17 de septiembre de 1837: boda inspira el poema «Yo pienso en ti»

El líder conservador y consejero de Rafael Carrera, Luis Batres Juarros, contrae matrimonio con Adela García-Granados y Zavala, hermana del general Miguel García-Granados y Zavala, líder libera.l La boda inspiró el poema «Yo pienso en ti»

17septiembre1837
Parte de la Plaza de Armas de la Ciudad de Guatemala en la época en que se casó Batres Juarros. Se aprecia el Portal del Comercio, el Colegio de Infantes y el antiguo mercado, ya desaparecido. En los recuadros: miniaturas de Francisco Cabrera de Adela García-Granados y Luis Batres Juarros. Imágenes tomadas de la Revista Conservadora del Pensamiento Centroamericano.

La figura de Luis Batres Juarros es muy importante para la historia del Gobierno conservador de los 30 años porque junto con Manuel Francisco Pavón Aycinena eran los principales líderes intelectuales de los criollos aristócratas durante la época del general Rafael Carrera.  De hecho, su esposa Adela García-Granados y Zavala fue mentora de Ramona García, la primera esposa del general Rafael Carrera cuando éste llegó al poder en 1844.1

Tanto los Batres Juarros como los Pavón y Aycinena eran las familias aristocráticas más acaudaladas durante la época colonial; para que el lector se de una idea, he aquí las fortunas documentadas de las familias Batres Juarros, Pavón, Aycinena y García-Granados al momento de la Independencia de Centro América, las cuales están expresadas en pesos, con una conversión de $16 pesos por cada onza de oro español:

  • Pavón: $1,250,000
  • Aycinena: $750,000
  • Batres Juarros: $500,000
  • García-Granados: $650,0002

El 17 de septiembre de 1837, siguiendo la costumbre de los matrimonios endogámicos entre aristócratas, Batres Juarros se casó con Adela García-Granados y Zavala, nacida en 1814 y hermana del general Miguel García-Granados y Zavala, quien muchos años más tarde sería el líder de la revolución liberal que se hizo con el poder en 1871.3 Este hecho es importante tanto a nivel político como social, ya que era uno de los matrimonios de las familias criollas más aristocráticas de Guatemala, y fue celebrado cuando el gobierno liberal del Dr. Mariano Gálvez estaba combatiendo la revuelta campesino-católica dirigida por el general guerrillero Rafael Carrera. 4

De Adela, escribió el escritor liberal cabrerista Máximo Soto Hall: «el ovalado rostro de Adela; la boca perfectamente delineada y ligeramente provocativa; la nariz fina y recta; los ojos, unos ojos de sorprendete atracción y belleza; la palidez transparente que se adivina en una blancura mate; el cabello renegrido y lustroso; el cuello torneado y alto; la distinción jerárquica del busto; los rasgos artísticamente distintivos de Adela…«5  Y por su belleza, es que se cuenta que el renombrado poeta e ingeniero agrimensor José Batres Montúfar, primo de Batres Juarros, sufrió enormemente por este enlace, y que le dedicó a Adela unos sencillos versos que han sido memorizados por innumerables guatemaltecos:

«¡Yo pienso en ti, tú vives en mi mente,
sola, fija, sin tregua, a toda hora,
aunque tal vez el rostro indiferente
no deje reflejar sobre mi frente
la llama que en silencio me devora.

En mi lóbrega y yerta fantasía
brilla tu imagen apacible y pura,
como el rayo de luz que el sol envía
al través de una bóveda sombría
al roto mármol de una sepultura.

Callado, inerte, en estupor profundo,
mi corazón se embarga y se enajena,
y allá en su centro vibra moribundo
cuando entra el vano estrépito del mundo
la melodía de tu nombre suena.

Sin lucha, sin afán y sin lamento,
sin agitarme el ciego frenesí
sin proferir un solo, un leve acento,
las largas horas de la noche cuento…
¡y pienso en ti!5

En 1848, cuando la situación del país era caótica, los criollos conservadores pensaron que era el momento de salir de Carrera, a quien hasta ese momento habían considerado como un caudillo barato que les había ayudado a recuperar el poder.  Fue Luis Batres Juarros el que le entregó la renuncia para que la firmara y la entregara a la Asamblea Legislativa. Al respecto, dice el periodista guatemalteco Clemente Marroquín Rojas: «los liberales comprendieorn que Carrera no era un general cualquiera que se dejara manejar y ellos, que creyeron dominarlo en los momentos de su distancianiemto de los nobles, se convencieron de que tenía mucha personalidad.  Sin embargo, insistieron en la lucha y esta fue culminando, hasta que llegó a estallar en los días de agosto de 1848.5  Para terminar con las rebeliones, lo alzamientos en la montaña, las ambiciones de los hermanos Cruz, los problemas críticos del erario nacional y la lucha de los partidos criollos, Carrera renunció y se fue exiliado a México.1,5

Pero la situación real del país se evidenció con la ausencia del caudillo.  Los liberales tomaron el poder pero no pudieron aprovechar su oportunidad, y cuando la situación estaba en completa anarquía, llevaron al general conservador Mariano Paredes a la presidencia, quien permitió el retorno de Carrera en 1849.6  Al enterarse del regreso del general mestizo, los liberales guatemaltecos huyeron hacia El Salvador, mientras que los conservadores, con Batres Juarros a la cabeza, tuvieron que quedarse en el país porque eran aborrecidos en el resto de Centroamérica, y además, se vieron obligados a pactar con Carrera, ya que éste tenía fuertes lazos con los líderes indígenas guatemaltecos y los conservadores temían que se produjera otra masacre contra los europeos, como ya estaba ocurriendo en Yucatán.7


BIBLIOGRAFIA:

  1. Woodward, Ralph Lee, Jr. (1993). Rafael Carrera and the Emergence of the Republic of Guatemala, 1821-1871 (Edición en línea) (en inglés). Athens, Georgia EE.UU.: University of Georgia Press.
  2. Batres Jáuregui, Antonio (1949). La América Central ante la Historia. Memorias de un Siglo 1821-1921. Guatemala: Tipografía Nacional. pp. 238-239.
  3. Zavala Urtecho, Joaquín (1970). «Huellas de una familia vasca-centroamericana en cinco siglos de historia»Revista conservadora del pensamiento centroamericano (Managua, Nicaragua) XXIII (111). p. 183.
  4. Ibid., p. 145.
  5. Ibid., p. 146.
  6. Ibid., p. 147.
  7. Don E. Dumond (2005). El Machete y la Cruz: La Sublevación de Campesinos en Yucatán. México: UNAM, pp. 488. ISBN 978-9-70322-309-1.

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13 de abril de 1839: Carrera restituye al Jefe de Estado Rivera Paz

El teniente coronel guerrillero Rafael Carrera entra a la Ciudad de Guatemala y restituye al Jefe de Estado Mariano Rivera Paz; se inicia así el gobierno conservador de «los treinta años»

13abril1839
Plaza de Armas de la Ciudad de Guatemala a mediados del siglo XIX. En el recuadro: moneda de la época del gobierno del general Rafael Carrera con la inscripción «R. Carrera, fundador de la Re. de Guatemala». Imágenes tomadas de Wikimedia Commons.

Reproducimos a continuación la descripción que hace de los eventos del 13 de abril de 1839 el renombrado historiador Federico Hernández de León en su obra «El libro de las Efemérides»:1

Se hará cargo el lector de la importancia que entraña la fecha de las efemérides de hoy. Es el alfa de un partido, de un partido que luchaba desde los días de la independencia por ocupar el poder de manera estable. Grandes tipos de sus filas se habían acercado al solio, como don Mariano de Aycinena que se sostuvo durante dos años y medio; pero hasta el aparecimiento de Carrera, el partido no se consideró potente, ni la paz llegó a consolidarse como se consolidara después del año 51 con la batalla de la Arada. Pequeñas convulsiones agitaron el cuerpo social; pero nada comparable con los años vividos.

El general Morazán había colocado en la jefatura del Estado de Guatemala al general don Carlos Salazar, arrancando de su puesto a don Mariano Rivera Paz, en condiciones un tanto violentas. El general Salazar había derrotado unos meses antes a Carrera, en la acción de Villa Nueva y, de ser más ágiles las fuerzas de Salazar, después de dicha acción, alcanzan al mismo Carrera, y se hubieran sacudido de un element que había de darles muchos e intensos dolores de cabeza. Carrera derrotado y herido de gravedad, pasó de Villa Nueva a la Antigua y de allí, dando un rodeo, volvió a la querencia, a la Montaña, seguido de sus leales.

El triunfo de don Carlos Salazar sobre el guerrillero y sus huestes, le creó una reputación firme y le agració ante los ojos del general Morazán, al grado que influyera poderosamente para que se le diese la jefatura del estado. Pero don Carlos, con todo y ser general, le faltaba la energía y el empuje que se necesitaba en aquellos críticos días, y la reacción empezó a tejer sus tramas, poniéndose en comunicación con Carrera que estaba en Mita, repuesto del susto que llevara en la acción de Villa Nueva. Con elementos suficientes. Carrera se pronunció contra el gobierno de Salazar y marchó resuelto a la capital.

Algunos liberales se dieron cabal cuenta de la trascendencia que aparejaba aquel movimiento del guerrillero. Se fueron con el jefe del estado y le hicieron ver la gravedad de la situación. Don Carlos Salazar no dió importancia al asunto.

— Así hemos vivido desde hace tiempo — dijo — ; los de Carrera se conforman con mantener la bandera levantada en sus montañas.

Los liberales no lo creían así. Notaban los movimientos interesados de algunos hombres prominentes, sobre todo del canónigo Larrazábal, que públicamente expresaba su disgusto con un sistema ayuno de representación, sin respaldos morales, sin energías y que contribuía a una perenne excitación. Por otra parte, don Luis Batres se movía con grandes empeños.

Los últimos triunfos de Morazán sobre los conservadores de Honduras, alentaban al señor Salazar, sin comprender que, esos mismos triunfos operaban en el ánimo de los conservadores en un sentido de resguardo y de defensa. La batalla del Espíritu Santo ganada por los salvadoreños mandados por Morazán, contra los ejércitos aliados de Nicaragua y Honduras, provocó la precipitación de los acontecimientos, y Carrera se presentó a las puertas de Guatemala, como Alarico a las puertas de Roma. Y en el amanecer del 13 de abril de 1839, se oyó un grito angustioso que decía:

— ¡ Los bárbaros de la Montaña están en las garitas de la ciudad!

Carrera y sus gentes habían caminado toda la noche, esquivando los encuentros de particulares y, al clarear el alba estaban en las lindes de la Parroquia Vieja y el Martinico, dirigiendo el ala hacia el barrio de Santo Domingo. Eran muchos los que acompañaban al guerrillero; tipos de aspecto feroz, verdaderas hordas de salvajes, mal vestidos, de recias y escasas barbas, peludos y de mirar siniestro. El que los dirigía, debía ser un tipo superior, que para manejar aquellos trogloditas se necesitaba de un corazón bien puesto y de unos hígados, mejor puestos aún.

Sonaron los primeros tiros y los vecinos atrancaron sus puertas. Los liberales despertaron en sus lechos con la zozobra en el alma.

— ¡Allí está Carrera! — gritaban azorados los tranquilos vecinos, de casa a casa.

Unos se aventuraban a salir de sus domicilios, para dirigirse a carrera abierta, por el rumbo opuesto al que traían los invasores. Otros, precipitadamente abrían hoyos en los patios, para guardar sus riquezas. Y quiénes, con el espanto en la cara, subían a los cobertizos para guarecerse en los tapancos, en franca familiaridad con las ratas y las cucarachas. Aquel despertar del 13 de abril, fué algo siniestro.

Don Carlos Salazar, el aguerrido militar que derrotara a Carrera en Villa Nueva, que tuviera a su cargo la jefatura del estado, que fuera por su condición de hombre público, la figura más significada, hizo un papel desairado. Al enterarse que las hordas entraban por las calles, disparando sus fusiles y atropellando lo que encontraban, no tuvo arrestos para dirigirse a un cuartel y ponerse a la cabeza de sus hombres. Arrimó nervioso una escalera a una de las paredes de su casa y, por los tejados, como un gato perseguido, se trasladó a otras casas de amigos y, luego, ridículamente disfrazado, dejó la ciudad y abandonó Guatemala…

No era esa la manera de abdicar de un puesto tan elevado. Cuando se llega a tan altas jerarquías, se debe guardar todo el coraje de una vida, para terminar de manera digna. Salazar llegó a ganar la frontera y se dirigió al Salvador; luego, a Costa Rica: allá murió atormentado con el recuerdo de su fuga vergonzosa y con la responsabilidad que le cabía por no haber oído los consejos de sus amigos y las indicaciones de quienes le pedían en la semana anterior al 13 de abril, que se tocase llamada general y se pusiese a la cabeza de un grupo de patriotas, para detener la avalancha de salvajes que se avecinaba.

Carrera, entre tanto, se dirigió resuelta y animosamente a la casa de don Mariano Rivera Paz y le presentó su espada.

— No venimos — dijo el jefe bravio — a matar gente, sino a restituir a las autoridades. Vuesa merced fué arrancado por Morazán de su puesto y nosotros venimos a colocarlo de nuevo en su lugar …

Rivera Paz se dejó hacer y acompañado de una improvisada escolta de aquellos feroces, se dirigió a la casa del gobierno y tomó posesión de la jefatura del estado. Inmediatamente llamó a sus hombres al ministerio y se expidió un despacho urgentísimo a don Pedro Nolasco Arriaga, expatriado desde el año 29 en Honduras, para que pasara a ocupar uno de los sillones ministeriales.

Pero a pesar de las declaraciones de Carrera, sus gentes se dirigieron a las casas de los principales liberales en busca de Barrundia, del doctor Gálvez, de la familia Molina, de don José Bernardo Escobar y de cuantos hombres habían adversado al partido conservador. Los liberales no esperaron ser cogidos en sus casas y se asilaron en conventos y casas particulares de sacerdotes amigos, en donde podían estar a cubierto de las arremetidas.

Desde aquel día. Carrera fué definitivamente el hombre de la situación. Se le llamó el «caudillo adorado de los pueblos»; las turbas le victoreaban, y a su paso solo homenajes de respeto y entusiasmo recibía. El jefe del estado, vivía pendiente de sus labios y todos los señorones de la aristocracia le vieron con verdadero respeto y temor. Se hicieron los nombramientos importantes: don José Antonio Larrave, jefe politico de Guatemala; alcalde, don Marcial Zebadúa; síndico de la Municipalidad, don Manuel Beteta; jefe político de la Antigua, don Andrés Andreu; de Escuintla, don Pantaleón Arce; de Chimaltenango, don Manuel Gálvez y, de Amatitlán, el inmenso poeta don José Batres y Montúfar.

Al año siguiente, en el mes de marzo, Morazán quiso arrojar a Carrera de Guatemala; el arrojado fué el propio Morazán, que no paró sino hasta el Perú. A los dos años moría el guerrero hondureño, en tanto que Carrera y los conservadores se regodeaban en Guatemala y lanzaban sus rayos a todo el resto de la América Central.1


BIBLIOGRAFIA:

  1. Hernández de León, Federico (1929). El libro de las efemérides: Capítulos de la Historia de la América Central. II. Guatemala: Tipografía Sánchez y de Guise. pp. 75-81.

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10 de julio de 1796: nace María Josefa García-Granados y Zavala, la «Pepita»

Nace la poetisa, periodista e influyente política María Josefa Garcia Granados y Zavala en Cádiz, España

10julio1796
La brillante escritora, periodista y poetisa María Josefa García-Granados y Zavala, hermana y suegra del general Miguel García Granados, quien se casó con su hija Cristina. Miniatura de Francisco Cabrera tomada de la Revista Conservadora del pensamiento centroamericano.

María María Josefa García Granados y Zavala, conocida como «Pepa» o «Pepita» por sus amigos, fue una literata, periodista y poetisa guatemalteca, de origen español, considerada como una de las mayores exponentes intelectuales de la época en que se independizó Guatemala. Puede decirse que fue una feminista adelantada a su tiempo ya que con su carácter fuerte y dominante se impuso en la sociedad guatemalteca de la época. Era la hermana mayor del general Miguel García Granados y de Adelaida García Granados, esposa de Luis Batres Juarros y quien fue tutora de Petrona Álvarez, esposa del general Rafael Carrera, presidente conservador vitalicio de Guatemala.1 En sus memorias, Miguel García Granados la describe como «mujer de genio independiente, despreocupada, de mucho ingenio y travesura; con gran facilidad para versificar, y mucho chiste en sus sátiras; era lo que puede llamarse un ente original, y de trato peligroso2

Se casó con Ramón Saborío de la Villa en 1818.  Durante la Guerra Civil Centroamericana y el posterior triunfo de Francisco Morazán en 1829, la familia García Granados corrió la misma suerte que los miembros del Clan Aycinena: le fue confiscada la tercera parte de todos sus bienes.  En esa época, con su esposo en el exilio, Pepita se tuvo que ir a vivir a la casa de sus padres y empezó a escribir poemas de sátira sangrienta con los que atacaba a los jefes liberales, a sus esposas y familias, en especial al general Francisco Morazán.2 Por esos ataques fue perseguida y tuvo que huir a Chiapas a refugiarse junto con una amiga en Ciudad Real.Nota,3

Ya establecida en Chiapas, empezó nuevamente a escribir contra los criollos liberales y sus esposas.  He aquí un ejemplo de un verso dirigido al doctor Pedro Molina, jefe de estado de Guatemala:3

Pues que es tiempo
de que hablemos
empecemos
Por el Jefe del Estado;
Este verso no es usado,
Pero lo entiende la gente,
Y le llama vulgamente,
pie quebrado.3

En 1830 su hermano llegó a vivir con ella a Chiapas y se dió cuenta de que Pepita padecía de ataques de histeria y de que el clima frío y húmedo de la región le había provocado una grave enfermedad respiratoria. Decidieron retornar a Guatemala, y tuvieron que hacerlo a pie y bajo la lluvia en caminos en estado calamitoso, que no contribuyeron a que Pepita se recuperara.  Finalmente llegaron a Guatemala, en donde fue atendida por el doctor liberal Pedro Molina, a quien no le importaron las duras críticas que ella le hiciera.  Desafornamente, la poetisa perdió un pulmón debido a estas penosas condiciones.4

Como data curioso, su hermano Miguel también fue su yerno, pues era la costumbre entre las familias aristocráticas de la época los matrimonios endogámicos, y Miguel se casó con Cristina, hija de María Josefa. De esta forma, Pepita era abuela y tía al mismo tiempo de María García Granados y Saborío, la famosa «Niña de Guatemala«.

En su época las mujeres eran relegadas a las labores de su hogar, pero Pepita no se adaptó a este molde en lo absoluto.  Utilizando el seudónimo «Juan de las Viñas» fundó dos periódicos y varios boletines en los que daba muestra de su gran ingenio crítico y satírico. Además participaba de las tertulias de las principales figuras políticas del país, sin importar el partido al que pertenecían: así pues, frecuentaba la residencia tanto de Mariano Rivera y Paz como la del general Rafael Carrera.  Fue también una gran amiga y colaboradora del poeta José Batres Montúfar.5,6

Su obra más conocida en su época fue el «Sermón para José María Castilla«, escrito en verso junto con Batres Montúfar y dedicado al canónigo José María Castilla, el cual era un duro ataque a los excesos del clero secular y de la Iglesia Católica, derivado de las ideas anticlericales de la primera mitad del siglo XIX.  El «Sermón» ataca con fiereza las costumbres y los vicios de la iglesia de su época, en especial el celibato, y está escrito en forma burlona, con lenguaje erótico y a veces vulgar, remedando a los sermones ofrecidos por los religiosos en las misas.7

También junto con Batres Montúfar escribieron el periódico conservador «Cien veces una» que rebatía las ideas del periódico liberal «Diez veces diez«.  Cuenta una leyenda que Pepita dejó de escribir porque los dos poetas pactaron que el primero que se muriera regresaría a contarle al otro si existía el infierno; así que cuando Batres murió en 1844, regresó y le dijo «¡Sí hay infierno, Pepa!«6

Pepita murió en 1848, y fue sepultada en el cementerio de San Juan de Dios, que se encontraba donde en el siglo XIX se encuentran estacionamientos al sur del Hospital General; cuando se construyó el Cementerio General en 1883, este pasó a conocerse como «el cementerio viejo». Desafortunadamente, la tumba de la célebre poetisa fue destruida por los terremotos de 1917-18 y sus restos se perdieron para siempre8, aunque su recuerdo pesiste y ha sido presentada en obras de teatro escritas por José Arzú y Manuel Galich.9

De ella dijo lo siguiente el poeta y héroe cubano José Martí: «Hubo, ¡también muerta!, una poetisa en Guatemala, amiga de Batres, famosa decidora, que no dejó suceso sin comentario, hombre sin gracioso mote, defecto sin epigrama, conversación sin gracia.  Talento penetrante, alma ardiente, rima facilísima, espíritu entusiasta, carácter batallador, fue María Josefa García-Granados, por mucho tiempo animación y para siempre gala de la literatura guatemalteca«.10


NOTAS:

BIBLIOGRAFIA:

  1. Woodward, Ralph Lee, Jr. (1993). Rafael Carrera and the Emergence of the Republic of Guatemala, 1821-1871 (Edición en línea) (en inglés). Athens, Georgia EE.UU.: University of Georgia Press.
  2. García Granados, Miguel (1894). Memorias del general Don Miguel García Granados. Tomo 2. Guatemala: Tipografía Nacional. p. 18
  3. Ibid., p. 19.
  4. Ibid., pp. 22-23.
  5. Toledo, Aída (Abril 2002). Josefa García Granados y el arte de sobrevivir a pesar de todo. En: La Cuerda. 5, (44).
  6. Escobedo Mendoza, Juan Carlos (2006). Página de la Literatura Guatemalteca.  Guatemala.
  7. Móbil J. (2011). Personajes Históricos de Guatemala. Guatemala: Serviprensa, S.A.
  8. Batres Jáuregui, Antonio (1949). La América Central ante la Historia. Memorias de un siglo 1821-1921 III. Guatemala: Tipografía Nacional. p. 375.
  9. Villacorta C., Jorge Luis (1971). María Jose García Granados: su vida, su obra, su correspondencia, sus papeles, en la leyenda, en el teatro. Guatemala: José de Pineda e Ibarra.
  10. Zavala Urtecho, Joaquín (1970). «Huellas de una familia vasca-centroamericana en cinco siglos de historia». Revista conservadora del pensamiento centroamericano (Managua, Nicaragua) XXIII (111). p. 185.

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