las cortes de Cádiz en 1811, pero que fueron restituidos por Fernando VII. Tzul y Aguilar hicieron entonces un frente común contra el Capitán General de Guatemala, el Arzobispo de Guatemala, Ramón Casaus y Torres, las órdenes regulares, la élite criolla local y los caciques de Totonicapán.1-3

Lo primero que hicieron Aguilar y Tzul fue realizar gestiones ante el Alcalde Mayor para verificar lo hecho por Fernando VII, y cuando lo confirmaron, prepararon un alzamiento.  De esta forma, el 9 de julio, durante la celebración de la nueva constitución, Tzul asistió a la ceremonia vestido a la española, con casaca, sombrero al tres, espadín, bastón y medalla al cuello, pero el 12 de julio por la noche, los principales y los líderes de la revuelta reconocieron como reyes a Tzul y a su esposa, y simbólicamente les impusieron las coronas de San José y Santa Cecilia. La debilidad política y militar del imperio español, los primeros intentos por una autonomía política y la competencia entre oficiales españoles fueron clave para el éxito del levantamiento,2​ que rechazó el tributo, removió al Alcalde Mayor, José Manuel Lara de Arrese e impuso el gobierno de Tzul.1​  Al menos durante unos días entre julio y agosto de 1820, Tzul actuó como el representante más destacado del gobierno indígena.2

Pero el alzamiento fue de corta duración, y el líder k’iche’ sería azotado durante nueve días1​ y encarcelado más tarde en Quetzaltenango, después de que el movimiento fuera reprimido por alrededor de mil milicianos ladinos provenientes de San Carlos Sija.​ El 25 de enero de 1821, él y otros dirigentes solicitaron la gracia del indulto, el cual les fue concedido el 1 de marzo de 1821, después de una manifestación de individuos totonicapenses.1

Aquel alzamiento fue decisivo para que los criollos aristócratas negociaran la Independencia con el capitán general Gabino Gaínza y mantuvieran el sistema tributario pero ahora en beneficio del gobierno local, como lo evidencia ​el siguiente párrafo del Acta de Independencia del 15 de septiembre de 1821:

“Que siendo la Independencia del gobierno español la voluntad general del pueblo de Guatemala, y sin perjuicio de lo que determine sobre ella el congreso que debe formarse, el señor jefe político la mande publicar para prevenir las consecuencias que serían temibles en el caso de que la proclamase de hecho el mismo pueblo.”4

BIBLIOGRAFIA:

  1. Móbil, A. (1991). 100 Personajes Históricos de Guatemala. Guatemala: Serviprensa Centroamericana.
  2. AFEHC. «Atanasio Tzul»Historia centroamericana. Archivado desde el original el 25 de junio de 2010.
  3. Castro Gutiérrez, Petrona del Rosario; Alonzo Alvarado, Natalia Marina; Herrera Juárez, Maridalia; Méndez Lacayo, Luis Fernando (2011). La rebelión de Atanasio Tzul: legado histórico en Paqui, Totonicapán. Quetzaltenango, Guatemala: Universidad de San Carlos de Guatemala, Centro Universitario de Occidente. Archivado desde el original el 7 de mayo de 2015.
  4. Pineda de Mont, Manuel (1869). Recopilación de las leyes de Guatemala, 1821-1869 I. Guatemala: Imprenta de la Paz en el Palacio. pp. 1-4.

2 de julio de 1725: muere el Dr. Juan Baustista Alvarez de Toledo, quien fuera el XIV obispo de la diócesis de Guatemala de 1713 a 1723

 

2julio1725
Uno de los pasos del Via Crucis que existen en la ciudad de Antigua Guatemala entre el templo de San Francisco El Grande y la ermita del Calvario.  Estos pasos fueron construidos bajo la supervisión de Alvarez de Toledo cuando era Comisario de Terceros en esa ciudad.  En el recuadro: el obispo Alvarez de Toledo.  Imágenes tomadas de Wikimedia Commons.

La historia de la Colonia Española en el Reino de Guatemala y del Estado de Guatemala tras la Independencia en el siglo XIX está íntimamente ligada a la de la religión católica en la región.  Es por ello que es importante documentar quiénes fueron los obispos y arzobispos, así como los principales de las poderosas órdenes religiosas que poseyeron enormes extensiones de tierra cultivable en el país durante esos años.

El Dr. Juan Bautista Alvarez de Toledo es uno de esos personajes religiosos importantes, ya que no solamente fue obispo de Guatemala de 1713 a 1723 sino que llegó a ser presidente del Capítulo de los franciscanos de Guatemala, orden a la que pertenecía.1  De acuerdo al historiador eclesiástico Domingo Juarros, su acta de bautismo es la siguiente:

“En la Ciudad de guatemla, en 20 de junio de 1655 años, yo Diego de Robles, Teniente de Cura de esta Santa Iglesia Catedral, hice los exorcismos, bautizé, puso Oleo y Cris a Juan, hijo legítimo de Don Fernando Alvarez de Quiroya y de su mujer Doña Sebastiana del Castillo y Bargas; fueron sus padrinos Don Diego Alvarez de Vega y Doña Lorenza de Estrada su mujer; dicen los padrino, que nació el 28 de mayo pasado de este año y lo firmé. 

Diego de Robles.2

Continuando con lo indicado por Juarros, al margen de aquella partida de bautismo dice:

Este es el Príncipe que ha ilustrado esta Ciudad, siendo Señor Obispo de ella. El Ilustrísimo Señor Doctor y Maestro Don Fr. Juan Bautista Alvarez de Toledo, Religioso de San Francisco, Obsipo de Guatemala, año de 1713.  Murió a 2 de julio de 1725, de edad de setenta años y dos meses. 

Doctor Sologaistoa.”2

Alvarez de Toledo quedó huérfano a temprana edad y fue recogido por una mulata que se hizo cargo de él hasta que éste tomó los hábitos de la poderosa orden de franciscanos en el convento que éstos tenían en la ciudad de Santiago de los Caballeros de Guatemala.  Allí sirvió como Lector, Guardián del Convento Grande, Comisario Visitador de la Provincia de Nicaragua, Definidor, Ministro Provincial, Comisario Visitador y Presidente de Capítulo de la de Guatemala. Por cierto, cuando era Comisario de Terceros, supervisó la construcción de las capillas del Via Crucis que van del templo de San Francisco a la Ermita del Calvario, y cuando fue electo Provincial hizo los bernegales de la Iglesia y otras piezas del Convento, fundó el Monasterio de Religiosas y promovió la del Colegio de Misioneros.1

Fue catedrático de la doctrina de Escoto en la Real y Pontificia Universidad de San Carlos de Borromeo y, dada su erudición, fue nombrado Doctor por dicha Universidad por gracia del Rey de España, sin necesidad de examen.  Dada la escacez de miembros del clero secular en esa época, fue electo Obispo de Chiapas en 1708, y fue consagrado en la iglesia de San Francisco el 15 de diciembre de 1709.1  En Ciudad Real supervisó la construcción de un hospital para pobres enfermos3 y luego fue trasladado a la mitra de Guatemala el 30 de abril de 1713 y recibió sus bulas el 22 de octubre de ese año. 1

De acuerdo al historiador Juarros, siendo obispo de Guatemala Alvarez de Toledo construyó una casa para recogidas y fundó una capellanía para que se les dijera misa los días de fiesta.  También otorgó 18,000 pesos para el convento de Monjas Clarisas, y previno casa para las de Capuchinas.  También dió becas a más de veinte niñas para que fueran religiosas y gastó grandes sumas de dinero en beneficio de los conventos y alivio para los más pobres.3

En 1725 fue promovido a la mitra de Guadalajara, pero dada su avanzada edad renunció y se retiró.  Entonces, el rey Felipe V solicitó al Papa que restituyera a Alvarez y Toledo en la mitra guatemalteca, pero el obispo falleció el 2 de unio y fue sepultado en la Iglesia del Colegio de Cristo Crucificado en la ciudad de Santiago de los Caballeros.1


BIBLIOGRAFIA:

  1. Juarros, Domingo (1857) [1808]. Compendio de la historia de la Ciudad de Guatemala. Guatemala: Imprenta de Luna. p. 287
  2. Ibid., p. 286.
  3. Ibid., p. 288.

10 de junio de 1781: el arzobispo Cayetano Francos y Monroy funda el Colegio de Infantes en la Nueva Guatemala de la Asunción

10junio1781
Los planos de la construcción de la Catedral de la Nueva Guatemala de la Asunción, que se empezó a construir en 1783 por instrucciones del arzobispo Cayetano de Francos y Monroy.  En la esquina inferior derecha están las instalaciones de lo que luego sería el Colegio de Infrnates.  En el recuadro: el arzobispo Francos y Monroy.  Imágenes tomadas de Wikimedia Commons.

Durante la época colonial en Guatemala los colegios de mayor renombre estuvieron a cargo de la Compañía de Jesús. Sin embargo, estos fueron clausurados cuando los jesuitas fueron expulsados de los territorios del Imperio Español en 1767 como parte de las reformas borbónicas del rey Carlos III. Con la expulsión de los jesuitas, el principal colegio católico pasó a ser el Colegio y Seminario Tridentino de Nuestra Señora de la Asunción, que era anexo a la Real y Pontificia Universidad de San Carlos Borromeo.

Cayetano Francos y Monroy llegó a Guatemala como arzobispo en sustitución dePedro Cortés y Larraz en septiembre de 1779, con la misión de retomar el control del clero de la Capitanía General de Guatemala y sacar a Cortés y Larraz de la arquidiócesis, a la que éste se había aferrado para contrarrestar el influjo del Capitán General Martín de Mayorga, que quería debilitar la posición del clero tras los terremotos de Santa Marta de 1773.1  Cortés y Larraz hizo mucha obra en beneficio de su grey y era muy querido por el pueblo católico, en especial por el de la arruinada ciudad de Santiago de los Caballeros, en donde había permanecido con todos los curas párrocos a su cargo, luego de que Mayorga obligara a las órdenes regulares a abandonar sus arruinados y palaciegos conventos y trasladarse a estructuras temporales en la recién fundada ciudad de la Nueva Guatemala de la Asunción.  Es más, Cortés y Larraz lideró la respuesta contra una epidemia de tifo que se desató luego de los terremotos, y posteriormente donó de su propio peculio para que se construyera un nuevo hospital en la nueva capital recién fundada.2

Pero la actitud de Cortés y Larraz no era bien vista por las autoridades civiles, quienes solicitaron al rey que sustituyera al arzobispo, y así lo hizo, nombrando a Cayetano de Francos y Monroy.  El nuevo arzobispo estaba muy involucrado con las corrientes liberales de los filósofos inglesis y de Juan Jacobo Rousseau que proporcionaron nuevos lineamientos en la pedagogía y la formación intelectual de las nuevas generaciones;​ por esa razón, inició en la Nueva Guatemala de la Asunción una reforma educativa, pues a su llegada solamente estaba la escuela de Belén, la que era incapaz de atender a todos los escolares, pues la población ascendía a veinte mil habitantes.​ El resto de escuelas no funcionaban porque todas las entidades civiles y religiosas estaban trabajando en construir sus nuevos edificios y residían en albergues de madera tras el traslado desde la ciudad de Santiago de los Caballeros de Guatemala en 1776.1

Francos y Monroy fundó dos escuelas de primeras letras —la de San José de Calasanz y la de San Casiano—, y contribuyó económicamente para finalizar la construcción del Colegio Tridentino, y otros establecimientos. La nueva orientación pedagógica de Francos y Monroy tenías tres objetivos: ciencias, costumbres y religión. De esta forma, se dio conocimiento a los niños adecuado a su edad y se les proporcionaron principios que poco a poco fueron desarrollando ciudadanos con mentalidad distinta a la acostumbrada y quienes en años posteriores serían protagonistas de los movimientos independentistas.​1

El 10 de junio de 1781, Francos y Monroy convifrtió a la escuela de San José de Calasanz en el Colegio de Infantes con dos objetivos específicos: la educación católica de la niñez guatemalteca, y educar a los seis acólitos de la Catedral Metropolitana.1 A los estudiantes del colegio de Infantes, que vestían de rojo, se les conocía como “colegiales seis“, o “los seises” porque inicialmente solamente seis de ellos cantaban en las festividades religiosas del coro de la Catedral Metropolitana; posteriormente ya fueron más los que cantaban, pero el nombre perduró.3

Tras la Independencia de Centroamérica y la Guerra Civil Centroamericana que le siguió, el resto de las órdenes regulares de la Iglesia Católica fue expulsado en 1829 por el general liberal Francisco Morazán tras su victoria sobre el estado conservador de Guatemala dirigido por Mariano de Aycinena y Piñol, líder de la familia Aycinena con fuertes lazos familiares y económicas con las órdenes regulares de la Iglesia. Los liberales también expulsaron al arzobispo Ramón Casaus y Torres aunque permitieron que se quedaran los curas del clero secular a los que éste dirigía, aunque sin el beneficio del diezmo obligatorio. Así, solamente quedaron funcionando el Colegio Tridentino y el Colegio San José de los Infantes, ambos a cargo del clero secular que quedó en manos del vicario de la Catedral Metropolitana. Irónicamente, el Jefe de Estado de Guatemala durante esta época liberal fue el Dr. Mariano Gálvez, quien era ex-alumno del Colegio de Infantes.


BIBLIOGRAFIA:

  1. Belaubre, Christophe (2013). «Francos y Monroy, Cayetano: Aspectos de la vida del arzobispo de Guatemala que vino para retomar el control de un clero guatemalteco en estado de rebelión casi abierto». Archivado desde el original el 22 de julio de 2017.
  2. Martínez Durán, Carlos (2009). Las Ciencias Médicas en Guatemala, origen y evolución (4.ª edición). Guatemala: Universitaria, Universidad de San Carlos de GuatemalaISBN 9789993967583.
  3. Montúfar, Lorenzo; Montúfar, Rafael (1898). Memorias autobiográficas de Lorenzo Montúfar. Guatemala.
  4. Molina Moreira, Marco Antonio (1979). «Manuel Francisco Pavón Aycinena, constructor del sistema político del Régimen de los Treinta Años»Tesis (Guatemala: Escuela de Historia de la Universidad de San Carlos de Guatemala). pp. 31-32.

5 de mayo de 1582: fallece fray Gonzalo Méndez, fraile franciscano que organizó la obra de su orden en Guatemala

5mayo1582
Grabado de Sololá y el Lago de Atitlán en 1887, publicado en “Guatemala, Land of Quetzal”.  Imagen tomada de Wikimedia Commons.

Fray Gonzalo Méndez nació en La Alcarria, Guadalajara, en España y se formó en la provincia franciscana de Galicia.1  Tomó el hábito en la provincia de Santiago, y se trasladó a América el 18 de diciembre de 1839 a petición del obispo Francisco Marroquín, quien le pagó por el flete y transporte y quien le pidió organizar conventos franciscanos en Guatemala.2  Rápidamente se adaptó a la cultura indígena y aprendió tres idiomas nativos para poder comunicarse y predicar con mayor facilidad. 3

Desarrolló su ministerio entre los indígenas zutujiles de la región de Atitlán, donde fundó el segundo convento católico que hubo en Guatemala y primero de los franciscanos.4 Durante su vida llevó la castidad al extremo, huyendo incluso de hasta conversar con las mujeres, y vivió en una gran pobreza, teniendo solo su zayal y un brevario y durmiendo sobre una tabla en el suelo con un trozo de madera que le servía de cabecera.5 En una ocasión, para una Navidad, tuvo que caminar 36 kilómetros en caminos de difícil acceso para ir a tres poblados diferentes a impartir la misa, y eso que su constitución siempre fue delgada y andaba descalzo.6 Sobre su persona se han tejido numeros relatos y leyendas que lo describen como un misionero ejemplar, dedicado por completo a la evangelización y defensa de los indígenas.3  Por ejemplo, se contaba que como los peces del Lago de Atitlán eran muy pequeños y llenos de espinas, hizo llevar a él peces más grandes del Pacífico para que mejorara la pesca; sin embargo, cuando la demanda por los peces de Atitlán se incrementó más allá de las posibilidades de los indígenas, fray Gonzalo Méndez “cerró la laguna” y desde entonces no se pudo pescar los grandes peces que había traído.7

Méndez fue custodio y provincial del convento franciscano de Atitlán, y también de Yucatán, hasta que fue trasladado a la ciudad de Santiago de los Caballeros de Guatemala, a una edad avanzada, donde murió el 5 de mayo 1582 a los 77 años en el convento de San Francisco, luego de 41 años de dedicarse a la catequización de los indígenas guatemaltecos.4,8,9  Fray Juan Casero de la orden de los frailes Menores, ministro provincial de la provincia del nombre de Jesús en Guatemala, reportó a sus superiores de la orden franciscana que fray Gonzalo Méndez le contó poco antes de morir sobre la siguiente visión que tuvo tras la muerte del emperador Carlos V:10

“Estando ya en lo último, me mandó que me confesase, y fuese a decir misa, y cuando vine me mandó por santa obediencia, que a nadie en su vida dijese lo que me quería decir, y que había enviado a llamar al señor presidente, y al señor obispo para decirles este caso, y no habían venido y se le acababa la vida; y después de haber dado muchos suspiros y sollozos, y derramendo muchas lágrimas me dijo: ‘Tan vivo tengo la representación de lo que os quiero decir, que jamás a hombre ni aun en confesión dije, ni puedo absternerme ni dejar de causarme alteración grande en el alma de contento, mezclado de una tristeza, si acaso será conmigo tan justo Dios, siendo como he sido mayor pecador, que sean más los años de mis penas, y aun esto sería consuelo.  No temo muerte ni pena, como yo no pierda a Dios.’  Consoléle entendiendo era causa triste, y tomándole las manos me mandó otra vez a jurar, y luego dijo: ‘Desde que yo tuve uso de razón, tuve particular amor al emperador Carlos V que todos los días de mi vida, hasta cuatro años de su muerte, hice particular oración por él, y con más ahínco que por alguna otra cosa, hasta los cuatro años después de la muerte del dicho, que acabando yo de decir misa, en la cual le encomendéa Dios, y viéndome el coro, y estando en la acostumbrada oración por él, ví una visión, ni sé si en cuerpo, o fuera del cuerpo. Sé que fue en breve tiempo, y que fue estando yo despierto y libre, que ni era hora de sueño, ni yo estaba en disposición de ello, pues me hallé acabado el caso, de rodillas, como antes lo estaba.  Vi un juicio de Dios formado, y una sola una silla de Majestad en la cual Nuestro Señor estaba asentado, cerca de todos los santos y ángeles, y vi entrar en el juicio a un hombre afligido, y como que salía de una larga prisión aherrojado y cansado, al cual acusaron, los demonios de gravísimos pecados que había cometido, de que jamás había hecho penitencia y atestiguaban con los ángeles y santos, los cuales todos confirmaron ser así que había hecho casos enormes en que no le habían visto penitente y el emperador Carlos V (que yo le conocí en el aspecto) aunque todos lo acusan, no parecía tener nada, ni habló en su disculpa, solo levantó con grande acatamiento los ojos, y los puso con mucha confianza en Dios como que le pedía declaración de la verdad; y sin hablar, Dios le mostró en sí mismo a todos los santos y ángeles, que aquellas cosas de que el emperador era acusado, no habían sido en él culpas, poruqe las había hecho por particular revelación suya, y que en ellas no había sido sino ministro de la justicia divina, por particular orden divino, y que antes había merido en ello: y con esto se le llenó el rostro de alegría al emperador, y todos los santos ángeles adoraron a Dios en aquel secreto, y muy contentos y alegres aventaron a los demonios, y tomando por la mano Dios al emperador le llevó consigo a su gloria.’11

Al sepelio de fray Gonzalo Méndez asistieron gran cantidad de indígenas, que lo estimaban profundamente, además de los miembros de las otras órdenes, de la Real Audiencia, del obispo de Guatemala y el de la Verapaz.6


BIBLIOGRAFIA:


 

 

2 de mayo de 1715: documentan que tembló por si sola la cruz en el camino que conduce de Santiago de los Caballeros a Jocotenango

2mayo1715
Las ruinas de la Iglesia de San Sebastián y el Templo de Minerva de la Antigua Guatemala en 1913.  El coadjuctor de esta parroquia fue quien comunicó que la cruz en el camino hacia Jocotenango estaba temblando por sí sola.  Fotografía de Arnold Genthe de 1913 tomada de Wikimedia Commons.

El régimen colonial en América estuvo controlado por las poderosas órdenes religiosas y obispos del clero secular hasta la segunda mitad del siglo XVIII, en que los Borbones tomaron el trono en España y empezaron una profunda reforma política que llevó a un mayor control de la Corona sobre los asuntos de la Iglesia en España.  Gracias al poder político que tuvieron, las órdenes religiosas poseyeron enormes haciendas con doctrinas de indígenas que trabajaban en dichas haciendas a cambio de la catequización que les daban los frailes.  Por su parte, los obispos y curas seculares (mucho de estos con poca o ninguna preparación religiosa) tuvieron a su favor el diezmo obligatorio, que era un impuesto más que cobraba el gobierno colonial para ellos y que les proporcionó considerables ingresos.  Esto era tolerado por la Corona antes de la llegada de los Borbones por las grandes rentas que esto representaba para las arcas reales, pero los nuevos monarcas reforzaron el regalismo, es decir, la defensa de las prerrogativas de la Corona sobre la Iglesia católica de sus Estados frente a la Santa Sede. Con el concordato de 1753, se amplió el derecho de patronato regio a todos los territorios de la Corona (que anteriormente existía sólo sobre Granada y América), se limitaron las atribuciones de la Inquisición en materia de censura y en el plano judicial, y se reforzjok el exequatur o pase regio, que suponía que las disposiciones del papa debían tener la aprobación real para poder ser publicadas y aplicadas en los territorios de la Monarquía. Como corolario, el rey de España Carlos III expulsó a los jesuitas de todos sus territorios en 1767, tras acusarlos de ser los responsables del Motín de Esquilache y para quedarse con sus grandes propiedades, Aunque la Monarquía no llegó a cuestionar en ningún momento los extensos privilegios de la Iglesia, el resto de órdenes religioss y miembros del clero secular comprendieron que la situación ya no les era tan favorable como antes.1

En el Reino de Guatemala, el rompimiento entre la monarquía y el clero fue evidente cuando las órdenes regulares tuvieron que entregar al clero secular sus numerosas doctrinas, y cuando el Capitán General decidió trasladar la ciudad de Santiago de los Caballeros tras el terremoto de Santa Marta en 1773, el cual no fue mucho más destructivo que los de San Miguel en 1717 y de San Casimiro en 1751, y tras los cuales la ciudad se reconstruyó con mayor esplendor cada vez, poniándose énfasis en los edificios religiosos. En 1773, por el contrario, las autoridades civiles favorecieron el traslado a una nueva ciudad, y los primeros que enviaron para dicha ciudad fueron a las órdenes religiosas, obligándolas a abandonar sus palaciegos conventos, aunque no estuvieran arruinados. El arzobispo Pedro Cortés y Larraz comprendió la intención del Capitán General Martín de Mayorga, y resistió a trasladar las parroquias de Santiago de los Caballeros2 hasta que fue obligado a huir de Guatemala cuando llegó el nuevo arzobispo, Cayetano de Francos y Monroy, que el rey había nombrado en su lugar dado que desde 1753 la Monarquía tenía la potestad de nombar a los arzobispos españoles.3

Antes de la llegada de los Borbones a la Corona Española, todo giraba en torno a la Iglesia Católica y las fechas más importantes, aparte de la toma del poder de un nuevo Capitán General, eran las fiestas de guardar y muchos eventos religiosos fueron discutidos en las actas del Ayuntamiento criollo o de la Real Audiencia.  Además, cualquier evento que fuera considerado milagroso, era registrado en dichas actas por ser considerado de vital importancia; uno de esos eventos, ocurrido el 2 de mayo de 1715, es registrado por el historiador eclesiásticos Domingo Juarros, quien en su obra “Compendio de la Historia de la Ciudad de Guatemala” reproduce la siguiente certificación del Escribano Real:4

“Yo el Alférez José de León, Escriba de S. M. certifico, doy fe y verdadero testimonio, que estando en mi casa poco más de la noche de la noche, del día 2 mayo, fuí llamado del Señor Br. Don Juan Gregorio de Cabrera, Coadjutor de la Santa Iglesia parroquial del Señor San Sebastián, por orden del Señor Doctor Don José Varon de Berrieza… Provisor y Vicario General de este Obispado, para que viese y diese fe, que la Santa Cruz de la calle que va para Jocotenango, estaba temblando y moviéndose del medio cuerpo para arriba.  Y como dicho es, doy fe y verdadero testimonio y hago saber a los Señores, que el presente vieren, que vi mover dicha Santa Cruz, a pausas y para que conste doy el presente, en la noche del día 2 de mayo, de este año de 1715. Y fueron testigos los SS. BB. Don Juan Gregorio Cabrera y Don José Toscano, el A. Domingo de Avilez, el Alférez Juan Martínez de Vericochea, y el Sargento Juan de Mendizábal, vecinos de esta Ciudad, y el Cabo de escuadra, Pascual de Figueroa.  Y así mismo doy fe que lo firmaron.

José de León, Escribano Real.4

Nótese como todos los que firmaron el acta aquí reproducida eran criollos o españoles y que todos eran o religiosos o militares.  Es más, el mismo Juarros era Bachiller eclesiástico y su obra histórica está completamente sesgada hacia el enfoque religioso de los acontecimientos que narra.


BIBLIOGRAFIA:

  1. Domínguez Ortiz, Antonio (2005) [1988]. Carlos III y la España de la Ilustración. Madrid: Alianza Editorial. ISBN 84-206-5970-3. pp. 221-253.
  2. Melchor Toledo, Johann Estuardo (2011). «El arte religioso de la Antigua Guatemala, 1773-1821; crónica de la emigración de sus imágenes»tesis doctoral en Historia del Arte (México, D.F.: Universidad Nacional Autónoma de México). Archivado desde el original el 17 de diciembre de 2014. p. 118.
  3. Belaubre, Christophe (2013). «Francos y Monroy, Cayetano: Aspectos de la vida del arzobispo de Guatemala que vino para retomar el control de un clero guatemalteco en estado de rebelión casi abierto». Archivado desde el original el 22 de julio de 2017.
  4. Juarros, Domingo (1857) [1808]. Compendio de la historia de la Ciudad de Guatemala. Tomo Primero. Guatemala: Imprenta de La Luna. pp. 213-214.

27 de marzo de 1542: el obispo Francisco Marroquín arremete contra quienes lo acusaban de ayudar a los indígenas contra los abusos de los encomenderos

27marzo1542
Las ruinas del convento de San Francisco en la ciudad de Antigua Guatemala a finales del siglo XIX.  En el recuadro: un encomendero español del siglo XVI.  Imágenes tomadas de Wikimedia Commons.

Mientras se encontraba recorriendo su diócesis a lomo de mula pues no había caminos todavía, el obispo Francisco Marroquín se enteró de que los pobladores de la recién fundada ciudad de Santiago de los Caballeros en el valle de Panchoy estaban criticándolo a sus espaldas.  Las habladurías en su contra se debían a que había hecho numerosas notas indicando que las imposiciones que los encomenderos hacían sobre los indígenas a su cargo eran exageradas e injustas.  Hasta entonces, Marroquín no había hecho crítica al respecto, ya que aunque era religioso, también había sido conquistador y había sido nombrado obispo el 7 de abril de 1537 gracias a su influencia con Pedro de Alvarado y la amistad de éste con el emperador Carlos V; pero por sobre todo, también tenía encomiendas de indígenas que le redituaban jugosos ingresos.1

Ante las difamaciones, el obispo de Guatemala envió la siguiente carta al Cabildo de la ciudad, en donde le echa en cara a los encomenderos que nunca les había criticado hasta ahora, a pesar de saber que se habían enriquecido a costa de la explotación los indígenas en sus encomiendas:

“Magníficos Señores:

“Por cartas desa Ciudad he sabido el alboroto y escándalo, que ha nacido de la venida a visitar estas pobres gentes.  Y pongo por testigo a Dios que no miento, ni quería mentir, y que en todas las tasaciones que se han hecho hasta la hora presente, las más no merecían dar a sus dueños ni aun agua; de todo lo cual creo verdaderamente se debe entera restitución.  Plega a Dios se halle medio y remedio para el descargo, si ya que se mereciese la dicha tasación y con justo título se lleváse, digo por mi consagración, y salvación que va más, juzgo haber ido contra los naturales en favor de los encomenderos en cada tasación en más de la cuarta parte.  Y porque desto tengo testigos, a ellos me remito, que uno de tres hay; y en mi conciencia que no tengo pasión ni afición, ni hay por qué ni para qué.  Esta es la razón que todo ese pueblo tiene para se quejar de mi, pues si no nos acordamos del tiempo pasado y todos están ricos; ¿qué ha sido la causa sino callar yo como ruin perlado, y pastor y protector, viendo que se comían los lobos mis ovejas, y yo me estaba holgando y callando?  Desto no se me debe nada, cuando a Dios, pues él me lo tiene de pedir.”

“Palabras feas y desvergonzadas me escriben que se dicen, y desto mucha culpa tienen vuestras mercedes: aunque yo sea ruin soy perlado, y pastor y padre de todos, y háseme de tener mucho acatamiento y reverencia como verdaderos hijos a padre, y mucho más; y aun me dicen se han dicho palabras muy escandalosas.  Cada uno mire lo que dice y la lengua esté queda que en semejantes alborotos y comunidades suéltanse palabras que suenan mal en caso de fé, y los que las dicen dan a entender que sienten mal lo cual es peligroso; y aunque mis injuras yo las perdono, que noes razón por ser vuestro padre y pastor, las de nuestro Dios no será razón queden sin castigo.  Escribo esto a vuestras mercedes como a cabeza de todo ese cuerpo tan enfermeo, de que yo tengo tanta lástima, que si con mi muerte lo pudiese remedir tendríala por muy buena.  Estoy tan asombrado y temeroso de la perdición de las conciencias, que juzgo ser llegado el cuarto pecado, por quien dice Ezequiel que no se convertirá Dios a los pecadores.  Grande plaga es que seamos llegados a tiempo que no se quiera oir la palabra de Dios: parece que se cumple con esto el el dicho de Cristo, quitárseos ha el reino de Dios, darse ha a la gente que hiciere fruto; y tambien lo que dice en otro lugar, si os predico la verdad, ¿por qué no me creeis?  Plega a Dios que no diga del cielo que decía a los fariseos: en vuestros pecados morireis.  Escríbeme ese Santo Varón, que por tal le tengo, que deja de predicar, por no dar ocasión a que alguno se desconcierte: yo le he escrito e rogado que predique; y guay del que se desmandare, que por malos de sus pecados le valdría más la muerte.  Ya que no quieran oírle, le pido por merced que predique a las paredes, por ventura alguno tendrá oído.”

“Para semejantes alborotos y escándalos que nacen de avaricia y codicia, que es servidumbre de Satanás, y para templar y castigar los alborotadores que son cruficificadores de Cristo, son las justicias y los Cabildos elegiods, pero ¿qué será si vuestras mercedes sois parte o consentidores de lo dicho?  En este caso, ¿qué remedio? Yo no lo sé por cierto, mas de encomendar a Dios, y ponerme en oración y suplicarle de todo corazón, me alumne a mí para lo que debo hacer, y a vuestras mercedes para bien regir el pueblo y salvar vuestras ánimas, cuyas magníficas personas prospere nuestro Sr. como desean.”

De Izquemé, 27 de Marzo.

De vuestras mercedes Orador, Epus. Cuahutem.1

 

Nótese cómo el obispo Marroquín les recuerda a los ahora encomenderos sus pobres orígenes y también cómo reconoce que sabía que estaban explotando a los indígenas luego de la conquista pero que se había hecho de la vista gorda hasta este momento.


BIBLIOGRAFIA:

  • Hernández de León, Federico (27 de marzo de 1926) “El capítulo de las efemérides: 27 de marzo de 1542, Una carta del obispo Marroquín”. Guatemala: Nuestro Diario.

 

10 de marzo de 1566: el Rey Felipe II da a la ciudad de Santiago de los Caballeros los títulos de “Muy Noble” y “Muy Leal” en reconocimiento a la labor de los conquistadores

10marzo1566
La ruinas de Nuestra Señora de los Remedios en la ciudad de Antigua Guatemala en 1916.  En el recuadro: el rey Felipe II, quien diera los títulos de “Muy noble y muy leal” a la ciudad de Santiago de los Caballeros de Guatemala en 1566, cuando ésta era la capital de la provincia.  Imágenes tomadas de Wikimedia Commons.

En 1530 se había concecido ya a la capital guatemalteca el uso de las armas y se estableció el escudo partido en dos partes con la mitad superior con una imagen de Santiago, a caballo, armado en blanco con una espada desenvainada con fondo rojo, pues era el patrono de la ciudad; y la mitad de abajo con tres volcanes, con “la de en medio echando fuego y piedras de fuego que descienden por las faldas“.1  Aquello ya era un gran logro, pero los conquistadores españoles querían que se reconocieran sus servicios a la corona con mayor renombre.  De esta forma, Francisco del Valle Marroquín, Regidor de la ciudad, cabildeó ante el Consejo de Indias, para que el rey Felipe II elevara la condición nobiliaria de la ciudad de Santiago de los Caballeros,2,3 y fue así como el 10 de marzo de 1566 el rey publicó el siguiente documento:

“Don Philippe, por la gracia de dios Rey de Castilla, de León, de Aragón, de las dos Secilias, de Navarra, de Granada, de Toledo de Valencia, de Galicia, de Mallorcas, de Sevilla, de Cerdeña, de Córcega, de Murcia, de Jahen, de Algecira, de Gibraltar, de las Islas de Canaria, de las Indias, islas y tierra firma del mar Océano, conde Barcelona, Señor de Vizcaya y de Molina, duque de Neopatria, Conde de Ruysellon, y de Cerdeña, Marqués de Oristán y Gociano, archiduque de Austria, duque de Borgoña y de Bravante, y de Milán, conde de Flandes y de Tirol, etc.  Por cuanto, Francisco del Valle Marroquín, veicno y regidor de la ciudad de Santiago de la provincia de Guatemala y procurador generla de ella, en nombre del conejo, Justica y Regimiento, caballeros, escuderos, oficiales y hombres buenos de la dicha ciudad de Santiago, me ha hecho relato que la dicha ciudad tiene por merced nuestra título de ciudad, y que como nos era notorio la ciudad, vecinos y moradores de ella habían servido al emperador Rey mi Señor de gloriosa memoria, y a nos muy fielmente, en la conquista y descubrimiento de dicha provincia de Guatemala, y en la población nobleciente de ella, y en todas las demás cosas que se han merecido, como leales vasallos y servidores nuestros, como dijo nos constaría por ciertas informaciones y escripturas que el nuestro Consejo de Indias presentó. Y que suplicó que por que la dicha ciudad iba de cada día en mayor crecimiento, y para que fuese más honrada y de sus servicios hiciera perpetua memoria, le mandase dar título de muy noble y muy leal ciudad, más del que tenía de ciudad, y que así fuésemos permitido se llamasa, e intitulase y nombrase, pues tan claramente merecía tal renombre, o como la mi merced mandase. Y yo acatando lo susodicho, y los buenos y leales servicios que la dicha ciudad y vecinos de ella me han hecho, helo habido por bien; por ende, por la presente es nuestra merced y voluntad que perpetuamente la dicha ciudad se pueda llamar e intitular muy noble y muy leal ciudad de Santiago, que nos por esta nuestra carta le damos título y renombre de ello, y licencia y facultad para que se pueda llamar e intitular como dicho es, y ponerlo así en todas y cualesquier escrituras que hicieren y otorgaren y cartas que escribieren, y de ello mandé dar la presente firmada de mi mano y sellada con nuestro Real Sello y librada de los del nuestro, Consejo Real de las Indias.4

Dada en El Escorial a diez días del mes de marzo de mil quinientos y sesenta y seis.

YO EL REY”

Esto no era simplemente un gusto para la vanidad de los conquistadores; significaba que la corona estaba al tanto de sus contribuciones a la conquista de estos territorios para el reino español y eso les representaría numerosos privilegios en cuanto al pago de impuestos y encomiendas de indígenas.5  Pasados cien años, el recuerdo de la conquista se iba diluyendo pues ya todos los que participaron en ella habían fallecido, y los privilegios obtenidos iban disminueron; ante esto, los descendientes de los conquistadores (los criollos) se encargaron de mantener e idealizar la memoria de la conquista con publicaciones como la Recordación Florida del militar Francisco de Fuentes y Guzmán, que fue publicada en 1690.6,7


BIBLIOGRAFIA:

  1. Hernández de León, Federico (11 de marzo de 1926)  El Capítulo de las Efemérides. 10 de marzo de 1566: El Rey da a la Ciudad de Guatemala los títulos de Muy Noble y Muy Leal. Guatemala: Nuestro Diario.
  2. Ibid.
  3. Pardo, J. Joaquín [1944] (1984). Efemérides de Antigua Guatemala 1541-1779. Guatemala: Consejo Nacional para la Protección de la Antigua Guatemala.
  4. Hernández de León, El Capítulo de las Efemérides. 10 de marzo de 1566: El Rey da a la Ciudad de Guatemala los títulos de Muy Noble y Muy Leal.
  5. Ibid.
  6. Juarros, Domingo (1808). Compendio de la historia de la Ciudad de Guatemala. Tomo I. Guatemala: Ignacio Beteta.
  7. — (1818). Compendio de la historia de la Ciudad de Guatemala II. Guatemala: Ignacio Beteta.

2 de marzo de 1632: el Ayuntamiento nombra una comisión para recibir al nuevo Obispo, doctor Agustín de Ugarte y Saravia

2marzo1632
Ruinas de la Ermita de Nuestra Señora del Carmen en completo abandono en 1896.  En el recuadro: el obispo Ugarte y Saravia, quien autorizó la construcción de la ermina durante su gestión al frente de la diócesis de Guatemala.  Imágenes tomadas de Wikimedia Commons.

El doctor Agustín de Ugarte y Saravia nació en Bogotá en 1564 y desde su nacimiento estuvo vinculado a la Iglesia Católica, ya que su padre era pariente del arzobispo Hernando Arias de Ugarte. A una temprana edad fue llevado a España, en donde realizó brillantes estudios en Salamanca y recibió el Doctorado en la Universidad de Oñate en Viscaya. Se ordenó sacerdote, se presentó a concurso y obtuvo la parroquia de Santa Cecilia en la villa de Espinosa de los Monteros de donde era nativa su madre; luego obtuvo la de San Sebastián en Burgos y, finalmente, fue Canónigo Racionero en Salamanca.

Regresó a la Nueva Granada en 1624 cuando contaba con sesenta años de edad,pues había sido nombrado Inquisidor Apostólico. Fundó de sus propios fondos un Monasterio de Carmelitas en Cartagena de Indias y en 1628 fue presentado al Obispado de Chiapa y Guatemala durante el papado de Urbano VIII.

En Guatemala fue recibido en 1632 en Santo Tomás (hoy Milpas Altas) por los capitanes Gaspar de Balcárcel y Pedro de Santiago, quienes habían sido comisionados por el Ayuntamiento de la capital el 2 de marzo de ese año para tal efecto. Había sido consagrado por el Obispo de Cartegena, Luís Ronquillo y ya al frente de su nueva diócesis dotó de una cátedra de casos de conciencia y asistió a las sesiones para que no faltasen los clérigos. Era muy responsable, al punto que un Jueves Santo hizo que lo llevaran a la Catedral a fin de celebrar los oficios del aquel importante día.

El 3 de septiembre de 1634 instituyó la Cofradía del Santo Escapulario de Nuestra Señora del Carmen en la capilla de Santa Teresa en la Iglesia Catedral de Guatemala, y el 20 de noviembre de ese año aprobó los estatutos de la misma. Posteriormente, el 9 de abril de 1638 autorizó para que la Cofradía erigiera su propia ermita, lo cual fue autorizado por la Real Audiencia al día siguiente. De esta manera, fue construida la primera ermita de Nuestra Señora del Carmen la ciudad de Santiago de los Caballeros de Guatemala la cual fue bendecida en junio de ese año.

El 10 de enero de 1641 fue promovido a la diócesis de Arequipa, y en su lugar fue nombrado el doctor Bartolomé González Soltero. Ugarte y Saravia llegó a Arequipa en 1643, y posteriormente erigió el sagrario para los curas, construyó la torre mayor de la Catedral y proveyó a la sacristía de muchos objetos valiosos.


BIBLIOGRAFIA:

  • Gauchat, Patritius (Patrice) (1935). HIERARCHIA CATHOLICA MEDII ET RECENTIORIS AEVI Vol IV. Münster: Libraria Regensbergiana. pp. 93, 148, 199, and 290. (en latín)
  • Pardo, J. Joaquín [1944] (1984). Efemérides de Antigua Guatemala 1541-1779. Guatemala: Consejo Nacional para la Protección de la Antigua Guatemala.
  • Pérez Pimentel, Rodolfo (s.f.) Agustín de Ugarte y Saravia. Ecuador: Diccionario Biográfico de Ecuador.

3 de febrero de 1640: los frailes hospitalarios de San Juan de Dios se hacen cargo del primer lazareto en Santiago de los Caballeros

3febrero1640
Composición fotográfica realizada por Juan José de Jesús Yas de las ruinas de Antigua Guatemala a principios del siglo XX.  Se reconocen: La Recolección, el cementerio de San Lázaro, San Francisco el Grande, Tanque La Unión, Templo de Minerva (desaparecido), Parroquia San  José Catedral, La Merced, San Agustín, El Carmen, Arco de Santa Catalina, Palacio de los Capitanes Generales, Hospital de San Pedro y Ayuntamiento. Imagen tomada de Wikimedia Commons.

Cuando el presidente de la Real Audiencia de Guatemala, Alvaro de Quiñonez y Osorio, marqués de Lorenzana, se dió cuenta de que habí varios leprosos deambulando por las calles de la ciudad de Santiago de los Caballeros, dispuso que se construyera un lazareto en los poblados situados en las afueras de la ciudad, específicamene a dos kilómetros al este de la misma.

El rey aprobó la construcción por medio de una Real Cédula de 1639 y donó 4000 ducados para la misma; luego de construído, se lo entregaron a los religiosos de San Juan de Dios para su administración, siendo el prior del convento de la orden en Guatemala y vicario provincial en ese entonces Carlos Cívico de la Cerda.

El 29 de de septiembre de 1717el lazareto fue arruinado por el terremoto de San Miguel, y el 17 de febrero de 1719 el prior del convento de San Juan de Dios, Agustín de Sotomayor, pidió que se le donase agua para la reconstrucción del edificio, ya que existía mucho peligro de que los lazarinos contagiaran a los pacientes que los religiosos tenían en su hospital de Santiago si eran admitidos allí por falta de hospital apropiado.

El Ayuntamiento aprobó la solicitud, pero debido a la escacez de recursos, no se pudo construir. Desafortunadamente, el terremoto de San Casimiro en 1751 dañó lo poco que se había avanzado hasta entonces, y con el de Santa Marta en 1773 se extinguió por completo el hospital.


BIBLIOGRAFIA: