31 de agosto de 1544: la audiencia de los Confines informa al Emperador de España que Santiago de los Caballeros había apelado las Leyes Nuevas

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Lienzo de Tlaxcala, mostrando los combates entre los indígenas tlaxcaltecas y las tropas de Pedro de Alvarado contra las tropas de la región de Iximché. Imagen tomada de Wikimedia Commons.

El 31 de agosto de 1544, el presidente de la Real Audiencia de los Confines, situada en Gracias a Dios, avisó al Emperador que el Cabildo de Guatemala había apelado las Leyes Nuevas, incluyendo el capítulo de los esclavos indígenas, porque los conquistadores no podían exhibir otro título que el de haber tomado a los esclavos en la guerra y que fueron marcados con hierro candente por orden de los capitanes conquistadores y de los gobernadores.  En otras palabras, no les era fácil demostrar que poseían esclavos legítimamente.1 Y, debido a su codicia, decían: “estamos tan escandalizados como si nos enviara a mandar cortar las cabezas” y querían que el rey les compensara por esto, diciendo “páguenos vuestra majestad lo que nos debe y háganos grandes mercedes.1

Ahora bien, ¿qué eran las Leyes Nuevas? Para empezar con esta explicación, se debe hacer un resumen de cómo funcionaba la esclavitud de indígenas en la época de la conquista española.  Cuando Alvarado conquistó el altiplano guatemalteco en 1524, hizo esclavos a los indígenas de Cuzcatlán, Izcuyntepeque, Pazaco, Acaxocal y Tuculcalco; de acuerdo a la lógica del sanguinario conquistador español, data la multitud de indígenas y el corto número de cristianos, no se consquistaría la región si no fuese por los castigos.  Además, aparte de los esclavos de guerra, los españoles también adquirieron esclavos de rescate, que eran aquellos que ya eran esclavos de los indígenas antes de la consquista y que pasaron a manos de los españoles.2

Inicilamente, el aniquilamiento y esclavitud de los indígenas fueron permitidos por los Reyes Católicos debido a que los nativos resistían a los predicadores de la fe católica a mano armada; pero luego, cuando la codicia desenfrenada de los conquistadores amenazaba con despoblar la región recién conquistada, se ordenó en 1530 que ya no se tomaran esclavos indígenas. Los conquistadores guatemaltecos no aceptaron de buen grado esta cédula antiesclavista, ya que estaban acostumbrados a tomar esclavos, y luego de marcar a los indígenas con hierro,  a comerciar con ellos enviándolos a Panamá.  El Ayuntamiento de Guatemala replicó al rey que no podían estar sin esclavos porque ya estaban empezando a extraer oro y porque era necesario esclavizarlos porque eran “acabados de conquistar, indomables y contumaces“.  Suplican al rey que se permita seguir esclavizando y herrando a los indígenas, tanto de guerra como de rescate, para siempre o al menos por el tiempo que el gobernante lo considere necesario.  También hacían ver al rey que muchos estaban endeudados porque habían quintado a los esclavos, y luego éstos habían sido transferidos a otro propietario o habían muerto, pero los conquistadores tenían que seguir pasando el derecho al quinto a favor de la Real Hacienda; en virtud de esto, suplicaban que les perdonaran esas deudas a la Hacienda.3

Aquella solitud guatemalteca surtió efecto y los conquistadores siguieron teniendo esclavos, por lo menos de rescate;  de hecho, llegaron al colmo de agradecer al Rey porque “si dicha provisión se hubiese de ejecutar, demás del notorio agravio y perjuicio que de ella redundaría a la población de la tierra y a los pobladores de ella, por quitarles y prohibir que no puedan rescatqar ni contratar los esclavos que los caciques e indígenas tienen por esclavos, a los mismos indígenas se les seguiría mucho daño, por quitarles el beneficio que recibían en salir de poder de los caciques e indígenas que los tenían como esclavos, por el peligro en que estaban de ser sacrificados, demás que en venir a poder de los cristanos podrían ser instruidos y doctrinados en las cosas de la fe.”4

En cuanto a los esclavos de guerra, la real cédula de Balpuche del 19 d emarzo de 1533 hizo valer que se tomaran esclavos de esa índole porque todavía había varios caciques de guerra que no estaban dispuestos a aceptar el señorío del rey ni admitir la predicación cristiana.4 Aquella cédula dejaba a Pedro de Alvarado y al obispo Francisco Marroquín la prerrogativa de decidir si se podía o no hacer guerra con justicia y tomar esclavos de la misma; en sentido práctico, los conquistadores guatemaltecos volvieron a gozar del derecho de tener esclavos indígenas de rescate y de guerra.5

Pero la costumbre de marcar a los indígenas con hierro candente en Guatemala hizo que varias autoridades se quejaran ante el rey. Por ejemplo, los franciscanos de México decían que aquella costumbre iba en contra de la ley divina, y que se debía más a la codicia de los conquistadores y caciques, que llegaban al colmo de entregar maceguales (es decir, indígenas que comunes que no eran esclavos) como esclavos de rescate.6 Por su parte, el dominico Bartolomé de Las Casas relató en 1535 que en la región “no hay ningún esclavo indígena que justamente lo sea o lo haya sido“, y que la codicia de los conquistadores había llevado más de 12,000 indígenas guatemaltecos, 25,000 nicaragüenses, y 15,000 de las otras regiones al Perú y que “todos eran muertos“; de hecho, concluye diciendo que la gobernación de Guatemala “asola y destruye“.7

En 1539, la corona tomó medidas para evitar la esclavitud de indígenas de rescate.  Primero, privó a los españoles del derecho de rescartar esclavos, pues los cacíques y principales indígenas de Gutaemala tomaban esclavos a los nativos maceguales por cualquier excusa y luego los vendían a los españoles como esclavos de rescate; así pues, la cédula del 31 de enero de 1539 prohibió que se compraran esclavos por este método y que los caciques o principales pretendieran vender sus esclavos a los conquistadores.8

No fue sino hasta la promulgación de las Leyes Nuevas el 20 de noviembre de 1542 que se eliminó la esclavitud por guerra; las leyes decían: “por ninguna causa de guerra ni otra alguna, aunque sea so título de rebelión, ni por rescate, ni de otra manera, no se pueda hacer esclavo indígena alguno: y queremos que sean tratados como vasallos nuestros de la Corona de Castilla, pues lo son“. 8


BIBLIOGRAFIA:

  1. Zavala, Silvio. (1945). Contribución a la historia de las instituciones coloniales en Guatemala. En: Jornadas.  México: El Colegio de México. pp.24-26.
  2. Ibid., pp. 11-12.
  3. Ibid., pp. 13-14.
  4. Ibid., p. 16.
  5. Ibid., p. 17.
  6. Ibid., p. 18.
  7. Ibid., pp. 19-20.
  8. Ibid., p. 21.

27 de agosto de 1717: fuerte erupción del Volcán de Fuego inicia enjambre sísmico que resulta en el terremoto de San Miguel el 29 de septiembre

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Volcanes de Fuego y Acatenango en Guatemala. En el recuadro: portada del informe hecho en 1774 acerca del terremoto de Santa Marta, que recoge todos los terremotos que se habían registrado en la ciudad de Santiago desde 1541. Imágenes tomadas de Wikimedia Commons.

