1 de noviembre de 1896: la revista cultural “La Ilustración Guatemalteca” publica un reportaje sobre el entonces lujoso Cementerio General de la Ciudad de Guatemala

Fotografía de la Alameda Central del Cementerio General de la Ciudad de Guatemala en 1896.  Imalgen de Alberto G. Valdeavellano.

Reproducimos a continuación el reportaje publicado por “La Ilustración Guatemalteca” el 1 de noviembre de 1896, el cual contiene importantes datos históricos de las personas sepultadas en el Cementerio General por ese entonces y de la marcada segregación social que caraterizaba a la sociedad guatemalteca de la época.

UNA EXCURSION AL PAIS DE LOS MUERTOS

Hace pocos días que el señor Síguere, dueño de este periódico, y mis amigos los señores Joaquín Méndez y Rafael Spínola, tuvimos la idea de emprender una peregrinación curioso-artística al Cementerio General de esta ciudad.  Al efecto, tomando un landó nos dirigimos hacia donde se pone el sol, que es el lugar en donde reposan nuestros muertos queridos.

El grupo viajero tiene más o menos el mismo temperament; somos los últimos unos neurópatas.  El señor Síguere, teniendo nuestro mismo temperamento, nos lleva la ventaja de que en la ocasión sabe dominar sus nervios y encerrarlos bajo una coraza de acero que debe haber comprador en los bordes del Támesis.

En fin, el automedonte nos llevó, de esta ciudad de fiestas y alegrías a las puertas de lo que ha dado en llamarse la Cita Dolente.  Y hemos llegado allí ante el hermoso portico estilo Renacimiento puro, que separa la ciudad de los vivos, de los muertos.  Se lee en el fronstispicio una inscripción latina, en estilo lapidario, que a mí me deja sin cuidado siempre que la leo.  Traspasamos el umbral y henos allí frente a frente con aquel bosque de ángeles alados, cruces solitarias, ojivas airosas que forman el vértice de los innumerables monumentos en cuyo seno reposan los muertos.

La vista que el conjunto produce es agradable.  Los tibios rayos del sol poniente lo envuelven todo en suave melancolía.  Se conoce que allí de verdad hay paz y calma.  Hasta el viento respeta aquel santuario.  Por allí no pasan pájaros ni aves cantoras.  El olfato percibe olores de tierra removida, y si el oído se aguza adivinará que allí ha habido cánticos, plegarias, ayes y desesperaciones.

Los cuatro estábamos serios, sin saber por dónde dirigirnos; por fin nos decidimos por el camino de la derecho para comenzar por lo más modesto.  En el lado opuesto está el barrio de los ricos con sus capillas suntuosas, con sus templetes griegos, con sus monumentos costosos, con sus alegorías de mayor o menor gusto.

Comenzamos nuestra peregrinación.  Una de las primeras capillas que se encuentran es la de Herrera, familia de las más acomodadas del país y que tuvo por jefe a don Manuel, Ministro de Fomento del general don J. Rufino Barrios, y qu ha dejado recuerdos en el país, de haber sido una persona amable, inteligente y de las más emprendedoras de la República.

A pocos pasos se encuentra el monument de un guerrero.  Un general de aspect joven yace en tierra, muerto por bala enemiga. El ángel de la Gloria con un rostro airado mira hacia el infinito, cobijando bajo sus brazos al héroe y al mártir. 

El que ve aquel grupo heróico no llora; llora sí, de ira y de patriotismo; y del fono de su corazón se exhale esta plegaria: “Felices de los que mueren luchando por un gran ideal”. El muerto allí enterrado se llamó en vida Venancio Barrios.

Caminando más, y hacia el lado de la derecho, se encuentra una aglomeración artística de piedras tocas, carcomidas por el tiempo y ya invadidas por la yedra.  En una place de mármol se lee esta autógrafa: “Julio Rosignon”.  Ese es el nombre de un sabio naturalista francés que vino a Guatemala en días en que la ignorancia se cernía sobre nuestro país; que abrió cátedras, que difundió luces, que fue active miembro de la Sociedad Económica, que inició la idea de rodea la ciudad de parques, que creó nuestros squares, sembró varias alamdeas, introdujo el cultivo de plantas  útiles y murió pobre y olvidado.

Siguiendo el camino se encuentra hacia la izquierda un monumento muy modesto, ennegrecido por el agua y con una lápida con caracteres borrosos.  Ese monumento encierra a dos de los más grandes medicos que ha tenido el país.  Allí reposan las cenizas de los doctores Esparragoza y Pérez, los cuales fueron trasladados del antiguo cementerio al lugar donde hoy se hallan por disposición de la Junta Directiva de la Facultad de Medicina y Farmacia.

Seguimos adelante, y dando la vuelta nos diriginos hacia el panteón modesto en donde se entierra a los pobres. ¡Cuántos nombres, cuántos nombres de personas conocidas o amadas!  Allí un antiguo compañero de infancia; allí una virgen arrebatada de la tierra en sus mejores años; allí un hombre malo a quien el sepulcro le ha hecho perdonar sus faltas, ¡ay! pero todos conocidos, algunos amados.  Pasando a orillas de sus tumbas se les saluda y se les envidia; ellos descansan ya, nosotros vamos solitarios y mudos deletreando los enigmas que se encierran tras los epitafios que ocultan sus nombres.  Y así llegamos allá en donde terminan los monumentos y comienza la llanura de los pobres.  Amplia es ella, hasta perderse de vista.  Para llegar a donde reposan los miserables hay que pasar un puente de hermosas arcadias tendidas de uno al otro lado del barranco. Si golpéais duro aquel pavimento, tendréis aquelarre de cráneos, porque el vientre de aquel Puente contiene el “Osario” de aquel cementerio, y allí están confundidos, mientras no se vuelvan polvo, la multitude de huesos de las generaciones de la gente sin familia o de la familia olvidadiza que dejó caer a los restos de los suyos en aquel abismo espantoso.

Nosotros no nos atrevimos a atravezar el puente fatal, contentándonos en contemplar desde lejos las tumbas de los pobres, todas uniformes y pequeñas, sin más que nombres ignorados para el mundo y que hacen el efecto, vistas desde lejos, de batallones que se aprestaran esde este mundo al combate de la muerte contra lo desconocido.

El grupo hizo allí reflexiones que llegaron hasta tener colorido filosófico. Atrás, los ricos con sus suntuosas capillas; y sus inscripciones más o menos mentirosas; adelante y hasta perderse en el lejano confín, la muerte niveladora que se ha tragado en su sepulcro a multitud de generaciones que no han dejado rastro ni huella; y todos más o menos tristes, agachamos la cabeza, influenciados, yo no sé por qué pensamiento, siguiendo nuestro camino agobiados por la idea triste de que es mentira que existe la igualdad ni aun en la tumba. 

Regresamos por la calle que conduce al punto céntrico del cementerio, donde se encuentra el monumento de García Granados, que encierra sus restos, y ya al pie de él nos dimos a contemplar la puesta del sol que, precisamente en ese momento, ocultaba su faz tras la majestuosa y azulada mole del Volcán de Agua.  Los celajes de amarillo pálido que llenaban la inmensa extension del horizonte, semejaban un océano de oro en fusion, sobre el cual se iban a precipitar parvadas de nubecillas en formas de cirrus que se disolvían al contacto de aquel líquido hirviente.  Naturaleza estaba callada y triste; no se oía ni un ¡ay! ni un gemido. Nosotros no sabíamos qué admirar más, si la ida del sol, o la tristeza y semioscuridad en que estaban envueltos los teocalis lejanos, cementerio también de los indios anteriores a la conquista y que forman tan especial contraste con el cementerio de los cristianos; o la tristeza de nuestros propios corazones que también ¡ay! son otros tantos cementerios sangrientos en donde están enterradas tantas y tantas ilusiones y esperanzas.

Embebidos estábamos ante aquel paisaje férico, cuando nos despertó una voz plañidera.  Era la voz de la campana del cementerio, que tocaba a muerto; y uno más se deslizó bajo las arcadas del portico en carro mortuorio y acompañado de deudos y amigos que le conducían a su última morada.

La noche se nos venía encima; nosotros estábamos tristes y cavilosos y nos decidios a terminar la jornada sin punto determinado.

Lo que queríamos era saludos a nuestros muertos ilustres, que en el nuevo cementerio son pocos por contar. 

Atraídos por el arte, para estudiar los monumentos que la riqueza y el amor han levantado a los muertos de la gente privilegiada por el dinero.  En un templete griego vimos que reposaba don Angel Peña, ex-Ministro de Hacienda del general Rufino Barrios; más adelante el general don José Orantes, ex-presidente de la República. Estos han dejado capital suficiente, y sus familias les han elevado monumentos suntuosos.

Cerca de de esa tumba está la de un filántropo; don Luis Asturias, director del Asilo de Dementes y fundador de otros institutos de beneficencia. Su familia le ha erigido un monumento en mármol de muy buen gusto artístico.

Pero lo que en la Avenida en que estos muertos sobresale de toda ponderación, es el sepuldro de doña Agripina de Sánchez.  La señora fue madre de personas muy distinguidas en el país, entre las que se cuentan don Delfino Sáchez, notable Ministro de Instrucción Pública del general Barrios, muerto ya, y don Guillermo Sáchez, honrado industrial.  Ella era viuda de don Francisco Sánchez, notable hombre público en su tiempo.  Nada sé de las cualidades familiares de doña Agripina; esposa de éste último, deben haber sido muchas y su memoria muy querida cuando se le ha levantado el más hermoso monumento que hay en el cementerio erigido por la piedad filial.

El monumento del general Barrios es bien conocido, es en su género lo más hermoso y heróico que tenemos en Centro América. La cripta en que reposan los restos del guerero; la oscuridad que rodea el catafalco; las leyendas de las paredes; las coronas que sus fieles le depositan de año en año al pie de aquella tumba. Basta decir que en Centro América no hay monumento de mayor costo.  No fue la Nación, fue su viuda la que le consagró ese recuerdo en mármoles y bronces.

BIBLIOGRAFIA:

31 de octubre de 1831: el gobierno del Estado de Guatemala crea y organiza la “Guardia de la Constitución”, el primer cuerpo policial de la vida independiente

Desfile military frente al Palacio del Poder Ejecuitvo de la Ciudad de Guatemala en 1905.  El Palacio, destruido por los terremotos de 1917-18, fue originalmente el Real Palacio y en una de sus secciones funcionaba la cárcel de varones de la ciudad.  Imagen tomada de Wikimedia Commons.

En su obra “Memorias de un Abogado“, el eminente escritor e historiador guatemalteco José Milla y Vidaurre describe la vida en la cárcel de la Nueva Guatemala de la Asunción de principios del siglo XIX, poco antes de la Independencia.  Relata como dicha prisión estaba en el mismo edificio que ocupaba el Palacio de los Capitanes Generales y cómo se comportaban los presos dentro del recinto.  Tambien habla del cuerpo de policía colonial, cuyos miembros eran conocidos como “corchetes”.

Tras la Independencia de Centroamérica en 1821, los “corchetes” siguieron por poco tiempo hasta que fueron sustituidos por uno de los primeros cuerpos de policía que hubo en el Estado de Guatemala: la “Guardia de la Constitución”, la cual se estableció el 31 de octubre de 1831 y estuvo conformada por todos los ciudadanos entre 18 y 46 años de edad.  De hecho, todos aquellos ciudadanos que no fueran ya parte activa de la milicia o del ejército permanente, o que no fueran ni eclesiásticos, médicos o profesores quedaban obligados a enlistarse en la Guardia.

El propósito fundamental del nuevo cuerpo era la conservación del orden público y la ejecución de las leyes y estaba dividida en dos grupos,  movible y sedentaria.  La división movible estaba compuesta por los milicianos comprendidos entre los 18 y los 34 años de edad, y la sedentaria por aquellos comprendidos entre los 34 y 46.  Las obligaciones de la guardia movible eran:

  • Apresar a desertores y delincuentes
  • Escoltar presos
  • Acudir al llamado del Jefe Departamental cuando se requiriera resguardar el orden

Por su parte, la obligación de la guardia sedentaria era la de ayudar o suplir a la movible cuando esta última no se diera abasto.

Los oficiales eran: comandante, capitán primero, teniente, subteniente, sargento y cabo y cada poblado tenia su destacamento de la Guardia, cuyo número dependía de la cantidad de habitantes que hubiera.

Este cuerpo fue modificado durante el gobierno conservador y finalmente sustituido por la Policía Nacional durante el gobierno de J. Rufino Barrios.

BIBLIOGRAFIA:

 

 

29 de octubre de 1899: el gobierno liberal del licenciado Manuel Estrada Cabrera establece las Fiestas Minervalias en honor a la juventud estudiosa

El Hipódromo del Norte durante la época del licenciado Estrada Cabrera.  Al centro se encuentra el Templo de Minerva y a la derecho el Mapa en Relieve.  A la izquierda de la imagen está el diamante de béisbol, que luego se convertiría en el estadio “Enrique Torrebiarte”.  Imagen publicada en “El Libro Azul de Guatemala” en 1915.

El licenciado Manuel Estrada Cabrera se autoproclamó impulsor de la educación y la propaganda de ésta fue una de sus principales políticas de gobierno, cuyo ideal era originalmente alcanzar a toda costa el progreso y ponerse al nivel de los países más desarrollados.  Con esto en mente, impulsó una educación laica para preparar al ciudadano acorde con los ideales liberales y en clara oposición a la educación católica que había existido en  Guatemala hasta 1871.

El decreto 604 del 29 de octubre de 1899 y escrito por el mismo Estrada Cabrera, estipula la celebración de las Fiestas de Minerva con el propósito de clausurar el ciclo escolar. Las celebraciones tendrían lugar el último domingo de octubre de cada año.​ Las fiestas incluían un desfile escolar donde participaban las escuelas nacionales y privadas, enseguida había una ceremonia en un lugar abierto, al inicio, y luego en templos construidos especialmente para esta actividad. Luego del discurso oficial y de pequeños actos de baile a cargo de escolares, tenía lugar una merienda para los niños ofrecida por las damas de la sociedad guatemalteca. Finalmente, la tarde terminaba con juegos infantiles, presentaciones de esgrima y en la noche, las fiestas infantiles cedían a los bailes para adultos.​

Las fiestas no fueron inspiración original del president liberal, sino que de uno de sus más ítimos colaboradores, el licenciado Rafael Spínola, un connotado literato y orador que fungía como Ministro de Fomento de la administración cabrerista y quien murió tras una breve enfermedad en 1901. Spínola era el padre de la escritora guatemalteca Magdalena Spínola.

En las primeras fiestas, a un lado de la pista del Hipódromo del Norte, frente a la amplia tribuna oficial para presenciar las carreras de caballos se edificó un templo helénico temporal para celebrar los festivales infantiles.​ Las autoridades escogieron el hipódromo por lo espacioso del lugar y porque la vista desde la tribuna era espléndida.

Durante la primera fiesta de Minerva se desplomó el templo helénico temporal que se había construido para la escenografía de la actividad; luego de un vendaval, el templo cayó sobre la dama que interpretaba a la diosa Minerva y las muchachas que representaban a sus vestales. La población de inmensa mayoría católica comentó que esto había sido un castigo de Dios, por estar celebrando fiestas paganas en detrimento de las celebraciones y creencias católicas.​ No se reportaron heridos de gravedad pero sí la ira de Estrada Cabrera, quien propuso la amonestación a los constructores del templo y prometió mandar a construir un templo sólido imperecedero, que fuera digno de las recién inauguradas celebraciones estudiantiles.

El templo definitivo estuvo listo para las terceras minervalias en 1901; la estructura fue monumental, de construcción muy sólida y con frisos con alegorías griegas. Se le llamó el Palacio de la Ciencia y se convirtió en el principal escenario de las minervalias, localizado en el Hipódromo del Norte de la ciudad de Guatemala. Siguiendo este ejemplo, las cabeceras departamentales y otros pueblos del país se propusieron construir su propio templo, presionados por los Jefes Políticos de la localidad y utilizando sus porpios aportes.14

Las fiestas minervalias contaban con contribuciones de los mejores poetas y escritores nacionales y extranjeros. En 1902, el poeta peruano José Santos Chocano escribió un poema llamado Pro-Minerva y el nicaragüense Ruben Darío otro llamado Pallas Athenea, ambos dedicados a Estrada Cabrera. Por su parte, el escritor guatemalteco Enrique Gómez Carrillo escribió un artículo celebrando como, mientras otros países celebran fiestas en honor a Marte, en Guatemala se hacían en honor a Minerva y la educación.

ALBUMES DE MINERVA:

BIBLIOGRAFIA:

28 de octubre de 1840: tras recuperar el poder en Guatemala, los conservadores restablecen la antigua Universidad de San Carlos, que había sido clausurada por los liberales en 1831

escudousac1750
Escudo de la Real y Pontificia Universidad de San Carlos de Borromeo en el siglo XVIII.  Publicado en la revista “La Locomotora” en 1907.

Alrededor de la Universidad de San Carlos de Guatemala existen varios mitos que con el paso de los años se han convertido en dogmas para los estudiantes universitarios.  Muchos creen que la Universidad, fundada originalmente en 1676 es en efecto tricentenaria, que siempre ha estado comprometida con las clases populares y que ha sido siempre autónoma.  Por otra parte, existe también la creencia que la Huelga de Dolores que celebrant los estudiantes durante la cuaresma es una tradición que tiene ciento veinte años ininterrumpidos de existencia.

En realidad, tanto la Universidad como la Huelga de Dolores han sido clausuradas por ciertos períodos de tiempos tras los cuales han vuelto a emerger con profundas transformaciones.

Originalmente, la Real y Pontifica Universidad de San Carlos de Borromeo era una institución totalmente dedicada a la enseñanza de teología católica, estando dirigida por los jesuitas o por los más altos cargos del clero secular.  Su facultad de Derecho era especializada en el derecho canónico mientras que su facultad de Medicina se inició hasta en el siglo XVIII, y durante sus primeros dosciendos años de existencia, apenas graduó a un puñado de estudiantes.  En esa época, únicamente aquellos que pertenecían a las más altas capas sociales podían acceder a los estudios universitarios y sus graduaciones eran celebradas con grandes ceremonias que incluían un Te Deum en la Catedral Primada de Santiago.

La primera transformación de la Universidad ocurrió durante las reformas borbónicas en el siglo XVIII:  en ese momento se transformó la educación religiosa y empezó a introducirse poco a poco el pensamiento de la Ilustración que se iba adentrando en Europa.  Además, los jesuitas fueron expulsados de todos los territorios del monarca epañol en 1767, lo que dejó a la Universidad en manos del clero secular y con una educación menos tradicional.  A pesar de todo, estos cambios no fueron tan radicales como lo serían los ocurridos luego de la Independencia de Centroamérica en 1821.

Aquel 15 de septiembre de 1821, la Universidad dejó de ser real y pasó a ser únicamente la “Pontificia Universidad de San Carlos“, quedando de esta forma hasta la invasión de Francisco Morazán en 1829.  El triunfo del general liberal significó la expulsion de los frailes de las órdenes regulares y de los altos jerarcas del clero secular, seguido del cierre de la Universidad.   Los liberales confiscaron todos los volúmenes que se almacenaban en las bibliotecas de los conventos y crearon su propia institución de estudios superiores: La Academia de Ciencias y Estudios.  Esta nueva Academia estuvo dirigida por el doctor Pedro Molina, y desechó por completo la educación religiosa de las aulas universitarias.

Las guerras en el Estado de Guatemala continuaron y tras el triunfo del general Rafael Carrera en 1838, la Academia de Ciencias quedó prácticamente abandonada.  Finalmente, los conservadores restablecieron la Pontifica Universidad de San Carlos el 28 de octubre de 1840, con unos nuevos estatuos que le otorgaban los privilegios y prerrogativas con que fue creada originalmente durante el Imperio Español.  Pero ahora la situación era diferente:  los conservadores gobernaban únicamente en el Estado de Guatemala, y por esta razón, la Universidad ya no tenía jurisdicción en todo el antiguo territorio de la Capitanía General.  De hecho, cada Estado fundó su propia Universidad.

La Pontificia Universidad se mantuvo como tal hasta la caída del regimen conservador en 1871.  Entonces, fue definitivamente clausurada y sustituidas por varias Escuelas Facultativas que eran totalmente dependientes del Ministerio de Instrucción Púbica.  Inicialmente estaban solamente en la Ciudad de Guatemala, pero luego tuvieron sedes en Quetzaltenango.  Estas facultades totalmente laicas fueron:

  • Medicina y Farmacia del Centro
  • Derecho y Notariado del Centro
  • Ingeniería
  • Derecho y Notariado de Occidente

Las facultades seguían siendo exclusivamente para la élite de la Sociedad guatemalteca.  En un artículo sobre el número de estudiantes matriculados a principios del siglo XX el total reportado no llega ni a doscientos alumnus.

Estas fueron las facultades que se organizaron contra los gobiernos de Manuel Estrada Cabrera y de Jorge Ubico.  En 1898 la Facultad de Derecho estableció su Huelga de Dolores, la cual fue cancelada en 1903 luego del asesinato de un estudiante por la policía durante las celebraciones y no se restituyó sino hasta después de la caída del licenciado Estrada Cabrera en 1920.  Al subir el general Ubico al poder en 1931, se volvió a cancelar la Huelga y no reapareció sino hasta en 1945.

La autónoma Universidad de San Carlos de Guatemala se formó hasta en 1944, luego del derrocamiento del general Ponce Vaides el 20 de octubre.  Y fue en ese momento cuando empezó a albergar a estudiantes de clase media y algunos obreros.  Para 1961, cuando la constitución de 1956 permitió nuevamente el retorno de las órdenes de frailes y la educación religiosa, se fundó la Universidad Rafael Landívar y las élites empezaron a abandoner la Universidad Nacional.

BIBLIOGRAFIA:

 

 

27 de octubre de 1828: en el marco de la Guerra Civil Centroamericana, el Jefe del Estado de Guatemala, Mariano de Aycinena publica un manifiesto advirtiendo a la población de la inminente invasión de Francisco Morazán

Firma del Acta de Independencia el 15 de septiembre de 1821.  En este cuadro de Rafael Beltranena elaborado en 1910, Mariano de Aycinena aparece de pie, segundo de izquierda a derecha.  Imagen tomada de Wikimedia Commons.

Luego de alierse con los miembros conservadores de la familia Aycinena, el presidente de la Federación Centroamericana, Manuel José Arce y Fagoaga ordenó a dos mil tropas federales al mando del general Manuel de Arzú para ocupar El Salvador, evento que marcó el inicio de la Guerra Civil Centroamericana. Mientras tanto en Honduras, Francisco Morazán aceptó el desafío: le entregó el mando a Diego Vigil como nuevo jefe del Estado de Honduras y se fue a Texiguat, donde se preparó y organizó sus tropas con miras a la campaña militar salvadoreña.

Tras cruentos combates, el 9 de octubre las tropas federales se vieron obligadas a rendirse y el 23 de octubre el general Morazán hizo su entrada triunfal en la plaza de San Salvador. Unos días más tarde, marchó en Ahuachapán para organizar el ejército con miras a retirar a los conservadores aristócratas y eclesiásticos del poder en el territorio guatemalteco e implantar un orden constitucional afín a la Federación Centroamericana que los liberales ambicionaban.

Al enterarse de estos hechos, el gobernador conservador del Estado de Guatemala, Mariano de Aycinena y Piñol trató de negociar con Morazán, pero como éste estaba decidido a acabar con la hegemonía de los aristócratas y eclesiásticos guatemaltecos, no aceptó ningún trato. Aycinena, al ver que no conseguía una solución pacífica, escribió a sus conciudadanos:

“COMPATRIOTAS:

Con el mayor sentimiento, me veo en la necesidad de anunciaros: que todos los esfuerzos del supremo gobierno nacional, y de las autoridades del Estado, por el restablecimiento de la paz, han sido inútiles: los que llevan la voz y se han apoderado del mando en S. Salvador, tienen interés en prolongar la guerra; porque ella sirve á sus miras personales, y les importa muy poco la suerte de los pueblos.Aspirando á la dominación de toda la república, y al aumento de su propia fortuna, quieren teñir de sangre éste suelo privilegiado, y destruir todas las fuentes de la riqueza de la nación y del propietario particular.Si no fuesen estos los principios de su conducta, ya habrían vuelto á la partia la tranquilidad de que antes gozara: ya habrían convenido en alguno de tantos tratados de paz que se les han propuesto, casi todos ventajosos para ellos mismos; pero los rehúsan, porque de nada se cuidan menos que del bien general.

—Mariano de Aycinena y Piñol
Manifiesto del Jefe de Estado a los pueblos
27 de octubre de 1828″

La preocupación de Aycinena era fundada: el día 12 de abril de 1829, tras una aplastante derrota y una serie de atrocidades de parte de las tropas liberales, el Jefe del Estado guatemalteco tuvo que firmar el Convenio de Capitulación en una de las esquinas del Parque Concordia con Morazán, y fue enviado a prisión con sus compañeros de gobierno; también fue hecho prisionero el expresidente federal Arce y Fagoaga, quien no había participado en los combates. En ese momento, Morazán garantizó la vida y propiedades de todos los conservadores miembros de la familia Aycinena y les ofreció pasaporte para salir del territorio a todo el que quisiera.

Pero el 19 de abril por la tarde, Morazán citó a todos los miembros del Clan Aycinena al Palacio de los Capitanes Generales, en donde tenía su cuartel; llegaron con sus trajes de gala desde el ex gobernador Aycinena hasta magistrados, jefes del ejército y vecinos para tratar “un asunto de interés público”.​ Reunidos en un gran salón, de improviso entró la tropa del francés Raoul, quienes los obligaron a formarse y luego los escoltaron hasta el edificio de la Universidad, que Morazán había convertido en cárcel.

Al día siguiente, Morazán, unilateralamente, anuló el documento de Capitulación.

BIBLIOGRAFIA:

 

26 de octubre de 1856: nace en Guatemala Carlos Herrera y Luna, presidente de la República de 1920 a 1921 y pionero de la producción azucarera a gran escala

guatemalacity1921
Vista aérea de la Ciudad de Guatemala en 1921.  En la esquina inferior derecho se observan la Catedral (sin torres tras el terremoto de 1917-18), el Parque Central y el Palacio de Cartón.  Imagen tomada de Wikimedia Commons.

​Carlos Herrera nació el 26 de octubre de 1856; era hijo de Manuel María Herrera y Delfina Luna. Como empresario, fundó una reconocida industria azucarera guatemalteca en Santa Lucía Cotzumalguapa a comienzos de la década de 1900.  Además, era el diputado por Cotzumalguapa ante la Asamblea Legislativa  durante el gobierno del licenciado Manuel Estrada Cabrera.​

Si bien había participado en la Asamblea, su papel en política se reducía en cabildear para lograr mejoras en la región en donde tenía su empresa azucarera.  Pero todo eso cambió cuando los Unionistas y algunos elementos del gobierno del licenciado Estrada Cabrera pactaron el derrocamiento de éste y acordaron a nombrar a Herrera en su lugar.   Este acuerdo estuvo basado en la exigencia de los Unionistas de que el presidente provisional que sustityera a Estrada Cabrera fuese un hombre que inspirara plena confianza a la directiva del partido unionist y no debía de ser un miembro relevante del partido unionista, dejando para elecciones posteriores la selección del candidato idóneo.

Al final, acordaron que el presidente interino fuera Herrera, mientras que los cabreristas iban a designar a cuatro de sus ministros de gobierno y los unionistas a los otros tres.  Este sería el principio del fin del gobierno unionista, pues fue prácticamente copado por los liberales cabreristas desde un principio.

Los conservadores que se habían unido en el Partido Unionista a finales de 1919 carecían de experiencia política y fueron hábilmente manejados por los antiguos miembros del gobierno liberal de Estrada Cabrera tras la caída de éste.

Ahora bien, el descontento producido entre los políticos cabreristas del país y la oposición a ratificar contratos con la United Fruit Company (UFCO) y otras empresas extranjeras dieron lugar a que Herrera fuera depuesto en un golpe de estado dirigido por el general José María Orellana en el 5 de diciembre de 1921. (Cabe destacar que el general Orellana había sido diputado y Jefe del Estado Mayor del Ejército durante el gobierno de Estrada Cabrera).  Entre los colaboradores de este golpe de Estado estuvo el general Jorge Ubico, quien luego sería presidente de Guatemala.

Tras el golpe de estado del 5 de diciembre se instituyó un triunvirato militar encabezado por el general Orellana y los generales Lima y Larrave. Los miembros del gabinete de Herrera pertenecían al Partido Unionista fueron encarcelados.​

El 27 de diciembre de 1921, frente al notario Carlos Salazar, firmaron como testigos de su testamento Juan Bautista Vásquez, José Quevedo, Dámaso Biguria; en el mismo declaró que tenía diez hijos de su primera boda y dos de la segunda y en la cláusula décima dice: “a sus hijos varones no mezclarse ni dejarse mezclar jamás en la política, por la triste experiencia que había tenido al aceptar la Presidencia de la República, lo que hizo únicamente con el objeto de hacer el bien a su país y en donde solamente cosechó ingratitud y amarguras”.

Tras su derrocamiento, Herrera se exilió en Francia.

BIBLIOGRAFIA:

 

25 de octubre de 1824: el Congreso Constituyente de Guatemala decreta el reglamento del Jefe del Estado, como parte del gobierno de la República Federal de Centroamérica

 

centroamerica1850
Centroamérica en 1840. Obsérve las fronteras indefinidas entre Guatemala, México y Belice, y entre Honduras y Nicaragua.  Nótese también el área ocupada por Guatemala en ese entonces. Imagen tomada de Wikimedia Commons.

Tras la Independencia de Centroamérica, las Provincias Unidas de la región decidieron anexarse al efímero imperio de Agustín de Iturbide. Los criollos liberales y los conservadores pasaron todo el siglo XIX acusándose mutuamente de ser los instigadores  de dicha anexión, pero independientemente de quien haya sido el promotor de la idea, Guatemala salió muy perjudicada al perder Chiapas y, eventualmente, Soconusco.

Cuando las aguas se calmaron un poco luego de la anexión, se estableció la República Federal de Centro América y cada estado estableció su propio gobierno local, pero adscrito al Federal.  Reproducimos a continuación la explicación que da el recopilador de leyes Manuel Pineda de Mont al respecto:

“La constitución federal de Centro América, al prevenir que las intendencias del tiempo del gobierno colonial de España, del Reyno de Guatemala, se constituyesen en estados componentes de la Unión, organizándose como unas pequeñas repúblicas filiales, o subordinadas a la federal, en unos puntos de su administración, y soberanas y absolutas en otros, segun la complicación de facultados que embarazaban su marcha; previene que los funcionarios superiors, encargados de ejercer el poder ejecutivo en cada sección federativa sean llamados “Jefes del Estado”.   

Con esta denominación comenzaron todos a ejercer sus respectivas funciones oficiales, desde su primitive organización en el año de 1824.  Y al decretarse la constitución política de Guatemala, se previno en ella:  que el primer mandatario encargado del gobiero politico superior del estado (poder ejecutivo) se denominase “jefe del Estado”.

Y cuando en 1838 los referidos estados rompieron el vínculo federal, desconociendo la autoridad emanada de la constitución de 1824, reasumiendo cada uno de ellos en sí mismos la plenitud de soberanía en sus respectivas demarcacione territoriales, que antes residía en la federación centroamericana; Guatemala, que había sido hasta entonces la única que había estado sufragando los gastos de la administración al fin imitó a las otras secciones, separándose (la última) del pacto, cuya sombra y fragmentos no podían ya conservarse, y en efecto dió el grito de independencia el 13 de abril de 1839.  Desde entonces se consideró en el libre ejercicio de su plena soberanía nacional.  El supremo encargado del gobierno tuvo la denominación de “presidente del Estado de Guatemala”, conforme al decreto de la asamblea constituyente del 29 de noviembre de 1839, y su misma denominación adoptaron en seguida los otros estados.

A virtud del decreto expedido por el goiberno en 21 de marzo de 1847, elevando el estado al rango de nación libre, soberana e independiente, por los fundamentos consignados en el decreto dicho, y en el manifiesto que se publicó entonces, se llamó desde aquel día, president de la República de Guatemala, cuyo acto se ratificó en decreto de la Asamblea Constituyente dado el 14 de septiembre de 1848.  Y los cuatro estados de la referida pasada federación, siguieron en esto ultimo la conducta política de Guatemala.”

BIBLIOGRAFIA: