15 de octubre de 1882: el influyente político liberal hondureño Ramón Rosa publica un sentido epitafio tras la muerte de José Milla y Vidaurre

15octubre1882
El entonces lujoso Cementerio General de la Ciudad de Guatemala en 1896. En esta avenida fue sepultado el escritor José Milla y Vidaurre en 1882; al fondo se observa el ya desaparecido monumento al general Miguel García Granados. En el recuadro: el político y escritor hondureño Ramón Rosa. Imágenes tomadas de Wikimedia Commons.

En los primeros años del gobierno de J. Rufino Barrios, los hondureños Ramón Rosa y Marco Aurelio Soto tuvieron un papel destacado como ministros de Estado.  De hecho, tuvieron mucho que ver en la reforma educativa que eliminó la educación religiosa e impuso la laica en todo el país.1 A cambio de sus servicios, Barrios colocó a Soto como presidente de Honduras en 1877, y Rosa se fue para allá convertido en un poderoso primer ministro2 (Nota de HoyHistoriaGT: Soto, a su vez, correspondió a esta ayuda de Barrios, enviándole una contribución mensual durante el tiempo que estuvo en el poder3 hasta que fue derrocado por el mismo presidente guatemalteco cuando ya no le era útil para sus planes políticos en 1883).

Soto y Rosa fueron discípulos del connotado literato y político guatemalteco José Milla y Vidaurre en la Facultad de Derecho de la Nacional y Pontificia Universidad de San Carlos, y también tuvieron clases particulares de Literatura con el escritor e historiador, en las que compartieron con otros importantes literatos y profesionales guatemaltecos, como Antonio Batres Jáuregui, Salvador Falla y Ricardo Casanova y Estrada (quien sería posteriormente el arzobispo de Guatemala y, por ende, enemigo acérrimo de las políticas liberales).

Tras enterarse de la muerte de Milla y Vidaurre, acaecida el 30 de septiembre de 1882, Rosa (quien todavía era primer ministro en Honduras tras la reelección de Soto en 1881) escribió un artículo al respecto, el cual consideramos es un merecido epitafio para el fallecido escritor y del cual reproducimos algunos párrafos a continuación:4

Jamás se me olvidan las impresiones experimentadas en aquella edad dichosa, en que despierta el alama a la vida del sentimiento y de las ideas.  Allá, por el año de 1864, en las horas de esparcimiento que me dejaban mis asiduos cuanto malogrados estudios de Filosfía escolástica, leía, con el más vivo interés, sintiendo ciertas extrañas palpitaciones del corazón, ‘La Hija del Adelantado’, preciosa novela histórica de José Milla, cuya narración, llena de colorido y de poesía, me hacía ver, rebosando de vida, a doña Leonor de Alvarado, tan joven como hermosa, tan hermosa como enamorada y a doña Beatriz de la Cueva, a la Sin Ventura, cuya firma autógrafa después he visto, muriendo con el alma presa de todos los dolores, en medio de la primera catástrofe de que fue teatro, en el siglo XVI, la Ciudad de Santiago de los Caballeros, edén perdido, que ano haberse conjurado en su contra la naturaleza, aún fuera, después de México, la población más importante de la América Española. […]

Una de mis ilusiones de adolescente, inspirada por la lectura de ‘La Hija del Adelantado’, fue la de conocer al autor de obra tan bella, y que, en mi supina ignorancia, consideraba exenta de todo defecto, y por ende, libre de ser objeto de la más leve crítica.  Me solazaba con los recuerdos históricos, y con las creaciones del sentimiento y de la imaginación del autor; no veía, ni podía ver su obra al trasluz de los principios y de las exigencias del arte.  A los dieciséis años, aun c0n instrucción, de la que he carecido y carezco, no se puede ser crítico; sólo se puede sentir y admirar.  […]

En el año de 1867 ví realizada mi acariciadísima ilusión: conocí a José Milla.  El autor de los “Cuadros de Costumbres” y de “La Hija del Adelantado” daba lecciones privadas de Literatura a los jóvenes más distinguidos de Guatemala y de las Repúblicas vecinas, entre quienes se contaban Antonio Batres Jáuregui, Marco Aurelio Soto, Salvador Falla, y Ricardo Casanova, hoy sacerdote, y sin duda el sacerdote más instruído de la América Central.

¡Cómo tengo grabado el recuerdo de aquellos días y de aquella fecha en que conocí a José Milla! […] Después de haber recorrido, en estudiantil paseo, la bella alamdea del Teatro de Carrera, formada de frondosos amates y de copados naranjos que perfuman el aire con las ricas emanaciones de sus miles de azahares, llegué, acompañado de Marco Aurelio Soto, a la modesta casa de Milla, que vivía a la sazón cerca del barrio de la Merced.  Llegué con toda la timidez y hasta con el encogimiento propio del estudiante provinciano.  Iba a cumplir un gran deseo; pero temía encontrar algo grande que me avasallase, y esto me daba pena; más la presentación cordial de Soto, mi cariñoso amigo, y la buena acogida de Milla, del hombre modesto, afable y civilizado, me hicieron olvidar bien pronto mis secretas inquietudes. […]

Milla, que en aquella época tenía una altísima posición política y literaria, aun viendo en mí lo que podía ver, a un imberbe y pobre estudiante, me recibió con su genial benevolencia, y accedió gustoso a mi deseo, manifestado por Soto, de ser su discípulo en la clase de Literatura.  

Nunca olvidaré las lecciones que Milla nos daba, de cinco a seis de la tarde, en su cuarto escritorio, y a la moribunda luz del sol poniente que penetraba a través de los limpios vidrios de la ventana de la habitación.  Nos explicaba los preceptos del arte del bien decir, las reglas del arte poética, y por vía de ejemplo, pasaba en revista los escritos en prosa y verso de los más afamados clásicos en la literatura española, que conocía profundamente.[…]

A vuelta de muchsa vicisitudes que sólo a mí interesan, vino en mi ayuda la reflexión, y me hice hombre.  Terminé mi carrera de abogado, y tal vez, por mi mal, me inicié en la vida política.  La lógica de las ideas, de las edades y de las circunstancias, me separó de mi maestro de Literatura.  Vino la revolución de 1871 en brazos de la opinión pública: Milla tan docto, tan lleno de experiencia, miraba al pasado: yo, tan indocto, tan inexpecto, miraba al porvenir: él se impuso voluntario destierro, y fuese al extranjero a acrecentar, todavía más el caudal de su rica inteligencia; y yo, joven y entusiasta, quedéme trabjaando, en la escasa medida de mis fuerzas, alentada por ciega fe, cifrada en la regeneración social y política de Centro América.[…]

He estudiado las obras de Milla y he reflexionado sobre ellas; y si hoy no las considero como pdroducto del genio creador, las considero, en su mayor parte, como hijas de un verdadero talento, de una vigorosa imaginación, de una instrucción sólida y variada, y de un delicado gusto en materias literarias.

Nadie que haya leído ‘La Hija del Adelantado’, ‘Los Nazarenos’, ‘El Visitador’, ‘Los Cuadros de Costumbres’, ‘El Libro sin Nombre’, ‘Un Viaje al otro mundo, pasando por otras partes’, y el primer tomo de la ‘Historia de la América Central’, podrá negar a José Milla dotes de eminente escritor.  Nadie podrá negarle un ingenio fecundo, una imaginación amena y chispeando, una erudición vastísima, un selecto y delicado gusto, un estilo lleno de intención y de agudezas, y un lenguaje puro y correcto que valióle el honrosísimo título de Miembro Correspondiente de la Real Academia Española.  Nadie que haya leído y estudiado las muchas obras, de diverso género, de José Milla, del escritor más fecundo de Guatemala, podrá negar que tan isigne hombre de letras es una honra, es una gloria nacional de Centro América.

Y un hombre tan importante, que vivió en medio de una honradísima pobreza, porque Milla fue siempre probo; y literato tan esclarecido que, a costa de penosísimas vigilias, escribía la grande obra de la ‘Historia de la América Central’; y maestro tan desinteresado, benévolo y cariñoso, ha muerto, ha desaparecido para siempre, dejando un gran vacío en los puestos desocupados de las letras centroamericnas, vacío sólo comparable, en su grandeza, a la grandeza de la incedible pena de todos los que sabíamos a estimar a José Milla, por su talento, por sus obras, por ser, en fin el Ilustre Decano de la Literatura Centroamericana.[…]4


BIBLIOGRAFIA:

  1. Moré Cueto, Julián (15 de noviembre de 1895). «Ex-ministros de Instrucción Pública». El Educacionista: órgano del Ministerio de Instrucción Pública (Guatemala: Tipografía Nacional). Tomo II (16).
  2. Barrientos, Alfonso Enrique (1948). «Ramón Rosa y Guatemala»Revista del archivo y biblioteca nacionales (Honduras) 27 (3-4). Archivado desde el original el 19 de diciembre de 2014.
  3. Tipografía El Renacimiento (3 de agosto de 1885). Memoria de las riquezas de la mortual del Señor General expresidente Don Justo Rufino Barrios, en su relación con los intereses de la Hacienda pública (2.ª edición). Guatemala: Tipografía de “El Renacimiento”. p. 26.
  4. Rosa, Ramón (1896) [1882]. «José Milla y Vidaurre»La Ilustración Guatemalteca (Guatemala: Síguere, Guirola y Cía) I (6). pp. 83-85.

 

28 de agosto de 1871: solicitan la expulsion de los Jesuitas de toda la República

28agosto1871
Vista general de Quetzaltenango en 1896.  En esta ciudad fue en donde se exigió inicialmente la expulsión de los jesuitas. Imagen publicada por “La Ilustración Guatemalteca

Tras la Reforma Liberal de 1871 aparecieron numerosos clubes liberales en favor de una reforma radical y rápida, entre los que sobresalían los de la Ciudad de Guatemala y los de Amatitlán. Estos clubes, que se autodenominaban “Junta Patriótica”, eran imitaciones de los iniciados durante el movimiento de la independencia en la década de 1810, aunque las juntas de 1871 eran anticlericales y, de acuerdo a algunos historiadores, dominadas por los masones. Entre los miembros de la junta de la capital se contaban figuras políticas como las de Marco Aurelio Soto y Ramón Rosa, quienes luego desmempeñarían papeles politicos prominentes después de que J. Rufino Barrios llegara a la presidencia en 1873. Rosa, por su parte, alcanzó gran notoriedad a través de sus escritos anticlericales. De hecho, todos los miembros de estos grupos eran figuras políticas sobresalientes en la comunidad y ardientes partidarios de Barrios,  que opinaban que con el liderazgo moderado de Miguel García Granados no podría llegarse a la reforma radical que exigían.

Cuando la Junta de Quetzaltenango empezó a exigir la expulsión de los jesuitas de su localidad, algunos escritores respaldaron la expulsión de la compañía de toda la república; por ejemplo, el 28 de agosto de 1871 Inés Ramírez, uno de los miembros de las juntas, acusó a la Compañía de Jesús de acoger “miembros hipócritas, vanidosos, orgullosos y fanáticos empeñados en impedir el progreso y en matener al mundo entero en la ignorancia”. La demanda de Ramírez seguía la de la Junta Patriótica en la capital, la cual había hecho circular un escrito en el que enfatizaba el hecho de que la demanda de expulsión de la república “no implicaba que se considerara un destino similar para las otras sociedades religiosas”; de hecho, la Junta “encontraba mucho que alabar en estas últimas, ya que a través de sus enseñanzas de principios morales ayudaban significativamente a la civilización del pueblo”.

Las Juntas consideraban, que los jesuitas “ponían en peligro la estabilidad política a causa de su riqueza, porque pervertían la inteligencia de la juventud; oprimían al clero religioso nacional, cuya misión evangélica era la caridad y la paz, y desviaban a través del fanatismo a los elementos más débiles e inocentes de la sociedad, a quienes los jesuitas habían convencido que religión y jesuita tenían el mismo significado”.  Se llegó a decir que esta acción había sido reconocida en todos los países civilizados y aun por el Papa Clemente XIV y se urgía a los superiores religiosos a “apaciguar las mentes perturbadas de los ciudadanos quienes habían sido agitados por los jesuitas para evitar su exilio”.

Como quedó demostrado apenas un año más tarde, lo que a las Juntas les interesaba no era el bienestar de los ciudadanos y evitar el fanatismo, sino salir del más incómodo de sus rivales: las órdenes regulares de la Iglesia Católica, por ser ellos los propietarios de las mejores haciendas, trapiches e ingenious de la República.  Los jesuitas fueron los primeros en ser expulsados, seguidos de las demás órdenes en 1872.  Acto seguido, los liberales fueron tras las propiedades comunales de los indígenas, a quienes les despojaron de éstas por medio de hábiles ardides legales en los que hizo una subasta de los ejidos y tierras comunales y no se le permitió ofertar a las comunidades indígenas.  De esta forma, surgieron los grandes latifundios cafetaleros y ganaderos que caracterizaron a la economía guatemalteca del período liberal.


BIBLIOGRAFIA:

 


30 de mayo de 1877: con fuerte apoyo del presidente liberal de Guatemala, general J. Rufino Barrios, el licenciado Marco Aurelio Soto es juramentado como presidente constitucional de Honduras

 

30mayo1877
Retrato a lápiz del licenciado Marco Aurelio Soto, presidente de Honduras de 1877 a 1883. Imagen tomada de Wikimedia Commons.

La influencia de los dos más grandes caudillos guatemaltecos del siglo XIX en sus vecinos del este fue dominante, al punto que cuando el general Rafael Carrera fue nombrado presidente vitalicio en el país, tanto Honduras como El Salvador tuvieron gobiernos conservadores, mientras que cuando J. Rufino Barrios se consolidó en el poder, ambos países tuvieron gobiernos liberales.

Tal como relata el historiador Federico Hernández de León, el general Barrios “hizo lo que quiso” con la política de sus vecinos, y la llegada de Soto al poder en Honduras es el mejor ejemplo de esto.

En 1876 el gobierno conservador de José María Medina en Honduras se estaba desmoronando, principalmente con el escándalo de los empréstitos para la construcción del Ferrocarril Nacional, por lo que los liberales hondureños solicitaban cambios en la administración pública. El presidente guatemalteco vió en esto la oportunidad para establecer un régimen liberal afín a sus intereses, por lo que propició la llegada de Marco Aurelio Soto al poder, junto con el primo de éste, el licenciado Ramón Rosa. Barrios tenía plena confianza en estos dos personajes, ya que ambos formaban parte de su gabinete en Guatemala en las carteras de Instrucción Pública y Relaciones Exteriores.

A principios de 1876, tras las elecciones en El Salvador en que resultó electo Andrés del Valle, Barrios se reunió con éste en Chingo, en la frontera entre ambos países, donde acordaron apoyar la invasión de Honduras para instalar a Soto; Barrios y del Valle se comprometieron a poner mil hombres para dicha causa, pero los hechos políticos se precipitaron en contra del presidente salvadoreño , debido a la desconfianza de Barrios por la permanencia en el Gobierno del mariscal González como vicepresidente, luego de haber sido presidente antes que Valle.

El 25 de abril se negoció la paz en Chalchuapa y se acordó que Valle dejara la presidencia y que el mariscal González la dirección del ejército, además de que con el permiso de Barrios, se confirmó al doctor Rafael Zaldívar como presidente de El Salvador. Ya con este aliado, Soto ingresó a Honduras con la ayuda de Barrios y se proclamó Presidente e inauguró su administración en la Isla de Amapala; a continuación, Soto ordenó que se practicarán elecciones generales en fecha 22 y 25 de abril de 1877. Soto era el candidato oficial y no hubo contendientes de los conservadores ni independientes, así que la Asamblea Nacional reunida en Comayagua dio a Soto la legitimidad del proceso y lo invistió como el Vigésimo Presidente de Honduras para el periodo de 1878 a 1881. Su ideólogo y Ministro General fue Ramón Rosa, con quien emprenderían una ardua labor de transformar a la nación hondureña siguiendo los preceptos liberales que ya habían utilizado en Guatemala.

El apoyo a Soto le representó a Barrios un tributo feudal que pasó Soto en tabaco y ganado, sin pagar exportación, por $60.000 anuales, además de enormes ganancias en sociedad en juegos de recreo tales como peleas de gallos y carreras de caballos.

Irónicamente, cuando Soto ya no era conveniente a los intereses de Barrios, fue el propio presidente guatemalteco quien lo derrocó en 1883; además, fue Zaldívar el que traicionó a Barrios en 1885, resultando en la muerte del general guatemalteco tratando de reunificar a Centroamérica.


BIBLIOGRAFIA: