19 de noviembre de 1619: se funda la Ermita del Santo Calvario en la Ciudad de Santiago de los Caballeros de Guatemala

Entrada a la Ermita del Santo Calvario a principios del siglo XX.  Imagen de Arnold Genthe tomada en 1916.

La Ermita del Santo Calvario fue fundada el 19 de noviembre de 1618, cuando el alcalde de la ciudad de Santiago de los Caballeros de Guatemala, Juan Luis de Pereira recorrió las estaciones del Via Crucis que los Hermanos Terceros de la orden franciscana guardaban desde su templo en la ciudad, y les donó el terreno que se ubica en donde está la estación XII.

Originalmente los franciscanos colocaron una cruz y poco a poco fueron realizando la construcción del nuevo templo católico, la cual estuvo terminada en 1655.  El santo Hermano Pedro de Betancour participó activamente en la edificación de este templo.

Al respecto de la conclusión de las obras, el historiador Pedro Pérez Valenzuela escribió: “Poco le faltaba el año 1654 para terminar la iglesia del Calvario, situada en el final del muy lindo paseo de La Alameda, el cual comenzaba en el puente de Nuestra Señora de los Remedios. Ya estaba construido el atrio con su portada de bóvedas y las tres capillas al levante, para los pasos de la Pasión de Cristo; y se engalanaban de corolas los dos jardincillos formados a los costados del atrio; y frente al cuerpo de la iglesia ya se había levantado sobre cuatro airosas columnas la bóveda donde se pondría a la veneración el Crucificado”.​

El templo original fue derrumbado por los terremotos de San Miguel en 1717 pero fue rápidamente reparado gracias a la ayuda económica del Capitán General Francisco Rodríguez de Rivas. El templo reconstruido fue abierto al culto el 11 de febrero de 1720.​

El ingeniero y teniente coronel Antonio Marín halló a la ermita «desplomada y cuarteada, amenazando ruina» luego del terremoto de Santa Marta en 1773, y con los temblores de diciembre de 1773, se terminó de caer parte de la media naranja en que estaba el patio de la crucifixión.​

Marín también reportó los daños siguientes:

  • Se hizo pelo en la clave del arco del camarín nuevo
  • Se arruinó el pasadizo al púlpito
  • Aparecieron varias rajaduras horizontales, habiéndose caído una bóveda en el campanario, una bóveda

La iglesia fue nuevamente reconstruida y se mantuvo abierta al culto pero convertida en parroquia, a pesar del traslado de la capital a la Nueva Guatemala de la Asunción.  Los franciscanos, al igual que las otras órdenes regulares fueron obligados a trasladarse en 1776, pero el clero secular dirigido por el arzobispo Pedro Cortés y Larraz se resitió a dicho traslado y permaneció en la destruida ciudad hasta que fue obligado a renunciar cuando arribó su sucesor, el arzobispo Cayetano de Francos y Monroy.  El nuevo arzobispo permitió a las parroquias que estaban en Antigua Guatemala a seguir abiertas al culto pero trasladó la Catedral a la nueva ciudad.

BIBLIOGRAFIA:

 

  • Gómez Carrillo, Agustín (1886). Estudio histórico de la América Central (3.ª edición). Madrid, España: Imprenta de Hernando. p. 240. 
  • González Bustillo, Juan (1968) [1774]. «Razón particular de los templos, casas de comunidades, de edificios públicos». En Julio García Díaz. Destrucción y traslado de la ciudad de Santiago de Guatemala. Facultad de Humanidades de la Universidad de San Carlos de Guatemala. 
  • Juarros, Domingo (1808). Compendio de la historia de la Ciudad de Guatemala. Tomo I. Guatemala: Ignacio Beteta. 
  • — (1818). Compendio de la historia de la Ciudad de Guatemala II. Guatemala: Ignacio Beteta. 
  • López, Santiago Sebastián (1985). «Arte iberoamericano desde la colonización a la independencia». Summa Artis. XXIX: El arte iberoamericano del siglo xviii: El barroco tardío. Madrid: Espasa Calpe. 
  • Pardo, José Joaquín; Zamora Castellanos, Pedro; Luján Muñoz, Luis (1969). Guía de la Antigua Guatemala. Guatemala: Sociedad de Geografía e Historia de Guatemala, Editorial José de Pineda Ibarra. 
  • Pérez Valenzuela, Pedro (1967). «Le avisaba el corazón». Canturías a Santiago (Crónicas). Guatemala: Editorial José de Pineda Ibarra.

 

3 de octubre de 1792: nace en Tegucigalpa, Reino de Guatemala, el general y líder liberal Francisco Morazán

La República Federal de Centro América en 1829, México y el Caribe.  Nótese que ya aparecía el establecimiento inglés al norte del río Belice y que Soconusco y el este de Tabasco eran parte de Guatemala. Mapa tomado de HISTORISCH-GENEALOGISCH-GEOGRAPHISCHER ATLAS von Le Sage Graf Las Cases. Karlsruhe. Bei Creuzbauer und Nöldeke 1829. 

Uno de los personajes más importantes en la historia de Centroamérica es indudablemente el general liberal Francisco Morazán, quien tuvo la distinción de ser president de la República Federal de Centro América, y Jefe de Estado de cada uno de los estados que la conformaban.  Por su gran importancia para los criollos liberales centroamericanos, la figura de este caudillo fue elevada a la categoría de un héroe benemérito por los historiadores de ese partido (entre ellos Ramón Rosa, Lorenzo Montúfar y Ramón Salazar).  Por esta razón había un parque “Morazán” en la Ciudad de Guatemala e incluso el municipio “Morazán” del departamento de El Progreso (antiguamente Tocoy Tzima).

Pero, ¿cuál fue el verdadero papel que jugó Morazán en Guatemala específicamente?

Morazán puede considerarse como el principal enemigo los criollos conservadores que vivían en Guatemala, en especial la familia Aycinena, ya que el lideró el ejército revolucionario que derrotó a las fuerzas federales de Manuel José Arce y a las estatales de Mariano de Aycinena en 1829.  Una vez consiguió que Aycinena se rindiera incondicionalmente, redujo a prisión a todos los criollos conservadores, les confiscó sus bienes y los expulsó de Centroamérica.  Entre los exiliados no solamente había politicos y militares sino que también miembros de las órdenes de frailes, pues muchos de ellos eran descendientes de criollos.

Una vez derrotados los conservadores, Morazán se consolidó como líder en Centroamérica, al mando de los liberales, quienes se apropiaron de las haciendas y posesiones de los exiliados y de los tesoros de los templos y monasterios católicos.  Con esta nueva fortuna, hicieron negocios con los ingleses del asentamiento de Belice y manejaron la República Federal de Centro América.  Pero los conservadores no se quedaron de brazos cruzados y poco a poco empezaron a retornar a la region.

En Guatemala, el clero secular hizo labor de hormiga, instigando a los campesinos rurales en contra del gobierno liberal diciéndoles que las leyes laicas contravenían lo ordenado por la Iglesia, que los liberales eran herejes por negociar con los ingleses, y que no era justo que se hubiese expulsado al arzobispo Ramón Casaus y Torres.  Finalmente, encontraron a un caudillo en el joven campesino Rafael Carrera a quien ungieron como el designado por Santa María para rescatar a Guatemala de las garras de los herejes.

Las rebeliones de Carrera hicieron que Morazán invadiera nuevamente a Guatemala desde El Salvador, implementando una política de tierra arrasada a su paso por el oriente guatemalteco pues allí era en donde tenían sus aliados el ejército campesino.  Tras una hábil estratagema, Carrera derrotó alas fuerzas de Morazán en el centro de la Ciudad de Guatemala en 1840, y con ello dio fin no solamente a la República Federal de Centro América, sino a la carrera política de Morazán que moriría fusilado cuando gobernaba Costa Rica en 1842.

Carrera nunca perdonó a Morazán por las atrocidades que cometió cuando invadió a Guatemala en 1840, y cuando el caudillo guatemalteco invadió a El Salvador en 1862, ordenó cañonear el mausoleo de Morazán hasta que no quedaran vestigio de sus restos.

BIBLIOGRAFIA:

 

 

 

29 de septiembre de 1717: el terremoto de San Miguel destruye a la ciudad de Santiago de los Caballeros de Guatemala

Ruinas abandonadas del convent de Capuchinas en 1910.  Nótese que las ruinas eran utilizadas para siembras de maiz por personas de escasos recursos que vivían allí. La ciudad no fue declarada como monumento nacional sino hasta en 1944, por el gobierno del general Ubico. Imagen del fotógrafo japonés Juan José de Jesús Yas, tomada de Wikimedia Commons.

Los terremotos más fuertes que vivió la ciudad de Santiago de los Caballeros de Guatemala (hoy Antigua Guatemala) antes de su traslado definitivo en 1776 fueron los terremotos de San Miguel en 1717. En esa época, el dominio de la Iglesia católica sobre los vasallos de la corona española era absoluto y esto hacía que cualquier desastre natural fuera considerado como un castigo divino. Además, los habitantes de la ciudad también creían que la cercanía de los volcanes y las montañas que rodeaban a la ciudad, en especial el Volcán de Fuego, era la causa de los terremotos (de hecho, el arquitecto mayor Diego de Porres llegó a afimar que los terremotos eran causado por las reventazones del volcán).

Todo se inició en la noche del 27 de agosto cuando hubo una erupción muy fuerte del Volcán de Fuego, que se extendió hasta el 29 de agosto y cuyos retumbos atemorizaron a los pobladores de la ciudad, quienes pidieron auxilio al Santo Cristo de la Catedral Primada de Santiago (hoy parroquia de San José Catedral) y a la Virgen del Socorro (que eran los patronos jurados contra el fuego del volcán) por medio de procesiones, rogativas y novenas.​ El 29 de agosto salió la Virgen del Rosario en procesión después de un siglo sin salir y hubo muchas más procesiones de santos hasta el día 29 de septiembre, día de San Miguel.

Ese día, ocurrieron sismos leves durante la tarde, pero a eso de las 7 de la noche se produjo un fuerte temblor que obligó a los vecinos a salir de sus casas y dañó a la mayoría de las estructuras de la ciudad.​ Los temblores y retumbos siguieron hasta la cuatro de la mañana y los vecinos salieron a la calle y a gritos confesaban sus pecados, pensando lo peor.​ Además de los daños ocasionados por los sismos, el río Pensativo se desbordó pues su cauce quedó obstruido por los escombros de los edificios y con material que cayó por la erupción, lo que provocó una seria inundación en la ciudad.

Los terremotos de San Miguel dañaron la ciudad considerablemente, y hubo un abandono parcial de la ciudad, escasez de alimentos, falta de mano de obra y muchos daños en las construcciones, además de numerosos muertos y heridos.

Como en ese entonces las principales órdenes regulares de la Iglesia Católica (es decir: jesuitas, franciscanos, dominicos y mercedarios) controlaban a las autoridades civiles, el propio capitán general Francisco Rodríguez de Rivas (que gobernó de 1717 a 1724) donó de sus propios fondos para reconstruir el oratorio de San Felipe Neri y la parroquia de El Calvario.  Por su parte, los daños en el Palacio de los Capitanes Generales fueron reparados por Diego de Porres, quien los terminó en 1736.​

El intento de traslado originó un conflicto entre las autoridades reales y el clero secular, ambos entonces con un gran poder sobre la ciudadanía: el obispo Juan Bautista Alvarez de Toledo era partiradio del traslado y el presidente de la Audiencia, Francisco Rodríguez de Rivas y las órdenes regulares se oponían al mismo. El obispo pretendía que el rey lo nombrara presidente de la Audiencia, pero no lo consiguió, pues por real cédula se agradeció al presidente Rodríguez su labor en la reconstrucción de la ciudad, y no se autorizó el traslado de la misma.  (Curiosamente, luego del terremoto de Santa Marta de 1773, las posiciones fueron contrarias el Capitan General apoyó el traslado y el arzobispo se opuso al mismo).  Al final, la ciudad no se movió de ubicación, pero el número de elementos en el Batallón de Dragones para resguardar el orden fue incrementado considerablemente.

Posterior a los sismos que se dieron después de los terremotos de Santa Marta de 1773, en 1776, la Corona española finalmente ordenó que la capital se trasladase a otro sitio, al Valle de la Ermita, donde la actual Ciudad de Guatemala permanece hasta hoy.

BIBLIOGRAFIA:

30 de agosto de 1567: por Real Cédula, el rey Felipe II ordena al arzobispo de México enviar a un visitador para investigar supuestos delitos del Obispo de Guatemala, Bernardino de Villalpando

mazatevillalpando
Plaza central de Mazatenango, Suchitepéquez con el templo franciscano a la izquierda.  Esta fue la única provincial que el Obispo Villalpando (en el recuadro) logró quitar a las órdenes monásticas.  La fotografía es una composición: Mazatenango en 1875 de Eadweard Muybridge y el retrato del Obispo de una composición realizada por Juan José de Jesús Yas a finales del siglo XIX.

El poder las órdenes regulares de la Iglesia Católica durante la época colonial casi no tuvo oposición ni por las autoridades españolas, ni por los representantes del poder criollo, ni por los miembros del clero secular, con el Obispo o arzobispo a la cabeza.  Fue hasta en 1767, cuando los jesuitas fueron expulsados de todos los territorios españoles que dicha influencia se rompió.

Antes de que se cumpliera la Pragmática Sanción que expulsó a los jesuitas, hubo un Obispo que intentó oponerse a las órdenes religiosas, pero no por su animadversion hacia ellas, sino por cumplir con lo dispuesto en el Concilio de Trento, que había indicado que las doctrinas indígenas tenían que pasar al control del clero secular, y ya no estar controladas por los frailes (conocidos también como religiosos regulares).

Este proceso de secularización fue emprendido por el Obispo Villalpando con todo rigor, logrando despojar a la orden de San Francisco de su provincial en Suchitepéquez, y luego intentó hacer lo mismo con las provincias que éstos tenían en Totonicapán y Quetzaltenango.

Pero de nada valieron sus edictos para evitar que los frailes fungieran como curas párrocos, pues para éstos, las doctrinas (o poblados de indígenas) eran sumamente rentables y les reportan generosos ingresos en sus haciendas, ingenious y trapiches.  Los religiosos regulares, principalmente los dominicos y los franciscanos que gozaban de gran influencia en la corte del rey Felipe II (quien prácticamente vivía enclaustrado en un monasterio) se quejaron con el gobernante y éste emitió  una Real Cédula el 30 de agosto de 1567 por medio de la cual solicitaba al arzobispo de México que enviara un visitador a Guatemala para investigar los “abusos” que estaba cometiendo el Obispo Villalpando.    Asimismo, el papa Pío V envió dos bulas en las que ratifica a las órdenes religiosas su privilegio de fungir como curas.

Al dares cuenta de que estaba remando contra la corriente, el Obispo guatemalteco, salió de la ciudad y empezó a recorrer su diócesis, hasta que lo encontraron muerto en su casa en el actual El Salvador, en agosto de 1569.

BIBLIOGRAFIA: