13 de abril de 1884: una bomba estalla cerca del general J. Rufino Barrios y su Ministro de la guerra Juan M. Barrundia sin causarles daño

13abril1884
Esquina sudeste del Teatro Nacional (anteriormente Teatro “Carrera”).  Por aquí iban pasando J. Rufino Barrios y Juan M. Barrundia cuando la bomba estalló, pero no alcanzós a herirlos.  En el recuadro: grabado del general Barrundia, el temido Ministro de la Guerra de Barrios.  Imágenes tomadas de Wikimedia Commons.

La noche del 13 de abril de 1884, el general presidente J. Rufino Barrios y su ministro de la Guerra general Juan Martín Barrundia paseaban por los jardines del Teatro Nacional (antiguamente “Teatro Carrera”) en la Ciudad de Guatemala, cuando de pronto, al llegar a la esquina sudeste, una bomba estalló cerca de donde se encontraban.1  De inmediato se reunieron allí Fernando Córdova, Javier Olaverri y Manuel Ortigosa, conocidos espías y esbirros de Barrios y Barrundia y procedieron a recoger fragmentos de la bomba, entre proyectiles, pita, bola de plomo, y punzón.  Además, recibieron órdenes inmediatas de Barrios de que capturaran a los que se encontraran en la fonda de Santos Soto, un viejo oponente de Barrios.  Después de eso, Barrios y Barrundia continuaron su paseo, a pesar de las heridas que se dijo que habían sufrido.2

Para entonces, las fortunas de Barrios y Barrundia habían crecido exponencialmente gracias a sus grandes fincas cafetaleras, a las leyes agrarias que favorecían estos cultivos y a las comisiones que les otorgaban las compañías que construían la infraestructura ferroviaria y portuaria en el país.  Y, aunque aquello era del conocimiento público, la sociedad no protestaba porque el control que Barrios y Barrundia ejercían no sólo sobre Guatemala sino sobre las vecinas Repúblicas de Honduras y El Salvador era prácticamente absoluto.3

Así pues, ante el tremendo atrevimiento de atentar contra la vida del general Barrios, nadie protestó cuando se produjeron persecuciones y torturas que fueron documentadas por Guillermo Rodríguez, quien fuera acusado y condenado como principal sospechoso del atentado.

En la fonda de Santos Soto, ubicada en la esquina opuesta a la esquina del Teatro en donde se produjo la explosión, capturaron a Soto y a su familia, además de José Cordero, José Escobar y Miguel Figueroa, y otras personas, algunas de las cuales se hallaban por el Teatro, y otras que fueron aprehendidas en sus casas y comenzó a instruirse averiguación ante un Juez de Paz.  (Soto era propietario de una fonda en la que se vendía aguardiente que producía junto con el hacendado Guillermo Rodríguez en la finca “El Palomar”, y ya había tenido problemas con Barrios por la “conspiración Kopesky” en noviembre de 1877, cuando un esbirro del presidente lo incriminó en una conspiración que hubo en esa oportunidad para así no pagarle 200 pesos que Soto le había prestado.  Soto era primo, socio  y compadre de Jesús Batres, uno de los fusiliados por ese complot y a raíz de eso Soto había estado preso y exiliado en San Marcos hasta 1882).  En la única declaración que pudo dar Cordero antes de morir, aparece que momentos antes de la explosión de la bomba, y en el propio lugar donde ésta se verificó, había visto a un hombre montado en la baranda del Teatro.4

Por la mañana trasladan a la cárcel pública a todos los aprehendidos y se continúan allí las diligencias en presencia y con intervención del mismo Barrundia, de los Ministros Díaz Mérida y Sáchez, del Director de Policía Roderico Toledo, y de otras personas más, quienes ordenan el tormento de los palos a Santos Soto, a Escobar, a Cordero y a otros, incluyendo a Jesús y a Abraham Soto y a Rafael Rivera, hijos y entenado de Santos Soto.  Aquella escena se repitió durante varios días, pero no todos resistieron.  Juan Leiva, muere en la Cárcel, asesinado segun unos, suicidado segun otros, sin que se le haya tomado declaración; José Cordero muere a palos en el Batallón N°. 3, a donde había sido trasladado; Miguel Figueroa desaparece misteriosamente, y Mariano Vásquez muere en la Penitenciaría.  Otro de los procesados, Tomás Santos, recibe quinientos palos cada día en el Batallón N°.2 y sus heridas son presa de los gusanos; por su parte, Sebastián Macal, por los insultos y terribles amenazas que le hace el mismo Presidente Barrios, es obligado a confesar que fue autor de la bomba.5

Le exigieron a Santos Soto a que nombrara como su defensor a Rodríguez, a quien obligaron a aceptar ese cargo a pesar de no ser abogado, y no le dieron el permiso que solicitó para hablar con su defendido, además de imponerle que presente la defensa en veinticuatro horas.  Rodríguez encontró en proceso las declaraciones de Jesús y Abraham Soto y la de Sebastián Macal, incontestables, que no le dejaron hacer defensa alguna.  En ese momento, Rodríguez no sabía como se habían adquirido aquellas declaraciones.5

El 5 de mayo el  Juzgado 1°. de la 1a. Instancia, condenó a muerte a Santos y Jesús Soto, y a José Escobar, aplicando leyes españolas, lo que fue ratificado por la Sala primera de la Corte de Justicia, el 9 del mismo mes, aplicando las mismas leyes.  A los condenados se les exhibió al público vestidos con una túnica negra y capirote durante su capilla ardiente, pero luego los trasladan nuevamente de la Cárcel pública al Fuerte de San José, donde los vuelven a torturar a palos pues la intención del gobernante era incriminar a un grupo de “nobles”.  El casitgo es tal, que Escobar murió en la noche del 16 de mayo, mientras que Santos Soto es obligado a presenciar los palos que le dan a su hijo Jesús, mientras a él mismo lo están tortuando.  Hasta entonces, Santos había tenido la fortaleza de no mentir ante las exigencias de sus verdugos, pero ya no pudo y ya moribundo cedió a la exigencia del general Barrios, que dirigía aquellas torturas en persona quien lo tomó del pelo y le exigió que dijera que “Guillermo Rodríguez es el de la bomba“.6

Tras procurar medicinas y médicos para Soto, Barrundia se presenta al Fuerte de San José y obliga a Soto a firmar una declaración preparada de antemano y con ella proceden a capturar a Rodríguez el 18 de mayo, a quien dejan incomunicado en las bartolinas. El 19 lo llevaron ante el Auditor Vicente Sáenz, quien le tomó la primera declaración y le hizo ver que no podía haber sido Rodríguez quien hizo la bomba, pues el regresó a Guatemala de Europa en septiembre, y la bomba estaba lista desde mayo.7

Capturaron también a Cresencio Vera, quien era el mayordomo de la finca “El Palomar”, propiedad de Rodríguez, pero éste se salvó de que lo torturaran por ser ciudadano mexicano. Y además capturaron a todos los que trabajaban en la finca, incluyendo a hombres, mujeres y niños y a algunos de los hombres los torturaron a palos mientras que al resto le hicieron amenazas y promesas para que acusaran a Rodríguez. (De hecho, Rodríguez reproduce en su alegato una declaración de Santos Soto en la que éste indica que Barrios quería aprovechar aquella coyuntura para inculpar y encarcelar a varios personajes que le molestaban, entre ellos José María Samayoa, el general Julio García Granados, Carmen Cruz, Valerio irungaray, el general Felipe Cruz, José Batres y Manuel Urruela; Barrios le pidió a Soto tras numerosas torturas que los inculpara pero éste no lo hizo).8

Aparentemente, al final de uno de estos careos Barrios habría tomado un rifloe y se puso a tirar al blanco con uno de sus esbirros, riéndose y diciéndole que esos tiros seguramente asustarían a la gente en la ciudad, que debían creer que estaban fusilando a alguien y que le gustaría ver “cómo se pondrían todos los nobles al ver cómo había mandado a Rodríguez.”9

Barrios y Barrundia se turnaban para aleccionar a los acusadores o testigos y preparaban a Soto para los careos con Rodríguez, quien prácticamente no pudo defenderse y fue acusado de rebelión, de levantar a los pobladores en las inmediaciones de la ciudad, y hasta de reunirse en casas particulares en un complot para derrocar al gobierno.  Ante todo esto, Rodríguez es condenado a muerte el 21 de junio de 1884, mientras que se absolvió a su mayordomo, Cresencio Vera; su sentencia fue confirmada por la Corte de Justica el 27 de junio.  De acuerdo al alegato de Rodríguez ante la Asamblea, “la sentencia fue confirmada a pesar de contradicciones graves y evidentes y de que para entonces ya era obvio que se había empleado el tormento para obligar a todos los declarantes” e indica que los jueces y magistrados “buscaron un ardid para fundar la condenatoria a muerte que les mandaban a imponerle“.10

A Rodríguez le esperaba una humillación final: el 4 de julio, al medio día lo llevan, vestido con una túnica negra y capirote, con los brazos atados y en medio de una escolta hasta la casa de Barrios, quien le da una carta que dice: “Guillermo Rodríguez queda indultado de la pena de muerte y de la Inmediata Superior a que fue condenado por los tribunales de la república por el atentado del 13 de abril último. L. y R.  Barrios“.  El presidente también indultó a Soto, Miranda y Macal y el 27 de julio Rodríguez sale al exilio a Europa.11


BIBLIOGRAFIA:

  1. Aguirre Cinta, Rafael (1899) Lecciones de Historia General de Guatemala. Arregladas para uso de las escuelas primarias y secundarias de ésta República.  Guatemala: Tipografía Nacional. p. 204.
  2. Rodríguez, Guillermo (Mayo de 1886) Exposición y documentos presentados a la Asamblea Nacional Legislativa por Guillermo Rodríguez, acusado y sentenciado con pretexto de la bomba del 13 de abril de 1884.  Guatemala: Tipografía de Arenales. p. 3.
  3. Tipografía El Renacimiento (3 de agosto de 1885). Memoria de las riquezas de la mortual del Señor General expresidente Don Justo Rufino Barrios, en su relación con los intereses de la Hacienda pública (2.ª edición). Guatemala: Tipografía de “El Renacimiento”. p. 26.
  4. Rodríguez, Exposición y documentos presentados, p. 4.
  5. Ibid, p. 5.
  6. Ibid, p. 6-7
  7. Ibid, p. 7.
  8. Ibid, p. 84.
  9. Ibid, p. 91.
  10. Ibid, p. 8-9.
  11. Ibid, p. 14.

13 de abril de 1839: el general guerrillero Rafael Carrera entra a Guatemala y restituye al Jefe de Estado Mariano Rivera Paz; se inicia así el gobierno conservador de “los treinta años”

13abril1839

Introducción:

El período conservador de los treinta años es una época poco estudiada en Guatemala, debido a que los gobiernos liberales que le siguieron rescribieron la historia para presentarlo como un período de oscurantismo, atraso y de sanguinaria dictadura en el que el grupo criollo aristocrático de la familia Aycinena dominaba la situación y tenía al general mestizo analfabeto Rafael Carrera como su brazo armado para que sofocara cualquier intento de rebelión.

Pero el estudio de documentos de la época muestra que no hubo atraso porque el gobierno no hubiera querido alcanzar el progreso, sino que por las constantes invasiones y rebeliones de criollos liberales y de sus allegados, formentadas muchas veces desde El Salvador y Honduras, las cuales perduraron hasta que el general Carrera las aplastó en la Batalla de La Arada en 1851. De ese fecha en adelante empezó un período de paz y progreso, que incluyó la construcción del primer edificio público: el “Teatro Carrera” (luego llamado “Teatro Nacional” y “Teatro Colón”).

Los mismos documentos demuestran que no eran los criollos aristócratas quienes dominaban la situación, sino que era el general Carrera el que verdaderamente mandaba y quien les ponía las condiciones. De hecho, los aristócratas (muchos de ellos miembros del clero regular y secular) se vieron obligados a pactar con el militar mestizo por dos razones:

  1. En su calidad de criollos conservadores no podían abandonar el país, ya no solamente perderían todos sus bienes y sino que no serían bien recibidos en las naciones vecinas, en las que gobernaban los liberales.
  2. Las fuerzas alianzas que Carrera tenía con los líderes indígenas, principalmente del occidente de Guatemala, por medio de las cuales evitó que ocurrieran masacres en contra de los criollos, a diferencia de lo que en esa época estaba ocurriendo en Yucatán.

Asimismo, debido a la marcada educación religiosa de Carrera, la influencia de las autoridades eclesiásticas tanto locales como las de la Santa Sede era muy marcada y dirigía en buena medida los destino de la nación. Se llegó incluso a firmar un Concordato con la Santa Sede en 1852, en el cual se entregó la educación a los religiosos a cambio de indulgencies para los soldados guatemaltecos que mataran a soldados liberales, por ser éstos anticlericales.

Por otra parte, aunque a los liberales se les ha acusado de haber hecho concesiones de nuestros recursos naturales a los europeos (la Verapaz a los alemanes de las familias Diesseldorf y Thomae, entre otras) y a los estadounidenses (Izabal a la United Fruit Company), los conservadores no se quedaron atrás. A fin de obtener fondos para armas, uniformes y municiones, el gobierno de Carrera tuvo que prestarle dinero a casas financieras inglesas y tuvo que ceder el territorio comprendido entre el río Belice y el río Sarstún al enclave inglés de Belice. Tambien, otorgó una concesión a perpetuidad a la Compañía Belga de Colonización en Izabal en 1840, aunque esta no prosperó por lo inhóspito de la región.

Si bien el período no fue perfecto ni mucho menos, es la época en que se fundó formalmente la República de Guatemala, en que se alcanzó por fin una paz duradera y en que el desarrollo del país realmente inició.

Descripción:

Reproducimos a continuación la descripción que hace de los eventos del 13 de abril de 1839 el renombrado historiador Federico Hernández de León en su obra “El libro de las Efemérides”:

Se hará cargo el lector de la importancia que entraña la fecha de las efemérides de hoy. Es el alfa de un partido, de un partido que luchaba desde los días de la independencia por ocupar el poder de manera estable. Grandes tipos de sus filas se habían acercado al solio, como don Mariano de Aycinena que se sostuvo durante dos años y medio; pero hasta el aparecimiento de Carrera, el partido no se consideró potente, ni la paz llegó a consolidarse como se consolidara después del año 51 con la batalla de la Arada. Pequeñas convulsiones agitaron el cuerpo social; pero nada comparable con los años vividos.

El general Morazán había colocado en la jefatura del Estado de Guatemala al general don Carlos Salazar, arrancando de su puesto a don Mariano Rivera Paz, en condiciones un tanto violentas. El general Salazar había derrotado unos meses antes a Carrera, en la acción de Villa Nueva y, de ser más ágiles las fuerzas de Salazar, después de dicha acción, alcanzan al mismo Carrera, y se hubieran sacudido de un element que había de darles muchos e intensos dolores de cabeza. Carrera derrotado y herido de gravedad, pasó de Villa Nueva a la Antigua y de allí, dando un rodeo, volvió a la querencia, a la Montaña, seguido de sus leales.

El triunfo de don Carlos Salazar sobre el guerrillero y sus huestes, le creó una reputación firme y le agració ante los ojos del general Morazán, al grado que inñuyera poderosamente para que se le diese la jefatura del estado. Pero don Carlos, con todo y ser general, le faltaba la energía y el empuje que se necesitaba en aquellos críticos días, y la reacción empezó a tejer sus tramas, poniéndose en comunicación con Carrera que estaba en Mita, repuesto del susto que llevara en la acción de Villa Nueva. Con elementos suficientes. Carrera se pronunció contra el gobierno de Salazar y marchó resuelto a la capital.

Algunos liberales se dieron cabal cuenta de la trascendencia que aparejaba aquel movimiento del guerrillero. Se fueron con el jefe del estado y le hicieron ver la gravedad de la situación. Don Carlos Salazar no dió importancia al asunto.

— Así hemos vivido desde hace tiempo — dijo — ; los de Carrera se conforman con mantener la bandera levantada en sus montañas.

Los liberales no lo creían así. Notaban los movimientos interesados de algunos hombres prominentes, sobre todo del canónigo Larrazábal, que públicamente expresaba su disgusto con un sistema ayuno de representación, sin respaldos morales, sin energías y que contribuía a una perenne excitación. Por otra parte, don Luis Batres se movía con grandes empeños.

Los últimos triunfos de Morazán sobre los conservadores de Honduras, alentaban al señor Salazar, sin comprender que, esos mismos triunfos operaban en el ánimo de los conservadores en un sentido de resguardo y de defensa. La batalla del Espíritu Santo ganada por los salvadoreños mandados por Morazán, contra los ejércitos aliados de Nicaragua y Honduras, provocó la precipitación de los acontecimientos, y Carrera se presentó a las puertas de Guatemala, como Alarico a las puertas de Roma. Y en el amanecer del 13 de abril de 1839, se oyó un grito angustioso que decía:

— ¡ Los bárbaros de la Montaña están en las garitas de la ciudad!

Carrera y sus gentes habían caminado toda la noche, esquivando los encuentros de particulares y, al clarear el alba estaban en las lindes de la Parroquia Vieja y el Martinico, dirigiendo el ala hacia el barrio de Santo Domingo. Eran muchos los que acompañaban al guerrillero; tipos de aspecto feroz, verdaderas hordas de salvajes, mal vestidos, de recias y escasas barbas, peludos y de mirar siniestro. El que los dirigía, debía ser un tipo superior, que para manejar aquellos trogloditas se necesitaba de un corazón bien puesto y de unos hígados, mejor puestos aún.

Sonaron los primeros tiros y los vecinos atrancaron sus puertas. Los liberales despertaron en sus lechos con la zozobra en el alma.

— ¡Allí está Carrera! — gritaban azorados los tranquilos vecinos, de casa a casa.

Unos se aventuraban a salir de sus domicilios, para dirigirse a carrera abierta, por el rumbo opuesto al que traían los invasores. Otros, precipitadamente abrían hoyos en los patios, para guardar sus riquezas. Y quiénes, con el espanto en la cara, subían a los cobertizos para guarecerse en los tapancos, en franca familiaridad con las ratas y las cucarachas. Aquel despertar del 13 de abril, fué algo siniestro.

Don Carlos Salazar, el aguerrido militar que derrotara a Carrera en Villa Nueva, que tuviera a su cargo la jefatura del estado, que fuera por suj condición de hombre público, la figura más significada, hizo mi papel desairado. Al enterarse que las hordas entraban por las calles, disparando sus fusiles y atrepellando lo que encontraban, no tuvo arrestos para dirigirse a un cuartel y ponerse a la cabeza de sus hombres. Arrimó nervioso una escalera a ima de las paredes de su casa y, por los tejados, como un gato perseguido, se trasladó a otras casas de amigos y, luego, ridiculamente disfrazado, dejó la ciudad y abandonó Guatemala…

No era esa la manera de abdicar de un puesto tan elevado. Cuando se llega a tan altas jerarquías, se debe guardar todo el coraje de una vida, para terminar de manera digna.

Salazar llegó a ganar la frontera y se dirigió al Salvador ; luego, a Costa Rica : allá murió
atormentado con el recuerdo de su fuga vergonzosa y con la responsabilidad que le cabía por no haber oído los consejos de sus amigos y las indicaciones de quienes le pedían en la semana anterior al 13 de abril, que se tocase llamada general y se pusiese a la cabeza de un grupo de patriotas, para detener la avalancha de salvajes que se avecinaba.

Carrera, entre tanto, se dirigió resuelta y animosamente a la casa de don Mariano Rivera Paz y le presentó su espada.

— No venimos — dijo el jefe bravio — a matar gente, sino a restituir a las autoridades. Vuesa merced fué arrancado por Morazán de su puesto y nosotros venimos a colocarlo de nuevo en su lugar ….

Rivera Paz se dejó hacer y acompañado de una improvisada escolta de aquellos feroces, se dirigió a la casa del gobierno y tomó posesión de la jefatura del estado. Inmediatamente llamó a sus hombres al ministerio y se expidió un despacho urgentísimo a don Pedro Nolasco Arriaga, expatriado desde el año 29 en Honduras, para que pasara a ocupar uno de los sillones ministeriales.

Pero a pesar de las declaraciones de Carrera, sus gentes se dirigieron a las casas de los principales liberales en busca de Barrundia, del doctor Gálvez, de la familia Molina, de don José Bernardo Escobar y de cuantos hombres habían adversado al partido conservador. Los liberales no esperaron ser cogidos en sus casas y se asilaron en conventos y casas particulares de sacerdotes amigos, en donde podían estar a cubierto de las arremetidas.

Desde aquel día. Carrera fué definitivamente el hombre de la situación. Se le llamó el “caudillo adorado de los pueblos”; las turbas le victoreaban, y a su paso solo homenajes de respeto y entusiasmo recibía. El jefe del estado, vivía pendiente de sus labios y todos los señorones de la aristocracia le vieron con verdadero respeto y temor. Se hicieron los nombramientos importantes: don José Antonio Larrave, jefe politico de Guatemala; alcalde, don Marcial Zebadúa; síndico de la Municipalidad, don Manuel Beteta; jefe político de la Antigua, don Andrés Andreu; de Escuintla, don Pantaleón Arce ; de Chimaltenango, don Manuel Gálvez y, de Amatitlán, el inmenso poeta don José Batres y Montúfar.

Al año siguiente, en el mes de marzo, Morazán quiso arrojar a Carrera de Guatemala; el arrojado fué el propio Morazán, que no paró sino hasta el Perú. A los dos años moría el guerrero hondureno, en tanto que Carrera y los conservadores se regodeaban en Guatemala y lanzaban sus rayos a todo el resto de la América Central.


BIBLIOGRAFIA: