6 de abril de 1839: la Batalla del Espíritu Santo

En la Batalla del Espíritu Santo, el general Francisco Morazán obtiene una contundente victoria sobre los invasores de Honduras y Nicaragua en el territorio de El Salvador

Cuadro que representa la Batalla del Espíritu Santo. Imagen tomada de Wikimedia Commons.

Cuando inició 1839 los estados de Nicaragua y Honduras tenían una actitud hostil contra el estado de El Salvador debido a la profunda animadversión de éstos para con el ex-presidente federal, Francisco Morazán, quien para entonces era el comandante de Armas de El Salvador.  El pacto de la República Federal se había roto en 1838 cuando Morazán no convocó a elecciones para elegir a su sucesor,1 y como la capital federal estaba en San Salvador, el ex-presidente se había quedado en aquel Estado.

Honduras y Nicaragua dieron muestra de querer ir a la guerra, por lo que el Jefe de Estado de El Salvador, Diego Vigil, pidió a Morazán que se preparara para combatir a sus vecinos.  Pero no le dió tiempo suficiente al Comandante de Armas, pues sin declaración de guerra previa, el general nicaragüense Bernardo Méndez invadió a El Salvador por el lado de San Miguel al mando de mil soldados; el general hondureño Francisco Ferrera, por su parte, iba marchas forzadas para reunirse con los hombres de Méndez y acabar con la resistencia salvadoreña lo más pronto posible.2

Pero frente a ellos tenían a uno de los mejores genios militares de Centroamérica.

Morazán llegó al frente de ochocientos efectivos y acampó en la hacienda de San Francisco, en la margen del río Lempa opuesta a donde estaba el cuartel general de los nicaragüenses en Corlantique.  Allí estaban cuando el comandante de las fuerzas salvadoreñas se enteró de que Ferrera iba marchando sobre El Salvador, y decidió salir a su encuentro.  Pero cuando Morazán partió, Méndez atacó y derrotó a una de las divisiones salvadoreñas, por lo que Morazán tuvo que regresar a rehacerse.

Los nicaragüenses ya habían ocupado San Vicente —que en ese entonces era la capital del Estado de El Salvador, puesto que San Salvador todavía era la capital federal— y estaban amenazando con tomar Cojetepeque.  Morazán entonces partió hacia Cojutepeque, buscando que se unieran más hombres a su ejército.

Mediante varias maniobras que distrajeron a los invasores, Morazán los llevó a la hacienda del Espíritu Santo, en donde se libró una de las batallas más emblemáticas de la carrera del caudillo liberal.  El 5 de abril por la tarde llovió copiosamente, pero la lluvia amainó al caer la noche y los invasores decidieron atacar a Morazán, creyendo que estaba desprevenido.  Pero el comandante de las fuerzas salvadoreñas dio la señal de alerta y empezó un nutrido tiroteo entre ambos ejércitos.  La llovizna  seguía y como la noche era oscura, el combate fue a quemarropa y muchas veces entre los mismos correliginarios.3

El coronel Benítez —Jefe del Estado Mayor del Ejército de El Salvador— se aproximó a lo más crudo de la batalla y cuando se dió cuenta de que no se podía reconocer a nadie en medio de la oscuridad y los fogonazos de los tiros, gritó su nombre para servir de punto de reunión, lo que fue aprovechado por uno de sus enemigos para atacarlo con la bayoneta.  Como pudo regresó con Morazán que le recriminó su imprudencia aunque sintió profundamente la herida de Benítez quien falleció poco después.

Morazán, en medio de la oscuridad, tomó a veinticinco escoltas y se fue a donde estaba el combate.  A cada uno de los que encontraba le preguntaba si era soldado de Morazán, y si le contestaban que no, entonces los hacían prisioneros en el acto.  De esta forma, logró capturar a 29 soldados enemigos, y cuando aclaró la mañana del 6 de abril concentró a sus fuerzas en el edificio de la hacienda desde donde podía dispararle al enemigo fácilmente y en donde tenía sus reservas.4

Sin embargo, los invasores rodearon la hacienda por la retaguardia, expulsando a Morazán y a sus hombres.  En este momento, el comandante salvadoreño tomó la decisión de arremeter contra sus enemigos y gritó blandiendo su espada: «¡El que tenga valor que siga a su general!»  La arremetida resultante sorprendió a los invasores que fueron derrotados en poco tiempo y se dieron a la fuga en todas direcciones.

Al final de la acción, cuando se estaba haciendo el recuento de los graves daños y pérdidas que tuvieron ambos ejércitos, Morazán en persona salió a perseguir al enemigo.  A los pocos pasos encontrarona diez hombres que presentaron las armas con las culatas hacia arriba para rendirse; sin embargo, cuando reconocieron a Morazán uno de ellos gritó: «¡Este es el general Morazán!» y cambiaron de posición sus armas para dispararle al general, hiriéndolo en el brazo derecho.  Los que acompañaban al comandante salvadoreño mataron a los atacantes con sus bayonetas y con golpes de culata y cuando ya estaban muertos, todavía llegó otro grupo a golpearlos.5

Esta victoria fue uno de los mayores triunfos de la carrera militar de Morazán, y en ese momento todo parecía sonreirle, pues acababa de derrotar a las principales amenazas contra la reunificación de Centroamérica, que además eran los principales aliados del teniente coronel Rafael Carrera.  En cuanto a Carrera, el mismo Morazán lo había reducido junto con sus huestes campesinas a las serranías de Mita; y, por si fuera poco, el Estado de Los Altos era incondicional a su persona y en Guatemala gobernaba el general Carlos Salazar, a quien Morazán había puesto en lugar de Mariano Rivera Paz el 30 de enero de ese año.6

Pero la suerte de Morazán iba a cambiar radicalmente apenas una semana después de la batalla del Espíritu Santo, ya que sabiendo de la alianza de Honduras y Nicaragua contra el ex-presidente federal, las huestas de Carrera dieron el golpe de estado en contra de Carlos Salazar en Guatemala,7 lo que desencadenó una seria de hechos violentos que terminaron no solo con el Estado de Los Altos, sino  con la derrota definitiva del caudillo liberal en la Ciudad de Guatemala a manos de Carrera el 19 de marzo de 1840.8


BIBLIOGRAFIA:

  1. Coronado Aguilar, Manuel (1975). Apuntamientos para la Historia de GuatemalaI Guatemala: Editorial del Ejército. pp. 157, 235, 246, 272 y 304.
  2. Hernández de León, Federico (1963) [1924]. El libro de las Efemérides: capítulos de la Historia de la América Central. VI. Guatemala: Tipografía Nacional. p. 49.
  3. Ibid., p. 50.
  4. Ibid., p. 52.
  5. Ibid., p. 53.
  6. Hernández de León, Federico (1963) [1926]. El Libro de las Efemérides, Capítulos de la Historia de la América Central V. Guatemala: Tipografía Nacional. p. 172.
  7. — (1929). El libro de las efemérides: Capítulos de la Historia de la América CentralII. Guatemala: Tipografía Sánchez y de Guise. pp. 75-81.
  8. Solís, ignacio (1906). Memorias del General Carrera. 1838-1840. En: Colección de Datos Históricos y Biográficos. (1) Guatemala: Tipografía Sánchez y de Guise. p. 90.

16 de enero de 1851: Vasconcelos envía declaración de guerra a Guatemala

El presidente de El Salvador, Doroteo Vasconcelos, nombrado general en Jefe

16abril1851
La ciudad de Santa Ana en El Salvador, próxima a la frontera con Guatemala. Desde aquí envió el presidente salvadoreño Doroteo Vasconcelos el oficio declarando la guerra a Guatemala. En el recuadro: retrato de Vasconcelos que aparece en una estampilla postal de El Salvador. Imágenes tomadas de Wikimedia Commons.

Tras la conferencia con Juan Lindo en Ocotopeque el 4 de enero de 1851 en la que sellaron su alianza contra el gobierno conservador de Mariano Paredes en Guatemala, se reunieron allí los militares liberales que tenían resentimiento en contra el Comandante de las Fuerzas de Guatemala, el general Rafael Carrera, entre ellos el francés Isidoro Saget, y los generales Santos Guardiola y Francisco Ferrera.1

Mientras tanto en Metapán, en el lado salvadoreño de la frontera con Guatemala, se reunieron los generales Trinidad Cabañas y Gerado Barrios, quienes habían participado en la fallida invasión de Francisco Morazán contra Guatemala en marzo de 1840. Estos militares estaban ansiosos por entrar como vencedores a la Ciudad de Guatemala tras la derrota que sufrieron frente a las tropas de Carrera en ese oportunidad.1

La prensa salvadoreña estimulaba los ánimos contra el gobierno guatemalteco, y las proclamas de los gobernantes de El Salvador y Honduras enardecieron los patriotismos aún más.  Ambos países estaban seguros de que iban a ganar la batalla que se aproximaba, pues contaban con diez jefes militares, entre mariscales y generales, que tomaron el mando de las diferentes divisiones, mientras que el presidente salvadoreñ, Doroteo Vasconcelos, quedaba al frente del mando supremo.1

Así pues, ya con todos estos preparativos listos, Vasconcelos envió el siguiente oficio a la Cancillería Guatemalteca, el cual partió el 16 de enero:

«Ejército unido de Honduras y El Salvador.  Del General en Jefe.  Santa Ana, enero 15 de 1851.  

Señor Ministro de Relaciones del Supremo Gobierno de Guatemala.

He llegado a esta ciudad a hacerme cargo del mando en jefe del ejército conforme a la Constitución de El Salvador, y vengo plenamente autorizada para entenderme con su gobierno en todo lo que conduzca al objeto que ha puesto en armas a los de estos Estados.

En tal concepto, y para manifestar a esa administración los motivos de esta conducta, y de proponer los medios de evitar la confusión de sangre, dirigiré a usted un oficio en que se expliquen con claridad.  Irá conduciéndolo un oficial, para el cual espero se digne usted expedir un salvo conducto, si es que su gobierno está anuente a recibir la citada explicación.  Y en tal caso, la contestación y el pasaporte podrá venir por extraordinario violento, dirigido a la Administració de correos de esta ciudad en donde será pagado.  Tengo el honor de suscribirme de Ud., 

Doroteo Vasconcelos2

Pero el correo que portaba el oficio de Vasconcelos llegó a la Ciudad de Guatemala hasta el 21 de enero, y para entonces ya las tropas del Ejército Unido de El Salvador y Honduras se había movilizado a la frontera con Guatemala, a la que invadieron al día siguiente, entrando por Chingo en la frontera en Jutiapa y El Salvador.3

El general presidente Paredes encomendó entonces la tarea de defender a Guatemala al Comandante de las Fuerzas Armadas, quien salió de inmediato con sus tropas a detener a los invasores.  Se preparaba entonces el escenario para la Batalla de la Arada, que ocurrió el 2 de febrero.3


BIBLIOGRAFIA:

  1. Hernández de León, Federico. (1963) [1926] El libro de las Efemérides. Capítulos de la Historia de la América Central. V. Guatemala: Tipografía Nacional. p.85
  2. Ibid., p. 86.
  3. Ibid., p. 87.