En 1717 el dominio de la Iglesia católica sobre los vasallos de la corona española era absoluto y esto hacía que cualquier desastre natural fuera considerado como un castigo divino y tratara de resolverse mediante demostraciones de fe. En el caso particular de la ciudad de Santiago de los Caballeros de Guatemala, los habitantes también creían que la cercanía de los volcanes y las montañas que rodeaban a la ciudad, en especial el Volcán de Fuego, era la causa de los temblores que los afectaban con frecuencia.​  De hecho, un breve resumen de lo que había ocurrido hasta 1717 es el siguiente escrito elaborado por la Junta General del año de 1717, para realizar un informe para el rey sobre los terremotos de San miguel del 29 de septiembre:1

  • Por el año de 1541, en que no habían pasado 14 de la fundación de Guatemala en el paraje, o sitio, que actualmente llaman Ciudad Vieja, se experimentó no solo la quasi general inundación, sino también con desmesurados estremecimientos comenzó babanear la tierra (así dice el Escritor) como a las 2 de la madrugada del 11 de septiembre del citado año”.
  • Por los meses de agosto y septiembre del año de 1565, se experimentaron también fuertes y espantosos temblores, que generalmente causaron muchas ruinas en los edificios;
  • En 1575 se sintieron los terribles terremotos que igualmente causaron considerables estragos, con la circunstancia de que desde el expresado año hasta el de 1590, apenas pasó alguno en que no se experimentaran estos terribles avisos de la Divina Justicia.
  • El día de San Andrés del de 1577, en que sindiéndose uno como por el término de tres horas (así dice el Historiador) arruinó muchas casas. 
  • El 26 de diciembre de 1581 se experimentaron grandes sobresaltos, y temores; pues se llegó a encencer luz a las 12 de la mañana, por haberse cubierto el Sol con porción considerable de ceniza, y sin verse unos a otros.  
  • El 14 de enero de 1582, no se vio nada del Volcán sino ríos de fuego, y que eran tantos, y tan temerosos los truenos, que andaba toda la gente atemorizada.
  • Desde el 16 de enero de 1585 hasta el 23 de diciembre de 1586 hubo fuertes y terribles terremotos, que se asoló casi toda la Ciudad.
  • El 8 de octubre de 1651 se volvió a asolar la ciudad de fuertes temblores, los cuales cesaron por intercesión de Nuestra Señora del Rosario, a cuya milagrosa imagen joró por su Patrona.
  • El fuerte temblor del día del Señor de San Felice, en que se arruinó casi toda la Ciudad.  
  • En 1663, 1666 y el 12 de febrero de 1689 se volvieron a destruir todos los edificios, y dicen que fueron grandes pérdidas de los censos de Conventos y Capellanías impuestas sobre sus fincas.
  • En 172 se volvieron a experimentar temblores, siguiedo el 1 de febero de 1705 cuando el volcán arrojó tanta porción de ceniza y humo, y con tanto ruido, que dicen, estuvieron para perecer; y con la circunstancia de que cubriéndose la atmósfera, fue preciso entre nueve o diez de la mañana encender la luz. 
  • El 14 de octubre de 1709 refieren haber experimentado el espantoso y terrible suceso que atemorizó a los habitantes pues fueron tantos los plumajes y ríos de fuego que vomitó el Volcán con grandísimo estruendo.1

Varios testigos fueron consultados por la Junta General del año de 1717, siendo éstos:

  • Bernardo Valdes de 39 años
  • Pedro de la Barrera, de 31 años
  • Felipe Ximenez, de 40 años
  • Juan Santos, Sargento mayor, de 42 años
  • Licenciado Diego Arias de Miranda, Cura del Partido de Caluco, de 41 años
  • Josef Sierra y Rebolorio, de 45 años.
  • Juan de Molina, de 55 años
  • Juan Antonio Mallén, de 37 años
  • Josef Fernández de la Fuente, de 42 años
  • Alfonso Capriles de Guzmán, español de 30 años
  • Bachiller Laureano Simón de Ypinza, de 40 años.2

De acuerdo a los testigos “resulta acreditado, que desde principios de la noche del 27 de agosto de aquel referido año (bien fatal, y trabajoso a la desgraciada Ciudad de Guatemala, y sus vecinos) arrojó uno de los Volcanes voraces llamas de Fuego, y humo con espantosos bramidos, y retumbos, atemorizando en extremo a todos los habitadores; continuando en esta conformidad el siguiente día 28, y aún el 29; cuyos espantos sucesos se habían experimentado en otras ocasiones, de que se hará alguna atención: que se suspendieron por espacio de tiempo; y que se aplacó su furia, mediante la Divina Misericordia, que imploraron los habitadores, por medio de los Santos, de Rogativas, Procesiones, y Novenas, y con particularidad la Ciudad, tomando por Patró al Señor San Miguel, y jurándole como se acostumbra“.3

Continúa el reporte oficial: “No parándose la consideración en que afirmen los testigos, que la causa de los temblores proviene de los Volcanes, pues no son los únicos que concuerdan en este común sentir, resulta justificado, que hallándose como se halla, la Ciudad circunvalada por todas partes de Cerros elevados (bien que el de Agua, y los dos Volcanes de Fuego con exceso considerable, como es hecho manifiesto) estimaban su temperamento poco favorable, y aún nocivo a la salud por su mala situación, y cielo melancólico; y de que en su concepto provenía variedad de enfermedades.”4

Y finaliza: “no cesaron, segun parece, estos actos religiosos y devotos, pero sí calmaron los Terremotos, y los cuidados, y peligros de los habitantes de Guatemala por algún tiempo: pero cuando se hallaban en parte tranquilizados los ánimos, empezaron a aumentarse los sustos, y temores con espantosos, fuertes y terribles terremotos, que principarion como aprima noche del 29 de septiembre del citado año de 717“.5


BIBLIOGRAFIA:


9 de agosto de 1561: se solicita al rey Felipe II que establezca la Compañía de Jesús en Santiago de los Caballeros de Guatemala

9agosto1561
Ruinas de la Iglesia de la Compañía de Jesús en la Antigua Guatemala en 1875, luego del terremoto del 3 de septiembre de 1874. En el recuadro: el rey Felipe II. Imágenes de Wikimedia Commons.

En la segunda mitad del siglo XVI la orden de la Compañía de Jesús era muy poderosa en Europa y fueron solicitados por las autoridades del Reino de Guatemala a través de una cédula del 9 de agosto de 1561, pero ésta fue denegada por el rey Felipe II por considerar que los miembros de la orden eran más necesarios para encabezar la Contrarreforma contra los movimientos protetantes que se extendían en Europa. A pesar de esto, cinco años después el propio Felipe II solicitó el envío de veinticuatro jesuitas a América, pero esto no pudo materializar. Luego, en 1580, regresando de visitar colegios de la orden en Perú, pasó por Guatemala el Padre Maestro Juan de la Plaza quien hizo peticiones reiteradas junto con el Ayuntamiento criollo. Finalmente, en 1607 llegaron los primeros jesuitas y se establecieron en la Muy Noble y Leal Ciudad de Santiago de los Caballeros de Guatemala.1

Los jesuitas se hospedaron inicialmente en la casa de Lucas Hurtado y, como era su costumbre, se centraron en la enseñanza como principal misión de la orden.  De esta cuenta, abrieron su primer centro educativo, el Colegio San Lucas, el cual se inauguró el 18 de octubre de 1607.  Los sacerdotes le pusieron este nombre a su establecimiento en honor a Lucas Hurtado por todo su apoyo inicial y porque en esa fecha la Iglesia Católica celebra la fiesta del evangelista San Lucas.2

La primera iglesia que construyeron los jesuitas era pequeña, y construida de adobe y con techo rústico; sin embargo, a pesar de estar alejada del centro era reclamada por los vecinos para muchas celebraciones religiosas. En 1610 la Real Audiencia envió un informe al Rey solicitando que se asignara una renta anual al Colegio de los Jesuitas para ayudarlo en sus gastos. Luego, en 1611 Leonor Celada (viuda del escribano real Juan de Guevara) donó a los jesuitas una casa muy cerca de la plaza central, en la manzana que pertenecía a los descendientes del cronista Bernal Díaz del Castillo,​ a únicamente trescientos metros de la fachada de la Catedral, en el flanco poniente de la Plaza de Armas. Gracias a esto, los se mudaron a una posición privilegiada con respecto a las demás órdenes que tenían edificaciones en la ciudad.2

Para 1615 había en la ciudad una efervescencia por construir edificios con mayor tamaño que los existentes hasta el momento y los jesuitas iniciaron la construcción de su iglesia definitiva. Entre 1610 y 1620 se amplió la actividad docente del Colegio de San Lucas y la economía de la orden mejoró; parte del dinero ingresado se empleaba en construir, la casa y la iglesia, que fueron concluidas el 18 de julio de 1626.3

Los jesuitas prosperaron en Guatemala y tuvieron mucha influencia política y económica hasta que fueron expulsados de todos los territorios del Imperio Español por medio de la Pragmática Sanción del rey Carlos III el 2 abril de 1767.


BIBLIOGRAFIA:

  1. Agencia Española de Cooperación Internacional para el Desarrollo (2008). Apuntes sobre las obras de rehabilitación del Colegio de la Compañía de Jesús. Guatemala. Archivado desde el original el 4 de junio de 2014. p. 5.
  2. Ibid., p. 6.
  3. Johnston Aguilar, Rene (2001). «Proyecto arqueológico en el claustro norponiente de la Compañia de Jesús, Antigua Guatemala»Academia. Archivado desde el original el 10 de febrero de 2015.
  4. Real Gobierno de España (18050 [1775]. Novísima Recopilación de las Leyes de España mandada formar por el señor don Carlos IV. Madrid. pp. 181-183.

2 de abril de 1767: el rey Carlos III decreta la pragmática sanción para expulsar a la Compañía de Jesús de todos sus dominios y expropiar sus bienes

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Ruinas del abandonado convento de la Compañía de Jesús en 1875 en la Antigua Guatemala.  Los jesuitas lo tuvieron que abandonar en 1767 y pasó a poder de los mercedarios, hasta el terremoto de 1773.  En el recuadro: el rey Carlos III, quien firmó la pragmática sanción de 1767.  Imágenes tomadas de Wikimedia Commons.

El enorme poder político y económico de la orden de la Compañía de Jesús, o de los Jesuitas, empezó a disminuir en el siglo XVIII, con la difusión del jansenismo, que era una doctrina de una fuerte carga antijesuítica, y de la Ilustración a lo largo de ese siglo. Se empezó a pensar que los métodos educativos de la Compañía, y su concepto de la autoridad y del Estado eran ya anticuados. Además, la monarquía española estaba cada vez más laicizada y más absolutista, y empezó a considerar a los jesuitas ya no como colaboradores útiles, sino como competidores molestos por su oposición al regalismo. Y encima de todo esto, se mantenían vigentes los ancestrales conflictos que los jesuitas tenían con las órdenes religiosas tradicionales.1

La llegada al trono del nuevo rey Carlos III en 1759 supuso un duro golpe para el poder y la influencia de la Compañía, pues el nuevo monarca, a diferencia de sus dos antecesores, no era nada favorable a los jesuitas, ya que estaba influido por su madre, la reina Isabel de Farnesio, y por el ambiente antijesuítico que predominaba en la corte de Nápoles de donde provenía.2

Aunque el rey en su pragmática sanción del 2 de abril de 1767 menciona que hay gravísimas razones que lo obligan a expulsar a los jesuitas, también dice que se reserva para sí explicar cuales eran.3  En realidad, los jesuitas consistían la máxima oposición al regalismo absoluto que Carlos III aspiraba, ya que esta doctrina política defiendía el derecho del estado nacional a intervenir, recibir y organizar las rentas de sus iglesias nacionales y chocaba frontalmente con la absoluta lealtad de los jesuitas hacia el Papa. Tras el motín de Esquilache en 1766, el rey vió la oportunidad que esperaba para salir de la orden y solicitó al fiscal del Consejo de Castilla, Pedro Rodríguez de Campomanes, que abrira una pesquisa secreta sobre el asunto; Campomanes enseguida dirigió su atención hacia los jesuitas a partir de la evidencia de la participación de algunos de ellos en la revuelta mediante la violación del correo, informes de autoridades, delaciones, y confidencias de espías.4

Con la documentación acumulada Campomanes, quien era un antijesuita acérrimo, presentó su Dictamen ante el Consejo de Castilla en enero de 1767 y acusó a los jesuitas de ser los responsables de los motines con los que pretendían cambiar la forma de gobierno. En sus argumentos inculpatorios recurrió a todo el arsenal antijesuítico que se había acumulado en los dos siglos desde su creación, incluyendo su apoyo al tiranicidio (por su supuesta relación con los intentos de magnicidio en Francia y Portugal), relajada moral, su afán de poder y riquezas, y su malos manejos en América. El presidente del Consejo de Castilla, el conde de Aranda, formó un Consejo extraordinario que emitió una consulta en la que consideraba probada la acusación y proponía la expulsión de los jesuitas de España y sus Indias. Para tener mayor seguridad, Carlos III convocó un consejo o junta especial presidida por el duque de Alba e integrada por los cuatro Secretarios de Estado y del Despacho, el cual ratificó la propuesta de expulsión y recomendó al rey no dar explicaciones sobre los motivos de la misma. Tras la aprobación de Carlos III, y a lo largo del mes de marzo de 1767, el Conde de Aranda dispuso con el máximo secreto todos los preparativos para proceder a la expulsión de la Compañía.5

Luego de la expulsión de los jesuitas la corona reformó los estudios y aprovechó para modificar los planes de estudio tanto en las universidades como en los seminarios. La mayoría de los obispos, en aquellos lugares donde no se había cumplido el decreto de Trento (como el caso del Reino de Guatemala), erigieron seminarios aprovechando las casas de los jesuitas para instalarlos. En estos nuevos seminarios el rey obligó a seguir las líneas doctrinales que había impuesto en las facultades de Teología y de Cánones de las distintas universidades reales y pontificias, que tenían gran influjo jansenista y, por ende, en las que habían sido prohibidos los autores jesuitas.6

Inicialmente se pensó que aquella orden real había sido el inicio de la expansión del espíritu ilustrado, pues se consideraba que se veía constreñido por la poderosa acción regresiva y reaccionaria de los jesuitas. Pero un estudio posterior demostró que las otras órdenes religiosas beneficiadas a corto plazo con la expulsión y con los bienes de los jesuitas no fueorn ni más abiertas ni  progresistas. Es más, para hacer cumplir la orden que prohibía la difusión de las “perniciosas” doctrinas jesuíticas, el rey incromentó la censura y la aplicó desde entonces en otros temas.7

Casi medio siglo después, en el contexto de la Restauración de 1814, el papa Pío VII emitió la bula “Solicitudo omnium Ecclesiarum“, que restauraba la Compañía de Jesús. En España, el nieto de Carlos III, el rey Fernando VII, autorizó inmediatamente su vuelta.

Reproducimos a continuación la pragmática sanción decretada por el rey Carlos III el 2 de abril de 1767, llamada “Extrañamiento de los Regulares de la Compañía de Jesús de todos los dominios de España e Indias, y ocupación de sus temporalidades“:3

Habiéndome conformado con el parecer de los de mi Consejo Real, en el extraordinario que se celebra con motivo de las resultas de las ocurrencias pasadas, en consulta de 29 de enero de 1767, y de lo que sobre ella, conviniendo en el mismo dictamen, me han expuesto personas del más elevado carácter y acreditada experiencia; estimulado de gravísimas causas, relativas a la obligación en que me hallo constituido de mantener en subordinaci~n, tranquilidad y justicia mis pueblos, y otras urgentes, justas y necesarias, que reservo en mi Real ánimo; usando de la suprema autoridad económica que el Todo-poderoso ha depositado en mis manos para la protección de mis vasallos, y respeto de mi Corona, he venido en mandar extrañar de todos mis dominios de España e Indias, e islas Filipinas y demás adyacentes a los Regulares de la Compañía, así Sacerdotes como Coadjutores, o Legos que hayan hecho la primera profesión, y a los novicios que quisieren seguirles; y que se ocupen toda las temporalidades de la Compañía en mis dominios: y para la ejecución uniforme en todos ellos he dado plena y privativa comisión y autoridad por otro mi Real decreto de 27 de Febrero al Presidente del mi Consejo, con la facultad de proceder desde luego a tomar las providencias correspondientes.

  1. Y he venido asimismo en mandar, que el Consejo haga notoria en todos estos reinos la citada mi Real determinación; manifestando a las demás Ordenes Religiosas la confianza, satisfacción y aprecio que me merecen por su fidelidad y doctrina, observancia de vida monástica, ejemplar servicio de la Iglesia, acreditada instrucción de sus estudios, y suficiente número de individuos para ayudar a los Obispos y Párrocos en el paso espiritual de las almas, y por su abstracción de negocios de Gobierno, como ajenos y distantes de la vida ascética y monacal.
  2. Igualmente dará a entender a los Reverendos Prelados diocesanos, Ayuntamientos, Cabildos eclesiásticos y demás estamentos o cuerpos políticos del reino, que en mi real persona quedan reservados los justos y graves motivos que a pesar mío han obligado mi Real ánimo a esta necesaria providencia, valiéndome únicamente de la económica potesetad, sin proceder por otros medios, siguiendo en ello el impulso de mi Real benignidad como padre y protector de mis pueblos.
  3. Declaro, que en la ocupación de temporalidades de la Compañía se comprehenden sus bienes y efectos, así muebles como raíces, o rentas eclesiásticas que legítimamente posean en el reino; sin perjuicio de sus cargas, mente de los fundadores, y alimentos vitalicios de los individuos, que serán de cien pesos durante su vida a los Sacerdotes, y noventa a los Legos, pagaderos de la masa general que se forme de los bienes de la Compañía.
  4. En estos alimentos vitalicios no serán comprehendidos los Jesuitas extranjeros que indebidamente existen en mis dominios dentro de sus Colegios, o fuera de ellos, o en casas particulares, vistiendo la sotana, o en traje de abates, y en cualquier destino en que se hallaren empleados: debiendo todos salir de mis reinos sin distinción alguna.
  5. Tampoco serán comprehendidos en los alimentos los Novicios que quisieren voluntariamente seguir a los demás, por no estar aún empeñados con la profesión, y hallarse en libertad de separarse.
  6. Declaro, que si algun Jesuita saliere del Estado eclesiástico (adonde se remiten todos), o diese justo motivo de resentimiento a la Corte con sus operaciones o escritos, lo cesará desde luego la pensión que le va asignada; y aunque no debe presumir que el cuerpo de la Compañía, faltando a las más estrechas y superiores obligaciones, intente o permita, que alguno de sus individuos escriba contra el respecto y sumisión debida a mi resolución, con título o pretexto de apologías o defensorios dirigidos a perturbar la paz de mis reinos, o por medio de emisarios secretos conspire al mismo fin, en tal caso, no esperado, cesará la pensión a todos ellos.
  7. De seis en seis meses se entregará la pensión anual a los Jesuitas por el banco del giro, con intervención de mi Ministro en Roma, que tendrá particular cuidado de saber los que fallecen o decaen por su culpa de la pensión, para rebatir su importe.
  8. Sobre la administración y aplicaciones equivalentes de los bienes de la Compañía en obras pías, como es dotación de Parroquias pobres, Seminarios conciliares, casas de misericordia y otros fines piadosos, oidos los Ordinarios eclesiásticos en lo que sea necesario y conveniente, reservo tomar separadamente providencias; sin que en nada se defraude la verdadera piedad, ni perjudique la causa pública o derecho de tercero.
  9. Prohibo por ley y regla general, que jamás pueda volver a admitirse en todos mis reinos en particular a ningun individuo de la Compañía, ni en cuerpo de Comunidad, con ningun pretexto ni colorido que sea, ni sobre ello admitirá el mi Consejo ni otro Tirbunal instancia alguna; antes bien tomarán a prevención las Justicias las más severas providencias contra los infractores, auxiliadores y cooperantes de semejante intento, castigándolos como perturbadores del sosiego público.
  10. Ningún vasallo mío, aunque sea Eclesiástico secular o Regular, podrá pedir carta de hermandad al General de la Compañía ni a otro en su nombre; pena de que se le tratará como a reo de Estado, y valdrán contra él igualmente las pruebas privilegiadas.
  11. Todos aquellos que las tuvieren al presente deberán entregarlas al Presidente del mi Consejo, o a los Corregidores y Justicias del reino, para que las remitan y archiven, y no se use en adelante de ellas, sin que les sirve de óbice el haberlas tenido en el pasado, con tal que puntualmente cumplan con dicha entrega; y las Justicias mantendrán en reserva los nombres de las personas que las entregaren, para que de este modo no les cause nota.
  12. Todo el que mantuviere correspondencia con los Jesuitas, por prohibirse general y absolutamente, será castigado a proporción de su culpa.
  13. Prohibo expresamente, que nadie pueda escribir, declamar o conmover con pretexto de estas providencias en pro ni en contra de ellas; antes impongo silencio en esta materia a todos mis vasallos; y mando, que a los contraventores se les castigue como reos de lesa Majestad.
  14. Para apartar altercaciones o malas inteligencias entre los particulares, a quines no incumbe juzgar ni interpretar las órdenes del Soberano, mando expresamente, que nadie escriba, imprima ni expenda papeles u obras concernientes a la expulsión de los Jesuitas de mis dominios, no teniendo especial licencia del Gobierno: e inhibo al Juez de imprentas, a sus Subdelegados, y a todas las Justicias de más reinos de conceder tales permisos o licencias, por deber correr todo esto bajo de las órdenes del Presidente y Ministros de mi Consejo con noticia de mi Fiscal.
  15. Encargo muy estrechamente a los revenrendos Prelados diocesanos, y a los Superiores de las Ordenes Regulares, no permitan que sus súbditos escriban, impriman, ni declamen sobre este asunto, pues se les haría responsables de la no esperada infracción de parte de cualquiera de ellos: la cual declaro comprehendida en la ley del Señor Don Juan el I, y Real Cédula expedida circularmente por mi Consejo en 18 de Septiembre del año pasado para su más puntual ejecución, a que todos deben conspirar, por lo que interesa el orden público, y la reputación de los mismos individuos, para no atraerse los efectos de mi Real desagrado.
  16. Ordeno al mi Consejo, que con arreglo a lo que va expresado haga expedir y publicar la Real pragmática más estrecha y conveniente para que llegue a noticia de todos mis vasallos, y observe inviolablemente, publique, y ejecuten por las Justicias y Tribunales territoriales las penas, que van declaradas contra los que quebrantaren estas disposiciones, para su puntual, pronto e invariable cumplimiento; y dará a este fin todas las órdenes necesarias con preferencia a otro cualquier negocio, por lo que interesa mi Real Servicio: en inteligencia de que a los Consejos de Inquisición, Indias, Ordenes y hacienda he mandado remitir copias de mi Real decreto para su respectiva inteligencia y cumplimiento.  Y para su puntual e invariable observancia en todos mis dominios, habiéndose publicado en Consejo pleno este día el Real decreto de 27 de marzo que contiene la anterior resoluci~n, que se mando guardar y cumplir segun y como en él se expresa, fue acordado expedir la presente en fuerza de ley y pragmática sanción, como si fuese hecha y promulgada en Cortes, pues quiere se esté y pase por ella sin contravenirla en manera alguna, para lo cual, siendo necesario, derogo y anulo todas las cosas que sean o ser puedan contrarias a ésta; por la cual encargo a los muy reverendos Arzobispos, Obispos, Superiores de todas las Ordenes Regulares Mendicantes y Monacales, Visitadores, Provisores, Vicarios y demás Prelados y Jueces eclesiásticos de estos mis reinos, observen la expresada ley y pragmática como en ella se contiene, sin permitir que con ningun pretexto se contravenga en  manera alguna a cuanto en ella se ordena: y mando a los del mi Consejo, Presidente y Oidores, Alcaldes de mi Casa y Corte, y de mis Audiencias y Cancillerías, Asistente, Gobernadores, Alcaldes Mayores y ordinarios, y demás Jueces y Justicias de todos mis dominios, guarden cumplan y ejecuten la ticata ley y pragmática sanción, y la hagan guardar y observar en todo y por todo; dando para ello las providencias que se requieran, sin que sea necesaria otra declaración alguna más de esta, que ha de tener su puntual ejecución desde el día que se publique en Madrid, y en las ciudades, villas y lugares de estos mis reinos en la forma acostumbrada, por convenir así a mi Real servicio, tranquilidad, bien y utilidad de lacausa pública de mis vasallos.3

BIBLIOGRAFIA:

  1. Domínguez Ortiz, Antonio (2005) [1988]. Carlos III y la España de la Ilustración. Madrid: Alianza Editorial. ISBN 84-206-5970-3. pp. 135-137.
  2. Ibid., pp. 137-138.
  3. Real Gobierno de España (18050 [1775]. Novísima Recopilación de las Leyes de España mandada formar por el señor don Carlos IV. Madrid. pp. 181-183.
  4. Domínguez Ortiz, Carlos III y la España de la Ilustración, pp. 138-139.
  5. Ibid., pp. 139-140.
  6. Mestre, Antonio; Pérez García, Pablo (2004). «La cultura en el siglo XVIII español». En Luis Gil Fernández y otros, ed. La cultura española en la Edad Moderna. Historia de España XV. Madrid: Istmo. ISBN 84-7090-444-2. p. 524.
  7. Capel Martínez, Rosa Mª; Cepeda Gómez, José (2006). El Siglo de las Luces. Política y sociedad. Madrid: Síntesis. ISBN 84-9756-414-6. p. 275.

2 de julio de 1725: muere el Dr. Juan Baustista Alvarez de Toledo, quien fuera el XIV obispo de la diócesis de Guatemala de 1713 a 1723

 

2julio1725
Uno de los pasos del Via Crucis que existen en la ciudad de Antigua Guatemala entre el templo de San Francisco El Grande y la ermita del Calvario.  Estos pasos fueron construidos bajo la supervisión de Alvarez de Toledo cuando era Comisario de Terceros en esa ciudad.  En el recuadro: el obispo Alvarez de Toledo.  Imágenes tomadas de Wikimedia Commons.

La historia de la Colonia Española en el Reino de Guatemala y del Estado de Guatemala tras la Independencia en el siglo XIX está íntimamente ligada a la de la religión católica en la región.  Es por ello que es importante documentar quiénes fueron los obispos y arzobispos, así como los principales de las poderosas órdenes religiosas que poseyeron enormes extensiones de tierra cultivable en el país durante esos años.

El Dr. Juan Bautista Alvarez de Toledo es uno de esos personajes religiosos importantes, ya que no solamente fue obispo de Guatemala de 1713 a 1723 sino que llegó a ser presidente del Capítulo de los franciscanos de Guatemala, orden a la que pertenecía.1  De acuerdo al historiador eclesiástico Domingo Juarros, su acta de bautismo es la siguiente:

“En la Ciudad de guatemla, en 20 de junio de 1655 años, yo Diego de Robles, Teniente de Cura de esta Santa Iglesia Catedral, hice los exorcismos, bautizé, puso Oleo y Cris a Juan, hijo legítimo de Don Fernando Alvarez de Quiroya y de su mujer Doña Sebastiana del Castillo y Bargas; fueron sus padrinos Don Diego Alvarez de Vega y Doña Lorenza de Estrada su mujer; dicen los padrino, que nació el 28 de mayo pasado de este año y lo firmé. 

Diego de Robles.2

Continuando con lo indicado por Juarros, al margen de aquella partida de bautismo dice:

Este es el Príncipe que ha ilustrado esta Ciudad, siendo Señor Obispo de ella. El Ilustrísimo Señor Doctor y Maestro Don Fr. Juan Bautista Alvarez de Toledo, Religioso de San Francisco, Obsipo de Guatemala, año de 1713.  Murió a 2 de julio de 1725, de edad de setenta años y dos meses. 

Doctor Sologaistoa.”2

Alvarez de Toledo quedó huérfano a temprana edad y fue recogido por una mulata que se hizo cargo de él hasta que éste tomó los hábitos de la poderosa orden de franciscanos en el convento que éstos tenían en la ciudad de Santiago de los Caballeros de Guatemala.  Allí sirvió como Lector, Guardián del Convento Grande, Comisario Visitador de la Provincia de Nicaragua, Definidor, Ministro Provincial, Comisario Visitador y Presidente de Capítulo de la de Guatemala. Por cierto, cuando era Comisario de Terceros, supervisó la construcción de las capillas del Via Crucis que van del templo de San Francisco a la Ermita del Calvario, y cuando fue electo Provincial hizo los bernegales de la Iglesia y otras piezas del Convento, fundó el Monasterio de Religiosas y promovió la del Colegio de Misioneros.1

Fue catedrático de la doctrina de Escoto en la Real y Pontificia Universidad de San Carlos de Borromeo y, dada su erudición, fue nombrado Doctor por dicha Universidad por gracia del Rey de España, sin necesidad de examen.  Dada la escacez de miembros del clero secular en esa época, fue electo Obispo de Chiapas en 1708, y fue consagrado en la iglesia de San Francisco el 15 de diciembre de 1709.1  En Ciudad Real supervisó la construcción de un hospital para pobres enfermos3 y luego fue trasladado a la mitra de Guatemala el 30 de abril de 1713 y recibió sus bulas el 22 de octubre de ese año. 1

De acuerdo al historiador Juarros, siendo obispo de Guatemala Alvarez de Toledo construyó una casa para recogidas y fundó una capellanía para que se les dijera misa los días de fiesta.  También otorgó 18,000 pesos para el convento de Monjas Clarisas, y previno casa para las de Capuchinas.  También dió becas a más de veinte niñas para que fueran religiosas y gastó grandes sumas de dinero en beneficio de los conventos y alivio para los más pobres.3

En 1725 fue promovido a la mitra de Guadalajara, pero dada su avanzada edad renunció y se retiró.  Entonces, el rey Felipe V solicitó al Papa que restituyera a Alvarez y Toledo en la mitra guatemalteca, pero el obispo falleció el 2 de unio y fue sepultado en la Iglesia del Colegio de Cristo Crucificado en la ciudad de Santiago de los Caballeros.1


BIBLIOGRAFIA:

  1. Juarros, Domingo (1857) [1808]. Compendio de la historia de la Ciudad de Guatemala. Guatemala: Imprenta de Luna. p. 287
  2. Ibid., p. 286.
  3. Ibid., p. 288.

2 de mayo de 1715: documentan que tembló por si sola la cruz en el camino que conduce de Santiago de los Caballeros a Jocotenango

2mayo1715
Las ruinas de la Iglesia de San Sebastián y el Templo de Minerva de la Antigua Guatemala en 1913.  El coadjuctor de esta parroquia fue quien comunicó que la cruz en el camino hacia Jocotenango estaba temblando por sí sola.  Fotografía de Arnold Genthe de 1913 tomada de Wikimedia Commons.

El régimen colonial en América estuvo controlado por las poderosas órdenes religiosas y obispos del clero secular hasta la segunda mitad del siglo XVIII, en que los Borbones tomaron el trono en España y empezaron una profunda reforma política que llevó a un mayor control de la Corona sobre los asuntos de la Iglesia en España.  Gracias al poder político que tuvieron, las órdenes religiosas poseyeron enormes haciendas con doctrinas de indígenas que trabajaban en dichas haciendas a cambio de la catequización que les daban los frailes.  Por su parte, los obispos y curas seculares (mucho de estos con poca o ninguna preparación religiosa) tuvieron a su favor el diezmo obligatorio, que era un impuesto más que cobraba el gobierno colonial para ellos y que les proporcionó considerables ingresos.  Esto era tolerado por la Corona antes de la llegada de los Borbones por las grandes rentas que esto representaba para las arcas reales, pero los nuevos monarcas reforzaron el regalismo, es decir, la defensa de las prerrogativas de la Corona sobre la Iglesia católica de sus Estados frente a la Santa Sede. Con el concordato de 1753, se amplió el derecho de patronato regio a todos los territorios de la Corona (que anteriormente existía sólo sobre Granada y América), se limitaron las atribuciones de la Inquisición en materia de censura y en el plano judicial, y se reforzjok el exequatur o pase regio, que suponía que las disposiciones del papa debían tener la aprobación real para poder ser publicadas y aplicadas en los territorios de la Monarquía. Como corolario, el rey de España Carlos III expulsó a los jesuitas de todos sus territorios en 1767, tras acusarlos de ser los responsables del Motín de Esquilache y para quedarse con sus grandes propiedades, Aunque la Monarquía no llegó a cuestionar en ningún momento los extensos privilegios de la Iglesia, el resto de órdenes religioss y miembros del clero secular comprendieron que la situación ya no les era tan favorable como antes.1

En el Reino de Guatemala, el rompimiento entre la monarquía y el clero fue evidente cuando las órdenes regulares tuvieron que entregar al clero secular sus numerosas doctrinas, y cuando el Capitán General decidió trasladar la ciudad de Santiago de los Caballeros tras el terremoto de Santa Marta en 1773, el cual no fue mucho más destructivo que los de San Miguel en 1717 y de San Casimiro en 1751, y tras los cuales la ciudad se reconstruyó con mayor esplendor cada vez, poniándose énfasis en los edificios religiosos. En 1773, por el contrario, las autoridades civiles favorecieron el traslado a una nueva ciudad, y los primeros que enviaron para dicha ciudad fueron a las órdenes religiosas, obligándolas a abandonar sus palaciegos conventos, aunque no estuvieran arruinados. El arzobispo Pedro Cortés y Larraz comprendió la intención del Capitán General Martín de Mayorga, y resistió a trasladar las parroquias de Santiago de los Caballeros2 hasta que fue obligado a huir de Guatemala cuando llegó el nuevo arzobispo, Cayetano de Francos y Monroy, que el rey había nombrado en su lugar dado que desde 1753 la Monarquía tenía la potestad de nombar a los arzobispos españoles.3

Antes de la llegada de los Borbones a la Corona Española, todo giraba en torno a la Iglesia Católica y las fechas más importantes, aparte de la toma del poder de un nuevo Capitán General, eran las fiestas de guardar y muchos eventos religiosos fueron discutidos en las actas del Ayuntamiento criollo o de la Real Audiencia.  Además, cualquier evento que fuera considerado milagroso, era registrado en dichas actas por ser considerado de vital importancia; uno de esos eventos, ocurrido el 2 de mayo de 1715, es registrado por el historiador eclesiásticos Domingo Juarros, quien en su obra “Compendio de la Historia de la Ciudad de Guatemala” reproduce la siguiente certificación del Escribano Real:4

“Yo el Alférez José de León, Escriba de S. M. certifico, doy fe y verdadero testimonio, que estando en mi casa poco más de la noche de la noche, del día 2 mayo, fuí llamado del Señor Br. Don Juan Gregorio de Cabrera, Coadjutor de la Santa Iglesia parroquial del Señor San Sebastián, por orden del Señor Doctor Don José Varon de Berrieza… Provisor y Vicario General de este Obispado, para que viese y diese fe, que la Santa Cruz de la calle que va para Jocotenango, estaba temblando y moviéndose del medio cuerpo para arriba.  Y como dicho es, doy fe y verdadero testimonio y hago saber a los Señores, que el presente vieren, que vi mover dicha Santa Cruz, a pausas y para que conste doy el presente, en la noche del día 2 de mayo, de este año de 1715. Y fueron testigos los SS. BB. Don Juan Gregorio Cabrera y Don José Toscano, el A. Domingo de Avilez, el Alférez Juan Martínez de Vericochea, y el Sargento Juan de Mendizábal, vecinos de esta Ciudad, y el Cabo de escuadra, Pascual de Figueroa.  Y así mismo doy fe que lo firmaron.

José de León, Escribano Real.4

Nótese como todos los que firmaron el acta aquí reproducida eran criollos o españoles y que todos eran o religiosos o militares.  Es más, el mismo Juarros era Bachiller eclesiástico y su obra histórica está completamente sesgada hacia el enfoque religioso de los acontecimientos que narra.


BIBLIOGRAFIA:

  1. Domínguez Ortiz, Antonio (2005) [1988]. Carlos III y la España de la Ilustración. Madrid: Alianza Editorial. ISBN 84-206-5970-3. pp. 221-253.
  2. Melchor Toledo, Johann Estuardo (2011). «El arte religioso de la Antigua Guatemala, 1773-1821; crónica de la emigración de sus imágenes»tesis doctoral en Historia del Arte (México, D.F.: Universidad Nacional Autónoma de México). Archivado desde el original el 17 de diciembre de 2014. p. 118.
  3. Belaubre, Christophe (2013). «Francos y Monroy, Cayetano: Aspectos de la vida del arzobispo de Guatemala que vino para retomar el control de un clero guatemalteco en estado de rebelión casi abierto». Archivado desde el original el 22 de julio de 2017.
  4. Juarros, Domingo (1857) [1808]. Compendio de la historia de la Ciudad de Guatemala. Tomo Primero. Guatemala: Imprenta de La Luna. pp. 213-214.

27 de marzo de 1542: el obispo Francisco Marroquín arremete contra quienes lo acusaban de ayudar a los indígenas contra los abusos de los encomenderos

27marzo1542
Las ruinas del convento de San Francisco en la ciudad de Antigua Guatemala a finales del siglo XIX.  En el recuadro: un encomendero español del siglo XVI.  Imágenes tomadas de Wikimedia Commons.

Mientras se encontraba recorriendo su diócesis a lomo de mula pues no había caminos todavía, el obispo Francisco Marroquín se enteró de que los pobladores de la recién fundada ciudad de Santiago de los Caballeros en el valle de Panchoy estaban criticándolo a sus espaldas.  Las habladurías en su contra se debían a que había hecho numerosas notas indicando que las imposiciones que los encomenderos hacían sobre los indígenas a su cargo eran exageradas e injustas.  Hasta entonces, Marroquín no había hecho crítica al respecto, ya que aunque era religioso, también había sido conquistador y había sido nombrado obispo el 7 de abril de 1537 gracias a su influencia con Pedro de Alvarado y la amistad de éste con el emperador Carlos V; pero por sobre todo, también tenía encomiendas de indígenas que le redituaban jugosos ingresos.1

Ante las difamaciones, el obispo de Guatemala envió la siguiente carta al Cabildo de la ciudad, en donde le echa en cara a los encomenderos que nunca les había criticado hasta ahora, a pesar de saber que se habían enriquecido a costa de la explotación los indígenas en sus encomiendas:

“Magníficos Señores:

“Por cartas desa Ciudad he sabido el alboroto y escándalo, que ha nacido de la venida a visitar estas pobres gentes.  Y pongo por testigo a Dios que no miento, ni quería mentir, y que en todas las tasaciones que se han hecho hasta la hora presente, las más no merecían dar a sus dueños ni aun agua; de todo lo cual creo verdaderamente se debe entera restitución.  Plega a Dios se halle medio y remedio para el descargo, si ya que se mereciese la dicha tasación y con justo título se lleváse, digo por mi consagración, y salvación que va más, juzgo haber ido contra los naturales en favor de los encomenderos en cada tasación en más de la cuarta parte.  Y porque desto tengo testigos, a ellos me remito, que uno de tres hay; y en mi conciencia que no tengo pasión ni afición, ni hay por qué ni para qué.  Esta es la razón que todo ese pueblo tiene para se quejar de mi, pues si no nos acordamos del tiempo pasado y todos están ricos; ¿qué ha sido la causa sino callar yo como ruin perlado, y pastor y protector, viendo que se comían los lobos mis ovejas, y yo me estaba holgando y callando?  Desto no se me debe nada, cuando a Dios, pues él me lo tiene de pedir.”

“Palabras feas y desvergonzadas me escriben que se dicen, y desto mucha culpa tienen vuestras mercedes: aunque yo sea ruin soy perlado, y pastor y padre de todos, y háseme de tener mucho acatamiento y reverencia como verdaderos hijos a padre, y mucho más; y aun me dicen se han dicho palabras muy escandalosas.  Cada uno mire lo que dice y la lengua esté queda que en semejantes alborotos y comunidades suéltanse palabras que suenan mal en caso de fé, y los que las dicen dan a entender que sienten mal lo cual es peligroso; y aunque mis injuras yo las perdono, que noes razón por ser vuestro padre y pastor, las de nuestro Dios no será razón queden sin castigo.  Escribo esto a vuestras mercedes como a cabeza de todo ese cuerpo tan enfermeo, de que yo tengo tanta lástima, que si con mi muerte lo pudiese remedir tendríala por muy buena.  Estoy tan asombrado y temeroso de la perdición de las conciencias, que juzgo ser llegado el cuarto pecado, por quien dice Ezequiel que no se convertirá Dios a los pecadores.  Grande plaga es que seamos llegados a tiempo que no se quiera oir la palabra de Dios: parece que se cumple con esto el el dicho de Cristo, quitárseos ha el reino de Dios, darse ha a la gente que hiciere fruto; y tambien lo que dice en otro lugar, si os predico la verdad, ¿por qué no me creeis?  Plega a Dios que no diga del cielo que decía a los fariseos: en vuestros pecados morireis.  Escríbeme ese Santo Varón, que por tal le tengo, que deja de predicar, por no dar ocasión a que alguno se desconcierte: yo le he escrito e rogado que predique; y guay del que se desmandare, que por malos de sus pecados le valdría más la muerte.  Ya que no quieran oírle, le pido por merced que predique a las paredes, por ventura alguno tendrá oído.”

“Para semejantes alborotos y escándalos que nacen de avaricia y codicia, que es servidumbre de Satanás, y para templar y castigar los alborotadores que son cruficificadores de Cristo, son las justicias y los Cabildos elegiods, pero ¿qué será si vuestras mercedes sois parte o consentidores de lo dicho?  En este caso, ¿qué remedio? Yo no lo sé por cierto, mas de encomendar a Dios, y ponerme en oración y suplicarle de todo corazón, me alumne a mí para lo que debo hacer, y a vuestras mercedes para bien regir el pueblo y salvar vuestras ánimas, cuyas magníficas personas prospere nuestro Sr. como desean.”

De Izquemé, 27 de Marzo.

De vuestras mercedes Orador, Epus. Cuahutem.1

 

Nótese cómo el obispo Marroquín les recuerda a los ahora encomenderos sus pobres orígenes y también cómo reconoce que sabía que estaban explotando a los indígenas luego de la conquista pero que se había hecho de la vista gorda hasta este momento.


BIBLIOGRAFIA:

  • Hernández de León, Federico (27 de marzo de 1926) “El capítulo de las efemérides: 27 de marzo de 1542, Una carta del obispo Marroquín”. Guatemala: Nuestro Diario.

 

10 de marzo de 1566: el Rey Felipe II da a la ciudad de Santiago de los Caballeros los títulos de “Muy Noble” y “Muy Leal” en reconocimiento a la labor de los conquistadores

10marzo1566
La ruinas de Nuestra Señora de los Remedios en la ciudad de Antigua Guatemala en 1916.  En el recuadro: el rey Felipe II, quien diera los títulos de “Muy noble y muy leal” a la ciudad de Santiago de los Caballeros de Guatemala en 1566, cuando ésta era la capital de la provincia.  Imágenes tomadas de Wikimedia Commons.

En 1530 se había concecido ya a la capital guatemalteca el uso de las armas y se estableció el escudo partido en dos partes con la mitad superior con una imagen de Santiago, a caballo, armado en blanco con una espada desenvainada con fondo rojo, pues era el patrono de la ciudad; y la mitad de abajo con tres volcanes, con “la de en medio echando fuego y piedras de fuego que descienden por las faldas“.1  Aquello ya era un gran logro, pero los conquistadores españoles querían que se reconocieran sus servicios a la corona con mayor renombre.  De esta forma, Francisco del Valle Marroquín, Regidor de la ciudad, cabildeó ante el Consejo de Indias, para que el rey Felipe II elevara la condición nobiliaria de la ciudad de Santiago de los Caballeros,2,3 y fue así como el 10 de marzo de 1566 el rey publicó el siguiente documento:

“Don Philippe, por la gracia de dios Rey de Castilla, de León, de Aragón, de las dos Secilias, de Navarra, de Granada, de Toledo de Valencia, de Galicia, de Mallorcas, de Sevilla, de Cerdeña, de Córcega, de Murcia, de Jahen, de Algecira, de Gibraltar, de las Islas de Canaria, de las Indias, islas y tierra firma del mar Océano, conde Barcelona, Señor de Vizcaya y de Molina, duque de Neopatria, Conde de Ruysellon, y de Cerdeña, Marqués de Oristán y Gociano, archiduque de Austria, duque de Borgoña y de Bravante, y de Milán, conde de Flandes y de Tirol, etc.  Por cuanto, Francisco del Valle Marroquín, veicno y regidor de la ciudad de Santiago de la provincia de Guatemala y procurador generla de ella, en nombre del conejo, Justica y Regimiento, caballeros, escuderos, oficiales y hombres buenos de la dicha ciudad de Santiago, me ha hecho relato que la dicha ciudad tiene por merced nuestra título de ciudad, y que como nos era notorio la ciudad, vecinos y moradores de ella habían servido al emperador Rey mi Señor de gloriosa memoria, y a nos muy fielmente, en la conquista y descubrimiento de dicha provincia de Guatemala, y en la población nobleciente de ella, y en todas las demás cosas que se han merecido, como leales vasallos y servidores nuestros, como dijo nos constaría por ciertas informaciones y escripturas que el nuestro Consejo de Indias presentó. Y que suplicó que por que la dicha ciudad iba de cada día en mayor crecimiento, y para que fuese más honrada y de sus servicios hiciera perpetua memoria, le mandase dar título de muy noble y muy leal ciudad, más del que tenía de ciudad, y que así fuésemos permitido se llamasa, e intitulase y nombrase, pues tan claramente merecía tal renombre, o como la mi merced mandase. Y yo acatando lo susodicho, y los buenos y leales servicios que la dicha ciudad y vecinos de ella me han hecho, helo habido por bien; por ende, por la presente es nuestra merced y voluntad que perpetuamente la dicha ciudad se pueda llamar e intitular muy noble y muy leal ciudad de Santiago, que nos por esta nuestra carta le damos título y renombre de ello, y licencia y facultad para que se pueda llamar e intitular como dicho es, y ponerlo así en todas y cualesquier escrituras que hicieren y otorgaren y cartas que escribieren, y de ello mandé dar la presente firmada de mi mano y sellada con nuestro Real Sello y librada de los del nuestro, Consejo Real de las Indias.4

Dada en El Escorial a diez días del mes de marzo de mil quinientos y sesenta y seis.

YO EL REY”

Esto no era simplemente un gusto para la vanidad de los conquistadores; significaba que la corona estaba al tanto de sus contribuciones a la conquista de estos territorios para el reino español y eso les representaría numerosos privilegios en cuanto al pago de impuestos y encomiendas de indígenas.5  Pasados cien años, el recuerdo de la conquista se iba diluyendo pues ya todos los que participaron en ella habían fallecido, y los privilegios obtenidos iban disminueron; ante esto, los descendientes de los conquistadores (los criollos) se encargaron de mantener e idealizar la memoria de la conquista con publicaciones como la Recordación Florida del militar Francisco de Fuentes y Guzmán, que fue publicada en 1690.6,7


BIBLIOGRAFIA:

  1. Hernández de León, Federico (11 de marzo de 1926)  El Capítulo de las Efemérides. 10 de marzo de 1566: El Rey da a la Ciudad de Guatemala los títulos de Muy Noble y Muy Leal. Guatemala: Nuestro Diario.
  2. Ibid.
  3. Pardo, J. Joaquín [1944] (1984). Efemérides de Antigua Guatemala 1541-1779. Guatemala: Consejo Nacional para la Protección de la Antigua Guatemala.
  4. Hernández de León, El Capítulo de las Efemérides. 10 de marzo de 1566: El Rey da a la Ciudad de Guatemala los títulos de Muy Noble y Muy Leal.
  5. Ibid.
  6. Juarros, Domingo (1808). Compendio de la historia de la Ciudad de Guatemala. Tomo I. Guatemala: Ignacio Beteta.
  7. — (1818). Compendio de la historia de la Ciudad de Guatemala II. Guatemala: Ignacio Beteta.

2 de marzo de 1632: el Ayuntamiento nombra una comisión para recibir al nuevo Obispo, doctor Agustín de Ugarte y Saravia

2marzo1632
Ruinas de la Ermita de Nuestra Señora del Carmen en completo abandono en 1896.  En el recuadro: el obispo Ugarte y Saravia, quien autorizó la construcción de la ermina durante su gestión al frente de la diócesis de Guatemala.  Imágenes tomadas de Wikimedia Commons.

El doctor Agustín de Ugarte y Saravia nació en Bogotá en 1564 y desde su nacimiento estuvo vinculado a la Iglesia Católica, ya que su padre era pariente del arzobispo Hernando Arias de Ugarte. A una temprana edad fue llevado a España, en donde realizó brillantes estudios en Salamanca y recibió el Doctorado en la Universidad de Oñate en Viscaya. Se ordenó sacerdote, se presentó a concurso y obtuvo la parroquia de Santa Cecilia en la villa de Espinosa de los Monteros de donde era nativa su madre; luego obtuvo la de San Sebastián en Burgos y, finalmente, fue Canónigo Racionero en Salamanca.

Regresó a la Nueva Granada en 1624 cuando contaba con sesenta años de edad,pues había sido nombrado Inquisidor Apostólico. Fundó de sus propios fondos un Monasterio de Carmelitas en Cartagena de Indias y en 1628 fue presentado al Obispado de Chiapa y Guatemala durante el papado de Urbano VIII.

En Guatemala fue recibido en 1632 en Santo Tomás (hoy Milpas Altas) por los capitanes Gaspar de Balcárcel y Pedro de Santiago, quienes habían sido comisionados por el Ayuntamiento de la capital el 2 de marzo de ese año para tal efecto. Había sido consagrado por el Obispo de Cartegena, Luís Ronquillo y ya al frente de su nueva diócesis dotó de una cátedra de casos de conciencia y asistió a las sesiones para que no faltasen los clérigos. Era muy responsable, al punto que un Jueves Santo hizo que lo llevaran a la Catedral a fin de celebrar los oficios del aquel importante día.

El 3 de septiembre de 1634 instituyó la Cofradía del Santo Escapulario de Nuestra Señora del Carmen en la capilla de Santa Teresa en la Iglesia Catedral de Guatemala, y el 20 de noviembre de ese año aprobó los estatutos de la misma. Posteriormente, el 9 de abril de 1638 autorizó para que la Cofradía erigiera su propia ermita, lo cual fue autorizado por la Real Audiencia al día siguiente. De esta manera, fue construida la primera ermita de Nuestra Señora del Carmen la ciudad de Santiago de los Caballeros de Guatemala la cual fue bendecida en junio de ese año.

El 10 de enero de 1641 fue promovido a la diócesis de Arequipa, y en su lugar fue nombrado el doctor Bartolomé González Soltero. Ugarte y Saravia llegó a Arequipa en 1643, y posteriormente erigió el sagrario para los curas, construyó la torre mayor de la Catedral y proveyó a la sacristía de muchos objetos valiosos.


BIBLIOGRAFIA:

  • Gauchat, Patritius (Patrice) (1935). HIERARCHIA CATHOLICA MEDII ET RECENTIORIS AEVI Vol IV. Münster: Libraria Regensbergiana. pp. 93, 148, 199, and 290. (en latín)
  • Pardo, J. Joaquín [1944] (1984). Efemérides de Antigua Guatemala 1541-1779. Guatemala: Consejo Nacional para la Protección de la Antigua Guatemala.
  • Pérez Pimentel, Rodolfo (s.f.) Agustín de Ugarte y Saravia. Ecuador: Diccionario Biográfico de Ecuador.

18 de febrero de 1835: el Dr. Mariano Gálvez rechaza la reelección al cargo de Jefe de Estado de Guatemala

18febrero1835
Escuintla en la época en que Gálvez estuvo allí de vacaciones mientras los diputados le rogaban que aceptara la reelección como Jefe de Estado.  Grabado de Frederick Caterwood.  En el recuadro: retrato del Dr. Mariano Gálvez.  Imágenes tomadas de Wikimedia Commons.

En la historia de Guatemala, muy pocos han sido los gobernantes que no se han corrompido en el poder y han extendido, o intentado extender, su mandato presidencial.  Durante el gobierno de los conservadores pro-católicos el general Rafael Carrera fue declarado presidente vitalicio y durante los regímenes liberales anticlericales, solamente el general Manuel Lisandro Barillas entregó la presidencia a su sucedor, el también general José María Reina Barrios; todos los demás gobernantes murieron en el poder o fueron derrocados por revoluciones tras largos años de dictadura, siendo reelectos varias veces por “voluntad de los pueblos“.   Tras la época revolucionaria, que fue truncada por la revolución del Movimiento de Liberación Nacional, los gobernantes no corrieron mejor suerte: Carlos Castillo Armas murió en el poder, y el general Miguel Ydígoras Fuentes fue derrocado por un golpe de estado.  Finalmente, los militares establecieron un sistema por medio del cual, el ministro de la Defensa llegaba a la presidencia y, de esta forma, una camarilla se perpetuaba en el poder.  Esta sistema tambén fue eliminado por un golpe de estado en 1982, y luego cambiado por el sistema supuestamente democrático que impera en el siglo XXI, y en que, como diría un político de la época del presidente Carlos Herrera, “el presidente tiene menos poder que un alcalde de pueblo”.

En la Primera Época Liberal, conocida también como el “Gobierno de los 7 Años“, se destacó la figura del Dr. Mariano Gálvez, quien tomó acertadas medidas cuando fungió como Jefe de Estado entre 1831 y 1835.  Pero, a partir de ese momento, el poder hizo de las suyas y Gálvez empezó a tomar medidas que desembocaron en una terrible guerra civil en que los campesinos católicos se alzaron contra el gobierno antlicerical y terminaron por derrocarlo en 1838.  Y la primera medida equivocada que tomó Gálvez fue la de fingir que no aceptaba su reelección como Jefe de Estado el 18 de febrero de 1835, como un ardid para que sus aduladores llegaran a extremos serviles para rogarle que siguiera en el poder.

Su plan fue el siguiente: poco antes de las elecciones se retiró a disfrutar de unas vacaciones en Escuintla dejando encargado del gobierno al comerciante Juan Antonio Martínez, y desde allí manejó los hilos de la situación, pues contaba con gran apoyo entre la sociedad de la Ciudad de Guatemala pues era muy localista y defendía los intereses de Guatemala ante el resto de Centroamérica, al que los guatemaltecos llamaban despectivamente “guanacos“.  (Esto quedó demostrado cuando forzó a las autoridades federales a dejar la Ciudad de Guatemala y trasladarse a Sonsonate en 1834).  Y como Gálvez esperaba, su triunfo en las elecciones de la Asamblea fue rotundo.

Los diputados que le eran parciales, se regocijaron por el triunfo y a Escuintla, en donde se movía toda la intriga del doctor Gálvez, llegó la notificación de que había sido electo nuevamente como Jefe de Estado.  Y aquí fue donde Gálvez quiso hacerse el indispensable, enviando la siguiente respuesta:

“Escuintla, 18 de febrero de 1835.

A los ciudadanos diputados y secretarios de la Asamblea.  Tuve el honor de recibir la comunicación de ustedes, datada el 9 del corriente, acompañándome el decreto de la misma fecha, que menciona la elección de primero y segundo jefe del Estado.  En mi mensaje dirigido a la Asamblea en la apertura de sus sesiones yo he manisfestado mi reconocimiento por lo honra de la reelección para primer jefe, así como la decisión que tenía y que tengo de retirarme a la vida privada; ahora reitero esto mismo, porque así entiendo que está en los intereses públicos. La ley no me obliga a servir en un segundo período, y la voz de mi conciencia me habla en este concepto.  Debo seguirla, y esto decido a pesar de mis deseos de oir la de los patriotas que me exigen la continuación de mi gobierno. Tengan ustedes ciudadanos secretarios, la dignación de poner esta mi respuesta en el alto conocimiento de la Asamblea, que no dudo servirá admitir la renuncia que hago de la primera magistratura del Estado.  Yo ofrezco a ustedes mis respetos y la perfecta consideración con que soy de ustedes atento servidor.

Mariano Gálvez”

El jefe de Estado sabía de antemano que los diputados, a quienes controlaba no le iban a aceptar la renuncia, y así fue.  Los diputados unánimamente pidieron al doctor Gálvez que continuara en el poder y “que se sacrificara en aras de la patria ante la voluntad manifiesta de los pueblos“.  Y aquí la situación se puso más teatral:  Gálvez se dió el lujo de rechazar la elección dos veces más, encantando de que los diputados le rogaran y suplicaran que siguiera al frente del gobierno enviándole correos hasta Escuintla, en donde seguía de vacaciones.  Y llegó al colmo de intentar darle largas al asunto, viajando a Amatitlán y luego a Antigua Guatemala, pero debía tomar posesión el 25 de marzo de 1835 y allí terminó el teatro.

¡Qué lejos estaba Gálvez de imaginar que su segundo gobierno sería un completo desastre y que tres años después, en lugar de que le rogaran que siguiera en el gobierno, tendría que salir huyendo del país, odiado y despreciado por sus enemigos y sus antiguos aliados en medio de una sangrienta guerra civil!


BIBLIOGRAFIA:

  • Hernández de León, Federico (18 de febrero de 1926) “El capítulo de las efemérides: 18 de febrero de 1835 el Dr. Gálvez rechaza la Reelección”. Guatemala: Nuestro Diario.