26 de noviembre de 1831: el gobierno del Estado de Guatemala declara que las poblaciones de la costa del norte formaran el distrito de Livingston en el departamento de Chiquimula

Edward Livingston, diplomático y politico estadounidense que escribió un código legislativo que los criollos liberales guatemaltecos pretendieron implementar con resultados desastrozos.  En su honor, el distrito ubicado en la desembocadura de Río Dulce fue nombrado “Livingston”.  Imagen de Library of Congress, Washington, D.C..

Durante la época colonial el comercio con la Península Ibérica se hacía desde el Puerto de Omoa, ubicado en la costa de la moderna Honduras.  El territorio que actualmente ocupa el Estado de Guatemala no tenia puertos de salida hacia el Océano Atlántico y eso fue algo que los gobiernos tardaron décadas en arreglar, debido a las constantes guerras que se sucedieron.  Al mismo tiempo, los ingleses aprovecharon ese abandono de la costa noreste de Guatemala para reforzar su posición en el asentamiento de Belice, que entonces se extendía desde Yucatán hasta el río del mismo nombre.

El 26 de noviembre de 1831 se produce el primer intent de establecer una ruta commercial en el norte de Guatemala y para ello se crea el distrito de Livingston en el departamento de Chiquimula.  Se reproduce a continuación el decreto de formación de dicho distrito, por los datos históricos que contiene:

El jefe del Estado de Guatemala con autorización del cuerpo legislativo, y con el objeto de arreglar, bajo el orden legal, las poblaciones establecidas, y que se establezcan en las costas del norte entre los límites del estado, decreta:

  1. Las poblaciones establecidas, y que se establezcan en las costas del norte de este estado, formarán in distrito del departamento de Chiquimula.
  2. Se erige en cabecera de este distrito la que ha levantado el ciudadano Marcos Monteros en la desembocadura del río que sale del golfo dulce.
  3. Y para que el distrito y su cabecera sean un monumento a la legislación y la libertad; para hngar la memoria del legislador patriota Americano, cuyo sistema penal se propone adoptar el Estado, y como anuncio de seguridad y protección, tendrán por nombre Livingston.

¡Qué lejos estaban los criollos liberales de imaginar que ese mismo sistema legislativo que intentaron imponer en el Estado sería el principio de su fin!  Edward Livinston fue un legislador estadounidense que escribió un código legislative para el Estado de Luisiana, en los Estados Unidos, el cual fue traducido al español por el liberal José Francisco Barrundia y transformado en la ley del Estado de Guatemala pocos años después.  Pero tenia el problema de que era totalmente anticlerical, aprobando el divorcio, el matrimonio civil y estableciendo novedosos juicios de jurados para los que se habría necesita tener una población altamente educada.

No pasó mucho tiempo para que se iniciaran las revueltas contra el nuevo sistema judicial al que los curas párrocos (que tenían gran influencia entre los campesinos guatemaltecos) acusaron de herético.

A pesar de la derrota de los liberales en 1839 el poblado mantuvo su nombre, y lo ha mantenido hasta la fecha.

BIBLIOGRAFIA:

 

 

 

 

 

9 de noviembre de 1812: las cortes españolas eximen a los indígenas de la prestación de servicios y raciones a los curas párrocos, y los obliga a pagar diezmo como el resto de pobladores coloniales

Ruinas de la Ermita del Espíritu Santo en la ciudad de Antigua Guatemala.  En dicha ciudad abundaban los templos católicos tanto regulares como seculars.  Imagen tomada por Juan José de Jesús Yas aproximadamente en 1910.

Si bien hubo in cambio en la orientación de la Iglesia Católica luego del Concilio Vaticano II en la década de 1960 cuando se puso mucho énfasis en el servicio social de los eclesiásticos, anteriormente sus miembros habían gozado de amplios privilegios.

Durante la época colonial, por ejemplo, el clero secular estaba obligado a tener bajo su cuidado las diferentes parroquias de poblados indígenas, a cambio de los cual recibía servicios y alimentos gratuitamente por parte de los pobladores.  Este beneficio era tan deseado por el clero, que las órdenes regulares que formaron las doctrinas originales en el siglo XVI, se resistieron a entregarlas a las parroquias seculares hasta la segunda mitad del siglo XVIII y solamente porque las relaciones entre la Corona y la Iglesia se resquebrajaron.

La época turbulenta que vivió España en la década de 1810 luego de la invasión napoleónica favoreció que se emitieran leyes que modificaran muchas de las prestaciones que tenían los eclesiásticos. Si bien muchos de los diputados a las Cortes eran miembros de la Iglesia, muchos de los cambios propuestos prosiguieron y llegaron a convertirse en leyes, entre ellos la eliminación del trabajo gratuito que los pobladores indígenas hacían para sus curas párrocos.

Cuando Fernando VII recuperó el trono derogó las leyes de las cortes, hizo prisioneros a los diputadores y restableció muchos de los privilegios de la Iglesia.  En Guatemala, tras la Independencia de Centroamérica los eclesiásticos mantuvieron su posición de élite hasta 1829, en que el partido conservador fue derrotado por los ejércitos liberales de Francisco Morazán quien expulsó a todos los frailes de Centroamérica y le quitó todos los privilegios al clero secular.

Tras la derrota de Morazán a manos de Rafael Carrera en la Ciudad de Guatemala en 1840, el gobierno conservador se restructuró en el Estado de Guatemala y debido a que la revolución era eminentemente católica, restableció todos los privilegios que la Iglesia había tenido hasta 1829.  Dichos beneficios se mantuvieron vigentes hasta el proceso de Reforma Liberal iniciado por J. Rufino Barrios en 1873.

BIBLIOGRAFIA:

 

 

1 de noviembre de 1896: la revista cultural “La Ilustración Guatemalteca” publica un reportaje sobre el entonces lujoso Cementerio General de la Ciudad de Guatemala

Fotografía de la Alameda Central del Cementerio General de la Ciudad de Guatemala en 1896.  Imalgen de Alberto G. Valdeavellano.

Reproducimos a continuación el reportaje publicado por “La Ilustración Guatemalteca” el 1 de noviembre de 1896, el cual contiene importantes datos históricos de las personas sepultadas en el Cementerio General por ese entonces y de la marcada segregación social que caraterizaba a la sociedad guatemalteca de la época.

UNA EXCURSION AL PAIS DE LOS MUERTOS

Hace pocos días que el señor Síguere, dueño de este periódico, y mis amigos los señores Joaquín Méndez y Rafael Spínola, tuvimos la idea de emprender una peregrinación curioso-artística al Cementerio General de esta ciudad.  Al efecto, tomando un landó nos dirigimos hacia donde se pone el sol, que es el lugar en donde reposan nuestros muertos queridos.

El grupo viajero tiene más o menos el mismo temperament; somos los últimos unos neurópatas.  El señor Síguere, teniendo nuestro mismo temperamento, nos lleva la ventaja de que en la ocasión sabe dominar sus nervios y encerrarlos bajo una coraza de acero que debe haber comprador en los bordes del Támesis.

En fin, el automedonte nos llevó, de esta ciudad de fiestas y alegrías a las puertas de lo que ha dado en llamarse la Cita dolente.  Y hemos llegado allí ante el hermoso portico estilo Renacimiento puro, que separa la ciudad de los vivos, de los muertos.  Se lee en el fronstispicio una inscripción latina, en estilo lapidario, que a mí me deja sin cuidado siempre que la leo.  Traspasamos el umbral y henos allí frente a frente con aquel bosque de ángeles alados, cruces solitarias, ojivas airosas que forman el vértice de los innumerables monumentos en cuyo seno reposan los muertos.

La vista que el conjunto produce es agradable.  Los tibios rayos del sol poniente lo envuelven todo en suave melancolía.  Se conoce que allí de verdad hay paz y calma.  Hasta el viento respeta aquel santuario.  Por allí no pasan pájaros ni aves canoras.  El olfato percibe olores de tierra removida, y si el oído se aguza adivinará que allí ha habido cánticos, plegarias, ayes y desesperaciones.

Los cuatro estábamos serios, sin saber por dónde dirigirnos; por fin nos decidimos por el camino de la derecho para comenzar por lo más modesto.  En el lado opuesto está el barrio de los ricos con sus capillas suntuosas, con sus templetes griegos, con sus monumentos costosos, con sus alegorías de mayor o menor gusto.

Comenzamos nuestra peregrinación.  Una de las primeras capillas que se encuentran es la de Herrera, familia de las más acomodadas del país y que tuvo por jefe a don Manuel, Ministro de Fomento del general don J. Rufino Barrios, y qu ha dejado recuerdos en el país, de haber sido una persona amable, inteligente y de las más emprendedoras de la República.

A pocos pasos se encuentra el monument de un guerrero.  Un general de aspect joven yace en tierra, muerto por bala enemiga. El ángel de la Gloria con un rostro airado mira hacia el infinito, cobijando bajo sus brazos al héroe y al mártir. 

El que ve aquel grupo heróico no llora; llora sí, de ira y de patriotismo; y del fono de su corazón se exhale esta plegaria: “Felices de los que mueren luchando por un gran ideal”. El muerto allí enterrado se llamó en vida Venancio Barrios.

Caminando más, y hacia el lado de la derecho, se encuentra una aglomeración artística de piedras tocas, carcomidas por el tiempo y ya invadidas por la yedra.  En una place de mármol se lee esta autógrafa: “Julio Rosignon”.  Ese es el nombre de un sabio naturalista francés que vino a Guatemala en días en que la ignorancia se cernía sobre nuestro país; que abrió cátedras, que difundió luces, que fue active miembro de la Sociedad Económica, que inició la idea de rodea la ciudad de parques, que creó nuestros squares, sembró varias alamdeas, introdujo el cultivo de plantas  útiles y murió pobre y olvidado.

Siguiendo el camino se encuentra hacia la izquierda un monumento muy modesto, ennegrecido por el agua y con una lápida con caracteres borrosos.  Ese monumento encierra a dos de los más grandes medicos que ha tenido el país.  Allí reposan las cenizas de los doctores Esparragoza y Pérez, los cuales fueron trasladados del antiguo cementerio al lugar donde hoy se hallan por disposición de la Junta Directiva de la Facultad de Medicina y Farmacia.

Seguimos adelante, y dando la vuelta nos diriginos hacia el panteón modesto en donde se entierra a los pobres. ¡Cuántos nombres, cuántos nombres de personas conocidas o amadas!  Allí un antiguo compañero de infancia; allí una virgen arrebatada de la tierra en sus mejores años; allí un hombre malo a quien el sepulcro le ha hecho perdonar sus faltas, ¡ay! pero todos conocidos, algunos amados.  Pasando a orillas de sus tumbas se les saluda y se les envidia; ellos descansan ya, nosotros vamos solitarios y mudos deletreando los enigmas que se encierran tras los epitafios que ocultan sus nombres.  Y así llegamos allá en donde terminan los monumentos y comienza la llanura de los pobres.  Amplia es ella, hasta perderse de vista.  Para llegar a donde reposan los miserables hay que pasar un puente de hermosas arcadias tendidas de uno al otro lado del barranco. Si golpéais duro aquel pavimento, tendréis aquelarre de cráneos, porque el vientre de aquel Puente contiene el “Osario” de aquel cementerio, y allí están confundidos, mientras no se vuelvan polvo, la multitude de huesos de las generaciones de la gente sin familia o de la familia olvidadiza que dejó caer a los restos de los suyos en aquel abismo espantoso.

Nosotros no nos atrevimos a atravezar el puente fatal, contentándonos en contemplar desde lejos las tumbas de los pobres, todas uniformes y pequeñas, sin más que nombres ignorados para el mundo y que hacen el efecto, vistas desde lejos, de batallones que se aprestaran esde este mundo al combate de la muerte contra lo desconocido.

El grupo hizo allí reflexiones que llegaron hasta tener colorido filosófico. Atrás, los ricos con sus suntuosas capillas; y sus inscripciones más o menos mentirosas; adelante y hasta perderse en el lejano confín, la muerte niveladora que se ha tragado en su sepulcro a multitud de generaciones que no han dejado rastro ni huella; y todos más o menos tristes, agachamos la cabeza, influenciados, yo no sé por qué pensamiento, siguiendo nuestro camino agobiados por la idea triste de que es mentira que existe la igualdad ni aun en la tumba. 

Regresamos por la calle que conduce al punto céntrico del cementerio, donde se encuentra el monumento de García Granados, que encierra sus restos, y ya al pie de él nos dimos a contemplar la puesta del sol que, precisamente en ese momento, ocultaba su faz tras la majestuosa y azulada mole del Volcán de Agua.  Los celajes de amarillo pálido que llenaban la inmensa extension del horizonte, semejaban un océano de oro en fusion, sobre el cual se iban a precipitar parvadas de nubecillas en formas de cirrus que se disolvían al contacto de aquel líquido hirviente.  Naturleza estaba callada y triste; no se oía ni un ¡ay! ni un gemido. Nosotros no sabíamos qué admirar más, si la ida del sol, o la tristeza y semioscuridad en que estaban envueltos los teocalis lejanos, cementerio también de los indios anteriores a la conquista y que forman tan especial contraste con el cementerio de los cristianos; o la tristeza de nuestros propios corazones que también ¡ay! son otros tantos cementerios sangrientos en donde están enterradas tantas y tantas ilusiones y esperanzas.

Embebidos estábamos ante aquel paisaje feérico, cuando nos despertó una voz plañidera.  Era la voz de la campana del cementerio, que tocaba a muerto; y uno más se deslizó bajo las arcadas del portico en carro mortuorio y acompañado de deudos y amigos que le conducían a su última morada.

La noche se nos venía encima; nosotros estábamos tristes y cavilosos y nos decidios a terminar la jornada sin punto determinado.

Lo que queríamos era saludos a nuestros muertos ilustres, que en el nuevo cementerio son pocos por contar. 

Atraídos por el arte, para estudiar los monumentos que la riqueza y el amor han levantado a los muertos de la gente privilegiada por el dinero.  En un templete griego vimos que reposaba don Angel Peña, ex-Ministro de Hacienda del general Rufino Barrios; más adelante el general don José Orantes, ex-presidente de la República. Estos han dejado capital suficiente, y sus familias les han elevado monumentos suntuosos.

Cerca de de esa tumba está la de un filántropo; don Luis Asturias, director del Asilo de Dementes y fundador de otros institutos de beneficencia. Su familia le ha erigido un monumento en mármol de muy buen gusto artístico.

Pero lo que en la Avenida en que estos muertos sobresale de toda ponderación, es el sepuldro de doña Agripina de Sánchez.  La señora fue madre de personas muy distinguidas en el país, entre las que se cuentan don Delfino Sáchez, notable Ministro de Instrucción Pública del general Barrios, muerto ya, y don Guillermo Sáchez, honrado industrial.  Ella era viuda de don Francisco Sánchez, notable hombre público en su tiempo.  Nada sé de las cualidades familiares de doña Agripina; esposa de éste último, deben haber sido muchas y su memoria muy querida cuando se le ha levantado el más hermoso monument que hay en el cementerio erigido por la piedad filial.

El monumento del general Barrios es bien conocido, es en su género lo más hermoso y heroic que tenemos en Centro América. La cripta en que reposan los restos del guerero; la oscuridad que rodea el catafalco; las leyendas de las paredes; las coronas que sus fieles le depositan de año en año al pie de aquella tumba. Basta decir que en Centro América no hay monument de mayor costo.  No fue la Nación, fue su vuida la que le consagró ese recuerdo en mármoles y bronces.

BIBLIOGRAFIA:

 

 

27 de octubre de 1828: en el marco de la Guerra Civil Centroamericana, el Jefe del Estado de Guatemala, Mariano de Aycinena publica un manifiesto advirtiendo a la población de la inminente invasión de Francisco Morazán

Firma del Acta de Independencia el 15 de septiembre de 1821.  En este cuadro de Rafael Beltranena elaborado en 1910, Mariano de Aycinena aparece de pie, segundo de izquierda a derecha.  Imagen tomada de Wikimedia Commons.

Luego de alierse con los miembros conservadores de la familia Aycinena, el presidente de la Federación Centroamericana, Manuel José Arce y Fagoaga ordenó a dos mil tropas federales al mando del general Manuel de Arzú para ocupar El Salvador, evento que marcó el inicio de la Guerra Civil Centroamericana. Mientras tanto en Honduras, Francisco Morazán aceptó el desafío: le entregó el mando a Diego Vigil como nuevo jefe del Estado de Honduras y se fue a Texiguat, donde se preparó y organizó sus tropas con miras a la campaña militar salvadoreña.

Tras cruentos combates, el 9 de octubre las tropas federales se vieron obligadas a rendirse y el 23 de octubre el general Morazán hizo su entrada triunfal en la plaza de San Salvador. Unos días más tarde, marchó en Ahuachapán para organizar el ejército con miras a retirar a los conservadores aristócratas y eclesiásticos del poder en el territorio guatemalteco e implantar un orden constitucional afín a la Federación Centroamericana que los liberales ambicionaban.

Al enterarse de estos hechos, el gobernador conservador del Estado de Guatemala, Mariano de Aycinena y Piñol trató de negociar con Morazán, pero como éste estaba decidido a acabar con la hegemonía de los aristócratas y eclesiásticos guatemaltecos, no aceptó ningún trato. Aycinena, al ver que no conseguía una solución pacífica, escribió a sus conciudadanos:

“COMPATRIOTAS:

Con el mayor sentimiento, me veo en la necesidad de anunciaros: que todos los esfuerzos del supremo gobierno nacional, y de las autoridades del Estado, por el restablecimiento de la paz, han sido inútiles: los que llevan la voz y se han apoderado del mando en S. Salvador, tienen interés en prolongar la guerra; porque ella sirve á sus miras personales, y les importa muy poco la suerte de los pueblos.Aspirando á la dominación de toda la república, y al aumento de su propia fortuna, quieren teñir de sangre éste suelo privilegiado, y destruir todas las fuentes de la riqueza de la nación y del propietario particular.Si no fuesen estos los principios de su conducta, ya habrían vuelto á la partia la tranquilidad de que antes gozara: ya habrían convenido en alguno de tantos tratados de paz que se les han propuesto, casi todos ventajosos para ellos mismos; pero los rehúsan, porque de nada se cuidan menos que del bien general.

—Mariano de Aycinena y Piñol
Manifiesto del Jefe de Estado a los pueblos
27 de octubre de 1828″

La preocupación de Aycinena era fundada: el día 12 de abril de 1829, tras una aplastante derrota y una serie de atrocidades de parte de las tropas liberales, el Jefe del Estado guatemalteco tuvo que firmar el Convenio de Capitulación en una de las esquinas del Parque Concordia con Morazán, y fue enviado a prisión con sus compañeros de gobierno; también fue hecho prisionero el expresidente federal Arce y Fagoaga, quien no había participado en los combates. En ese momento, Morazán garantizó la vida y propiedades de todos los conservadores miembros de la familia Aycinena y les ofreció pasaporte para salir del territorio a todo el que quisiera.

Pero el 19 de abril por la tarde, Morazán citó a todos los miembros del Clan Aycinena al Palacio de los Capitanes Generales, en donde tenía su cuartel; llegaron con sus trajes de gala desde el ex gobernador Aycinena hasta magistrados, jefes del ejército y vecinos para tratar “un asunto de interés público”.​ Reunidos en un gran salón, de improviso entró la tropa del francés Raoul, quienes los obligaron a formarse y luego los escoltaron hasta el edificio de la Universidad, que Morazán había convertido en cárcel.

Al día siguiente, Morazán, unilateralamente, anuló el documento de Capitulación.

BIBLIOGRAFIA:

 

13 de octubre de 1848: tras presentar su renuncia en agosto de ese año, la Asamblea Legislativa prohibe al teniente general Rafael Carrera regresar a Guatemala

El capitán general Rafael Carrera y su amigo y aliado, el Mariscal José Víctor Zavala.  Imagen tomada de Wikimedia Commons.

El 21 de marzo de 1847 el teniente general Rafael Carrera firmó un decreto proclamando a Guatemala como República soberana e independiente, separándola definitivamente de la patria federada centroamericana, y se hizo llamar «fundador de la Nueva República».  Sin embargo, y a pesar de sus esfuerzos al frente del gobierno, para agosto de 1848 la situación de Guatemala era caótica: Serapio Cruz (conocido como «Tata Lapo») asaltaba el Quiché promoviendo revueltas en contra del gobierno; había revueltas en el oriente del país; los criollos liberales y conservadores se mantenían en constante pugna, y en medio de todo esto, el presidente Carrera se dio cuenta que su prestigio se esfumaba y que era conveniente renunciar, lo que hizo con el siguiente manifiesto a la Asamblea Legislativa:

“Estoy resuelto a no permanecer más tiempo en la capital y a trasladarme a un país extranjero.  Suplico a los señores representantes que, en recompensa por mis cortos servicios, se sirvan hacer el sacrificio de mantenerse en sesión permanente hasta admitir mi renuncia y nombrar a quien me suceda.  Yo permaneceré en el despacho, mientras este respetable cuerpo se halle reunido”. 

La Asamblea aceptó encantada la renuncia de Carrera pues los criollos (tanto liberales como conservadores) estaban hartos de que un mestizo los estuviera gobernando y pasaron de inmediato a deliberar quién debería sustituirle. Al final, escogieron al señor Juan Antonio Martínez porque pasaba de los sesenta años, había mantenido una posición prudente con todos los gobiernos, había acrecentado su capital honradamente, su firma gozaba del mejor crédito y era liberal moderado, ejemplar padre de familia, sin vicios y con poca ambición de mando pública.

Carrera decidió vender sus propiades de Palencia, junto a otras que tenía en Agua Caliente, Plan Grande, Los Cubes, El Cangrejito y Lo de Silva y la Asamblea Legislativa cedió las tierras de Palencia a la Orden de Predicadores, a quienes solicitó Carrera que las tierras no fueran comprometidas y que se reuniera a los habitantes pacíficamente para educarlos.

El ahora expresidente partió a México; en su ausencia, la Asamblea Legislativa, ahora en poder de los liberales, dictó el 13 de octubre de 1848 una disposición por la que se le declaraba fuera de la ley que debía aplicársele la pena de muerte si osaba regresar al país.  Al enterarse de la bravuconada de la Asamblea, Carrera se rió de buena gana, pues sabía que no iba a pasar mucho tiempo para que lo llamaran nuevamente a hacerse cargo de la situación.

No pasó mucho tiempo: el 5 de junio de 1849 el nuevo presidente, general Mariano Paredes levantó la proscripción que pesaba sobre Carrera, quien a finales de ese año ya estaba nuevamente a cargo de la situación.  Para entonces, los criollos liberales habían huído hacia El Salvador, mientras que los conservadores decidieron aliarse con Carrera para evitar un alzamiento indígena similar a la Guerra de Castas que estaba ocurriendo en Yucatán y en donde estaban ocurriendo masacres de pobladores criollos.

BIBLIOGRAFIA:

 

7 de octubre de 1882: ratifican el convenio firmado en Nueva York entre el presidente J. Rufino Barrios y la compañía del expresidente estadounidense Ulysses S. Grant para construir el ferrocarril entre la frontera con México y la ciudad de Guatemala

General Ulysses S. Grant, expresidente de los Estados Unidos y héroe de la Guerra Civil de ese país.  Obtuvo la concesión para construir el Ferrocarril de Guatemala entre la frontera de México y la Ciudad de Guatemala, pero su compañía quebró antes de poder empezar la construcción.  Imagen tomada de Wikimedia Commons.

La construcción de ferrocarril era algo que interesaba sobremanera al general J. Rufino Barrios, ya que este sería el principal medio de transporte utilizado por él mismo y el resto de grandes caficultores del país para agilizar la exportación del grano.

Mientras se encontraba en Nueva York para finalizar el convenio con México para renunciar al Soconusco se reunió con el expresidente estadounidenses, general Ulysses S. Grant, cuya compañía ferrocarrilera estaba por empezar la construcción del tramo entre la Ciudad de México y Oaxaca, conocido en ese entonces como el “Ferrocarril Meridional de México”. El 6 de octubre de 1882 firmaron un convenio por medio del cual se iba a extender dicho tramo desde Oaxaca hasta la Ciudad de Guatemala, y el 7 de octubre el general encargado de la presidencia en Guatemala, José María Orantes, firnmó la ratificació de dicho convenio.

La compañía del expresidente Grant no logró construir ni siquiera el tramo en México pues debido a malos manejos de los socios de Grant en una firma de inversions, se fue a la quiebra y el propio Grant quedó prácticamente en la miseria.

Es interesante analizar el contrato establecido, para que se el lector se de una idea de cómo se realizaban los convenios con las constructoras de los ferrocariles por los gobiernos liberales:

El Gobierno de Guatemala, deseoso de extender la construcción de ferrocarriles en su territorio para promover el progreso y engrandecimiento del país, ha convenido con el general Ulises Grant, en prolonger sobre el terriotrio de Guatemala la línea del ferrocarril que el ultimo preside, bajo las bases siguientes:

  1. Para llevar a efecto las estipulaciones del presente convenio, el general Ulises S. Grant y los asociados que a él se reúnan para tal propósito, han formado una corporación, con plenos poderes y autoridad para construir, mantener y traficar una línea de ferrocarril y telégrafo en el territorio de Guatemala sobre rutas elegidas por la Compañía del Ferrocarril de Guatemala, con facultad de colectar peajes, derechos de tránsito, muellaje, bodegaje, impuestos por conducción de pasajeros y mercancías, transmisión de telegramas y otros cargos por el uso de la propiedad de la Compañía. Los derechos, poderes y privilegios aquí conferidos serán poseídos y ejercidos por dicha Compañía juntamente con todos los derechos, poderes y privilegios necesarios para el buen éxito, con facultad para obrar y mantenerlos en conexión o conjunción con cualesquiera otras compañías de ferrocarril o telégrafo, dentro o fuera de la República de Guatemala, y con pleno poder para transferir todo, o parte, de los derechos conferidos a la Compañía del Ferrocaril Meridional de México, Corporación legalizada por el Estado de Nueva York en los Estados Unidos de América, o a cualquier otra corporación organizada en los Estados Unidos de América por el referido Ulises Grant y sus asociados, con el objeto de construir ferrocarriles en la República de Guatemala en conformidad con las estipulaciones de este convenio.
  2. El gobierno de Guatemala concede a la Compañía del Ferrocarril de Guatemala la porción de tierras baldías que para la construcción del camino sean necesarias, así como para depósitos y almacenes, dándole una faja de setenta metros de ancho para su curso, Tambien el derecho de tomar de las tierras baldías y ríos, riberas, materiales de cualquiera clase que sean necesarios para la construcción y reparación del ferrocarril y telégrafo: además el derecho de adquirir propiedad privada para el uso público, conforme a las leyes de expropiación del Gobierno de Guatemala.
  3. El gobierno de Guatemala concede a la Compañía del Ferrocarril de Guatemala el derecho de importer, libre de derechos por el término de veinticinco años, todo el material necesario par la construcción de su camino, depósitos, almacenes, etc.

El contrato continua en estos términos, pero que claro que era prácticamente un regalo a la compañía constructura.  Cuando la compañía de Grant quebró y Barrios murió en 1885, el ferrocarril no se construyó, pero el gobierno del licenciado Manuel Estrada Cabrera estableció un contrato muy similar para la construcción del ferrocarril en la década de 1900.

BIBLIOGRAFIA:

6 de octubre de 1982: muere el general e ingeniero Miguel Ydígoras Fuentes, expresidente de Guatemala

Retrato official del general e ingeniero Miguel Ydígoras Fuentes como presidente de la República de Guatemala. Imagen tomada de John F. Kennedy Library and Museum

Originario de Retalhuleu, el general Ydígoras Fuentes estuvo en el exilio tras el derrocamiento de Federico Ponce Vaides y luego intentó afanosamente conseguir patrocinio para derrocar el Gobierno del coronel Jacobo Árbenz Guzmán. Tras el triunfo del Movimiento de Liberación Nacional patrocinado por la operación PBSUCCSS de la CIA en junio de 1954, Ydígoras Fuentes regresó a Guatemala y fundó el Partido Redención.

Fue electo presidente por el sector de la sociedad que pretendía retornar a los gobiernos dictadoriales similares a los de Estrada Cabrera y Ubico (de quien fue Jefe Político), y gobernó a Guatemala del 2 de marzo de 1958 al 31 de marzo de 1963, cuando fue derrocado por un golpe de Estado.

Su gobierno fue significativo porque en 1960 se iniciaron los movimientos rebeldes en el país. Ya había habido antes muchas revoluciones en Guatemala, pero siempre habían sido entre las élites criollas disputándose el poder; esta sería la primera vez que un grupo de clase media iniciaría una revuelta con ideología marxista.  Entre el 11 y 12 de noviembre de ese año, un grupo de jóvenes oficiales, suboficiales y soldados del Ejército Nacional de Guatemala se concentraron en la Ciudad de Guatemala con el fin de derrocar al Gobierno de Ydígoras-Fuentes, fundamentándose por la difícil situación de las unidades militares en cuanto a maltrato y soporte logístico deficiente y por la corrupción y los malos manejos del Gobierno;​ inspirados y alentados por el triunfo de la Revolución Cubana​, se rebelaron el 13 de noviembre pero por falta de coordinación y deserciones tuvieron huir hacia las bases militares de Zacapa y Puerto Barrios, donde fueron derrotados. Los principales líderes, teniente y especialista de inteligencia y el subteniente y ranger Marco Antonio Yon Sosa y Luis Augusto Turcios Lima se tuvieron que esconder y exilar de Guatemala.​  El 7 de febero de 1962, los oficiales rebeldes forman el Movimiento Revolucionario 13 de noviembre (MR-13) que en 1963 se convirtió en las Fuerzas Armadas Reveldes.  Fue el inicio de la Guerra Civil de Guatemala.

En 1961, el gobierno de Ydígoras  autorizó el entrenamiento en Guatemala de cinco mil  tropas cubanas anticastristas en la Finca La Helvetia en Retalhuleu; cedió estos campos de entrenamiento a los expedicionarios a cambio de las promesas que el Gobierno del presidente norteameriano John F. Kennedy de dinero  y un aumento de la cuota guatemalteca de azúcar en el mercado de los Estados Unidos. También puso ala disposición de los Estados Unidos las pistas aéreas en el área de Petén para facilitar la invasion de 1961 a la Bahía de Cochinos en Cuba.

Tras una serie de fuertes protestas estudiantiles y civiles en 1962, su gobierno estaba en la cuerda floja, y para calmar los ánimos autorizó que el expresidente socialista Juan José Arévalo, regresara al país y fuera candidato para las elecciones de 1963. La cúpula del Ejército de Guatemala y las clases altas más conservadoras de la sociedad se opusieron rotundamente, temiendo la posibilidad de que se repitiera la experiencia de 1944-1954.  El 29 de marzo todos los periódicos del país dieron la noticia en sus portadas de que Juan José Arévalo estaba en Guatemala y en la madrugada del 30 de marzo de 1963 Ydígoras-Fuentes fue derrocado por su ministro de Defensa, el coronel Enrique Peralta Azurdia, quien inmediatamente declaró Estado de Sitio y, pensando en que el triunfo electoral de Juan José Arévalo era seguro e inevitable, anuló las elecciones de 1963 acusando a Ydígoras-Fuentes de estar a punto de entregar el poder en las manos del enemigo y obligándolo a salir al exilio en Panamá.​

Años después, estando en el exilio en 1974, Ydígoras-Fuentes afirmó que su derrocamiento fue una consecuencia del fracaso de la Invasión de Bahía de Cochinos en Cuba en 1961; según él, cuando el presidente de los Estados Unidos John F. Kennedy, lo habría utilizado a él como chivo expiatorio.

Ydígoras Fuentes vivió en la Ciudad de Guatemala hasta el día de su muerte, a los 86 años de edad, siendo uno de los presidentes de Guatemala más longevos, detrás de Guillermo Flores Avendaño, Enrique Peralta Azurdia y Efraín Ríos Montt. Falleció de una hemorragia cerebral el 6 de octubre de 1982 y​ fue sepultado en el Cementerio General de esa ciudad.

BIBLIOGRAFIA: