21 de octubre de 1854: aclaman a Carrera como presidente perpetuo

Los representantes de los pueblos de Guatemala aclaman al capitán general José Rafael Carrera y Turcios como presidente perpetuo de la República

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Los miembros del gabinete de Carrera: abajo, a su izquierda, Pedro Aycinena y abajo, a su derecha, Manuel Cerezo. Verticalmente, bajo la figura de Carrera, está Manuel Echeverría quien tiene a su izquierda a J. Antonio Azmitia y a su derecha, a Juan Matheu. Debajo de Echeverría, se encuentra arzobispo Francisco de Paula García Pelaez; a su izquierda, el Dr. José Luna y a su derecha Juan José de Aycinena, Inmediatamente siguen José Milla y Vidaurre y Antonio José de lrisarri. Luego continuan de izquierda a derecha: Cayetano Batres, Manuel Arrivillaga, Bernardo Piñol y Aycinena, Pedro José -Valenzuela y Marcelo Molina; los de la última fila son: J. Víctor Zavala, José Montufar, Vicente Cerna, Ignacio Aycinena, Antonio Padilla e Ignacio García Granados. Imagen tomada de «Huellas de una familia vasco centroamericana en 5 siglos de historia«.

El surgimiento de la figura del general Rafael Carrera y su impacto en la racista sociedad guatemalteca dominada por los criollos, es resumido por el historiador estadounidense Ralph Lee Woodward, Jr. de la siguiente manera:1

«una personalidad como la de Rafael Carrera y sus seguidores no surgen de cualquier lugar de este país; aparecen en la región oriental que nunca fue hábitat indígena, campesinos pobres y propietarios en precario de tierras áridas como Castilla. Los curas y los políticos conservadores estimularon ahí el rechazo al régimen liberal (que proyectaba a largo plaza traer población blanca de Bélgica y Holanda a la región de Verapaz y Chiquimula y eliminar la tierra comunal de los indígenas y campesinos) y luego de mil detalles […] prepararon una insurrección. Y buscando un liderazgo militar encontraron, a disgusto, una figura cerril, pero que gozaba de fuerte apoyo entre los belicosos mestizos de la región de Mita: era Rafael Carrera, dueño de una porqueriza al por mayor. Renuente, primero, pero sensible al ruego popular, organizó y encabezó finalmente una cataclísmica expresión de descontento campesino, quizá la mayor nunca habida en la historia social. Cuando entraron a la ciudad de Guatemala en febrero de 1838 eran una masa de 8 a 12 mil gentes, que saquearon, asesinaron y se pasearon durante 3 días por una ciudad extraña, que nunca habían conocido. El descalabro del régimen liberal, en ese momento, no fue propiamente una victoria conservadora sino de los alzados, el efecto disolvente del primer gran levantamiento campesino, la ‘Rebelión de la Montaña’. Lo ocurrido fue algo más que un desborde de masas animadas por la oferta de saqueo, fanatizadas por la Iglesia; fue, en rigor, un desafío si precedentes a todo el orden político por el hecho de invadir y entrar con violencia a la ciudad de Guatemala. Sus efectos marcaron la historia inmediata, llenaron de terror proléptico la sensibilidad de los grupos dominantes. […] como el primer ingreso de las masas ladino/mestizas, y parcialmente grupos indígenas en la política nacional, tuvo efectos negativos para la conciencia criolla, tanto liberal como conservadora, pero racista en ambos casos.«1

Al paso de los años, y a pesar de la anarquía y las fuertes amenazas de invasión de los estados dominados por los criollos liberales, Rafael Carrera siempre salió avante, dominando por la fuerza a los liberales de Los Altos, estableciendo pactos con los indígenas del occidente de la República y derrotando al principal caudillo liberal, el general Francisco Morazán en la ciudad de Guatemala en marzo de 18402. Llegó, incluso, a renunciar al poder voluntariamente en 1848, solamente para que lo llamaran de vuelta pocos meses después.3 Finalmente, cuando aplastó definitivamente las ambiciones de los criollos liberales en la batalla de La Arada el 2 de febrero de 18514, su poder se consolidó de forma absoluta siendo nombrado presidente poco después de que se emitiera por fin la constitución de la República de Guatemala, la cual había quedado pendiente desde 1837.5

El pueblo guatemalteco, harto de las constantes guerras, proclamó al presidente Carrera como presidente perpertuo en mayo de 1854, y el 21 de octubre de 1854, se firmó formaente la siguiente acta:6

«En Guatemala a veintiuno de octubre de mil ochocientos cincuenta y cuatro, reunidos en la sala del consejo de estado, los funcionarios públicos, que suscriben esta acta, ministros del despacho, consejeros, diputados a la cámara de representantes, regente y magistrados de la corte suprema de justicia y jueces de primera instancia, miembros del venerable cabildo eclesiástico, jefe superiores de hacienda, y del ejército, corregidores de los departamentos, prelados de las órdenes regulares, párrocos de la ciudad y diputaciones de la municipalidad, claustro de doctores, y sociedad de amigos del país, presididos por el ilustrísimo y veneradísimo arzobispo metropolitano, como vocal nato del consejo, y en virtud de excitación especial; después de haber abierto la sesión con un discurso relativo al objeto de la reunión, el señor ministro presidente del mismo consejo manifestó: que la reunión den respetables funcionarios tenía por objeto aclamar, como se había hecho en los departamentos, jefe supremo perpetuo de la nación al catual presidente excelentísimo señor capitán general don Rafael Carrera, pidiéndose al mismo tiempo se hagan en el acta constitutiva las consiguientes modificaciones, segun todo consta de las actas que están a la vista.

Que conforme al dictamente de la comisión, adoptado por el consejo, proponía a los funcionarios presentes concurriesen, si lo tenían a bien, a hacer más general y uniforme la importante manifestación de aprecio y de confianz ahecha en los departamentos, proclamado pública y solemnemente perpetua la autoridad que tan dignamente ejerce su excelencia.

Y reconociéndose con general aceptación que lo aclamado en los departamentos, es también lo que se desea declarar solemnemente, por constituir la benéfica autoridad de su excelencia el bienestar presente de la república, y las esperanzas de su futura prosperidad y engrandecimiento, se nombró una comisión para que propusiera la forma en que debía expresarse; y con vista de su dictámen, fue aprobado, por unanimidad y aclamación de todos los concurrentes, se haga constar en la presente acta: ‘Que la junta general de autoridades superiores, corporaciones y funcionarios públicos, reunida en este día, ha reconocido que la suprema autoridad que reside en la persona de su excelencia el general Carrera, por favor de la Divina Providencia y la voluntad de la nación, no debe ter limitación de tiempo, aclamándose en consecuencia su perpetuidad: y que debe modificarse el acta constitutiva, por el orden establecido en ella misma, para que esté en armonía con este suceso. Que al expressar este unánime sentimiento, todos los concurrentes esperan que el Todopoderoso continuará su protección a Guatemala, y dará a su excelencia la fuerza necesaria para llenar los grandes deberes que le están encomendados, y el acierto y prudencia necesarios para gobernar la república con bondad y justicia’.

Se acordó igualmente que todos los funcionarios presentes pasen a casa de su excelencia el presidente a felicitarle por este suceso, dirigéndose en seguida a la santa iglesia Catedral, en donde se cantará un solemne Te Deum; y finalmente, que la presente acta, después de firmada, se deposite en el archivo del consejo de estado.»6

Entre todos los firmantes del acta destacan los siguientes personajes:

  1. Francisco: el arzobispo de Guatemala, Francisco de Paula García y Peláez
  2. Manuel Francisco Pavón y Aycinena: líder conservador y en esa época ministro de Gobernación, Justicia y Asuntos Eclesiásticos
  3. José Nájera: líder conservador y ministro de Hacienda y de la Guerra
  4. Pedro de Aycinena: ministro del Interior, encargado del despacho de Relaciones Exteriores
  5. Luis Batres Juarros: líder conservador y consejero de estado.
  6. Mariano Paredes: brigadier, consejero de estado, corregidor de Verapaz y expresidente de la República.
  7. Ignacio de Aycinena: corregido de Guatemala
  8. Vicente Cerna: brigadier, corregidor y comandante general de Chiquimula; posteriormente sería el sucesor de Carrera en la presidencia en 1865.
  9. Santos Carrera: coronel y hermano de Carrera.
  10. Serapio Cruz: coronel. Cruz es el famoso «Tatalapo«, quien posteriormente se alzaría en armas contra el presidente Cerna y fue convertido en mártir por los historiadores liberales.
  11. José Víctor Zavala: coronel. Gran colaborador de Carrera, y quien se cubriría de gloria en la Guerra Nacional de Nicaragua contra los filibusteros de William Walker. Es el famoso Mariscal Zavala.
  12. José Milla y Vidaurre: represente de la cámara y oficial mayor del ministerio de Relaciones Exteriores. Es uno de lo más reconocidos escritores guatemaltecos. 6

Por este hecho, los criollos liberales dieron en llamar a los conservadores como «Partido Servil«, aunque las muestras de servilismo y abyección fueron similares o aún mayores durante los regímenes liberales del general J. Rufino Barrios, del licenciado Manuel Estrada Cabrera y del general Jorge Ubico.


BIBLIOGRAFIA:

    1. Torres Rivas, Edelberto (2008). La Restauración Conservadora: Rafael Carrera y el destino del Estado nacional en Guatemala. En: Anuario Colombiano de Historia Social y de la Cultura (35), pp. 347-348, ISSN: 0120-2456.
    2. Hernández de León, Federico (1929). El libro de las efemérides: Capítulos de la Historia de la América Central. II. Guatemala: Tipografía Sánchez y de Guise.
    3. Carranza, J.E. et. al. (1897) Un pueblo de Los Altos. Apuntamientos para su Historia (Totonicapán). Quetzaltenango: Popular. p. 113.
    4. Sierra González, Aída Lucila (2001). «La batalla de la Arada». Guatemala: Servicio de Historia Militar, Sección de Investigaciones Históricas, Museo Militar. Archivado desde el original el 21 de diciembre de 2014.
    5. Hernández de León, El libro de las efemérides, p. 335.
    6. Pineda Mont, Manuel (1859). Recopilación de las leyes de Guatemala, compuesta y arreglada a virtud de orden especial del Gobierno Supremo de la República. I. Imprenta de la Paz. pp. 87-89.

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4 de junio de 1829: Morazán anula lo actuado por gobierno de Aycinena

Decreto federal de Francisco Morazán considera usurpador al gobierno conservador de Guatemala de 1826 al 29 y anula sus decretos, órdenes, leyes, reglamentos y providencias

4junio1829
La antigua Escuela Facultativa de Derecho y Notariado del Centro a principios del siglo XX. En este edificio funcionó originalmente la Real y Pontificia Universidad de San Carlos y luego el Congreso Federal. Allí fueron hechos prisioneros los conservadores derrotados por Morazán en 1829. Imagen tomada del Museo de la Universidad de San Carlos.

Tras la victoria del general liberal hondureño Francisco Morazán el 12 de abril de 1829, éste hizo prisioneros a los criollos aristócratas, todos ellos miembros o parientes de la familia Aycinena, que había tomado el poder en Guatemala tras el golpe de estado contra Juan Barrundia en 1826.1

Por medio del decreto del 4 de junio de ese año, el gobierno federal declara nulas las elecciones del Estado de Guatemala del 31 de octubre de 1826, considera usurpadores de la soberanía de dicho Estado a todos los que legislaron hasta 1829, y anula sus decretos, órdenes, leyes, reglamentos y providencias.2 De acuerdo al historiador conservador Antonio Batres Jáuregui, aquel decreto «con mengua del derecho natural y de todo sentimiento humanitario, fue, para nuestra desventurada tierra, causa de grandes dolores y fuego voraz que incendió la pasión partidista, a la cual se deben sangrientas luchas, devastaciones, miserias y lágrimas3, Nota a

Dicho decreto fue recogido en la Recopilacidn de Leyes de la República de Guatemala de 1821 a 1869 escrito por Manuel Pineda de Mont, pero sus artículos 2.° y 3.° fueron editados porque incluían nombres y apellidos de las familias aristócratas que habían sido miembros del gobierno de 1826 a 1829.Nota b El decreto dice así:

1.°— Se declaran nulas y contrarias a las leyes fundamentales de la República y del Estado las elecciones celebradas en virtud del decreto anti-constitucional del presidente de la República, de 31 de octubre de 1826, y las siguientes de 27 y 28.

2.°— Editado

3.°— Editado

4.°— Son nulas y de ningun valor las determinaciones que con el nombre de leyes, decretos, órdenes, acuerdos, providencias y reglamentos hayan sido dictadas por estos poderes intrusos, y quedan en su vigor y fuerza las emitidas por las legítimas autoridades, hasta el 13 de octubre de 1826.

5.°— Se han por válidos y subsistentes los actos emanados de la corte superior y jueces de primera instancia en lo civil y criminal en todas las causas, con excepción de las que se versan sobre materias políticas; pero quedan expeditos a las partes, en las causas puramente civiles, los recursos de nulidad e injusticia notoria, debiendo correr el término designado por la ley desde la publicación de este decreto.5

Aunque eventualmente las penas de muerte fueron conmutadas, los principales miembros del partido conservador fueron condenados al exilio, de acuerdo al decreto del Congreso Federal del 7 de septiembre de 1829, que en su parte conducente dice así:

4.°— Serán expatriados perpetuamente y confinados fuera la república, al país que designe el gobierno de acuerdo con el senado:

    • Primero: El ex-presidente y ex-vicepresidente de la República Manuel José Arce y Mariano de Beltranena,
    • Segundo: Los ex-secretarios de estado y del despacho de Relaciones Juan Francisco de Sosa, y de Guerra Manuel de Arzú,
    • Tercero: Los jefes de sección que funcionaron como secretarios en los mismos ramos, Francisco María Beteta y Manuel Zea.
    • Cuarto: Los primeros y segundos jefes del ejército federal que sirvió a disposición del gobierno durante la revolución, Francisco Cáscara, Manuel Montúfar y José Justo Milla,Nota c pues los demás quedan incluidos en este artículo bajo otros aspectos.
    • Quinto: El que se tituló jefe de estado de Guatemala, Mariano de Aycinena.
    • Sexto: Los que le sirvieron en calidad de secretarios, Agustín Prado, José Francisco de Córdova, Antonio José de Irisarri, José de Velasco, Vicente Domínguez y Vicente del Piélago.
    • Séptimo: El comandante general que fue de las armas de la federación y del estado, Antonio del Villar.1

NOTAS:

    • a: a pesar de ser conservador, Batres Jáuregui fue alto funcionario de los gobiernos liberales desde J. Rufino Barrios hasta Manuel Estrada Cabrera.
    • b: los artículos 2.° y 3.° declaran reos de usurpación y traición a los que ejercieron la autoridad en virtud de las elecciones mencionadas en el artículo 1.°, y los listaba con nombres completos y los condenaban a muerte obligándolos antes a devolver lo que habían ganado en concepto de salario durante su gestión. Además, se agregaba la confiscación de bienes a los principales miembros de la familia Aycinena y del gobierno conservador.4
    • c: José Justo Milla fue el padre del escritor José Milla y Vidaurre.

BIBLIOGRAFIA:

  1. Coronado Aguilar, Manuel (1975). Apuntamientos para la Historia de Guatemala. I Guatemala. pp. 114-120.
  2. Taracena Flores, Arturo (2015). La primera guerra federal centroamericana, 1826-1829. Nación y estados, republicanismo y violencia. Guatemala: Cara Parens, Universidad Rafael Landívar. p. 3.
  3. Batres Jáuregui, Antonio (1946). La América Central ante la Historia. Memorias de un siglo 1821-1921. Guatemala: Tipografía Nacional. p. 131.
  4. — (1896). Literatos guatemaltecos: Landívar e Irisarri, con un discurso preliminar sobre el desenvolvimiento de las ciencias y las letras en Guatemala. Guatemala: Tipografía Nacional. p. 185.
  5. Pineda de Mont, Manuel (1869). Recopilación de las leyes de Guatemala, compuesta y arreglada en virtud de orden especial del Gobierno Supremo de la República I. Guatemala: Imprenta de la Paz en el Palacio. pp. 239-240.

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14 de abril de 1829: Morazán encarcela a las autoridades del Estado y de la Federación

Tras la invasion de Francisco Morazán al Estado de Guatemala y la rendición incondicional del mismo, las autoridades del Estado y de la República Federal son reducidas a prisión

14abril1829
Facsímil del manuscrito original del Acta de la Independencia de Centroamérica en 1821.  Muchos de los firmantes serían enviados al exilio o despojados de su bienes tras la invasion de Francisco Morazán a la Ciudad de Guatemala en 1829.  En el recuadro, el general liberal Francisco Morazán. Imágenes tomadas de Wikimedia Commons

El escritor Federico Hernández de León, en su obra «El Libro de las Efemérides» relata claramente la composición social de Centroamérica a principio de la vida independiente y las razones por las que las rivalidades entre los criollos aristócratas y los criollos liberales eran irreconciliables. A continuación reproducimos el relato que hace sobre los hechos ocurridos en la Nueva Guatemala de la Asunción, entonces capital de la República Federal y del Estado de Guatemala, tras la invasión del general liberal hondureño Francisco Morazán:1

«En Centroamérica se vivía en un reino; las costumbres y las castas eran imitaciones de las peninsulares; se traían de allende el Atlántico las virtudes y los vicios; las tendencias y las aspiraciones; los prejuicios y los anhelos : de esta suerte, el afán de crear una nobleza se compaginaba con el espíritu de la época. Hoy nos parece pueril tal afán; pero para aquellos días, era una obligada resultante. Y ya que no hubo procer capaz de dejar su simiente bajo el dombo de nuestro maravilloso cielo, los criollos que se veían en una situación económica desahogada, buscaron la manera de crear su aristocracia y de allí se originaron ‘las familias‘.

Y la consecuencia se perfiló desde luego : una lucha de castas se fomentó, y en los instantes de las resoluciones reventaron las animosidades mantenidas. A la hora de la independencia, los miembros más salientes de las familias fueron corifeos de la obra redentora y la firma de don Mariano de Beltranena es la que se sigue a la del pérfido Gaínza, en la famosa acta del 15 de septiembre de 1821. El señor de Beltranena era por entonces un hombre cuarentón, abogado de los tribunales, que había pertenecido al Ayuntamiento y al consulado de comercio e integraba la diputación provincial. Su dicho en los instantes solemnes de la independencia tenía un peso decisivo. Y ya que me refiero en el presente capítulo a la muerte política, de don Mariano de Beltranena, debo decir que éste tuvo un gesto de noble altivez, que habrá de servir como un ejemplo a imitar, por los ciudadanos que se encuentren en casos similares. Que al fin y al cabo los vencedores militares podrán abatir los cuerpos, pero jamás podrán llegar al espíritu de los hombres dignos.

Entró el general Morazán en la plaza de Guatemala el 13 de abril de 1829, después de firmarse la capitulación, por la cual el jefe vencedor garantizaba las vidas y los bienes de los sitiados. Las tropas invasoras no pudieron ser detenidas y consumaron toda suerte de tropelías. Asaltaron las casas de los principales ciudadanos, se cometieron robos y asesinatos y durante muchos años se conservó el recuerdo de las infamias consumadas. La casa de Beltranena fué blanco de la barbarie: se rompieron las puertas y se realizó toda suerte de infamias.

Sin embargo, aquel mal se soportaba, como una consecuencia de la indisciplina de las tropas. Pero al día siguiente de ser ocupada la plaza, se citó a un número de vecinos distinguidos, entre los que se encontraba el presidente de la República en receso, don Manuel José Arce, el vicepresidente en ejercicio del poder don Mariano de Beltranena, el jefe del Estado de Guatemala, don Mariano de Aycinena, los Ministros de la República y del Estado y otras altas individualidades de la política y la administración.

Cuando todos estos ciudadanos se encontraban en una sala del palacio, a donde llegaran obedientes al llamado, amparados por los artículos de la capitulación y ajenos a toda acechanza, trajeados con sus vestidos de etiqueta, se presentó un oficial y, sin andarse con muchos requilorios, les hizo saber que quedaban presos en virtud de haber roto la capitulación el general Morazán…» Fueron sacados y, puestos en medio de filas de gente armada, trasladados a los cuarteles y prisiones. Muchos se imaginaron que había llegado el último momento. Hubo quiénes pidieran confesores y que se les permitiera testar. ‘Las familias’ se alborotaron y, desde luego, con los antecedentes conocidos, calcularon la inmensa tragedia que iba a desarrollarse.

En aquellos momentos trágicos, don Mariano de Beltranena permaneció altivo, sereno, con la fuerza que da la seguridad de la propia obra. Y requiriendo recado de escribir, formuló la siguiente protesta, redactada en un tono de suprema dignidad. Dice así:

Hallándome en el palacio nacional el día de ayer con los Secretarios del despacho, dedicado a los asuntos del Gobierno, fué ocupada la capital de la República por las fuerzas de los Estados de Honduras y El Salvador, después de haber capitulado la guarnición que la defendía.

El Secretario de Estado dirigió inmediatamente por mi orden mía comunicación al general de dichas fuerzas, en solicitud de que le informase si el Gobierno podía considerarse libre y expedito en el ejercicio de sus funciones; y habiéndosele contestado que desde el momento de la ocupación de la plaza debían de cesar de funcionar todas las autoridades que existían en ella, repuso el Secretario de Estado : que el Gobierno se abstendría de todo acto gubernativo, cediendo al imperio de las circunstancias.

Durante estas comunicaciones, el coronel J. Gregorio Salazar me comunicó de palabra orden de prisión y también la intimó al Secretario de Estado.

Fui arrancado en unión suya del palacio del gobierno, para ser conducido a un cuartel por el mismo jefe y por un oficial subalterno.

Se ha violado en mi persona la suprema autoridad de la nación, y se ha ultrajado al pueblo centroamericano. Yo solo puedo responder de mi administración y de mi conducta a sus representantes: la  ley fundamental que lo prescribe ha sido hollada por el poder de las armas.

Yo protesto solemnemente contra la ilegalidad y contra la violencia de estos procedimientos.

En el cuartel de mi prisión, a 14 de abril de 1829.

        • M. Beltranena
        • El Secretario de Estado y del despacho de relaciones interiores y exteriores, justicia y negocios eclesiásicos, (firmado) J. F. de Sosa.1

El encono político detuvo en las cárceles al señor de Beltranena: de la presidencia de la República de Centro-América había pasado a una celda de presidiario. El señor don Manuel José Arce y don Mariano de Aycinena, se dirigieron al cabo, al general Morazán pidiéndole gracia en su infortunio. Morazán los oyó al transcurso de los meses, los puso en libertad y les expatrió con la condición precisa que no podían ocupar ningún terreno de Centro-América ni de México; el buque los llevó a Nueva Orleans. En tanto don Mariano de Beltranena permaneció sereno, expuesto a las acometividades seguras y, cuando obtuvo la libertad, salió para la Isla de Cuba en donde murió, sin querer volver a la patria. Aún después de haber triunfado los conservadores y a pesar de las continuas insinuaciones para que volviese, el señor de Beltranena se mantuvo en el exilio.»1


BIBLIOGRAFIA:

  1. Hernández de León, Federico (1929). El libro de las efemérides: Capítulos de la Historia de la América Central. II. Guatemala: Tipografía Sánchez y de Guise. p. 361-366.

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7 de febrero de 1786: nace Antonio José de Irisarri

Nace el militar y diplomático conservador guatemalteco Antonio José de Irisarri, quien fue héroe de la independencia de Chile

7febrero1786
Retrato del coronel Antonio José de Irisarri cuando era embajador de Guatemala ante el gobierno de los Estados Unidos. Imagen tomada de Wikimedia Commons.

Antonio José de Irisarri nació en la recién fundada ciudad de la Nueva Guatemala de la Asunción en 1786, y estudió en la escuela pública de los hermanos Betlemitas, la cual se limitaba al aprendizaje del catolicismo, la gramática y a las cuatro operaciones básicas de la aritmética.​ Posteriormente aprendió geometría, astronomía y latín en la escuela, y un profesor de origen español le enseño los fundamentos de inglés, italiano y francés.1,2

Tras la muerte de su padre en 1805, recibió una cuantiosa herencia que incluyó su propio barco con el que partió hacia México en 1806 para resolver asuntos pendientes de su padre.​ Fue interceptado por un buque pirata inglés que le robó el cargamento y lo hizo prisionero, pero pudo regresar a Guatemala cuando varios de los piratas fueron capturados e hicieron un intercambio de prisioneros con las autoridades españolas.1,2

Nuevamente emprendió el viaje a México, esta vez por tierra, en donde se relacionó con las principales autoridades españoles de la localidad, quienes lo ayudaron a resolver los trámites judiciales y a obtener una ganancia de trescientos mil pesos.  Tras regresar a Guatemala emprendió un nuevo viaje, esta vez a Lima, en donde estuvo ocho meses y nuevamente tuvo la oportunidad de relacionarse con las principales autoridades españolas. Luego pasó a Chile, en donde vivían numerosos familiares suyos y se casó con su prima María Mercedes de Trucíos y Larraín en 1809.1,2

En 1811 fue regidor del cabildo de Santiago de Chile y participó activamente en el movimiento independentista, escribiendo artículos bajo varios pseudónimos en los periódicos locales.​ También tuvo varios puestos públicos y en 1814 debió asumir interinamente el puesto de director supremo de la Nación ante el retraso de la llegada de Francisco de la Lastra. Fue uno de los gestores del tratado de Lircay de 1814 entre realistas y patriotas a fines de la Patria Vieja.1,2 Fue deportado a Mendoza, Argentina tras el triunfo de los realistas,​ y tras pasar por Buenos Aires, partió a Londres en 1815.​ Regresó a Chile en 1818, haciéndose cargo de la cartera de Relaciones Exteriores del gobierno de Bernardo O’Higgins cuando éste ya había logrado asegurar la independencia chilena.3

En 1822, estando de embajador de Chile en Londres, invitó a su amigo personal Andrés Bello para que ocupara el cargo de secretario de la embajada con un sueldo de dos mil pesos anuales. También abogó porque se realizaran inversiones inglesas en Centroamérica, consiguiendo en 1825 que se establecieran empresas que él mismo iba a dirigir, pero que no se lograron establecer porque la respuesta de la Federación Centroamericana arribó hasta en febrero de 1826, y para entonces la situación financiera en Inglaterra era desfavorable y esto lo llevó a la ruina.1,2

Abandonó Londres para regresar a Centroamérica, la cual se encontraba en medio de la Guerra Civil entre criollos liberales y conservadores. Se unió al partido conservador que a la sazón ostentaba el poder del Estado de Guatemala por intermedio de Mariano de Aycinena y Piñol;4 fundó el periódico «El Guatemalteco» para apoyar al gobierno y fue comandante general del Estado, y segundo jefe de una división que fue enviada a la frontera con El Salvador.1,2

El 20 de octubre de 1828, cuando la guerra civil estaba en su apogeo, el gobierno de Aycinena lo nombró Ministro de la Guerra, con el grado de coronel, para que restableciera la disciplina en las filas del ejército guatemalteco.​ Pero tras la derrota a manos de las fuerzas invasoras del general Francisco Morazán, Irisarri fue hecho prisionero y sólo se salvó de morir cuando un soldado abogó por su persona; fue enviado a pié hasta San Salvador atado de brazos, en donde permaneció preso por nueve meses.5

El 4 de junio de 1829 el gobierno de Morazán expidió una ley por la que se le imponía la pena de muerte a todos los miembros de la familia Aycinena que habían participado en el gobierno conservador de Guatemala —incluyendo a Irisarri— previo que devolvieran al erario los sueldos de sus tres años de trabajo y la confiscación de todos sus bienes.6 Irisarri logró escapar de la cárcel salvadoreña el 7 de enero de 1830 y se embarcó en Acajutla hacia Guayaquil, en Ecuador, en donde empezaría una nueva etapa en su vida.1,2


BIBLIOGRAFIA:

  1. Batres Jáuregui, Antonio (1896). Literatos guatemaltecos: Landívar e Irisarri, con un discurso preliminar sobre el desenvolvimiento de las ciencias y las letras en Guatemala. Guatemala: Tipografía Nacional.
  2. Browning, John D. (1970). «El Cristiano Errante de Antonio José de Irisarri: su génesis, su acogida y sus páginas perdidas». Revista Iberoamericana (Pittsburgh, PA: Universidad de Pittsburgh). XXXVI (73): 613-627. ISSN 2154-4794.
  3. Irisarri, Antonio José de (8 de marzo de 1814). El Supremo Director del Estado a los pueblos. Santiago de Chile: Imprenta del Estado, P.D. Galardo.
  4. García Granados, Miguel (1894). Memorias del general Don Miguel García Granados.  1. Guatemala. Tipografia Nacional.
  5. Hernández de León, Federico (1929). El libro de las efemérides: Capítulos de la Historia de la América Central. II. Guatemala: Tipografía Sánchez y de Guise. pp. 83-87.
  6. Pineda de Mont, Manuel (1869). Recopilación de las leyes de Guatemala, compuesta y arreglada en virtud de orden especial del Gobierno Supremo de la República I. Guatemala: Imprenta de la Paz en el Palacio. pp. 239-240.

27 de octubre de 1828: Aycinena advierte sobre la invasión de Morazán

En el marco de la Guerra Civil Centroamericana, el Jefe del Estado de Guatemala, Mariano de Aycinena publica un manifiesto advirtiendo a la población de la inminente invasión de Francisco

27octubre1828
Firma del Acta de Independencia el 15 de septiembre de 1821.  En este cuadro de Rafael Beltranena elaborado en 1910, Mariano de Aycinena aparece de pie, segundo de izquierda a derecha.  Imagen tomada de Wikimedia Commons.

Luego de aliarse con los miembros conservadores de la familia Aycinena y haber apoyado el golpe de estado contra el Jefe de gobierno Juan Barrundia en 1826, se inició de la Guerra Civil Centroamericana.1 En Honduras, Francisco Morazán era secretario del jefe de Estado Dionisio de Herrera, un liberal que gobernaba como dictador benévolo porque las autoridades de la Corte de Justicia no habían tomado posesión y la Asamblea Legislativa se había disuelto; sin embargo, esta situación no era del agrado del Vicario Capitular y Provisor de la Diócesis, el acaudalado aristócrata Nicolás Irías Midence, quien pidió ayuda al gobierno federal para salir de Herrera.  Las fuerzas federales, al mando del teniente coronel aristócrata José Justo Milla sitiaron Tegucigalpa a partir del 4 de abril de 1827, y prácticamente la destruyeron hasta que Herrera se tuvo que rendir tras haber sido traicionado el 10 de mayo. 2

Morazán logró escapar y luego venció a Milla en la célebre Batalla de la Trinidad el 11 de noviembre. A partir de ese momento, el gobierno federal empezó a perder fuerza y Morazán se convirtió en el Jefe de Estado de Honduras. Luego de varias batallas, el 23 de octubre de 1828 el general Morazán hizo su entrada triunfal en la plaza de San Salvador y  unos días más tarde, marchó en Ahuachapán para organizar el ejército con miras a retirar a los conservadores aristócratas y eclesiásticos del poder en el territorio guatemalteco e implantar un orden constitucional afín a la Federación Centroamericana que los liberales ambicionaban.3,4

Al enterarse de estos hechos, el jefe de Estado conservador de Guatemala, Mariano de Aycinena y Piñol trató de negociar con Morazán, pero como éste deseaba vengar la destrucción de Tegucigalpa y la prisión de Herrera y además estaba decidido a acabar con la hegemonía de los aristócratas y eclesiásticos guatemaltecos, no aceptó ningún trato. Aycinena, al ver que no conseguía una solución pacífica, escribió a sus conciudadanos:5

«COMPATRIOTAS:

Con el mayor sentimiento, me veo en la necesidad de anunciaros: que todos los esfuerzos del supremo gobierno nacional, y de las autoridades del Estado, por el restablecimiento de la paz, han sido inútiles; los que llevan la voz y se han apoderado del mando en S. Salvador, tienen interés en prolongar la guerra; porque ella sirve a sus miras personales, y les importa muy poco la suerte de los pueblos. Aspirando a la dominacion de toda la república, y al aumento de su propia fortuna, quieren teñir de sangre éste suelo privilegiado, y destruir todas las fuentes de la riqueza de la nacion y del propietario particular. Si no fuesen estos los principios de su conducta, ya habrían vuelto a la partia la tranquilidad de que antes gozara: ya habrían convenido en alguno de tantos tratados de paz que se les han propuesto, casi todos ventajosos para ellos mismos; pero los rehusan, porque de nada se cuidan menos que del bien general. […]

A pesar de tantas perfidias, y de tan repetidos testimonios de su mala fe y de la perversidad de sus intenciones; y accediendo a propuestas de los mismos gobernantes de S. Salvador: el S. P. E. de la federacion y el del Estado, enviaron nuevos comisionados a Ahuachapán en el mes de Septiembre, con el fin de ajustar la paz; pero tambien en vano: despues de más de treinta dias de nuevas conferencias, el comisionado de S. Salvador en nada ha querido convenir: y los del gobierno general y de este Estado, regresan yá, perdida la esperanza de lograr el objeto de su mision. […]

Se ha convenido en las propuestas del comisionado de S. Salvador, hasta donde lo permiten los intereses más grandes del Estado, y aquellos derechos que nunca son de sacrificarse; y para acreditar a su gobierno hasta que punto nos hallamos dispuestos a ceder; nuestro enviado presentó las proposiciones que acompañan á este manifiesto. Fijandose los de S. Salvador en la pretensión injusta y avanzada, de intervenir en el régimen interior de este Estado, de mudar a su antojo las autoridades, y de darnos la ley de todos modos; se les han abierto partidos que sin ofender el decoro y la soberanía de Guatemala. llenasen sus deseos y les produjesen los mismos resultados; se ha ofrecido la renovación total de las actuales autoridades; se ha dado el decreto que la previene; y para alejar todo pretexto, se ha anunciado en mi nombre y con mi autoridad, que yo me separaría del gobierno.

A nada se accede, en nada se conviene. […]

Poco importariá los actuales depositarios de los podéres públicos, la reposicion de los individuos que los ejercian en 5 de Septiembre de 26; y aun pudiera prescindirse, por el bien de la paz, de todas las causas que influyeron en la separacion de aquellos funcionarios, y que justifican la eleccion de los que entraron a administrar el Estado en el año de 27: pero esta sería despojar al Estado mismo de la más sagrada de sus prerrogativas: sería permitir que se le sobre pusiera la facción que domina a otro Estado distinto: y antes debe Guatemala sepultarse en sus ruinas, que sufrir tamaño ultraje y tan notable depresión.

¡Compatriotas! Desengañémosnos: se buscan pretextos para la guerra y nada la evitará, mientras los gobernantes de S. Salvador crean que pueden prepodderar por la fuerza. Alentados por las ventajas con que se consideran á favor de los triunfos accidentales que han logrado ultimamente: ellos olvidarán la superioridad del virtuoso guatemalteco, amigo del órden, sóbre las túrbas que forman el apóyo de la anarquía; y alucinados con la esperanza quimérica de dominarnos, a nada se prestarian, aun cuando pudiesemos y quisiesemos otorgar sus temerarias solicitudes. […]

¿Guatemala podría nunca temer las pequeñas facciones armadas que tiranizan a San Salvandor?: ¿el más numeroso, el más rico de los Estados de la República, recibiría la ley de la minoría que oprime a un Estado de inferiores recursos? ¡No, Guatemaltecos!: Vosotros no sereis capaces de semejante abatimiento. Tomemos las armas: opongamos la fuerza a la fuerza y el enemigo, que tantas veces ha huido de nuestras sombras, no osará insultarnos con sus pretenciones temerarias, ni pisará impunemente nuestro territorio. […]

¡Compatriotas! La Asamblea del Estado me encarga su seguridad y me manda su defensa: a ella vamos ahora a limitarnos; y mi confianza de un éxito feliz, es tanto mayor, cuanto es más justa nuestra causa; más grande vuestro valor: y sobre todo, cuanto que contamos visiblemente con la proteccion del Cielo, que siempre nos ha salvado. Ayudadme como hasta aquí y la victoria será nuestra.

Por mi parte, yo os ofrezco que moriré con vosotros, antes que abandonar la causa del Estado: y que si me tendría por feliz logrando que mi separacion del cargo con que me habeis honrado, fuese un medio de terminar la guerra: mientras permanezcea en él, yo no consentiré jamás en la ruina de esta preciosa seccion de la republica. Usaré del ámplio poder que me confieren vuestros dignos representantes: agotaré los innumerables recursos con que debemos contar para nuestra defensa: y ningun temor, ningun riesgo personal, ningun sacrificio podré arredrarme, cuando se trata dé cumplir la mas estrecha y al mismo tiempo la mas grata de mis obligaciones.

        • Mariano de Aycinena y Piñol5

Y, tal y como lo dijera Aycinena en el comunicado, los criollos liberales guatemaltecos que lo aborrecían a él y a su poderosa familia —a quienes consideraban «aristócratas» y llamaban despectivamente «serviles«—, desertaron y se aliaron con los invasores. E incluso fueron más allá: cuando Morazán todavía estaba indeciso sobre la invasión a Guatemala, el 22 de enero se alzaron en Antigua Guatemala y desconocieron la autoridad de Aycinena,6 diciendo que devolvían el poder a las autoridades que habían sido despuestas en 1826 por el golpe de estado católico conservador que puso a Aycinena en el poder.7


BIBLIOGRAFIA:

  1. Mencos Franco, Agustín (1893). Rasgos biográficos de Francisco Morazán: apuntes para la historia de Centro América. Guatemala: Tipografía El Comercio. p. 32-35.
  2. Hernández de León, Federico (1963) [1924]. El libro de las Efemérides: Capítulos de la Historia de la América Central. VI. Guatemala: Tipografía Nacional. p. 39-42.
  3. Montúfar, Lorenzo; Salazar, Ramón A. (1892). El centenario del general Francisco Morazán. Guatemala: Tipografía Nacional.
  4. Rosa, Ramón (1974). Historia del Benemérito Gral. Don Francisco Morazán, expresidente de la República de Centroamérica. Tegucigalpa: Ministerio de Educación Pública, Ediciones Técnicas Centroamericana.
  5. Aycinena y Piñol, Mariano (27 de octubre de 1828) Manifiesto del Jefe de Estado de Guatemala. Guatemala: Imprenta Mayor.
  6. Hernández de León, Federico (1963) [1926]. El Libro de las Efemérides; Capítulos de la Historia de la América CentralV. Guatemala: Tipografía Nacional. pp. 128-131.
  7. Mencos Franco, Agustín, Rasgos biográficos de Francisco Morazán: apuntes para la historia de Centro América, p. 36.

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