1 de abril de 1829: Costa Rica se separa de la República Federal de Centro América

Viendo que la Guerra Civil Centroamericana había dejado prácticamente acéfala a la República Federal, el Estado de Costa Rica decreta la Ley Aprilia, separándose temporalmente de la misma.

1abril1829
Vista de la ciudad de San José, Costa Rica, a principios del siglo XX. En el recuadro: el jefe de Estado de Costa Rica, Juan Mora Fernández, quien aprobó la Ley Aprilia en 1829. Imágenes tomadas de Mi Costa Rica de Antaño y de Wikimedia Commons.

En el marco de la Guerra Civil Centroamericana el Jefe de Estado de Guatemala, el líder aristócrata Mariano de Aycinena, declaró a los liberales guatemaltecos exiliados en El Salvador como enemigos de la patria, lo que agravó aún más la ya frágil situación1 y cuando el presidente Arce fue derrotado categóricamente en Milingo, El Salvador en 1827, fue obligado a retirarse de la presidencia y fue sustituido por el aristócratas Mariano de Beltranena, quien fungía como vice-presidente de la República.2 Después de esto ya no había marcha atrás en la guerra entre los criollos aristócratas y criollos liberales, la cual se agravó en Guatemala cuando los liberales desconocieron a Aycinena en Antigua Guatemala y fueron reprimidos por el gobierno estatal en enero de 1829.3

Aquella fue la excusa que necesitaba el general liberal Francisco Morazán, para invadir Guatemala, y llegar a sitiar la ciudad, en donde se encontraban las autoridades civiles del estado y de la República Federal.  Ante esta situación, el gobierno del Estado de Costa Rica pidió reiteradamente que se llegara a un acuerdo pacífico, pero cuando se hizo evidente que Morazán no iba a parar sino hasta que hubiera tomado la ciudad al frente de su «Ejército Protector de la Ley«,4 el 1 de abril de 1829 el Estado de Costa Rica decidió reasumir la plenitud de su soberanía y se declaró en ejercicio de ella, sin sujeción ni responsabilidad, mientras se restablecían las Supremas autoridades federales, que ya estaban prácticamente derrotadas y solamente buscando como negociar su rendición.5

Al abrirse la quinta legislatura de la Asamblea del Estado de Costa Rica, el Jefe de Estado Juan Mora Fernández dijo: «El gobierno federal no existe ni la representación nacional que formaban los vínculos de la federación. El Estado se halla aislado; su administración, sus relaciones, su conservación, su defensa, su seguridad, todo depende exclusivamente de sus propios recursos y esfuerzos; y en este concepto, los supremos poderes del mismo deben reasumir, en cuanto mira a él, las atribuciones y deberes que gravitan sobre la federación. Bajo esta consideración parece inevitable os sirváis adoptar provisionalmente un régimen unitario, en cuanto al gobierno y aplicación de las rentas que eran destinadas a la federación y los objetos que le eran encargados por la ley, y formar de ellas y las del Estado una masa común para proveer a la administración en todos los conceptos«.6

Así pues, tomando en consideración lo asegurado por Mora Fernández, la Asamblea de Costa Rica emitió el decreto 175, llamado «Ley Aprilia» el cual dice:

La Asamblea Constitucional del Estado libre de Costa Rica, cierta de que a la fech ano existe en ejercicio jerarquía alguna de la Federación Centroamericana; recordando que todas las tentativas para el restablecimiento de aquel ejercicio han sido inútiles; con presencia de que si bien de hecho no existe la Federación, ésta no puede dejar de serlo de recho mientras que los pueblos todos que concurrieron legalmente a formarla, no ocncurran a romperla de la misma manera; reflexionando que en vano ha procurado por su parte Costa Rica obrar siempre sin perder de vista el pacto nacional; considerando que en todo concepto se halla aislada y en absoluta orfandad; atendiendo en fin a que esta situación le acarrea en todo concepto males incalculables, por no haber quien, de parte de la Federación, provea acerca de su prosperidd y seguridad interior y exterior, no poder hacerlo por sí misma ni administrarse, ha venido a declarar y decreta:

Aunque el Estado de Costa Rica es uno de los que componen la República Federal Centro – Americana, reasume en sí , mientras se restablecen las supremas autoridades federales de la misma, la plenitud de su soberanía y se declara en ejercicio de ella sin sujeción, ni responsabilidad a otro que a sí mismo.

Al Consejo representativo.

Dado en el Palacio de la Asamblea Nacional Constituyente, a primero de abril de mil ochocientos veintinueve.

        • Manuel Aguilar, presidente
        • Joaquín Rivas, secretario
        • Juan Diego Bonilla, secretario7

Y tal como lo esperaba Costa Rica, sucedió; el 14 de abril Morazán entró vencedor a la capital guatemalteca, y redujo a prisión a todas las autoridades federales y estatales,8 a quienes mantuvo presos por varios meses hasta que finalmente los expulsó de Centro América.9 Finalmente, en 1831 Morazán fue electo presidente de la República Federal, y Costa Rica se reintegró a la misma, formando parte de ella hasta 1838.4


BIBLIOGRAFIA:

  1. Chamorro, Pedro Joaquín (1951). Historia de la Federación de la América Central, 1823-1840. Madrid: Ediciones Cultura Hispánica. p. 214.
  2. García Granados, Miguel (1894). Memorias del general Don Miguel García Granados.  1. Guatemala. Tipografia Nacional.
  3. Hernández de León, Federico (1963) [1926]. El Libro de las Efemérides; Capítulos de la Historia de la América CentralV. Guatemala: Tipografía Nacional. p. 128-132.
  4. Marure, Alejandro (1895): Efemérides de los hechos notables acaecidos en la República de Centro América de 1821 a 1842. Guatemala: Tipografía Nacional. p. 52.
  5. Cartín, Maritza, (2020). Costa Rica en la República Federal de Centro América (1824-1838). Costa Rica: Mi Costa Rica de Antaño.
  6. Dachner, Yolanda T. (1998). Centroamérica: una nación antigua en la modernidad republicana. En: Anuario de Estudios Centroamericanos. 24 (1-2). Costa Rica: Universidad de Costa Rica. p. 11.
  7. Hernández de León, Federico (1963) [1924]. El libro de las efemérides: Capítulos de la Historia de la América Central. VI. Guatemala: Tipografía Sánchez y de Guise. p. 47-48.
  8. — (1929). El libro de las efemérides: Capítulos de la Historia de la América Central. II. Guatemala: Tipografía Sánchez y de Guise. p. 361-366.
  9. La Antorcha Centro-Americana (11 de septiembre de 1829). Guatemala, septiembre 10. En: La Antorcha Centro-Americana. (7) Guatemala: Imprenta Nueva. p. 28.

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1 de abril de 1854: mandan a publicar concordato de 1852

Se manda a imprimir y publicar el concordato suscrito el 7 de octubre de 1852 entre la Santa Sede y la República de Guatemala

1abril1854
Grabado de la ciudad de Guatemala en 1890, de H. D. Rose, publicado en The Illustrated London News.  La ciudad tenía un aspecto muy similar en 1854, excepto que la catedral no tenía campanarios.  En el recuadro: la porta del Concordato suscrito con la Santa Sede.

Durante la existencia de Guatemala como región o Estado independiente los gobiernos se han ido de un extremo a otro con respecto a su posición con la Iglesia Católica. Tras la independencia se mantuvo la estructura colonial, pero ésta quedó debilitada luego de la fallida anexión al Primer Imperio Mexicano.  Las autoridades de las Provincias Unidas del Centro de América, primero, y de la República Federal de Centro América, después, emitieron una serie de decretos que afectaban directamente a los intereses del poderoso clero, y de los criollos aristócratas, llevando a que éstos dieran un golpe de estado en Guatemala contra las autoridades liberales encabezadas por Juan Barrundia en 1826.1

El derrocamiento de Barrundia dió origen a la Guerra Civil Centroamericana, la cual terminó el 14 de abril de 1829 tras la invasion de los liberales comandados por Francisco Morazán a la Ciudad de Guatemala —entonces capital de la República Federal—,2 quien expulsó a los frailes de las órdenes regulares más importantes y a los aristócratas de la familia Aycinena, todos ellos los principales miembros del partido conservador.3

El gobierno liberal impuesto por Morazán fue de corte anticlerical y se esforzó por separar a la Iglesia del Estado y de imponer leyes laicas.4 Pero Morazán no expulsó a los curas párrocos del clero secular, quienes se encargaron de azuzar a los católicos campesinos de Guatemala contra el régimen liberal del Dr. Mariano Gálvez.  Sufriendo con un impuesto personal para los indígenas, los malogrados Códigos de Livingston, las leyes laicas, bastó con que se trataran de implementar medidas sanitarias contra una epidemia de cólera en 1837, para que los campesinos se alzaran en armas, derrocando al gobierno liberal y llevando al poder a su líder, el general mestizo Rafael Carrera.5

Si bien Carrera no era el jefe de Estado, sí era el que verdaderamente gobernaba, y su gobierno fue decididamente católico, y aunque tuvo roces con los eclesiásticos, eventualmente permitió que se combinaran el Estado con la Iglesia. Cuando Carrera llegó finalmente al poder como presidente de la República y fue nombrado presidente vitalicio en 1854,6 uno de sus primeros actos oficiales fue aprobar el el Concordato con la Santa Sede que se firmó el 7 de octubre de 1852 por medio del cual se entregaba a la Iglesia la educación de la población guatemalteca, se le otorgaba un fuero especial a los clérigos y el estado se comprometía a respetar las propiedades de los eclesiásticos, todo a cambio de las indulgencies otorgadas a los soldados guatemaltecos que mataran a soldados liberales heréticos.7

El decreto había sido ratificado “el veinticuatro de diciembre del año de nuestro Señor mil ochocientos cincuenta y dos, trigésimo segundo de la independencia y Quinto de la creación de Guatemala en República soberana” y fue publicado el 1 de abril de 1854.  Dice textualmente así:8

Palacio de Gobierno, Guatemala, abril 1 de 1854.

Habiéndose recibido en la secretaría del gobierno las letras apostólicas expedidas en roma el 3 de Agosto de 1853, conforimando el concordato celebrado con la Santa Sede y ratificado por ambas partes; siendo ya una ley de la República, el presidente tiene a bien acordar se imprima y publique en la forma acostumbrada, para su fiel y puntual observancia; y mediante a que debe tambien hacerse una publicación en la santa Iglesia Catedral, el ministro de gobernación y negocios eclesiásticos, poniéndose de acuerdo con el muy reverendo arzobispo metropolitano, dispondrá lo conveniente para que tenga efecto este acto con la solemnidad que corresponde a su importancia. Comuníquense copias impresas del concordato al muy reverendo arzobispo, así como el contenido de esta disposición.


BIBLIOGRAFIA:

  1. Asamblea Legislativa de Guatemala. Departamento de Guerra (22 de septiembre de 1826), Hoja suelta-Decreto, S. Martin Xilotepeque, Guatemala, 22 de septiembre 1826 San Martin Xilotepeque, Guatemala.
  2. Hernández de León, Federico (1929). El libro de las efemérides: Capítulos de la Historia de la América Central. II. Guatemala: Tipografía Sánchez y de Guise. p. 361-366.
  3. La Antorcha Centro-Americana (11 de septiembre de 1829).  Guatemala, septiembre 10. En: La Antorcha Centro-Americana. (7)  Guatemala: Imprenta Nueva. p. 28.
  4. Hernández de León, Federico (1925). El libro de las efemérides: Capítulos de la Historia de la América CentralI. Guatemala: Tipografía Sánchez y de Guise. p. 4.
  5. Solís, Ignacio (1906) Memorias del General Carrera, 1837 a 1840. En: Colección de Documentos Históricos y Biográficos. 1. Guatemala: Tipografía Sánchez y de Guise. pp. 10-30.
  6. Junta General de Autoridades (1854). Acta declarando presidente vitalicio al capitán general Rafael Carrera. Guatemala: Imprenta de la Paz.
  7. Aycinena, Pedro de (1854). Concordato entre la Santa Sede y el presidente de la República de Guatemala (en latín y Español). Guatemala: Imprenta La Paz.
  8. Pineda de Mont, Manuel (1869). Recopilación de las leyes de Guatemala, compuesta y arreglada en virtud de orden especial del Gobierno Supremo de la República I. Guatemala: Imprenta de la Paz en el Palacio. pp. 360-361.

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1 de abril de 1903: primera víctima mortal de la Huelga de Dolores

Primera víctima mortal entre los estudiantes de la Escuela Facultativa de Derecho y Notariado

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Estudiantes de Derecho y Notariado en aquel 1 de abril de 1903. Imagen de José García, tomada momentos antes de la incursión de la guardia del presidente. Imagen tomada de Wikimedia Commons.

Reproducimos a continuación el artículo publicado por el renombrado escritor Federico Hernández de León en su obra «El Libro de las Efemérides» en 1924. Las cosas curiosas que se desprenden de este excelente artículo son:

  1. El gobierno del licenciado Manuel Estrada Cabrera ya era una férrea dictadura en 1903.
  2. Solamente las Escuelas Facultativas de Derecho y de Medicina y Farmacia participaban en la Huelga de Dolores. La de Ingeniería no lo hacía.
  3. El licenciado Hernández de León escribió su artículo en la década de 1920 y se refiere a la Huelga de Dolores en pretérito, ya que la Huelga desapareció en 1908 y no resurgió sino hasta 1921, luego de la caída de Estrada Cabrera. —Por cierto, la Huelga desapareció nuevamente durante el gobierno del general Jorge Ubico, entre 1931 y 1944—.
  4. Las Escuelas Facultativas eran dependencia del Ministerio de Instrucción Pública y el presidente de la República era quien designaba a las autoridades y docentes.
  5. Solamente había doscientos estudiantes universitarios en total, quienes recurrían al ingenio y no a la vulgaridad para realizar sus denuncias. Lo que no menciona Hernández de León, es que esos doscientos estudiantes eran de las familias criollas del país y de la región centroamericana.
  6. La Cervecería de los Castillo ya enviaba el contingente de esta bebida alcohólica para los estudiantes.

He aquí el artículo:

Las huelgas anuales de los estudiantes, eran notas seguras en los meses de marzo y abril. Los estudiantes de Derecho elegían cualquier día de la cuaresma y los de Medicina, indefectiblemente, el Viernes de Dolores. Los estudiantes de Ingeniería, sometidos a la seriedad de los números y al prosaísmo de los teodolitos, permanecían alejados de las zalagardas escolares.

Fiscalizadas las imprentas por los sabuesos del régimen, no era dable publicar manifestación alguna que rompiera el ritmo de la paz varsoviana. Los estudiantes adobaban un Decreto de declaratoria de Huelga y un Programa de los festejos. En esos documentos había un derroche de ingeniero fresco, jocundo, cascabelero, sin vulgaridades salidas de tono. El «Vos Diréis» ya no se imprimía ni en la vecina república salvadoreña, así era el espanto que provocaba la dictadura.

Aquel año de 1903, los hijos de Palas eligieron el primer día de abril, del mes cantado por Diéguez, para la declaratoria solemne y bulliciosa de la huelga. Era decano de la Facultad don Salvador Escobar, el maestro más maestro de cuantos ha dado nuestra próvida tierra, y Ministro de Educación Pública don José Antonio Mandujano, que ya por aquel entonces parecía un escapado del Valle de los Reyes.1

Estrada Cabrera entraba en el sexto año de su loco reinado: cinco años largos y corridos de fastidiar a los guatemaltecos. Aun no había podido someter a los muchachos, que daban muestras de independencia y sabías ser estudiantes por sus estudiantadas. De ellos partían las voces de protesta, las frases de insurrección, las manifestaciones de rebeldía y la expresión franca de la inconformidad con el régimen de fuerza imperante. Nacían y morían los periódicos nacionales y, desde las tribunas del gremio, se lanzaban los apóstrofes. El despotismo no podia con el mundo de los estudiantes.

Por la mañana de aquel primero de abril llegaron los estudiantes a la perspectiva de la huelga. Los primeros fueron, precisamente, los que llegaban por ultimo a sus clases. Empezó el revolverse de grupos, el disponer y organizer las comisiones y el comentar la última disposición oficial: los huelguistas no podían salir a la calle, como era uso y costumbre, y su fiesta se celebraría dentro del propio edificio. La empresa del tranvía se resistió a dar las plataformas que otrora cediera con espontánea largueza, y no era cosa de ponerse a buscar en aquellas horas, carretones en donde meterse toda la muchachada. Los hermanos Castillo mandaron su contingente de barriles de cerveza, contingente establecido de muchos años atrás.2

Y hubo de conformarse el gremio con la celebración interior. Se soltaron los primeros petardos, anunciadores de la fiesta y en la esquina del edificio (9a. avenida y 10a. calle) se improvisó la tribuna y el delegado official dió lectura al Decreto y al Programa. Gálvez Molina fue el destinado: con voz que se oyera a doscientas varas, soltó la ristra de donaries que componían uno y otro documento.

Las bocacalles estaban apretadas de gentes; un público heterogéneo, desde el varón severo a la damisela escurridiza, reían de buena gana con los flechazos de los estudiantes. Los hombres del día salían despedazados: Estrada Cabrera, Juan Barrios, Wenceslao Chacón, los ministros y autoridades, amén de unos cuantos catedráticos, satirizados con la más picante travesura.

Resonaron los triquitraques y las sonoridades de la marimba. ¡Adentro todos! Alguien tubo la ocurrencia de llamar un fotógrafo y fue Pepe García el que acudió con su cámara y sus placas. Se hizo el grupo. Para evitar que gente extraña se metiera en donde no cabía, se cerraron las puertas y los muchachos se enracimaron en mitad del patio mayor. Pepe García apenas se las entendía con aquel enjambre de endemoniados.

De pronto, Marciano Castillo, subido en la parte más alta de la Fuente central, gritó

– ¡Muchachos, allí está la policía: fuera con ella!3

Varios agentes de la policía trataban, desde la calle, de abrir la puerta de la reja y forcejaban por romper las cadenas que la aseguraban. Al grito de Marciano, todos los estudiantes volvieron la cara y gritaron a una:

– ¡Fuera! ¡Fuera los orejas! ¡Fueras los sinvergüenzas! ¡Fuera la canalla!

Los agentes cerraban los puños, amenazadores; los estudiantes les cubrían de frases duras y se reían de sus inútiles esfuerzos por franquear la entrada. En medio de las burlas, se vió que la puerta lateral, una puerta de escape situada al norte se abría violentamente y una corriente impetuosa de policiales, como un desbordante de agua sucia, inundó los corredores. Iban a la cabeza los de la montada, un cuerpo de agentes feroces, célebres por su crueldad, por la sumisión al amo, por la violencia de los procedimientos, por la impunidad de sus actos. En los momentos graves, los de la montada eran los que resolvían las cuestiones…

Virgilio Mejicanos, un buen compañero, muerto ya, se plantó en medio de uno de los corredores y apostrofó a los policiales. Un golpe brutal derribó al estudiante. Miguel Prado, que estaba en el fondo del corredor, no pudo contener su indignación y gritó furiosamente:

– ¡Ah, canallas, no se pega así!

El número de agentes aumentaba, como en un reborbotar maldito. A las palabras de Prado, enfilaron a él su agresividad y, los palos en alto y las pistolas en guardia, avanzaron con gestos matadores. Miguel, en aquellos momentos, recordó que llevaba en el bolsillo un revólver, envuelto en un enorme pañuelo de seda; la portación de aquella arma era incidental. Al verse amenazado, valientemente requirió el arma y al sentir los primeros golpes de batón, descargó el primer tiro. La bala vació un ojo a uno de los esbirros.4

En esos momentos, Bernardo Lemus, estudiante salvadoreño, muchacho muy bien parecido, estudioso, apartado de todo lo que significara desorden y que, en aquellos días estaba para someterse al último examen, pasó del corredor que está al oriente, para dirigire por el corridor del norte, busca de la salida. Al llegar al ángulo, uno de los agentes parapetado tras de la pilastra, disparó secamente su revólver. Lemus se llevó violentamente las manos al pecho y, sin una sola exclamación, cayó de espaldas. Un ligero sacudimiento contrajo su cuerpo y no se movió más. La bala le había partido el corazón.

Los policiales seguían un tiroteo espantoso, sin acertar con el blanco. Los muchachos se replagaron a la Secretaría y, en esos instantes, se oyó por la calle, pasaba una cabalgata. Era Estrada Cabrera, metido en su coche y rodeado de edecanes. Supo lo de la huelga y quiso, en un arranque único, llegar personalmente hasta los estudiantes. Para resguardarse mandó a la policía por delante, con tan mal suceso, que los esbirros entraron a golpes de palo y disparos de revólver. Cuando Estrada Cabrera oyó el tiroteo, prudentemente siguió de largo.5

Aquel suceso, como todos los sucesos que merecían reprobación, pasó en silencio para los guatemaltecos. La sangre del estudiante quedó vertida como si se hubiera tratado de un cordero. No hubo una protesta, una sola manifestación de reproche; así la tiranía se enseñoreó sobre nuestro pueblo muy merecidamente. Porque, en las sociedades en donde los avances de los déspotas son hechos que se cubren con la indiferencia, bien merecen esos pueblos que se les azote, que se les escarnezca y que se les cubra de oprobio.6


BIBLIOGRAFIA:

  1. Hernández de León, Federico (1929). El libro de las efemérides: Capítulos de la Historia de la América Central. II. Guatemala: Tipografía Sánchez y de Guise. p. 3.
  2. Ibid., p. 4.
  3. Ibid., p. 5.
  4. Ibid., p. 6.
  5. Ibid., p. 7.
  6. Ibid., p. 8.

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