30 de mayo de 1877: con fuerte apoyo del presidente liberal de Guatemala, general J. Rufino Barrios, el licenciado Marco Aurelio Soto es juramentado como presidente constitucional de Honduras

 

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Retrato a lápiz del licenciado Marco Aurelio Soto, presidente de Honduras de 1877 a 1883. Imagen tomada de Wikimedia Commons.

La influencia de los dos más grandes caudillos guatemaltecos del siglo XIX en sus vecinos del este fue dominante, al punto que cuando el general Rafael Carrera fue nombrado presidente vitalicio en el país, tanto Honduras como El Salvador tuvieron gobiernos conservadores, mientras que cuando J. Rufino Barrios se consolidó en el poder, ambos países tuvieron gobiernos liberales.

Tal como relata el historiador Federico Hernández de León, el general Barrios “hizo lo que quiso” con la política de sus vecinos, y la llegada de Soto al poder en Honduras es el mejor ejemplo de esto.

En 1876 el gobierno conservador de José María Medina en Honduras se estaba desmoronando, principalmente con el escándalo de los empréstitos para la construcción del Ferrocarril Nacional, por lo que los liberales hondureños solicitaban cambios en la administración pública. El presidente guatemalteco vió en esto la oportunidad para establecer un régimen liberal afín a sus intereses, por lo que propició la llegada de Marco Aurelio Soto al poder, junto con el primo de éste, el licenciado Ramón Rosa. Barrios tenía plena confianza en estos dos personajes, ya que ambos formaban parte de su gabinete en Guatemala en las carteras de Instrucción Pública y Relaciones Exteriores.

A principios de 1876, tras las elecciones en El Salvador en que resultó electo Andrés del Valle, Barrios se reunió con éste en Chingo, en la frontera entre ambos países, donde acordaron apoyar la invasión de Honduras para instalar a Soto; Barrios y del Valle se comprometieron a poner mil hombres para dicha causa, pero los hechos políticos se precipitaron en contra del presidente salvadoreño , debido a la desconfianza de Barrios por la permanencia en el Gobierno del mariscal González como vicepresidente, luego de haber sido presidente antes que Valle.

El 25 de abril se negoció la paz en Chalchuapa y se acordó que Valle dejara la presidencia y que el mariscal González la dirección del ejército, además de que con el permiso de Barrios, se confirmó al doctor Rafael Zaldívar como presidente de El Salvador. Ya con este aliado, Soto ingresó a Honduras con la ayuda de Barrios y se proclamó Presidente e inauguró su administración en la Isla de Amapala; a continuación, Soto ordenó que se practicarán elecciones generales en fecha 22 y 25 de abril de 1877. Soto era el candidato oficial y no hubo contendientes de los conservadores ni independientes, así que la Asamblea Nacional reunida en Comayagua dio a Soto la legitimidad del proceso y lo invistió como el Vigésimo Presidente de Honduras para el periodo de 1878 a 1881. Su ideólogo y Ministro General fue Ramón Rosa, con quien emprenderían una ardua labor de transformar a la nación hondureña siguiendo los preceptos liberales que ya habían utilizado en Guatemala.

El apoyo a Soto le representó a Barrios un tributo feudal que pasó Soto en tabaco y ganado, sin pagar exportación, por $60.000 anuales, además de enormes ganancias en sociedad en juegos de recreo tales como peleas de gallos y carreras de caballos.

Irónicamente, cuando Soto ya no era conveniente a los intereses de Barrios, fue el propio presidente guatemalteco quien lo derrocó en 1883; además, fue Zaldívar el que traicionó a Barrios en 1885, resultando en la muerte del general guatemalteco tratando de reunificar a Centroamérica.


BIBLIOGRAFIA:


27 de mayo de 1866: muere Mariano de Beltranena, prócer de la Independencia y expresidente de la República Federal de Centro América

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Imagen de las calles de Matanzas, cuba en 1902, en donde falleció Mariano de Beltranena en 1866.  Imagen de los archivos de la Universidad de Miami.

Mariano de Beltranena y Llano era miembro de lo que se llamara en su época “las familias”, que eran grupos de criollos de origen español emparentados con la familia Aycinena y que aspiraban a crear una nobleza criolla, ya que la nobleza española auténtica nunca viajó a América y prefirió mantenerse en Europa.

La familia Aycinena se opuso originalmente a la independencia debido a sus aspiraciones aristocráticas, pero cuando la necesidad de la emenacipación se hizo evidente fueron los encargados de negociar con Gabino Gaínza la traición de éste al monaca español, y de hecho, la firma de Mariano de Beltranena es la que se sigue a la del capitán general en el acta del 15 de septiembre de 1821. Para entonces Beltranena tenía poco más de 40 años, era abogado y había pertenecido al Ayuntamiento (que era el gobierno criollo opuesto a la Real Audiencia), al consulado de comercio e integraba la diputación provincial.

La situación de la región se deterioró en los siguientes años hasta que estalló la Guerra Civil Centroamericana entre los criollos conservadores y los liberales luego del golpe de estado que derrocó al Jefe de Estado Juan Barrundia en Guatemala dejando a Mariano de Aycinena en el poder.  Sin embargo, tras la debacle del presidente federal Manuel José Arce en San Salvador en 1827, el poder de los conservadores se fue debilitando gradualmente.  Finalmente, el general liberal Francisco Morazán derrotó al gobierno de Mariano de Aycinena, y entró a la Ciudad de Guatemala el 13 de abril de 1829 después de firmarse la capitulación en la que garantizaba las vidas y los bienes de los sitiados.  Sin embargo, las sus tropas invasoras consumaron saqueos y abusos contra los habitantes de la ciudad de Guatemala, incluyendo robos y asesinatos sin importarles la dichosa capitulación y la casa de Beltranena fué uno de los principales blancos de los forajidos debido a que eran miembros de las familias aristocráticas.

Para como de males, al día siguiente de ocupar la plaza, Morazán citó a un número de vecinos distinguidos, entre los que se encontraba el presidente de la República Federal en receso, Manuel José Arce, el vicepresidente en ejercicio del poder Mariano de Beltranena, el jefe del Estado de Guatemala, Mariano de Aycinena, los Ministros de la República y del Estado, y cuando todos estaban en una sala del palacio, trajeados con sus vestidos de etiqueta, se presentó un oficial invasor que los redujo a prisión por a Morazán se le había antojado romper unilateralmente el convenio de capitulación.

Cuando todos esperaban lo peor y escribían o gritaban su testamente, Beltranena se mantuvo altivo y sereno, y pidió un papel para escribir la siguiente protesta

“Hallándome en el palacio nacional el día de ayer con los Secretarios del despacho, dedicado a los asuntos del Gobierno, fué ocupada la capital de la República por las fuerzas de los Estados de Honduras y El Salvador, después de haber capitulado la guarnición que la defendía. El Secretario de Estado dirigió inmediatamente por mi orden mía comunicación al general de dichas fuerzas, en solicitud de que le informase si el Gobierno podía considerarse libre y expedito en el ejercicio de sus funciones; y habiéndosele contestado que desde el momento de la ocupación de la plaza debían de cesar de funcionar todas las autoridades que existían en ella, repuso el Secretario de Estado: que el Gobierno se abstendría de todo acto gubernativo, cediendo al imperio de las circunstancias. Durante estas comunicaciones, el coronel J. Gregorio Salazar me comunicó de palabra orden de prisión y también la intimó al Secretario de Estado. Fui arraneado en unión suya del palacio del gobierno, para ser conducido a un cuartel por el mismo jefe y por un oficial subalterno. Se ha violado en mi persona la suprema autoridad de la nación, y se ha ultrajado al pueblo centroamericano. Yo solo puedo responder de mi administración y de mi conducta a sus representantes: la ley fundamental que lo prescribe ha sido hollada por el poder de las armas. Yo protesto solemnemente contra la ilegalidad y contra la violencia de estos procedimientos. En el cuartel de mi prisión, a 14 de abril de 1829.

  • M. Beltranena 
  • F. de Sosa, Ministro de Relaciones Interiores, Exteriores, Justicia y Negocios Eclesiásticos

Pese a su formal protesta, Beltranena permaneció en prisión, prácticamente pasando de la presidencia de la República de Centro América a una celda. Al poco tiempo Arce y Aycinena, se dirigieron al general Morazán pidiéndole gracia en su infortunio y al cabo de unos meses, los puso en libertad y les expatrió hacia Nueva Orleáns, con la condición precisa que no podían regresar ni a Centro América ni a México.  Por su parte, Beltranena permaneció prisionero y cuando por fin salió en libertad, salió para la Isla de Cuba en donde murió, sin querer regresar jamás a Guatemala aún después de que Rafael Carrera recuperó el poder para los conservadores en 1838.


BIBLIOGRAFIA:


 

26 de mayo de 1794: nace el doctor Mariano Galvez, quien fuera prócer de la Independencia y Jefe de Estado de Guatemala de 1831 a 1838

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Escuela Facultatitva de Derecho y Notariado del Centro en 1907. Actualmente es el Museo de la Universidad de San Carlos y auí están sepultados los restos del Dr. Mariano Galvez. Imagen tomada de Wikimedia Commons.

Cuando el doctor Mariano Gálvez estaba recién nacido fue abandonado en una canasta frente a la casa del sacerdote Toribio Carvajal, quien lo llevó a entregó en la casa de Gertrudis de Gálvez, cuya familia familia lo adoptó, le dio su apellido y educación. El nacimiento del Dr. Gálvez pudo haber ocurriedo ya sea el 29 de agosto de 1790 o el 26 de mayo de 1794, pero no se ha determinado con exactitud.

Gálvez estudió en el Colegio San José de los Infantes y luego en la Real y Pontificia Universidad de San Carlos, en donde obtuvo su doctorado en leyes el 16 de diciembre de 1819. Su nombre principió a mencionarse en las reuniones políticas previas a la firma del acta de independencia el 15 de septiembre de 1821, cuando era consejero del Capitan General Gabino Gaínza. Durante los primeros años de la vida independiente, estuvo más ligado al Partido Conservador, e incluso fue de los entusiastas propulsores de la Anexión de Centroamérica a México luego de la independencia. Pero luego cambió al bando liberal, aunque los criollos liberales fiebres de la época le tuvieron aversión y desconfianza, y siempre lo consideraron, como un acomodaticio que había dejaba el bando de los serviles, en donde mejor encajaba, según ellos.

En 1825 se instaló el primer Congreso Federal, y Gálvez fue nombrado como su primer presidente; era tal su prestigio, que el presidente federal Manuel José Arce lo miraba con recelo, e intentó enviarlo a comisiones diplomáticas en el extranjero, pero Gálvez siempre logró evitar el destierro indirecto. Posteriormente, cuando ya Arce y los Aycinena habían sido desterrados de Centroamérica por el general Francisco Morazán, la Asamblea Nacional de Guatemala convocó a elecciones para el Estado de Guatemala, resultando electo José Francisco Barrundia. Sin embargo, éste no aceptó la elección por ya estar comprometido como Senador en la Asamblea. Tras darse esta situación, el 24 de agosto de 1831 la Asamblea eligió al Dr. Gálvez como Jefe del Estado de Guatemala quien también declinó la elección pero, no teniendo cargo alguno en el gobierno, la Asamblea lo obligó a tomar el cargo.

Gálvez gobernó el Estado de Guatemala a la sombra de la influencia de José Francisco Barrundia, quien se consideraba el adalid de los liberales y nunca confió en Gálvez. De hecho, Barrundia tuvo numerosos desaciertos que llevaron al partido liberal al colapso, siendo los principales la institución del tributo personal de los indígenas, y la implementación del Código de Livingston (que enardeció a los campesinos indígenas en contra del gobierno tal y como ocurrió en la España con sus campesinos analfabetos en 1823 cuando los liberales intentaron implementar leyes utópicas cuando co-gobernaban con Fernando VII).  Pero quizá su mayor desacierto fue pedirle ayuda al general guerrillero Rafael Carrera para derrocar a Gálvez cuando éste empezó a tomar medidas drásticas como la política de tierra arrasada para contrarrestar los avances de los campesinos alzados.

Si bien Gálvez es considerado como un ejemplo de demócrata, la verdad es que para mantenerse el poder no tuvo problemas en establecer una política de tierra arrasada en el oriente del Estado para tratar de impedir el avance los guerrilleros campesinos comandados por Carrera.

Gálvez dejó el país tras su derrocamiento y vivió tranquilamente en México hasta su muerte. En Guatemala, su familia pasó penurias, e incluso uno de sus hijos murió en la más absoluta miseria siendo portero de una de las salas de apelaciones en la Ciudad de Guatemala.


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29 de marzo de 1838: tras derogar los códigos de Livingston por sus desastrosos resultados, se decreta que se mantenga la garantia del Habeas Corpus que estos estipulaban

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Tal y como ya había ocurrido en España en 1823, cuando luego de que los liberales intentaron imponer leyes que no eran bien vistas por el campesinado católico analfabeto y fueron expulsados del gobierno por el rey Fernando VII, en Guatemala la aplicación de los códigos de Livingston resultó desastrosa para el gobierno liberal de Mariano Gálvez, ya que la población indígena era profundamente católica (aunque con un elevado sincretismo con las tradiciones ancentrales de los pueblos nativos) y veía con recelo que hubiera casamiento civil, divorcio y juicios de jurados. Además, para ser efectiva, necesitaba que los ciudadanos tuvieran cierta preparación, algo por lo que las autoridades españolas nunca se habían preocupado ni siquiera en la peninsula ibérica.

He aquí como relata la malhadada implementación el renombrado historiador guatemalteco Federico Hernández de León en su obra “El Libro de las Efemérides”: “El primero de enero de […] 1837 se promulgaron los códigos de Lívingston, cuya traducción presentara [José Francisco] Barrundia a su amigo el doctor [Mariano] Gálvez, jefe del Estado de Guatemala. Los trabajos por imponer esas leyes, inadaptables a nuestros medios y a nuestras costumbres, se realizaron desde el año 1832, al poco tiempo de tener la jefatura el doctor Gálvez. El señor Barrundia era un iluso, en el sentido pleno de la palabra; hombre que vivía con los pies en la tierra, y con la cabeza en la luna. Su prestigio de patricio le daba ejecutorias para imponer su voluntad y, en los días que se siguieron a la caída del régimen aristócrata, Barrundia fué un oráculo, un mentor, un guía, un punto convergente de todas las miradas y de todas las aspiraciones del partido liberal.

La manera de ser austera de Barrundia, su palabra sentenciosa, su manera de caminar, reposada y prosopopéyica, le daban cartel de super hombre. Nadie se atrevía a meterse en sú vida privada, que pasaba por un modelo de compostura y seriedad. De modo que, cuando en las asambleas de 1834 y 35, su palabra se levantó abogando por el establecimiento de los jurados y por la promulgación de los códigos de Lívingston no hubo más que atenderle y pasar por lo que pedía. Alguna resistencia razonada se opuso a la acerada voluntad del prócer ; pero al cabo, la debilidad dió paso a las innovaciones y, el patriarca de los liberales se salió con la suya, capricho que costó a la patria las más crueles desventuras.

Era imposible que nuestros pueblos pudieran aceptar, apenas salidos de un régimen de trescientos años, lleno de prejuicios y reservas, el sistema de organización social que suponía una obligada preparación. No quiso considerar Barrundia que el [indígena] estaba distanciado del cuákero, como el sol de la luna ; y la hecatombe hubo de sobrevenirse ruinosa, envolvente, mortal. El 6 de marzo el pueblo de San Juan Ostuncalco. en la región de Los Altos, compuesto en su totalidad de [indígenas], se levantó contra las autoridades que lo acoquinaban. Hubo asesinatos y una bullanga de todos los diablos. El gobierno ratificó sus temores y el doctor Gálvez comprendió que había pecado de dúctil y complaciente.”

Así entonces, a principios de 1838 se decidió derogar los citados aunque se mantuvo el derecho de la exhibición personal, o habeas corpus, dado que mantenerlo era muy importante, pues especificaba que ningun habitante del Estado de Guatemala podia ser ilegalmente detenido en prisión, y todos tenían derecho a ser presentados ante juez competente, quien en el caso debía dictar el auto de exhibición de la persona.

El decreto en mención fue publicado el 29 de marzo de 1838 y dice así:

Artículo 14: se conserva la garantía del habeas corpus tal cual está consignada en los códigos. Las cámaras de apelaciones y súplica, los magistrados de ellas, y los jueces de primera instancia tendrán las facultades que los mismos códigos daban sobre el particular, a las cortes de distrito y de apelaciones, y a los jueces de ellas. Cuando el auto de exhibición personal fuere negado por el juez de un distrito, o cuando este se halle impedido para concederlo, podrá ocurrirse al del distrito inmediato y esto lo expedirá.


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21 de febrero de 1768: arriba a la ciudad de Santiago de los Caballeros don Pedro Cortés y Larraz, tercer arzobispo de Guatemala

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Descripción gráfica de los curatos de San Pedro, Sololá, Panajachel y Atitlan según lo report el arzobispo Pedro Cortés y Larraz en 1770.  Imagen tomada del Archivo General de Indias.

Fue el arzobispo Pedro Cortés y Larraz uno de los que más labor realize durante su trabajo episcopal, recibiendo una arquidiócesis casi en ruinas producto de las rencillas entre las poderosas órdenes regulares de los dominicos y los franciscanos, y de la debilidad en que quedaron las doctrinas de indígenas cuando éstas pasaron de las órdenes regulares a un clero secular muy mal preparado.

Cortés y Larraz emprendió un viaje por toda su arquidiócesis para conocerla de primera mano y dejó para la posteridad una excelente descripción de la vida en el Reino de Guatemala en 1770.  Luego, tras el terremoto de Santa Marta de 1773, organizó al clero secular y rechazó el traslado a la Nueva Guatemala de la Asunción que ordenó el Capitán General Martín de Mayorga, hasta que fue expulsado de la mitra en 1778.  Y también fue responsible de las únicas medidas sanitarias sensatas tomadas para reducir los nefastos efectos de la epidemia de tifo encemático que se produjo luego del terremoto en la destruida ciudad de Santiago de los Caballeros.

Cortés y Larraz no quería venir a Guatemala originalmente.  Para que el lector se de una idea de por qué, a continuación reproducimos la narración que hace el historiador Federico Hernández de León de la llegada del arzobispo a su arquidiócesis:

“El prelado había llegado a Guatemala desde la triste y soñolienta Zaragoza en España, de cuya catedral era reverendo canónigo. Por cierto que la noticia de su nombramiento le sonó a escopetazo disparado a mansalva.  Conversaba una tarde otoñal de 1766 con otro de los canónigos zaragozanos, cuando fue llamado violentamente al palacio arzobispal.  Acudió presuroso y allí fue notificado que Su Santidad, como premio a sus virtudes y talentos, lo agraciaba con la mitra guatemalteca.

No tenía muy buena fama la diócesis designada, por las noticias de alborotos y enredos que levantaban los mismos frailes, en sus rivalidades de dominicos y franciscanos, poniéndose de por medio los jesuitos, atizando los rencores de las dos comunidades magnas.  Por esto, a la muerte del arzobispo, doctor don Francisco José de Figueredo y Victoria, un viejecito ciego, de más de ochenta años, fue designado para sustituirlo el doctor don Pedro Marrón, doctoral de Toledo.  Pero el reverendo señor Marrón no aceptó y, de esa cuenta, la pedrada había sido dirigida al señor Cortés y Larraz.

Dejó el señor Cortés y Larraz la quietud beatífica de Zaragoza y se dirigió a México en donde fue consagrado.  Luego enfiló sus pasos a nuestras tierras y el 21 de febrero de 1768 entraba en la capital del reino, bajo el simbólico palio, a lomos de una burra pensativa y escoltado por una larga muchedumbre que le aclamaba a cada paso de la burra.  Salió a recibirlo hasta la puerta del palacio episcopal el señor dean y doctor don Francisco de Palencia, que fuera el encargado de soportar el peso arzobispal, desde la muerte de Figueredo y Victoria, en junio del año 65.  Al llegar el nuevo arzobispo, al lugar de su residencia, levantó en alto la mano con la señal de la cruz, y bendijo a la muchedumbre apiñada a su alrededor.”


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1 de enero de 1837: el Jefe del Estado de Guatemala, doctor Mariano Gálvez promulga los Códigos de Livingston, un nuevo código civil con ideas que no se aplicaban a la realidad guatemalteca

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Retrato de José Martín Barrundia, líder liberal que tradujo los Códigos de Livingston y prácticamente se los impuso al Jefe de Estado Mariano Gálvez.  Imagen tomada de Wikimedia Commons.

Reproducimos a continuación cómo describe el escritor Federico Hernández de León cómo fue que se instituyeron los Códigos de Livingston el 1 de enero de 1837:

“En enero de ese año se promulgaron los códigos de Livingston, cuya traducción presentara José Francisco Barrundia a su amigo, el doctor Mariano Gálvez, jefe del Estado de Guatemala.  Los trabajos por imponer esas leyes, inadaptables a nuestros medios y a nuestras costumbres, se realizaron desde el año 1832, al poco tiempo de tener la jefatura el doctor Galvez.  El señor Barrundia era un iluso, en el sentido pleno de la palabra; hombre que vivía con los pies en la tierra, y con la cabeza en la luna.  Su prestigio de Patricio le daba ejecutorias para imponer su voluntad y, en los días que se siguieron a la caída del regimen aristócrata (de Mariano de Aycinena), Barrunda fue un oráculo, un mentor, un guía, un punto convergente de todas las miradas y de todas las aspiraciones del partido liberal.

La manera de ser austera de Barrundia, su palabra sentenciosa, su manera de caminar, reposada y prosopopéyica, le daban cartel de super hombre.  Nadie se atrevía a meterse en su vida privada, que pasaba por un modelo de compostura y seriedad.  De modo que, cuando en las asambleas de 1834 y 35, su palabra se levantó abogando por el establecimiento de los jurados y por la promulgación del Código de Livingston no hubo más que atenderle y pasar por lo que pedía. Alguna resistencia razonada se opuso a la acerada voluntad del prócer; pero al cabo, la debilidad dio paso a las innovaciones y el patriarca de los liberales se salió con la suya, capricho que costó al país las más crueles desventuras.

Era imposible que nuestros pueblos pudieran aceptar, apenas salidos de un régimen de trescientos años, lleno de prejuicios y reservas, el sistema de organización social que suponía una obligada preparación.  No quiso considerer Barrundia que el indígena estaba distanciado del cuákero, como el sol de la luna; y la hecatombe hubo de sobrevernirse ruinosa, envolvente, mortal.  El 6 de marzo el pueblo de San Juan Ostuncalco, en la región de Los Altos, compuesto totalmente de indígenas, se levantó una rebelión contra las autoridades que lo acoquinaban.  Hubo asesinatos y una bullanga de todos los diablos.  El gobierno ratificó sus temores y el doctor Gálvez comprendió que había pecada de dúctil y complaciente.  

Al mes siguiente, el cólera asiático se presentó de modo espantoso.”  

Aquel sería el principio del fin del gobierno liberal de Guatemala, que cayó en 1838 y no retornaría al poder sino hasta en 1871.


BIBLIOGRAFIA:


28 de noviembre de 1848: es designado para la presidencia interina de la República de Guatemala el ciudadano José Bernardo Escobar

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Plaza Central de Quetzaltenango en 1840. Bosquejo realizado por Frederick Catherwood y publicado en 1854 en el libro Incidents of Travel in Central America, Chiapas and Yucatan de John Lloyd Stephens.

Tras llegar a la Jefatura del Estado de Guatemala en 1844, el General Rafael Carrera decretó la creación de la República de Guatemala el 21 de marzo de 1847. Y agradada en su patriotismo por las medidas del “Caudillo Adorado de los Pueblos“, como le llamaban en ese tiempo a Carrera, el 14 de septiembre de 1848 la Asamblea Legislativa emitió el Decreto que ratifica que “Guatemala es una nación soberana, una república libre é independiente“.

Pero la Guatemala de 1848 ya no era la de 1847.  Había muchas rebeliones e inseguridad y los criollos (tanto conservadores como liberales) le habían exigido al presidente Carrera que dejara el poder.  Carrera conocía muy bien a los criollos y había aceptado irse al exilio a México después de dejar el poder, sabiendo que no iba a pasar mucho tiempo antes de que lo llamaran de vuelta.

Y tal como él vaticinó, ocurrió: a los pocos días de la firma del decreto arriba mencionado se inició la rebelión armada del general Vicente Cruz, en Antigua Guatemala que aprovechó la ausencia de Carrera y el hecho de que el general Mariano Paredes, jefe del Ejército, estuviera sometiendo insurrecciones liberales en Los Altos. Es decir, la Ciudad de Guatemala estaba prácticamente abandonada ya que los dos jefes militares más calificados del momento nada podían hacer por ella.

Cruz y sus hombres dejaron la Antigua Guatemala y, dando un rodeo, llegaron a Villa Nueva. Ante tal actitud, el gobierno convocó a la Asamblea, la cual se reunió el 27 de noviembre y ante ella presentó su renuncia el Presidente interino licenciado Juan Antonio Martínez. En el mismo acto la Asamblea aceptó la renuncia y designó presidente interino al liberal José Bernardo Escobar, personaje culto y diputado a la misma Asamblea, de quién “no se podía decir que fuera un pelele en manos de nadie“.

Era el peor momento posible para asumir la presidencia de la República: el ejército de Cruz avanzaba casi sin encontrar resistencia y el primero de diciembre, desde San José Pinula, dirigió una nota al presidente Escobar intimidándole a entregar la plaza, ofreciendo respetar vidas y haciendas, menos las de los Molina, los Arrivillaga, Vidaurre, Manuel Dardón, el expresidente Juan Antonio Martínez, los Zepeda y José Francisco Barrundia, todos ellos, importantes criollos liberales a quienes Cruz consideraba traidores a la causa. A pesar de la situación crítica, haciendo gala de energía y patriotismo Escobar rechazó la petición de los alzados, lo que resultó en que siguieran las hostilidades. Y para colmo de males, en Palencia se encontraba ya el general Serapio Cruz (el famoso “Tata Lapo“), hermano de Vicente Cruz.

El general Cruz repitió su oferta el 12 de diciembre y Escobar sin dinero ni tropas envió varias embajadas a parlamentar, en una de las cuales iba el propio Arzobispo de Guatemala, Francisco de Paula García Peláez. Por fin Cruz, admitió celebrar conversaciones, pero uno de los puntos que propuso era que se restableciera el Estado de Los Altos diciendo: “El gobierno retirará de Los Altos las fuerzas de Ocupación, para que aquellos pueblos puedan libremente decidir su futuro, para lo cual no se les molestará en nada“. A pesar de ser liberal, Escobar rechazó lo que se le proponía respecto de Los Altos, por el daño que ocasionaría a la integridad territorial de la Guatemala.

Tras el fracaso de la negociación, Escobar buscó un arreglo político: quitó a Basilio Porras del Ministerio de la Guerra y lo colocó en el de Relaciones Exteriores, y entregó la cartera militar al Teniente Coronel de Ingenieros Manuel José Narciso de Jonama y Belsolar, que estaba retirado de la vida pública desde 1829, pero conservaba simpatías entre los liberales y era además amigo personal de Carrera. Pero esta medida tampoco solucionó nada y la rebelión continuó, obligando entonces a Escobar a presentar formalmente su renuncia a la presidencia el 30 de diciembre de 1848. La Asamblea eligió a Manuel Tejada, quién renunció al día siguiente por lo que Escobar tuvo que seguir en el mando.

A principios de 1849 se reunió la Asamblea para elegir sustituto a Escobar y decidió nombrar al general Mariano Paredes quien había logrado la pacificación de Los Altos y detener la revuelta de los Cruz.  Finamente, Escobar pudo entregar la Primera Magistratura el 18 de enero de 1849 y con el fin de evitarse ofensas o represalias se exiló voluntariamente en El Salvador. Pero hasta allí lo siguieron sus enemigos: los hermanos Cruz ordenaron su envenenamiento por haber rechazado sus exigencias.

En cuanto a Carrera, en agosto de 1849 regresó a Guatemala y se convirtió en el verdadero poder tras el presidente Paredes pues se aseguró de conseguir todas las alianzas que pudo entre los indígenas del Occidente guatemalteco, férreos opositores al Estado de Los Altos que pretendían establecer los criollos liberales y obligó a pactar a los criollos conservadores para evitar que los indígenas los lincharan.


BIBLIOGRAFIA:


27 de agosto de 1836: el gobierno liberal de Mariano Galvez impone leyes laicas inspiradas en el Código de Edward Livingston que se usaba en el estado de Luisiana, Estados Unidos

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Mapa del Estado de Guatemala en 1832. Obsérvese la gran extension de los departamentos de Totonicapán, Quetzaltenango y Sololá, lo cuales formarían el Estado de Los Altos en 1838.  Imagen tomada de Wikimedia Commons.

Durante la Jefatura de gobierno del Doctor Mariano Gálvez se practicó ampliamente el liberalismo político y por primera vez se implmentó la separación Iglesia-Estado en Guatemala. De hecho, por ser antagonistas de los privilegios del partido conservador, tras la invasión de Francisco Morazán a Guatemala en 1829, los liberales expulsaron al arzobispo Ramón Casaus y Torres, ordenaron la supresión del diezmo obligatorio para el clero secular de la Iglesia, y eliminaron la gran mayoría de los asuetos religiosos.  Ahora bien, los liberales despojaron de privilegios a la Iglesia Católica no por cuestiones religiosas, sino que por razones puramente económicas: entre menos asuetos, mayor productividad y con la supresión del diezmo obligatorio, mayores ingresos para las arcas estatales. Asimismo, la eliminación de privilegios a los religiosos significaba la supresión de su poder politico y económico.

Posteriormente, el 27 de agosto de 1836, el Jefe de Estado impuso leyes laicas, como el divorcio, el matrimonio civil y el establecimiento de juicios de jurados, inspiradas en el código de Edward Livingston, un tratado legal que se había puesto en vigencia en el estado de Luisiana en los Estados Unidos y traducido al español por José Francisco Barrundia, el indiscutible líder de los criollos liberales.

Pero la población campesina guatemalteca, con un catolicismo muy arraigado, se resintió de este cambio de leyes, aunque ya estaba molesta por el hecho de que las órdenes monásticas hubieran sido expulsadas del país en 1829 y por la restitución del impuesto individual.  La situación poco a poco se fue agravando, gracias a que los curas párrocos corrieron los rumores de que el gobierno liberal era herético y estaba en contubernio con los ingleses protestantes.

La situación llegó a un punto crítico, en que el que bastó una epidemia de cólera en 1837 para que se llegara a una guerra civil que tuvo todas las características de una guerra santa entre los campesinos católicos encabezados por Rafael Carrera y los criollos liberales positivistas, liderados por Mariano Gálvez y apoyados por el presidente federal Francisco Morazán.


BIBLIOGRAFIA:


15 de junio de 1524: tras aliarse a los cachiqueles y vencer a los zutuhiles, Pedro de Alvarado toma Itzcuintlán (Escuintla) a sangre y fuego

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La ciudad de Escuintla a principios del siglo XX. Imagen tomada de Wikimedia Commons.

Las crónicas tanto de la Conquista de Guatemala como de la Independencia de Centroamérica han sido embellecidas con el correr de los tiempos.  Se nos habla de héroes castellanos en sendas gestas epopéyicas, pero la realidad dista mucho de estos relatos.

Tomemos, por ejemplo, el asalto que hizo Pedro de Alvarado en Izcuintlán luego de haberse aliado con los cachiqueles para derrotar a los zutuhiles en el área del lago de Atitlán.  En ese oportunidad, luego de su victoria se aprovechó de la buena fe de los aborígenes que lo recibieron junto con sus tropas como huesped y ya descansado, se puso en marcha hacia Izcuintlán (hoy Escuintla) a donde envió unos vigías luego de tres días de marcha para que lo pusieran en antecedentes de lo que podrían encontrar.

(NOTA: “Itzcuintlán” significa “lugar de perros” y proviene de las raíces náhuatl:

  • Itzcuintli = perro
  • tlan = abundancia)

Las tropas de Alvarado estaban compuestas en su mayoría por indígenas tlaxcaltecas y cholultecas, quienes se aliaron a los españoles luego de la conquista de los aztecas en México.  Estos mercenarios hablaban náhuatl, y de esa cuenta, muchos de los poblados en Guatemala tienen nombres que incluyen el del santo patrón del día en que fueron fundados y una palabra castellanizada de origen náhuatl.  Fueron estos soldados tlaxcaltecas quienes llamaron “Izcuintlán” al poblado.

Los vigías le comunicaron que los escuintlecos no tenían ni idea del avance las tropas conquistadoras.  El clima no se prestaba para un ataque, pues estaba lloviendo mucho y los caminos estaban intransitables, pero eso no hizo más que convencer a Alvarado de que ese era el momento perfecto para atacar a los desprevenidos indígenas.

Aquel 15 de junio de 1524 había estado lloviendo desde el medio día y en Escuintla todos estaban en sus viviendas, incluyendo a los centinelas.  Pacientemente, Alvarado esperó a que oscureciera y cuando dieron las nueve de la noche, ordenó el ataque.  Al principio, los hombres de Alvarado tropezaban y caían por la oscuridad, pero al llegar al dormido poblado, rompieron las puertas de las casas y asaltaron a sus moradores con arma blanca o a balazos.  Muchos moradores, incluyendo ancianos, mujeres y niños, ya no llegaron a despertar siquiera pues murieron en sus lechos; y los pocos guerreros que quisieron oponer resistencia murieron en el intento.

Al amanecer los resultados fueron evidentes: el rey había muerto y yacía despedazado, al igual que muchos de los principales de Escuintla.  A pesar de haber aniquilado prácticamente a todos los pobladores, Alvarado ordenó incendiar y la ciudad e hizo saber a los escasos sobrevivientes de que de ahora en adelante estaban sometidos a las órdenes del rey de España.

Dice una leyenda que años más tarde, cuando Pedro de Alvarado sufrió el mortal accidente en su caballo que eventualmente lo llevó a a tumba, un medico le preguntó si le dolía algo, y Alvarado contesto únicamente: “¡El alma!”


BIBLIOGRAFIA:


 

23 de mayo de 1854: declaran presidente vitalicio de Guatemala al capitán general Rafael Carrera

23mayo1854
Acta que declara al capitán general Rafael Carrera como presidente vitalicio de Guatemala.  Imagen tomada de Wikimedia Commons.

El 23 de mayo de 1854, los representantes de todas las municipalidades del país prácticamente al unísono acordaron nombrar como presidente vitalicio al capitán general Rafael Carrera y Turcios.  Y también los principales miembros de su gobierno estuvieron de acuerdo con este nombramiento.

El gobierno del general Carrera era muy particular, ya que estaba estructurado por tres grandes grupos de poder:  el propio general Carrera y su férrea personalidad, la familia Aycinena y los altos mandos del clero secular, encabezado por el arzobispo Francisco de Paula García Peláez.  Había incluso personajes que estaban en varios grupos, tal el caso del marqués Juan José de Aycinena, quien no solamente era obsipo de Trajanópolis, sino que además era rector de la Pontificia Universidad de San Carlos y Ministro de Asuntos Eclesiásticos del gabinete de Carrera.  Aparte de esto, Carrera tenía una excelente relación con los líderes indígenas y gracias a los pactos que suscribió con éstos mantuvo la integridad de la República.

Aquel gobierno conservaba la influencia de la Iglesia Católica e incluso celebró un Concordato con la Santa Sede en 1852.  Solamente la fuerte personalidad del general Carrera y su gran habilidad militar evitó que las fuerzas de los criollos liberales centroamericanos invadieran el país, aunque lo intentaron varias veces.  México, por su parte, inmerso en su propia guerra de Reforma y luego en la guerra contra las fuerzas estadounidenses y francesas, no tuvo injerencia en Guatemala en ese tiempo.

Aunque los autores liberales retrataron al gobierno de Carrera como una época oscura y retrógrada en donde él era simplemente el brazo armado de los Aycinena, esto no pudo ser más lejano a la realidad.  De hecho, fueron los criollos conservadores quienes tuvieron que aceptar a Carrera como presidente para no tener que salir del país ya que no eran bienvenidos por los regímenes liberales del área y, además querían evitar a toda costa que los indígenas los lincharan.

He aquí como describe el escritor Federico Hernández de León el momento en que Carrera fue elegido presidente perpetuo:

“Esta traición a las instituciones políticas, cometida por las generaciones del año 54, alcanza una excusa.

Ya era mucha la fatiga ocasionada con treinta años de guerrear.  No había garantía ni para la persona, ni para los bienes.  La agricultura incipiente, las industrias reducidas, el comercio sin in desarrollo beneficioso, se sentían aún más constreñidos, por causas de las revueltas internas y de las invasiones de los otros Estados. Liberales y conservadores se habían sucedido en el poder y, ni las restricciones, ni los procedimientos drásticos, ni la habilidad política, ni la hombría de bien, ni la astucia, dieran resultado para ordernar tanto alboroto.  Solo Carrera lograra, con la rudeza de su espada, aquietar Los Altos, sofocar los levantamientos de la Montaña, poner en cintura a los agitadores y dar la acción de La Arada, que equivalía al sometimiento de Honduras y El Salvador.

Y los pobres guatemaltecos de mediados del siglo [XIX] vieron en Carrera a un Salvador y buscaron su arrimo.  No les importó cometer la inmensa traición a los principios de la democracia defendida y preconizada: lo que los pueblos ansiaban era sosiego, una tranquilidad que les prestara garantía de vida y de acción. -¿A qué costo?- A cualquiera: ya no importaban los procedimientos.  Paz era lo que necesitaban; paz a cualquier precio para poder dedicarse a distender las actividades.  Y Carrera daba las seguridades de poner en cintura a todo el mundo, a los de arriba como a los de abajo, a los de fuera como a los de dentro.

A Carrera le llamaban ‘Caudillo’, ‘Salvador de la Patria’, ‘Protector de la Religión’, ‘Hijo Predilecto’, ‘Enviado de la Providencia’; el clero veía a Carrera con arrobos místicos, la aristocracia con respeto profundo,, los liberales con terror, el pueblo con simpatía. El guerrillero se imponía: el rudo montañés, era por estos tiempos un hombre que ya leía y firmaba, que se trajeaba como un dandy, que conservaba con alguna soltura y salpicaba sus frases de observaciones pertinentes, que galanteaba a las niñas bien y que, cada vez que se avistaba con el consul inglés Mr. Chattfield, le decía con acento de la otra vida: -Hallo, Mr. Chattfield; how do you do?

[…]

Habrá de confesarse que Carrera no llegó a más porque no quiso.  El país se le ponía bajo sus plantas: el servilismo y el vasallaje de los guatemaltecos, tocaba las lindes.  Triste herencia, que después se repitiera ante la figura del general Barrios y, más tarde, ante la […] de Estrada Cabrera.”

Y así, Carrera gobernó hasta su muerte, acaecida el 14 de abril de 1865.

Entre los firmantes del acta hay varios personajes históricos que se pueden clasificar en tres grupos: correligionarios de Carrera durante su época de guerrillero, los miembros del clero y los miembros del partido conservador.  He aquí algunos de ellos:

  • Francisco:  es el arzobispo Francisco de Paulo García y Peláez, líder del clero secular
  • Manual Francisco Pavón:  miembro prominente del clan Aycinena y ministro de Gobernación y de Asuntos eclesiásticos
  • Pedro de Aycinena: miembro del clan Aycinena y ministro de Relaciones Exteriores
  • Luis Batres Juarros: miembro del clan Aycinena y Consejero de Estado
  • Mariano Paredes: expresidente de Guatemala, y brigadier del ejército
  • Pedro José  Valenzuela: expresidente de Guatemala y vice-rector de la Pontifica Universidad de San Carlos
  • Vicente Cerna: correligionario de Carrera desde la época de las guerrillas campesinas y corregidor de Chiquimula; sería presidente de Guatemala de 1865 a 1871.
  • J. Ignacio Irigoyen: miembro del clan Aycinena, brigadier y corregidor de Quetzaltenango
  • Santos Carrera: hermano y correligionario de Carrera
  • Joaquín Solares: general y correligionario de Carrera
  • Serapio Cruz (“Tata Lapo“): general, y quien luego sería elevado a héroe liberal por morir en una revolución contra el presidente Vicente Cerna.
  • José Víctor Zavala: general, amigo personal de Carrera y representa en la Cámara
  • Fr. José Ignacio Méndez: superior del convento de Santo Domingo
  • Fr. Julián Hurtado: guardián del Colegio de Cristo
  • José Milla y Vidaurre: escritor, representante en la Cámara y oficial mayor del Ministerio de Relaciones Exteriores

El lector interesado puede darse una idea de como era la vida durante la larga presidencia del general Carrera leyendo la obra de José Milla y Vidaurre Cuadros de Costumbres” y la de Ramón SalazarEl tiempo viejo: recuerdos de mi juventud”  las cuales describen ese período desde la perspectiva de los criollos conservadores, y la de los liberales, respectivamente.


BIBLIOGRAFIA: