10 de diciembre de 1896: se perciben los primeros efectos de la crisis económica que acabaría con el gobierno y la vida del general José María Reina Barrios

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Puente sobre el río Motagua recién construido en 1896.  Imagen tomada de “La Ilustración Guatemalteca“.

En diciembre de 1896 en una pequeña nota en una esquina escondida en la página 144, la revista quincenal La Ilustración Guatemalteca” comentó que la situación económica que atravesaba el país era difícil.  Hasta entonces, el gobierno del general José María Reina Barrios había emprendido dos grandes proyectos de infraestructura: el Ferrocarril del Norte entre Puerto Barrios y la Ciudad de Guatemala y un acueducto secundario para surtir de agua a dicha ciudad, y que sería el complemento del acueducto de Pinula.  Además de esas obras faraónicas, el gobierno había construido varios edificios suntuosos para sus oficinas y un Nuevo Palacio Presidencial en uno de los patios del antiguo Palacio Colonial en el Centro Histórico.  Y, por su no fuera poco, se había propuesto realizar una Exposición Centroamericana en 1897 al major estilo de la exposición internacional de Paris, con la esperanza de que fuera el marco perfecto para inaugurar el Ferrocarril del Norte y comunicar asía Puerto Barrios con Puerto de San José y colocar a Guatemala a la vanguardia de las líneas comerciales mundiales en una época en que Cuba todavía era de España y no existía el Canal de Panamá.

Pero a finales de 1896 se empezaron a acumular los problemas económicos para el gobierno de Reina Barrios, producto de una situación totalmente fuera de su control: la bonanza económica que vivía Guatemala se debía al alto precio de exportación del grano de café el cual se había disparado cuando Brasil dejó de producir debido a una revolución.  Pero en 1896 dicha revolución terminó y Brasil volvió a producir café en cantidades industriales.

Los efectos se empezaron a sentir en diciembre:  los bancos se empezaron a negar a hacer descuentos y a prolonger los plazos, aduciendo que el balance de fin de año estaba muy cerca.  Además no se había recibido el préstamo de plata acuñada que había pedido el gobierno y el interés del dinero se había elevado.  Las hipotecas sobre las fincas rústicas ascendieron al entonces astronómico interés del dos por ciento mensual debido a la necesidad de pagar planillas y muchas contabilidades estaban en números rojos.

Desgraciadamente para Reina Barrios y todo el país, la situación era irreversible.  El 8 de febrero de 1898 murió asesinado el presidente, quien había extendido su mandato presidencial hasta 1902, lo que provocó violentas revueltas en el interior del país, cansados del despilfarro del gobierno.  Claro, ahora acusaban a Reina Barrios de haber iniciado un ferrocarril que no terminó, de dejar in acueducto a medias y de organizar una Exposición que fue un rotundo fracaso, pero todo ello hubiera resultado en una gran inversión para Guatemala si tan solo Brasil hubiera salido de su crisis un año después.

BIBLIOGRAFIA:

 

 

1 de noviembre de 1896: la revista cultural “La Ilustración Guatemalteca” publica un reportaje sobre el entonces lujoso Cementerio General de la Ciudad de Guatemala

Fotografía de la Alameda Central del Cementerio General de la Ciudad de Guatemala en 1896.  Imalgen de Alberto G. Valdeavellano.

Reproducimos a continuación el reportaje publicado por “La Ilustración Guatemalteca” el 1 de noviembre de 1896, el cual contiene importantes datos históricos de las personas sepultadas en el Cementerio General por ese entonces y de la marcada segregación social que caraterizaba a la sociedad guatemalteca de la época.

UNA EXCURSION AL PAIS DE LOS MUERTOS

Hace pocos días que el señor Síguere, dueño de este periódico, y mis amigos los señores Joaquín Méndez y Rafael Spínola, tuvimos la idea de emprender una peregrinación curioso-artística al Cementerio General de esta ciudad.  Al efecto, tomando un landó nos dirigimos hacia donde se pone el sol, que es el lugar en donde reposan nuestros muertos queridos.

El grupo viajero tiene más o menos el mismo temperament; somos los últimos unos neurópatas.  El señor Síguere, teniendo nuestro mismo temperamento, nos lleva la ventaja de que en la ocasión sabe dominar sus nervios y encerrarlos bajo una coraza de acero que debe haber comprador en los bordes del Támesis.

En fin, el automedonte nos llevó, de esta ciudad de fiestas y alegrías a las puertas de lo que ha dado en llamarse la Cita dolente.  Y hemos llegado allí ante el hermoso portico estilo Renacimiento puro, que separa la ciudad de los vivos, de los muertos.  Se lee en el fronstispicio una inscripción latina, en estilo lapidario, que a mí me deja sin cuidado siempre que la leo.  Traspasamos el umbral y henos allí frente a frente con aquel bosque de ángeles alados, cruces solitarias, ojivas airosas que forman el vértice de los innumerables monumentos en cuyo seno reposan los muertos.

La vista que el conjunto produce es agradable.  Los tibios rayos del sol poniente lo envuelven todo en suave melancolía.  Se conoce que allí de verdad hay paz y calma.  Hasta el viento respeta aquel santuario.  Por allí no pasan pájaros ni aves canoras.  El olfato percibe olores de tierra removida, y si el oído se aguza adivinará que allí ha habido cánticos, plegarias, ayes y desesperaciones.

Los cuatro estábamos serios, sin saber por dónde dirigirnos; por fin nos decidimos por el camino de la derecho para comenzar por lo más modesto.  En el lado opuesto está el barrio de los ricos con sus capillas suntuosas, con sus templetes griegos, con sus monumentos costosos, con sus alegorías de mayor o menor gusto.

Comenzamos nuestra peregrinación.  Una de las primeras capillas que se encuentran es la de Herrera, familia de las más acomodadas del país y que tuvo por jefe a don Manuel, Ministro de Fomento del general don J. Rufino Barrios, y qu ha dejado recuerdos en el país, de haber sido una persona amable, inteligente y de las más emprendedoras de la República.

A pocos pasos se encuentra el monument de un guerrero.  Un general de aspect joven yace en tierra, muerto por bala enemiga. El ángel de la Gloria con un rostro airado mira hacia el infinito, cobijando bajo sus brazos al héroe y al mártir. 

El que ve aquel grupo heróico no llora; llora sí, de ira y de patriotismo; y del fono de su corazón se exhale esta plegaria: “Felices de los que mueren luchando por un gran ideal”. El muerto allí enterrado se llamó en vida Venancio Barrios.

Caminando más, y hacia el lado de la derecho, se encuentra una aglomeración artística de piedras tocas, carcomidas por el tiempo y ya invadidas por la yedra.  En una place de mármol se lee esta autógrafa: “Julio Rosignon”.  Ese es el nombre de un sabio naturalista francés que vino a Guatemala en días en que la ignorancia se cernía sobre nuestro país; que abrió cátedras, que difundió luces, que fue active miembro de la Sociedad Económica, que inició la idea de rodea la ciudad de parques, que creó nuestros squares, sembró varias alamdeas, introdujo el cultivo de plantas  útiles y murió pobre y olvidado.

Siguiendo el camino se encuentra hacia la izquierda un monumento muy modesto, ennegrecido por el agua y con una lápida con caracteres borrosos.  Ese monumento encierra a dos de los más grandes medicos que ha tenido el país.  Allí reposan las cenizas de los doctores Esparragoza y Pérez, los cuales fueron trasladados del antiguo cementerio al lugar donde hoy se hallan por disposición de la Junta Directiva de la Facultad de Medicina y Farmacia.

Seguimos adelante, y dando la vuelta nos diriginos hacia el panteón modesto en donde se entierra a los pobres. ¡Cuántos nombres, cuántos nombres de personas conocidas o amadas!  Allí un antiguo compañero de infancia; allí una virgen arrebatada de la tierra en sus mejores años; allí un hombre malo a quien el sepulcro le ha hecho perdonar sus faltas, ¡ay! pero todos conocidos, algunos amados.  Pasando a orillas de sus tumbas se les saluda y se les envidia; ellos descansan ya, nosotros vamos solitarios y mudos deletreando los enigmas que se encierran tras los epitafios que ocultan sus nombres.  Y así llegamos allá en donde terminan los monumentos y comienza la llanura de los pobres.  Amplia es ella, hasta perderse de vista.  Para llegar a donde reposan los miserables hay que pasar un puente de hermosas arcadias tendidas de uno al otro lado del barranco. Si golpéais duro aquel pavimento, tendréis aquelarre de cráneos, porque el vientre de aquel Puente contiene el “Osario” de aquel cementerio, y allí están confundidos, mientras no se vuelvan polvo, la multitude de huesos de las generaciones de la gente sin familia o de la familia olvidadiza que dejó caer a los restos de los suyos en aquel abismo espantoso.

Nosotros no nos atrevimos a atravezar el puente fatal, contentándonos en contemplar desde lejos las tumbas de los pobres, todas uniformes y pequeñas, sin más que nombres ignorados para el mundo y que hacen el efecto, vistas desde lejos, de batallones que se aprestaran esde este mundo al combate de la muerte contra lo desconocido.

El grupo hizo allí reflexiones que llegaron hasta tener colorido filosófico. Atrás, los ricos con sus suntuosas capillas; y sus inscripciones más o menos mentirosas; adelante y hasta perderse en el lejano confín, la muerte niveladora que se ha tragado en su sepulcro a multitud de generaciones que no han dejado rastro ni huella; y todos más o menos tristes, agachamos la cabeza, influenciados, yo no sé por qué pensamiento, siguiendo nuestro camino agobiados por la idea triste de que es mentira que existe la igualdad ni aun en la tumba. 

Regresamos por la calle que conduce al punto céntrico del cementerio, donde se encuentra el monumento de García Granados, que encierra sus restos, y ya al pie de él nos dimos a contemplar la puesta del sol que, precisamente en ese momento, ocultaba su faz tras la majestuosa y azulada mole del Volcán de Agua.  Los celajes de amarillo pálido que llenaban la inmensa extension del horizonte, semejaban un océano de oro en fusion, sobre el cual se iban a precipitar parvadas de nubecillas en formas de cirrus que se disolvían al contacto de aquel líquido hirviente.  Naturleza estaba callada y triste; no se oía ni un ¡ay! ni un gemido. Nosotros no sabíamos qué admirar más, si la ida del sol, o la tristeza y semioscuridad en que estaban envueltos los teocalis lejanos, cementerio también de los indios anteriores a la conquista y que forman tan especial contraste con el cementerio de los cristianos; o la tristeza de nuestros propios corazones que también ¡ay! son otros tantos cementerios sangrientos en donde están enterradas tantas y tantas ilusiones y esperanzas.

Embebidos estábamos ante aquel paisaje feérico, cuando nos despertó una voz plañidera.  Era la voz de la campana del cementerio, que tocaba a muerto; y uno más se deslizó bajo las arcadas del portico en carro mortuorio y acompañado de deudos y amigos que le conducían a su última morada.

La noche se nos venía encima; nosotros estábamos tristes y cavilosos y nos decidios a terminar la jornada sin punto determinado.

Lo que queríamos era saludos a nuestros muertos ilustres, que en el nuevo cementerio son pocos por contar. 

Atraídos por el arte, para estudiar los monumentos que la riqueza y el amor han levantado a los muertos de la gente privilegiada por el dinero.  En un templete griego vimos que reposaba don Angel Peña, ex-Ministro de Hacienda del general Rufino Barrios; más adelante el general don José Orantes, ex-presidente de la República. Estos han dejado capital suficiente, y sus familias les han elevado monumentos suntuosos.

Cerca de de esa tumba está la de un filántropo; don Luis Asturias, director del Asilo de Dementes y fundador de otros institutos de beneficencia. Su familia le ha erigido un monumento en mármol de muy buen gusto artístico.

Pero lo que en la Avenida en que estos muertos sobresale de toda ponderación, es el sepuldro de doña Agripina de Sánchez.  La señora fue madre de personas muy distinguidas en el país, entre las que se cuentan don Delfino Sáchez, notable Ministro de Instrucción Pública del general Barrios, muerto ya, y don Guillermo Sáchez, honrado industrial.  Ella era viuda de don Francisco Sánchez, notable hombre público en su tiempo.  Nada sé de las cualidades familiares de doña Agripina; esposa de éste último, deben haber sido muchas y su memoria muy querida cuando se le ha levantado el más hermoso monument que hay en el cementerio erigido por la piedad filial.

El monumento del general Barrios es bien conocido, es en su género lo más hermoso y heroic que tenemos en Centro América. La cripta en que reposan los restos del guerero; la oscuridad que rodea el catafalco; las leyendas de las paredes; las coronas que sus fieles le depositan de año en año al pie de aquella tumba. Basta decir que en Centro América no hay monument de mayor costo.  No fue la Nación, fue su vuida la que le consagró ese recuerdo en mármoles y bronces.

BIBLIOGRAFIA:

 

 

16 de septiembre de 1896: el gobierno del general presidente José María Reina Barrios inaugura el nuevo edificio del Registro de la Propiedad Inmueble, hoy convertido en Museo Nacional de Historia

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El 16 de septiembre de 1896 fue inaugurado el edificio del Registro de la Propiedad​ de la Ciudad de Guatemala— obra del arquitecto José de Bustamante. La institución del Registro es una de las reformas implantadas por la legislación civil guatemalteca de 1877. En la Ciudad de Guatemala de 1896 había un promedio mensual de novecientas inscripciones que incluían enajenaciones de fincas rústicas, enajenaciones de fincas urbanas, hipotecas sobre fincas rústicas, hipotecas sobre fincas urbanas y cancelaciones hipotecarias.

Tiene una planta de setecientos cuarenta y dos metros cuadrados y una altura de catorce metros, con dos plantas y una bóveda para el archivo; es de estilo renacimiento francés y costó doscientos mil pesos guatemaltecos. Está fabricado de ladrillo y hierro y decorado con cemento y mármol y contiene veintidós piezas para oficinas y un sótano que está protegido por rejas y tela metálica.

Fue uno de los pocos edificios construidos por el gobierno del general José María Reina Barrios que sobrevivieron el terremoto de 1917-18.  Posteriormente fue convertido en el Museo Nacional de Historia de Guatemala.

Reina Barrios gobernó durante el período económico más próspero de los regímenes liberales, y aprovechó la bonanza para realizar obras de infraestructura majestuosas, que incluyeron el Palacio de Gobierno, el Pabellón de la Exposición Centroamericana, el Museo de la Avenida de la Reforma, los cuales fueron destruidos por los mencionados terremotos.  El presidente general José María Reina Barrios también había contratado al arquitecto José de Bustamante, para la construcción del Palacio Presidencial o Casa Presidencial. El contrato se aprobó el 8 de febrero de 1895, tres años exactamente antes del asesinato del Presidente, y el edificio se construyó en el predio que ocupaba la huerta ubicada, en el ala suroeste del antiguo Palacio Colonial sobre la 8ª Calle con un costo aproximado de cuatrocientos mil pesos. La obra dio inicio el 1 de enero de 1895 y se inauguró el 24 de diciembre de 1896. Fue la sede de gobierno de Reina Barrios y de su sucesor, el licenciado Manuel Estrada Cabrera hasta que fue destruido por los terremotos.

BIBLIOGRAFIA:

Agosto de 1896: en la cúspide la bonanza económica, el gobierno de José María Reina Barrios autoriza la construcción del Puerto de Iztapa, el cual sería la terminal sur del Ferrocarril Interoceánico

Si le hubieran dicho al general José María Reina Barrios en agosto de 1896 que iba a morir asesinado menos de dos años después debido al gran descontento popular en contra de su gestión se habría reído incrédulo.  Y no era para menos:  las ventas del café estaban por las nubes, la educación de la población era inmejorable, alcanzando por primera vez a los más aventajados estudiantes indígenas, la ciudad capital se había embellecido con hermosos palacios, museos y monumentos y los ambiciosos proyectos económicos del gobierno iban viento en popa.

Entre esos proyectos, el más destacado era el del Ferrocarril Interoceánico, el cual estaba destinado a convertir a Guatemala en el principal puente comercial entre el Océano Atlántico y el Océano Pacífico. en una época en que todavía no se había producido la Guerra entre Estados Unidos y España de 1898, con la que los Estados Unidos se convirtieron en la principal potencia en América gracias a lo cual independizaron a Panamá de Colombia para construir un canal interoceánico allí en 1903.

El ambicioso Proyecto de Reina Barrios estaba financiado por medio de bonos del Estado los que en un principio eran muy cotizados y tuvieron mucho demanda.   El Ferrocarril que había construido J. Rufino Barrios iba de Puerto de San José a la Ciudad de Guatemala y Reina Barrios tenia el plan de concluir la ruta hasta Puerto Barrios.  Para 1896, el Ferrocarril ya iba desde el Puerto del Atlántico hasta Zacapa y se veía muy prometedor por lo que el gobierno dió el siguiente paso: empezar la construcción de un nuevo puerto en el Pacífico  ya que las condiciones de carga y descarga en Puerto de San José dejaban mucho qué desear.

Así se comenzó con la construcción del Puerto de Iztapa, que de haberse concluído hubiera sido similar al de Puerto Barrios y la salida de Guatemala hacia el Pacífico.  Pero la dependencia de Guatemala en el café como único producto de exportación hizo que cuando la revolución en Brasil terminara en 1897 y éste gigante sudamericano empezara a producer café en grandes cantidades, el precio internacional del grano se desplomara y con él la economía guatemalteca y los sueños del gobierno de Reina Barrios.  Para agosto de 1898, todos los proyectos emprendidos estaban en el abandono y el presidente yacía en las Catacumbas de la Catedral Metropolitana tras ser asesinado el 8 de febrero de ese año.

BIBLIOGRAFIA:

 

 

1 de junio de 1896: se instala el servicio eléctrico en la Oficina Central de Correos de Guatemala

 

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Dirección General de Correos de Guatemala, en el antiguo convento de los franciscanos en la Sexta Avenida del Centro Histórico de la Ciudad de Guatemala.  Imagen tomada de Wikimedia Commons.

 

Las nuevas generaciones han vivido en una sociedad en la que la comunicación es prácticamente instantánea y basta con tener un servicio de telefonía móvil y un cargador eléctrico para enterarnos instantáneamente de todo aquello que nos interesa.  Pero a finales del siglo XIX, hace solo 120 años, la situación era completamente diferente: la Ciudad de Guatemala carecía de electricidad y la comunicación se efectuaba por correo normal y con periódicos de escasa circulación.

En junio de 1896, el gobierno progresista del general José María Reina Barrios estaba en su apogeo y la economía nacional estaba en una situación inmejorable.  Para agilizar las comunicaciones del país, Reina Barrios estaba construyendo el Ferrocarril del Norte de Guatemala, para así conectar al puerto de San José con el entonces nuevo Puerto Barrios.  La empresa iba viento en popa, y ya habían llegado desde Puerto Barrios hasta El Rancho de San Agustín.

Para complementar las comunicaciones, Reina Barrios mejoró la infraestructura del correo nacional y entre esas mejoras estuvo la instalación del servicio eléctrico en la Dirección de Correos en la Ciudad de Guatemala, la cual estaba en el hoy desaparecido ex-convento de los frailes franciscanos, a un lado del atrio de la Iglesia de San Francisco en la Sexta Avenida.    Reina Barrios tenía todas sus esperanzas puestas en el ferrocarril, y en el Correo, pues con ellos se establecerían relaciones comerciales con importantes destinos en Europa y en el este de los Estados Unidos.

Pero el destino tenía otros designios para el presidente guatemalteco.  Apenas un año después el gobierno se había quedado sin fondos para concluir el Ferrocarril del Norte y en 8 de febrero de 1898 Reina Barrios caía muerto de un pistoletazo propinado por el ciudadano suizo británico Edgar Zolinger.  Por una de esas amargas coincidencias que tuvo el trágico final de Reina Barrios, a Zolinger lo mataron los policías y llegó el Sr. Emilio Ubico a darle el tiro de gracia al cadáver;  Ubico no solamente era tío del general Jorge Ubico, sino que había sido el director general de Correos del gobierno de Reina Barrios.

BIBLIOGRAFIA:

15 de mayo de 1896: la revista cultural “La Ilustración Guatemalteca” publica las primeras fotografías jamás tomadas de la Isla de Flores, Petén

 

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Fotografía del Ingeniero Claudio Urrutia, publicada en la revista “La Ilustración Guatemalteca” en 1896.

En 1896 la Comisión de Límites con México estaba terminando el trabajo para el que fue creada y que se inició luego de la firma del tratado Herrera-Mariscal en 1882 entre el gobierno del general J. Rufino Barrios en Guatemala y el gobierno del general Porfirio Díaz en México.  En otra oportunidad hablaremos con más detalle de lo desventajoso que resultó este tratado para Guatemala, no solo por la entrega del Soconusco sino porque representó una significativa pérdida de territorio para el país, de acuerdo al propio jefe de la Comisión, el ingeniero Claudio Urrutia.

Fue precisamente Urrutia quien al llegar a la entonces remota Isla de Flores, tomó varias fotografías que fueron enviadas a la revista “La Ilustración Guatemalteca” para que esta revista cultural las publicara.  Así pues, las fotografías aparecieron en la publicación del 15 de mayo de 1896, siendo la primera vez que los guatemaltecos de la ciudad pudieron ver cómo era el lago Petén Itzá y la Isla de Flores.

He aquí cómo describieron a la Isla en esa oportunidad los escritores liberales de “La Ilustración Guatemalteca“:

“La cabecera del Petén, la ciudad de Flores, está situada en una pintoresca isla de la laguna Itzá o del Petén: tiene forma bastante regular con un diámetro de unos 300 metros.  Está a una elevación sobre el nivel derl mar de 150 metros.  La plaza en que está la Jefatura y la Iglesia ocupa casi su centro que es bastante elevado respecto a la playa.  Toda ella está cubierta de casas, la mayor parte pajizas.  Fue en un tiempo una ciudad importante de los mayas.  Parece que no sólo la ocupaban por completo con su población sino también se extendía la ciudad en la península que está al norte de ella.  Más tarde fue presidio, en tiempo de la colonia.  Hoy es el único centro importante del Petén:  sus moradores lo pasan del miserable comercio que hacen con Belice y Tabasco, pero viven encariñados a ese peñasco como un molusco a su concha.  Allí se pasa una vida animada por continuas fiestas de iglesia, bailes, algun paseo por la pintoresca laguna, todo ello sazonado con una murmuración de que no se puedo formar idea sin estar en ella.”

BIBLIOGRAFIA: