15 de octubre de 1882: el influyente político liberal hondureño Ramón Rosa publica un sentido epitafio tras la muerte de José Milla y Vidaurre

15octubre1882
El entonces lujoso Cementerio General de la Ciudad de Guatemala en 1896. En esta avenida fue sepultado el escritor José Milla y Vidaurre en 1882; al fondo se observa el ya desaparecido monumento al general Miguel García Granados. En el recuadro: el político y escritor hondureño Ramón Rosa. Imágenes tomadas de Wikimedia Commons.

En los primeros años del gobierno de J. Rufino Barrios, los hondureños Ramón Rosa y Marco Aurelio Soto tuvieron un papel destacado como ministros de Estado.  De hecho, tuvieron mucho que ver en la reforma educativa que eliminó la educación religiosa e impuso la laica en todo el país.1 A cambio de sus servicios, Barrios colocó a Soto como presidente de Honduras en 1877, y Rosa se fue para allá convertido en un poderoso primer ministro2 (Nota de HoyHistoriaGT: Soto, a su vez, correspondió a esta ayuda de Barrios, enviándole una contribución mensual durante el tiempo que estuvo en el poder3 hasta que fue derrocado por el mismo presidente guatemalteco cuando ya no le era útil para sus planes políticos en 1883).

Soto y Rosa fueron discípulos del connotado literato y político guatemalteco José Milla y Vidaurre en la Facultad de Derecho de la Nacional y Pontificia Universidad de San Carlos, y también tuvieron clases particulares de Literatura con el escritor e historiador, en las que compartieron con otros importantes literatos y profesionales guatemaltecos, como Antonio Batres Jáuregui, Salvador Falla y Ricardo Casanova y Estrada (quien sería posteriormente el arzobispo de Guatemala y, por ende, enemigo acérrimo de las políticas liberales).

Tras enterarse de la muerte de Milla y Vidaurre, acaecida el 30 de septiembre de 1882, Rosa (quien todavía era primer ministro en Honduras tras la reelección de Soto en 1881) escribió un artículo al respecto, el cual consideramos es un merecido epitafio para el fallecido escritor y del cual reproducimos algunos párrafos a continuación:4

Jamás se me olvidan las impresiones experimentadas en aquella edad dichosa, en que despierta el alama a la vida del sentimiento y de las ideas.  Allá, por el año de 1864, en las horas de esparcimiento que me dejaban mis asiduos cuanto malogrados estudios de Filosfía escolástica, leía, con el más vivo interés, sintiendo ciertas extrañas palpitaciones del corazón, ‘La Hija del Adelantado’, preciosa novela histórica de José Milla, cuya narración, llena de colorido y de poesía, me hacía ver, rebosando de vida, a doña Leonor de Alvarado, tan joven como hermosa, tan hermosa como enamorada y a doña Beatriz de la Cueva, a la Sin Ventura, cuya firma autógrafa después he visto, muriendo con el alma presa de todos los dolores, en medio de la primera catástrofe de que fue teatro, en el siglo XVI, la Ciudad de Santiago de los Caballeros, edén perdido, que ano haberse conjurado en su contra la naturaleza, aún fuera, después de México, la población más importante de la América Española. […]

Una de mis ilusiones de adolescente, inspirada por la lectura de ‘La Hija del Adelantado’, fue la de conocer al autor de obra tan bella, y que, en mi supina ignorancia, consideraba exenta de todo defecto, y por ende, libre de ser objeto de la más leve crítica.  Me solazaba con los recuerdos históricos, y con las creaciones del sentimiento y de la imaginación del autor; no veía, ni podía ver su obra al trasluz de los principios y de las exigencias del arte.  A los dieciséis años, aun c0n instrucción, de la que he carecido y carezco, no se puede ser crítico; sólo se puede sentir y admirar.  […]

En el año de 1867 ví realizada mi acariciadísima ilusión: conocí a José Milla.  El autor de los “Cuadros de Costumbres” y de “La Hija del Adelantado” daba lecciones privadas de Literatura a los jóvenes más distinguidos de Guatemala y de las Repúblicas vecinas, entre quienes se contaban Antonio Batres Jáuregui, Marco Aurelio Soto, Salvador Falla, y Ricardo Casanova, hoy sacerdote, y sin duda el sacerdote más instruído de la América Central.

¡Cómo tengo grabado el recuerdo de aquellos días y de aquella fecha en que conocí a José Milla! […] Después de haber recorrido, en estudiantil paseo, la bella alamdea del Teatro de Carrera, formada de frondosos amates y de copados naranjos que perfuman el aire con las ricas emanaciones de sus miles de azahares, llegué, acompañado de Marco Aurelio Soto, a la modesta casa de Milla, que vivía a la sazón cerca del barrio de la Merced.  Llegué con toda la timidez y hasta con el encogimiento propio del estudiante provinciano.  Iba a cumplir un gran deseo; pero temía encontrar algo grande que me avasallase, y esto me daba pena; más la presentación cordial de Soto, mi cariñoso amigo, y la buena acogida de Milla, del hombre modesto, afable y civilizado, me hicieron olvidar bien pronto mis secretas inquietudes. […]

Milla, que en aquella época tenía una altísima posición política y literaria, aun viendo en mí lo que podía ver, a un imberbe y pobre estudiante, me recibió con su genial benevolencia, y accedió gustoso a mi deseo, manifestado por Soto, de ser su discípulo en la clase de Literatura.  

Nunca olvidaré las lecciones que Milla nos daba, de cinco a seis de la tarde, en su cuarto escritorio, y a la moribunda luz del sol poniente que penetraba a través de los limpios vidrios de la ventana de la habitación.  Nos explicaba los preceptos del arte del bien decir, las reglas del arte poética, y por vía de ejemplo, pasaba en revista los escritos en prosa y verso de los más afamados clásicos en la literatura española, que conocía profundamente.[…]

A vuelta de muchsa vicisitudes que sólo a mí interesan, vino en mi ayuda la reflexión, y me hice hombre.  Terminé mi carrera de abogado, y tal vez, por mi mal, me inicié en la vida política.  La lógica de las ideas, de las edades y de las circunstancias, me separó de mi maestro de Literatura.  Vino la revolución de 1871 en brazos de la opinión pública: Milla tan docto, tan lleno de experiencia, miraba al pasado: yo, tan indocto, tan inexpecto, miraba al porvenir: él se impuso voluntario destierro, y fuese al extranjero a acrecentar, todavía más el caudal de su rica inteligencia; y yo, joven y entusiasta, quedéme trabjaando, en la escasa medida de mis fuerzas, alentada por ciega fe, cifrada en la regeneración social y política de Centro América.[…]

He estudiado las obras de Milla y he reflexionado sobre ellas; y si hoy no las considero como pdroducto del genio creador, las considero, en su mayor parte, como hijas de un verdadero talento, de una vigorosa imaginación, de una instrucción sólida y variada, y de un delicado gusto en materias literarias.

Nadie que haya leído ‘La Hija del Adelantado’, ‘Los Nazarenos’, ‘El Visitador’, ‘Los Cuadros de Costumbres’, ‘El Libro sin Nombre’, ‘Un Viaje al otro mundo, pasando por otras partes’, y el primer tomo de la ‘Historia de la América Central’, podrá negar a José Milla dotes de eminente escritor.  Nadie podrá negarle un ingenio fecundo, una imaginación amena y chispeando, una erudición vastísima, un selecto y delicado gusto, un estilo lleno de intención y de agudezas, y un lenguaje puro y correcto que valióle el honrosísimo título de Miembro Correspondiente de la Real Academia Española.  Nadie que haya leído y estudiado las muchas obras, de diverso género, de José Milla, del escritor más fecundo de Guatemala, podrá negar que tan isigne hombre de letras es una honra, es una gloria nacional de Centro América.

Y un hombre tan importante, que vivió en medio de una honradísima pobreza, porque Milla fue siempre probo; y literato tan esclarecido que, a costa de penosísimas vigilias, escribía la grande obra de la ‘Historia de la América Central’; y maestro tan desinteresado, benévolo y cariñoso, ha muerto, ha desaparecido para siempre, dejando un gran vacío en los puestos desocupados de las letras centroamericnas, vacío sólo comparable, en su grandeza, a la grandeza de la incedible pena de todos los que sabíamos a estimar a José Milla, por su talento, por sus obras, por ser, en fin el Ilustre Decano de la Literatura Centroamericana.[…]4


BIBLIOGRAFIA:

  1. Moré Cueto, Julián (15 de noviembre de 1895). «Ex-ministros de Instrucción Pública». El Educacionista: órgano del Ministerio de Instrucción Pública (Guatemala: Tipografía Nacional). Tomo II (16).
  2. Barrientos, Alfonso Enrique (1948). «Ramón Rosa y Guatemala»Revista del archivo y biblioteca nacionales (Honduras) 27 (3-4). Archivado desde el original el 19 de diciembre de 2014.
  3. Tipografía El Renacimiento (3 de agosto de 1885). Memoria de las riquezas de la mortual del Señor General expresidente Don Justo Rufino Barrios, en su relación con los intereses de la Hacienda pública (2.ª edición). Guatemala: Tipografía de “El Renacimiento”. p. 26.
  4. Rosa, Ramón (1896) [1882]. «José Milla y Vidaurre»La Ilustración Guatemalteca (Guatemala: Síguere, Guirola y Cía) I (6). pp. 83-85.

 

15 de agosto de 1862: el escritor José Milla y Vidaurre escribe un artículo sobre la Feria de Jocotenango de la Ciudad de Guatemala

15agosto1862
El Parque de Jocotnenago en 1915.  Este parque llevó nombre “Estrada Cabrera” y “Morazán” hasta que le fue devuelto su nombre original.  En el recuadro: el escritor José Milla y Vidaurre.  Imágenes tomadas de Wikimedia Commons.

Reproducimos a continuación el artículo que el escritor guatemalteco José Milla y Vidaurre escribió el 15 de agosto de 1863, retratando la Feria de Jocotenango (conocida en el siglo XXI como Feria de Agosto), y describiendo cómo se vivía en la Ciudad de Guatemala durante los últimos años del gobierno del presidente vitalicio, el capitán general Rafael Carrera.

El dia 15 del corriente, a eso de las diez de la mañana, me constituí en Jocotenango. no tanto para ver la feria cuanto para ver los que van á verla. Armado con mi espíritu do observación como con un instrumento cortante, fui a reunir los materiales para este articulejo; o hablando con mas exactitud, fui a tomar una fotogralia de la feria. Si ella aparece desordenada, confusa é ininteligible, podrá ser efecto de torpeza del fotografista, o por el contrario, demasiada fidelidad del cuadro. Si es lo primero, yo tendré la culpa; si lo segundo, la tendré también, por haber escogído ese asunto como objeto del bosquejo. En uno y otro caso, me someto al fallo y no prometo la enmienda, visto que ni yo sé fotografiar mejor, ni hay por acá cosas mejores en que ejercitar el arte. Basta de introducción.I.

La plaza, las calles y los callejones de Jocotenango han recibido su visita de la policía, anual como la feria, transitoria como ella y como todas las cosas de este bajo mundo. Las paredes (donde las hay) están blanqueadas; los poéticos cercos de chichicaste (donde no hay paredes,) han visto caer sus vigorosos retoños, dejando libre el rustico sofá que cubre un tapiz verde, principio de vejetacion que se llevan á sus casas, pegado á los trajes, los que tienen la fortuna de disfrutar de la comodidad de esos bancos. Los árboles los árboles soa los únicos que es tan siempre iguales, y sospecho lo estarán hasta la consumación de los siglos. Mas de una hora permanecí el dia 15 bajo la sombra que proporcionaba uno de esos ancianos respetables, de la cual disfruté yo, pobre pedestre en compañía de un coche, cuatro caballos con sus correspondientes ginetes y una mesa, almacén portátil de golosinas. Tuve el estraño capricho de entablar un diálogo con aquel vejetal, ya fuese porque algunos hombres hemos de charlar hasta con las plantas, ya porque van haciéndose muy raros los individuos del reino Jiwnano con quienes puede tenerse un rato de conversación instructiva y agradable.1

Pasados los cumplimientos de estilo y el obligado ‘¿cuánto ha que no nos vemos?,’ yo, que procuro ser bien criado hasta con los árboles, estuve buscando circunloquios y precauciones oratorias para preguntar á mi amigo su edad y su nombre. El pícaro viejo contestó lo primero con una alusión histórica a uno de nuestros últimos capitanes generales del tiempo del gobierno español, y a lo segundo con una descripción científica. No habiendo entendido ni una ni otra, me propuse pasar el caso en consulta con cualquiera de los muchos sabios que tenemos, algunos de los cuales no dejarían de andar aquel dia viendo la feria. En seguida me refirió mil detalles curiosos de mas de cincuenta quinces de Agosto que había visto pasar; describiéndome los trajes antiguos, los coches antiguos, los hombres antiguos, las mujeres antiguas, el modo con que aquellos cortejaban á éstas en la feria antiguamente, en lo cual no hallé grandes diferencias con la moda actual, aunque él, como buen viejo, declaro todo lo moderno detestable; dijo que éramos, en todo y por todo unos farsantes, unos malos imitadores de los usos y costumbres de otros tiempos, citándome por ejemplo la crinolina, que dijo ser una exageración del tontillo de sus mocedades. Para poner término á la charla insustancial de aquel anciano descontentadizo, le pregunté cómo estaba tan descuidado y feo en un dia de tanta concurrencia; qué habla sido de algunos de sus compañeros, cuya falta estaba yo notando desde algún tiempo todos los años, y por qué no se les reponía con árboles jóvenes. Un ligero murmullo, como de impaciencia, fué la única respuesta que obtuve, y viendo que no podia sacar una palabra mas á aquel caprichoso vegetal, me despedí de mi amarillento y descuidado interlocutor y fui á mezclarme en la barahunda de la concurrencia.

(Nota de HoyHistoriaGT: Milla critica aquí el descuido del bosque que ocupaba el barrio de Jocotenango, que es donde se realizaba la feria y que actualmente es la zona 2 del Centro Histórico de la Ciudad de Guatemala. Milla podía darse el lujo de criticar a las autoridades porque él mismo era funcionario del Ministerio de Relaciones Exteriores y amigo personal del presidente Carrera).

II.

La plaza y la calle principal de Jocotenango presentan el espectáculo más animado y pintoresco. Millares de personas de condiciones diversas y de trajes tan diferentes como sus condiciones, se empujan unas á otras y apenas dejan espacio sufíciente para que puedan abrirse paso individuos de menor volumen que el mío. Las vendimias se ostentan por todas partes en ordenado desorden, bajo las anchas sombras de petate. Aquí las mesas cubiertas de vasos y garrafas de agua loja; allí los dulces, ofreciendo á las moscas gratuito y espléndido banquete; acá las delicadas tunas de Panajachel; allá las sabrosas camuesas de Totonicapan; los zapotes, los pepinos, las naranjas; la chancaca, la pepitoria y las rapaduritas. Todo se ofrece abundante y barato á los aficionados, menos las nueces de Momostenango, que este año están tan escasas como el dinero y como el buen sentido. Pero la sociedad puede ir pasando sin dinero, y el sentido común no hace una falta muy notable, que digamos. Las nueces es cosa diferente. La feria de Jocotenango sin nueces, es un cuerpo sin alma, una niña sin camisa garibaldina, una república sin revoluciones.2

(Nota de HoyHistoriaGT:  para 1862, la República de Guatemala, creada el 21 de marzo de 1847, había pasado por la revolución de 1848 que obligó a renunciar y salir al exilio al presidente general Rafael Carrera, la contrarrevolución de 1849, cuando Carrera regresó al poder y reincorporó a Los Altos, que se habían segregado nuevamente en 1848, y al intento de invasión de los liberales desde Honduras y El Salvador, que Carrera evitó en la batalla de La Arada el 2 de febrero de 1851.  Luego de eso, siguió la anarquía hasta que por fin se nombró presidente vitalicio al general Carrera en 1854.  Y esto sin contar la Guerra Civil Centroamericana de 1826 a 1829, y laguerra campesino-católica contra el gobierno liberal de Mariano Gálvez en 1837-38.  De allí que era como “una república sin revoluciones”).

A medida que adelanta el dia, la concurrencia crece. Los carruages van y vienen, abriéndose camino con dificultad por entre la masa compacta de gente de a pié y de á caballo que lo ocupa todo. Los cocheros aguejan sus bestias; y creyéndose, quizá, desde lo alto de sus pescantes, unos presidentes investidos con facultades extraordinarias, sacuden latigazos a diestra y a siniestra, sin hacer caso de los derechos del hombre ni de las garantías constitucionales. El calor es insoportable; el viento gira bajo la razón social de aire, polvo y compañia; millares de pitos de Patzún, soplados por vigorosos alientos infantiles, producen un ruido infernal, capaz de romper los tímpanos menos delicados. Damas elegantes cabalgando en briosos alazanes, (estilo figurado) pasan y vuelven a pasar de un punto á otro, sin saber por qué ni para qué, á no ser para tener el gusto de ver y mas aun la satisfacción de que las vean. Hábiles jinetes tienen la peregrina ocurrencia de sacar plumas en medio del gentío, olvidándose de que pueden sacarle á uno, de paso, el ánima del cuerpo. Los chalanes de la ciudad y de los pueblos circunvecinos van y vienen en sus caballos que desaparecen bajo las anchurosas albardas y los abultados pellones. Algunos caminan como he leído no sé dónde lo hacian los templarios, dos en un caballo. Escuadrones de chiquillos recorren las calles y la plaza, sobre rocines, ostentando la alegría expansiva y candorosa de su feliz edad. De cuando en cuando una figura extraña del uno ó del otro sexo, de a caballo o de a pié, tiene el privilegio de ocupar por diez minutos la atención de la concurrencia. Un coche que se rompe,un mal jinete que compra el terreno, una ligera camorra que se suscita por cualquier motivo y acaba de cualquier modo, esos son les acontecimientos notables que interrumpen la uniformidad del espectáculo.

III.

Entretanto, ¿dónde está la feria? ¡Oh, la feria! La feria es para la mayor parte de la gente que va á Jocotenango una cosa secundaria, un pretexto para reunirse, y nada mas. ¿Qué importan los bueyes a esa desdeñosa belleza que atraviesa el gentío recostada en el fondo de su carretela? Si se vendiera alguna otra cosa; ¡pero bueyes! ¿Qué tiene que ver con los muletos ese elegante metinietre que por nada de esta vida pondría sus frescos y limpios guantes en contacto con esas inmundas bestias? ¿Qué nos importan los animales con cuernos a mí y a tantos otros como yo, que somos animales de pluma?3

No así, por cierto, á Don Agaton Cuerna Vaca, hacendado opulento, que montado en una mula lerda, recorre el campo de la feria desde las seis de la mañana, seguido de un numeroso estado mavor de caporales y de vaqueros. Va en albarda, con grandes estriberas de hierro, de chaqueta, sin chaleco ni corbata, ni otros molestos adminículos, cubriendo sus tostadas facciones un enorme sombrero de palma, como de partideno. Discute científicamente sobre bueyes, caballos y muletos; compra, vende, se ajita, se afana, grita, se enfada, hace subir ó bajar los precios, es el rey de la feria. Lo vi durante una hora regatear un caballito, y confieso que no me habia imaginado pudiese desplegarse tanta habilidad diplomática en tan insignificante transacción. ¡Qué defectos puso Don Agaton á la pobre bestia! ¡Cómo le descubrió más tachas que si fuese muía de alquiler, todo por quedarse con el jaco por quince pesos! La retórica de Cuerna Vaca anonadó ai propietario, de tal modo, que entregó el caballo y se fué creyendo haber hecho un magnífico negocio. El hacendado ató su nueva compra á la cola de la muía que montaba, y volvió á la ciudad á eso de las tres de la tarde, atravesando las calles principales como un guerrero victorioso que lleva en pos de sí, como trofeo, los despojos del enemigo. El 15 de agosto de 1863, Don Agatón Cuerna Vaca irá á la feria y llevará el mJsmo caballo, ya gordo y amaestrado; pedirá por él cien pesos, y si le ofrecen ochenta, contestará muy serio: — Mas me costó aquí el año pasado. — ¡Oh sublimidad del arte del negociante! ¡Vender caro y comprar barato!4

IV.

Pero dejemos ese tipo y pasemos á otro que se encuentra también regularmente en la feria, y no es menos curioso que el que dejo lijeramente bosquejado. Don Inocente Patallana es lo que se llama un buen hombre, expresion que en el estilo común suele ser equivalente de algo que no quisiera Ud. ser, lector amado. Dios ha derramado sobre él sus bendiciones; es decir, le ha dado una descendencia que lleva trazas de llegar á ser tan numerosa como la de Abraham. Tiene once hijos vivos y efectivos, y después del último, la esposa de Don Inocente ha dicho como los periodistas cuando dejamos incompleto algún artículo: se continuará. Es pues el caso que las criaturas de Patallana, desde ocho días antes de la feria, le sacaban los últimos restos de juicio que le quedaban, instando para que los llevase á Jocotenango, á caballo. Patallana sumó sus oncegénitos y con una lógica admirable, dedujo que necesitaba once caballos, once sillas, once frenos para habilitarlos, añadiendo otro caballo con su respectivo jaez para él, pues los muchachos no debían ir solos, por su cuenta y riesgo. Ahí fueron las congojas y los apuros del bueno de Don Inocente. Al principio pensó en solicitar la remonta; pero desistió, temiendo hubiese en ella algunos caballos demasiado bravos. Alquilar era mucha cosa; pues el número que se necesitaba haria subir considerablemente el desembolso. Pensando y repensando el caso, se decidió al fin por el recurso mas obvio y mas común en tales circunstancias, acudir á los amigos por medio de un empréstito forci voluntario.5

Desincó en guerrillas a los interesados, que se desparramaron por la ciudad, distribuyendo esquelas y mensajes verbales, requisitorias de caballos y moríturas que recibieron los empadronados con señaladas muestras de impaciencia. Las respuestas no se hicieron aguardar. Uno estaba á pié, otro acababa de prestar su caballo, éste no tenia silla, aquel tenia que montar, el de mas acá ofrecía una grupera, el de mas allá una cincha, y casi todos declararon que no tenia freno. No faltó quien ofreciera á Don Inocente un caballo tordillo algo pesado, y admitido á pesar del defecto, a lo cual contestó únicamente el bueno del paterfamilías que la ocurrencia era graciosa, pero vieja. Entretanto los muchachos no se daban por vencidos; y al fin, aunque con mil fatigas, lograron aperarse, alquilando dos caballos, prestando otros, acomodándose dos pares de chicos en dos machos, sacando á luz unas monturas viejas que estaban sirviendo de dormitorio á las palomas en un altillo de la casa, y reservando para sí el excelente Patallana una yegua vieja que tenia una oreja posliza, hecha de cartón pintado. Habilitado el escuadrón, se puso en marcha é hizo su entrada triunfal en Jocotenango, á eso de las doce, con aplauso y jubilo de la concurrencia.

La comitiva fué de un lado á otro; de la plaza al llano y del llano á la calle principal, sin que hiciesen mella en la grande alma de Don Inocente las pullas y las bromas de sus amigos y de sus conocidos. Uno de tantos tuvo la maligna idea de jugarle una burla, y acercándosele con disimulo, mientras otro le llamaba la atención, arrancóla oreja fingida á la cabalgadura, dejando al descubierto el defecto de la pobre bestia. Ahí fué la alegría y la zumba de los que presenciaron el lance. Don Inocente acudió á buscar su oreja, digo la de su yegua, y ocupado en eso, no vio que iba sobre él un coche, tirado por dos fogosos tordillos. ”¡A un lado!” gritaron varias voces; pero el hombre no se movía. Entonces el postillon, que no podia ya contener sus caballos, sacudió un tremendo zurriagazo en las ancas de la yegua, que sacando fuerzas de flaqueza, levantó primero las partes traseras, luego las manos y dio en tierra con su caballero. Depuesta la carga, la sonta echó á correr por entre el gentío, derribando á uno de los mucliachos, volcando una mesa de comestibles y atropellando á la gente de a pié, que se hizo un remolino. En la confusión unos gritaron “¡fuego!,” otros ”¡temblor!,” otros ”¡revolución!,” otros “¡chucho con rabia!;” buscaron la policía y no se hallaba; todo era gritos, alboroto y carreras, hasta que la yegua sin oreja logró ganar una de las calles transversales y se largó para su casa. Don Inocente reunió su prole, y subiendo á las ancas del caballo de uno de sus niños, se volvió á su casa, maldiciendo de la feria de Jocotenango.6

(Nota de HoyHistoriaGT: entre bromas, Milla resume a lo que ya estaban acostumbrados los guatemaltecos en 1862: familias con numerosos hijos, incendios, terremotos y estallido de revoluciones, mientras que para imponer el orden la policía no se encontraba por ningun lado.)

IV.

Era ya tarde. Vi, pues, que debía dar punto a mis observaciones. Resumiendo éstas, dije para mí. Gran concurrencia, mucho rocín, mucho coche, calor insoportable, figuras estrambóticas y elegantes, animales que se venden y animales que no se venden, polvo, confusión, mucho ruido y pocas nueces; esto es, poco mas ó menos, la feria de Jocotenango. Para Don Agaton Cuerna Vaca estuvo buena, pues compró por quince lo que valía treinta. Para Don Inocente Patallana estuvo mala, pues queriendo proporcionar á su familia un rato de distracción, volvió a su casa burlado y magullado. La opinión que respecto á la feria expresarian en sus respectivos círculos aquellos dos sujetos, debía ser esencialmente diferente, como fué diverso el papel que en ella les destinó la suerte. No fueron menos contradictorios los juicios que tuve ocasión de oir a los mismos que venían de Jocotenango en la tarde del 15, en el espacio que media desde aquel pueble hasta mi easa. –Mucha concurrencia. — Mas hubo el año pasado. — Ahora ha sido mayor.— Pocas ventas. — Muchas, pero precios bajos. — Todo ha estado carísimo.- -¿La viste? — No ha venido. — Esto ha estado desierto.— Yo creía que no habría un traje como el mió, y he visto seis mejores. — Esto es insoportable. — ¡Qué hermosa es! — ¡Qué caballo tan penco el que montaba!— ;Será alquilado!— A veinticinco pesos la mancuerna, ¡qué barbaridad! — Mucha gente. — Jamas olvidaré este día. — No hubo nueces. — Buenas tardes. —

¿Cómo conciliar tan diferentes pareceres sobre las mismas cosas? Inútil empeño! Si de otro modo fuera, el mundo no seria mundo. Quédese pues, cada cual con su opinión y yo con la mía, que creo modestamente la mejor de todas, y convengamos ‘en que cada cual habla de la feria según le va en ella.'”


BIBLIOGRAFIA:

  1. Milla y Vidaurre, José (1882) [1865]. Cuadros de Costumbres Guatemaltecas. I. Guatemala: Tipografía El Progreso. p.: 145.
  2. Ibid., p.: 146.
  3. Ibid., p.: 147.
  4. Ibid., p.: 148.
  5. Ibid., p.: 149.
  6. Ibid., p.: 150.

20 de mayo de 1877: se publica el primer número del periódico de la Sociedad Literaria “El Porvenir” de los intelectuales liberales de la época de J. Rufino Barrios

20mayo1877
Composición fotográfica del Teatro Colón (anteriormente Teatro Carrera) realizada por Alberto G. Valdeavellano y publicada por la revista cultura “La Ilustración Guatemalteca” en 1897.  Imagen tomada de Wikimedia Commons.

La Sociedad literaria “El Porvenir” se formó en Guatemala con las principales personalidades literarias entre los criollos liberales que habían tomado el poder tras el triunfo de la Revolución Liberal de 1871. “El Porvenir” se reunió por primera vez la noche del lunes 19 de marzo de 1877, por iniciativa de Vicente Carrillo, quien fue su primer presidente, y con el objetivo de crear una “literatura nacional”.1

Los estatutos de la nueva sociedad fueron redactados por Carrillo, sometidos a discusión y aprobados por todos los miembros. Contaron desde el principio con la venia del gobierno del general J. Rufino Barrios, y todos los representantes del gobierno eran automáticamente miembros honorarios de ella, destacando entre ellos el licenciado Lorenzo Montúfar, quien no solamente era Ministro de Estado sino que era el principal ideólogo liberal anticlerical.1 Montúfar, quien fue un guía-protector de los miembros más jóvenes de la Sociedad dada su experiencia como Ministro de Estado en Costa rica y de Rector de la Universidad de Santo Tomás,<sup>1</sup> había regresado a Guatemala durante el gobierno de Barrios, tras haber salido huyendo del país disfrazado de clérigo cuando el general Rafael Carrera regresó a Guatemala de su autoimpuesto exilio en agosto de 1849.2

Las reuniones de la Sociedad eran semanales, y de julio acordaron también imponer una cuota de 50 centavos a cada miembro, para sufragar los gastos y en agosto de este mismo año, Barrios concedió, a través de la tesorería de la Universidad, cincuenta pesos mensuales para apoyar las labores de «El Porvenir», dada la importancia de esta asociación en la formación y desarrollo de los intelectuales liberales guatemaltecos.1

El 20 de mayo de 1877 la sociedad empezó a publicar un periódico quincenal que llevó el nombre de “El Porvenir” y en su primer número incluyó una lista de los socios que la componían:

  1. Honorarios: personajes relevantes, principalmente miembros del gobierno y a las mujeres.
  2. Asistentes: los que concurrían con regularidad a las juntas.
  3. Corresponsales: socios que se encontraban fuera de la ciudad o del país y contribuían con materiales para las sesiones y el periódico.1
  4. La junta directiva se componía de presidente vicepresidente, secretario, sub-secretario, varios vocales y tesorero, aunque en de 1879 se suprimieron los cargos de presidente y vice-presidente y se eligieron doce presidentes para ejercer el cargo durante un mes cada uno. Y en mayo de 1880 ampliaron las temáticas abordadas a otras ciencias e inauguraron una serie de conferencias públicas como otro medio de difusión de sus trabajos para lo cual organizaron veladas artístico-literarias en el Teatro Nacional.1

Máximo Soto Hall, quien luego sería un ideólgo del gobierno del licenciado Manuel Estrada Cabrera, clasificó a los miembros de la siguiente forma: 3

  • “Sombras protectoras”: eran las personalidades de mayor edad, y entre ellas estaba el ya mencionado Lorenzo Montúfar, el padre Ángel María Arroyo, quien a pesar de ser sacerdote fue uno de los principales aliados de J. Rufino Barrios y uno de sus principales aduladores,4 Antonio Machado y el escritor José Milla y Vidaurre. Los tres primeros citados eran considerados como los grandes oradores de la época,5 mientras que Milla, era muy respetado como orador y catedrático universitario a pesar de ser conservador y miembro de los gabinetes de Carrera y Vicente Cerna antes de la revolución de 1871.3
  • Mayores de 30 años: eran los que empezaban por aquel entonces a a labrarse un nombre. Entre ellos destacan:3
    • Antonio Batres Jáuregui: quien luego sería Ministro de EStado de Barrios y de todos los presidentes liberales hasta Manuel Estrada Cabrera, a pesar de ser conservador. Fue vice-presidente de la Sociedad desde su fundación hasta noviembre de 1877.
    • Fernando Cruz: quien luego sería Ministro de Estado.
    • Salvador Falla: jurista y político que fue vocal 1º y luego asumió la presidencia de la asociación desde noviembre de 1877 hasta enero de 1879.
    • Ricardo Casanova y Estrada: por entonces un joven abogado, quien después de ser humillado por el presidente Barrios durante un litigio que se seguía por la propiedad que había sido de la Orden de San Felipe Neri de la Escuela de Cristo, decidió hacerse sacerdote y llegó a ser el arzobispo de Guatemala.
    • Juan Fermín de Aycinena: otro escritor conservador, quien era descendiente del patriarca de su familia, que tenía el mismo nombre. Aycinena fue miembro del gobierno de Carrera, pero abandonó la política tras la Revolución de 1871.
  • Jóvenes: los literatos que apenas empezaban. Entre ellos se encontraban:
    • Manuel Valle: joven poeta de 16 años, miembro asistente y asiduo colaborador del periódico con su poesía. Llegó a ser abogado, escribió varias obras de teatro y en 1902, junto a Virgilio Rodríguez Beteta y Francisco Contreras fundó el primer ateneo de Guatemala.3
    • Miguel Ángel Urrutia: secretario particular de Barrios. Ingresó a la sociedad en febrero de 1879 y fue un asiduo colaborador del periódico principalmente con su poesía.<sup>3</sup>
    • Ramón A. Salazar: médico, quien luego llegaría Ministro de Instrucción Pública de Barrios y luego editor de la revista cultural “La Ilustración Guatemalteca” durante el gobierno del general José María Reina Barrios. Fue miembro de varias Asambleas Legislativas que favorecieron al gobernante liberal de turno y también fue ministro del licenciado Manuel Estrada Cabrera. Fue uno de los principales intelectuales anticlericales guatemaltecos y director del Diario de Centro América, que en esa época era un periódico semi-oficial.
    • Juan Arzú Batres: ingeniero, quien fue director del Diario de Centroamérica y padre del escritor José Arzú. Fue miembro fundador de la Academia Guatemalteca correspondiente a la española de la lengua y ocupó diferentes puestos en la directiva de la sociedad.3
    • Guillermo Hall: tío de Máximo Soto Hall y padre de Elisa Hall de Asturias
    • Domingo Estrada: de 22 años de edad, era hijo de Arcadio Estrada, un abogado que participó en el movimiento de 1871 y que ocupó varios puestos ministeriales durante los gobiernos liberales. Por la influencia de su padre, Estrada ocupó puestos públicos mientras todavía estudiaba en al Universidad de donde se graduó de abogado en agosto de 1877. Pasó la mayor parte de su vida fuera de Guatemala sirviendo puestos diplomáticos, principalmente en los Estados Unidos. Fue vocal, tesorero, miembro de la comisión de imprenta y publicó asiduamente en el periódico “El Porvenir“.3

Entre los miembros extranjeros destacaron:

  • El ingeniero mexicano Alejandro Prieto, quien fungió en la sociedad como vocal 1º y era Secretario de la Legación de México en Guatemala. Prieto escribió el primer Tratado de Agrimensura recopilando leyes y decretos, y se hizo cargo, ad honorem, de las asignaturas de Topografía, Agrimensura y dibujos y con ello formó la Facultad de Ciencias Exactas de donde salieron los primeros veintidós Ingenieros Topógrafos. Trazó el Cementerio General y el Hipódromo del Norte. Hizo el primer estudio de los límites con México, y la nivelación de los ríos Pensativo y Democracia.1
  • El licenciado hondureño Marco Aurelio Soto,3 quien fuera Ministro del gobierno de Barrios durante los primeros años de éste, y luego fue colocado en la presidencia de Honduras junto a su primo Ramón Rosa por el general Barrios. Años después, cuando ya no le era útil, Barrios lo derrocó y lo sustituyó por Luis Bográn.
  • El poeta cubano José Martí, quien aparece en la lista de socios asistentes que se publicó en el primer número del periódico. En 1878 figura como Vicepresidente de la sociedad y pronunció un discurso en la primera velada que realizara la sociedad el 25 de julio de 1877, que fue el que le valió el sobrenombre de “Dr. Torrente“.6

Por supuesto, la ideología liberal y el progreso que proponía y documentaba la Sociedad Literaria era para las élites ilustradas y no para el ciudadano común, en particular el indígena. Los literatos se convirtieron, entonces, en apologistas de la medidas económicas anticlericales y pro-cafetaleras de J. Rufino Barrios que utilizaron a los indígenas como mano de obra casi gratuita. He aquí algunas frases publicadas en las páginas de aquel periódico por Salvador Falla, que dejan clara la posición de los intelecuales liberales:

El aborigen, poseedor de inmensos terrenos vírgenes henchidos de fecundidad, pero que yacen hace siglos esperando la hora de la redención por el cultivo, … alega no sé qué derechos señoriales adquiridos de tiempos remotísimos y se opone con una tenacidad propia de su raza a que una mano extraña, una mano aleve toque el árbol que él no ha plantado, el árbol que no ha cuidado ni visto crecer.”7“No le pidamos al indio iniciativa, adelanto, progreso; porque la iniciativa individual no se encuentra en la degeneración y en la ignorancia; no queramos que sienta la sed de la riqueza, la ambición del bienestar material; porque la ambición no puede avenirse con una alma empequeñecida. Pidámosle al indígena lo que puede darnos: que auxilie la obra del progreso con su mano callosa, su brazo fornido, su índole suave“.8

Así pues, para aquellos eruditos liberales, lo “nacional” era únicamente lo español y lo occidental. Juan Arzú Batres, en un artículo titulado “La imaginación y el pensamiento” llega al extremo de eliminar a toda la población indígena de América considerando que el continente era únicamente la reunión de dos razas: la inglesa y la española, y que estaba llamado a ser la síntesis de ambas y lograr con ello “que no se reconozca otra raza que la raza humana, ni otra civilización que la civilización Universal”.9

Uno de los sucesos más relevante de la Sociedad Literaria ocurrió en diciembre de 1879 cuando el presidente Barrios les encargó convocar a un concurso para elegir un himno nacional. Pretendían utilizarlo para las celebraciones que el gobierno planeaba para el mes de marzo de 1880 cuando entraría en vigor la Constitución de 1879, cuya redacción se había pospuesto por varios motivos desde que Miguel García Granados se había hecho con el poder en 1871. El 5 de enero de 1880 la sociedad convocó al concurso para el cual se otorgó un plazo de quince días. Nombró un jurado calificador compuesto por José Milla, José Antonio Salazar, Javier Valenzuela, Manuel Ramírez y Salvador Falla. Pero solamente se recibieron sólo trece composiciones y cuando el jurado eligió los tres primeros lugares, todos miembros de la Sociedad (Juan Fermín de Aycinena, Miguel Ángel Urrutia y Manuel Arzú y Saborío), dictaminó que ninguno de ellos merecía el calificativo de Himno Nacional y el evento quedó como un simple concurso literario.1


BIBLIOGRAFIA:

  1. Fuentes Oliva, Regina (4 de junio de 2009). Una aproximación al ambiente intelectual guatemalteco de la Reforma Liberal, a través de la sociedad Literaria El Porvenir“. En Boletín AFHEC. (41) Guatemala: Asociación para el Fomento de los Estudios Históricos en Centroamérica.
  2. Coronado Aguilar, Manuel (1975). Apuntamientos para la Historia de Guatemala. I Guatemala: Editorial del Ejército. p. 266.
  3. Soto Hall, Máximo (1966). La niña de Guatemala: el idilio trágico de José Martí. Guatemala: José de Pineda e Ibarra. p. 53.
  4. Vela, David (1948). Literatura Guatemalteca Guatemala: Tipografía Nacional. p. 315.
  5. Ibid, p. 307.
  6. Hall, La niña de Guatemala, p. 67.
  7. Falla, Salvador (24 de julio de 1877). El Porvenir ¡Adelante!. En El Porvenir I (5), p. 65.
  8. Ibid, pp. 66-67.
  9. Arzú Batres, Juan (5 de julio de 1877). La novela. En El Porvenir I (4), pp. 53-54.

 

1 de noviembre de 1854: José Milla y Vidaurre publica un Cuadro de Costumbres sobre el Día de Difuntos

1noviembre1854
Tumba de doña Agapita de Sánchez, uno de los mausoleos más artísticos y en mejor estado de conservación del Cementerio General de la Ciudad de Guatemala.  Ella fue la madre de Delfino Sánchez, Ministro de Instrucción Púbica del general J. Rufino Barrios. Imagen tomada de Wikimedia Commons.

Para que el lector se dé una idea de cómo era la vida durante el gobierno conservador del general Rafael Carrera, recomendamos dos obras:  “Cuadros de Costumbres“, del conservador José Milla y Vidaurre, y “El Tiempo Viejo, recuerdos de mi juventud“, del liberal Ramón A. Salazar.  Ambos narran la misma época desde un punto de vista diferente, lo que ayuda a formarse una perspectiva un tanto imparcial de la misma.

Milla Y Vidaurre publicaba artículos en la prensa de la época describiendo las diversas costumbres, algunas de las cuales han llegado hasta nuestros días.  En esta línea, en noviembre de 1854, poco tiempo después de que al general Carrera lo habían nombrado presidente vitalicio, publicó su columna “Visita al Cementerio” que describe la tradición guatemalteca de visitar los camposantos el 1 de noviembre, y que reproducimos a continuación dado su valor histórico:

Antes de ayer por la tarde un numeroso concurso de todas las clases de la población, acudia, como de costumbre, á visitar el cementerio general. Los sepulcros habían sido reparados, blanqueados ó pintados de nuevo; reproducidas las inscripciones que ha borrado el tiempo y colocadas por todas partes guirnaldas de flores naturales. Después de las fiestas de los vivos, que se han multiplicado en los últimos días, debía venir también la tiesta de los muertos. La palabra está escrita, y no la borraremos, ciertamente.

(Nota de HoyHistoriaGT: el Cementerio General al que se refiere Milla y Vidaurre en este artículo no es el que actualmente está en la zona 3 de la Ciudad de Guatemala, sino el que se encontraba detrás de la Catedral Metropolitana, en donde ahora está el Mercado Central. Y el comentario sobre la multiplicación de las fiestas de los vivos se refiere al aumento de fiestas religiosas y oficiales que había habido desde que Carrera tomó el poder en 1851.)

Porque ¿qué otra cosa es sino “una fiesta” esa bulliciosa peregrinación que hacemos anualmente al lugar donde reposan las cenizas de nuestros padres, no para nutrir el ánimo con inspiraciones cristianas y filosóficas, sino para buscar una distracción, para procurarnos algunas emociones en el comercio con los vivos, que invaden en tropel el pacífico dominio de los muertos? Y sin embargo, si esa visita anual se hiciese con un espíritu de religiosa reflexión, no hay duda que en vez de ser un vano pasatiempo, sería una excursión provechosa para el ánimo. Son tantos los pensamientos graves que naturalmente inspira la visita de un cementerio que es necesaria toda la insolente ligereza de la informe civilización de nuestro siglo, para imponerles silencio. No somos aficionados a contrastes romancescos, y por eso omitimos el fijar la consideración, como pudiéramos hacerlo, en esa chocante ostentación de la vida y la salud, bienes tan frágiles y perecederos, ante la podredumbre y las cenizas. Recorremos indiferentemente los nombres de los que duermen allí el último sueño, como si nunca debiésemos acompañarlos, y nos entretenemos en leer los epitafios, como quien vé los títulos de las obras en una biblioteca. Si nuestra curiosidad nos hace quizá encontrar al paso el nombre de un deudo, de un amigo, de un favorecedor, el recuerdo que excita en nosotros dura mucho menos, de seguro, que esas coronas de amaranto y de ciprés con que se han ataviado los sepulcros.

(Nota de HoyHistoriaGT: una interesante observación a que ya en 1854, la visita a los cementerios se hacía solo por costumbre heredada de la época colonial y sin realmente pensar en la fragilidad de la vida ni reflexionar al respecto. Para entonces ya se había convertido en una simple excusa para salir a pasear con amigos y familiares).

Parece que nos olvidamos de que todos los hombres somos, según la feliz expresión de un escritor, “condenados a muerte con diversos plazos” y sin pensar en que dentro de breve acaso nuestro propio nombre estará inscrito en ese catálogo de los que fueron, visitamos el cementerio como si fuese un jardín público, y acudimos alegres á verla “fiesta de los muertos”.

¿No habrá en esa visita tal cual hoy la hacemos, algo de aquel epicurismo de los griegos y de los romanos, que procuraban siempre asociar á la idea de la muerte imágenes de voluptuosidad y de goces sensuales? En los banquetes de estos últimos, se dice que cuando los esclavos colocaban las luces en la mesa, pronunciaban estas palabras: Vivamus, perundum. “Vivamos, pues hemos de morir”. Hemos leído en alguna parte que en un antiguo monumento griego está representada una calavera junto á un trípode cubierto de manjares, y la inscripción siguiente: Come, bebe, corónate de flores porque pronto estarás asi. Pero esas fórmulas de felicidad terrestre repugnan a la austera severidad del cristianismo; y por eso es extraño que mientras la iglesia se lamenta y ora sobre el polvo de las generaciones que nos han precedido en el camino del sepulcro, vayamos a ostentar lujo y vanidades a la tranquila morada de la muerte.

(Nota de HoyHistoriaGT: Milla era originalmente un liberal empedernido, quien cambió de partido conforme fueron cambiando los acontecimientos en el país. En esta parte del artículo se advierte una velada crítica al rigor católico y un elogio al pensamiento de la Ilustración, que abogaban los liberales de su época).

Al mencionar hoy en nuestra crónica local la visita al cementerio, no hemos podido prescindir de hacer estas observaciones, pues cualquiera que reflexione algún tanto, al ver esa multitud que acude, por costumbre, a reir junto a los sepulcros, adornados como para fiesta, no dejará de meditar en todo lo que hay de chocante en ese paseo al sitio melancólico donde reposan hacinados los mortales despojos de la senectud, la virilidad, la adolescencia y la infancia, confundidos allí por aquel poder terrible y misterioso, a cuyo golpe nadie puede sustraerse, y que frecuentemente elige para sorprendernos los instantes de la vida en qno creemos no deber temerlo.

Imminet et tácito clam venit illa pede.-

(Nota de HoyHistoriaGT: en la época de Milla y Vidaurre, quien firmaba sus artículos y obras como Salomé Jil, era costumbre demostrar que los escritores presumieran de su nivel académico escribiendo frases en latín. En este caso en particular, la frase con que Milla y Vidaurre terminó su artículo de 1854 significa: “Ya es inminente, aunque venga sigilosamente“).


BIBLIOGRAFIA:


 

 

18 de junio de 1897: el gobierno del general José Maria Reina Barrios establece el municipio de Quesada en el departamento de Jutiapa

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Localización geográfica del municipio de Quesada en Jutiapa, Guatemala. Imagen tomada de Wikimedia Commnons.

El poblado de Quesada surgió en 1740 cuando se creó la hacienda llamada “Santa Catalina Quesada“, propiedad de Domingo López Urruela, originario de Quesada, Jaén, Andalucía en España, quien nombró a su hacienda en honor a su pueblo natal.

Tras la Independencia de Centroamerica en 1821, la constitucion del Estado de Guatemala promulgada el 11 de noviembre de 1825 estableció los circuitos para la administración de justicia en el territorio del Estado basado en los curatos existentes y menciona que “Quezada” (como apareció escrito en dicha constitución) era parte del Circuito Jalpatagua en el Distrito N.º 3 Mita, junto con Jalpatagua, Sacualpa, Tempisque, Conguaco, Asulco, Comapa, Moyuta, Pasaco, Sapuyuca, San Vicente, Coco, Platanar, San Diego, Laguna Grande, Don Melchor, San Isidro, Soyate y Coatepeque.

Durante el gobierno conservador del general Rafael Carrera, la hacienda pasó a manos del renombrado escritor guatemalteco José Milla y Vidaurre, porque se dice que dicho lugar le encantó cuando lo visitó por primera vez entre los años 1849 y 1850, en compañía del general Carrera. Posteriormente, el escritor la valuó en 18,000 pesos sólo por la tierra, incluyendo el casco de la hacienda.

Tras la muerte de Milla y Vidaurre en 1882, el gobierno del general Manuel Lisandro Barillas ayudó a la formación de la aldea de Quesada cuando accedió a comprar la hacienda para favorecer a los arrendatarios de la misma en 1886, de acuerdo al siguiente decreto:

Palacio del Gobierno:
Guatemala, noviembre 3 de 1886.

Considerando:

que los arrendatarios de la hacienda de Quezada, por carecer de terrenos propios para hacer sus siembras, han solicitado el auxilio del Gobierno á fin de poder adquirir en propiedad la superficie de que dicha finca se compone, exceptuando la parte que se conoce con el nombre de “Potrero Grande”, y que las dueñas del referido inmueble están anuentes á enajenarlo en los términos indicados en la exposición hecha al efecto; por tanto, el Presidente de la República, deseoso de favorecer á los solicitantes y de promover, mediante la división de la propiedad territorial, el incremento de la agricultura en aquella localidad, acuerda:

1.° Se aceptan las condiciones indicadas en el memorial respectivo, teniendo en consecuencia, erogarse por el erario, de la partida asignada para gastos extraordinarios de Fomento, la suma de quince mil pesos, en las fechas que la segunda cláusula de dicho documento expresa;

2.° La Secretaría de Gobernación y Justicia dictará oportunamente las providencias convenientes para que la hacienda de que se trata se distribuya entre los arrendatarios actuales, de una manera equitativa.

Comuniqúese, repóngase esta hoja con papel del sello de cincuenta centavos, y la escribanía del Gobierno extienda las certificaciones que se soliciten.

  • Rubricado por el señor General Presidente.
  • Rodríguez

Posteriormente, el 18 de junio de 1897, en medio de una fuerte crisis económica, la Exposición Centroamericana, y un nuevo intento pacífico de alcanzar la Unión de la región, el gobierno del general José María Reina Barrios elevó a la categoría de municipio del departamento de Jutiapa a Quesada, accediendo a la solicitud de los vecinos de la aldea:

Palacio del Poder Ejecutivo :

Guatemala, 18 de junio de 1897.

Vista la solicitud de los vecinos de la aldea de Quesada, jurisdicción de la villa de Jutiapa, sobre que se erija dicha aldea en distrito municipal, y considerando que posee todas las condiciones que fija el artículo 4 del Decreto número 242; el Presidente de la República, con presencia del informe del Jefe Político del departamento de Jutiapa y del dictamen fiscal, acuerda de conformidad; debiendo considerarse como parte integrante del municipio de Quesada, la aldea de Don Diego y el caserío de Santa Gertrudis.

Comuníquese.

  • Reina Barrios.
  • El Secretario de Estado en el despacho de Gobernacion y Justicia: Manuel Estrada C.

BIBLIOGRAFIA:


23 de mayo de 1854: los pueblos aclaman como presidente vitalicio de Guatemala al capitán general Rafael Carrera

 

23mayo1854
Acta que declara al capitán general Rafael Carrera como presidente vitalicio de Guatemala.  Imagen tomada de Wikimedia Commons.

El 23 de mayo de 1854, los representantes civiles, militares, y religiosos de todos los corregimientos  y principales poblaciones del país prácticamente al unísono acordaron nombrar como presidente vitalicio al capitán general Rafael Carrera y Turcios.  Y también los principales miembros de su gobierno estuvieron de acuerdo con este nombramiento.1

El gobierno del general Carrera era muy particular, ya que estaba estructurado por tres grandes grupos de poder:  el propio general Carrera y su férrea personalidad, la familia Aycinena y los altos mandos del clero secular, encabezado por el arzobispo Francisco de Paula García Peláez.  Había incluso personajes que estaban en varios grupos, tal el caso del marqués Juan José de Aycinena, quien no solamente era obsipo de Trajanópolis, sino que además era rector de la Pontificia Universidad de San Carlos y Ministro de Asuntos Eclesiásticos del gabinete de Carrera.  Aparte de esto, Carrera tenía una excelente relación con los líderes indígenas y gracias a los pactos que suscribió con éstos mantuvo la integridad de la República.2

Aquel gobierno conservaba la influencia de la Iglesia Católica e incluso celebró un Concordato con la Santa Sede en 1852. 3 Solamente la fuerte personalidad del general Carrera y su gran habilidad militar evitó que las fuerzas de los criollos liberales centroamericanos invadieran el país, aunque lo intentaron varias veces. 2 México, por su parte, inmerso en su propia guerra de Reforma y luego en la guerra contra las fuerzas estadounidenses y francesas, no tuvo injerencia en Guatemala en ese tiempo.

Aunque los autores liberales retrataron al gobierno de Carrera como una época oscura y retrógrada en donde él era simplemente el brazo armado de los Aycinena,4 esto no pudo ser más lejano a la realidad pues fueron los criollos conservadores quienes tuvieron que aceptar a Carrera como presidente para no tener que salir del país ya que no eran bienvenidos por los regímenes liberales del área y, además querían evitar a toda costa que los indígenas los lincharan, como estaba ocurriendo en Yucatán con la Guerra de Castas. Y así el nombramiento como presidente vitalicio fue hecho oficial el 25 de octubre de 1854, por medio de un acta en la que se aconsejaba modificar la constitución para reflejar que Carrera era presidente de por vida.2

He aquí como describe el escritor Federico Hernández de León el momento en que Carrera fue elegido presidente perpetuo:1

“Esta traición a las instituciones políticas, cometida por las generaciones del año 54, alcanza una excusa.

Ya era mucha la fatiga ocasionada con treinta años de guerrear.  No había garantía ni para la persona, ni para los bienes.  La agricultura incipiente, las industrias reducidas, el comercio sin in desarrollo beneficioso, se sentían aún más constreñidos, por causas de las revueltas internas y de las invasiones de los otros Estados. Liberales y conservadores se habían sucedido en el poder y, ni las restricciones, ni los procedimientos drásticos, ni la habilidad política, ni la hombría de bien, ni la astucia, dieran resultado para ordernar tanto alboroto.  Solo Carrera lograra, con la rudeza de su espada, aquietar Los Altos, sofocar los levantamientos de la Montaña, poner en cintura a los agitadores y dar la acción de La Arada, que equivalía al sometimiento de Honduras y El Salvador.1

Y los pobres guatemaltecos de mediados del siglo [XIX] vieron en Carrera a un Salvador y buscaron su arrimo.  No les importó cometer la inmensa traición a los principios de la democracia defendida y preconizada: lo que los pueblos ansiaban era sosiego, una tranquilidad que les prestara garantía de vida y de acción. -¿A qué costo?- A cualquiera: ya no importaban los procedimientos.  Paz era lo que necesitaban; paz a cualquier precio para poder dedicarse a distender las actividades.  Y Carrera daba las seguridades de poner en cintura a todo el mundo, a los de arriba como a los de abajo, a los de fuera como a los de dentro.5

A Carrera le llamaban ‘Caudillo’, ‘Salvador de la Patria’, ‘Protector de la Religión’, ‘Hijo Predilecto’, ‘Enviado de la Providencia’; el clero veía a Carrera con arrobos místicos, la aristocracia con respeto profundo,, los liberales con terror, el pueblo con simpatía. El guerrillero se imponía: el rudo montañés, era por estos tiempos un hombre que ya leía y firmaba, que se trajeaba como un dandy, que conservaba con alguna soltura y salpicaba sus frases de observaciones pertinentes, que galanteaba a las niñas bien y que, cada vez que se avistaba con el consul inglés Mr. Chattfield, le decía con acento de la otra vida: -‘Hallo, Mr. Chattfield; how do you do’?5

[…]

Habrá de confesarse que Carrera no llegó a más porque no quiso.  El país se le ponía bajo sus plantas: el servilismo y el vasallaje de los guatemaltecos, tocaba las lindes.  Triste herencia, que después se repitiera ante la figura del general Barrios y, más tarde, ante la […] de Estrada Cabrera.”5

Y así, Carrera gobernó hasta su muerte, ocurrida el 14 de abril de 1865.

Entre los firmantes del acta del 25 de octubre hay varios personajes históricos que se pueden clasificar en tres grupos: correligionarios de Carrera durante su época de guerrillero, los miembros del clero y los miembros del partido conservador.  He aquí algunos de ellos:6

  • Francisco:  es el arzobispo Francisco de Paulo García y Peláez, líder del clero secular
  • Manual Francisco Pavón:  miembro prominente del clan Aycinena y ministro de Gobernación y de Asuntos eclesiásticos
  • Pedro de Aycinena: miembro del clan Aycinena y ministro de Relaciones Exteriores
  • Luis Batres Juarros: miembro del clan Aycinena y Consejero de Estado
  • Mariano Paredes: expresidente de Guatemala, y brigadier del ejército
  • Pedro José  Valenzuela: expresidente de Guatemala y vice-rector de la Pontifica Universidad de San Carlos
  • Vicente Cerna: correligionario de Carrera desde la época de las guerrillas campesinas y corregidor de Chiquimula; sería presidente de Guatemala de 1865 a 1871.
  • J. Ignacio Irigoyen: miembro del clan Aycinena, brigadier y corregidor de Quetzaltenango
  • Santos Carrera: hermano y correligionario de Carrera, y coronel del ejército.
  • Joaquín Solares: general y correligionario de Carrera
  • Serapio Cruz (“Tata Lapo“): general, y quien luego sería elevado a héroe liberal por morir en una revolución contra el presidente Vicente Cerna.
  • José Víctor Zavala: general, amigo personal de Carrera y diputado en la Cámara de Representantes
  • Fr. José Ignacio Méndez: superior del convento de Santo Domingo
  • Fr. Julián Hurtado: guardián del Colegio de Cristo
  • José Milla y Vidaurre: escritor, representante en la Cámara y oficial mayor del Ministerio de Relaciones Exteriores6

El lector interesado puede darse una idea de como era la vida durante la larga presidencia del general Carrera leyendo la obra de José Milla y Vidaurre “Cuadros de Costumbres7 y la de Ramón SalazarEl tiempo viejo: recuerdos de mi juventud8  las cuales describen ese período desde la perspectiva de los criollos conservadores, y la de los liberales, respectivamente.


BIBLIOGRAFIA:

  1. Hernández de León, Federico (1929). El libro de las efemérides: Capítulos de la Historia de la América Central. Tomo II. Guatemala: Tipografía Sánchez y de Guise. p. 335.
  2. Woodward, Ralph Lee, Jr. (1993). Rafael Carrera and the Emergence of the Republic of Guatemala, 1821-1871 (Edición en línea) (en inglés). Athens, Georgia EE.UU.: University of Georgia Press.
  3. Aycinena, Pedro de (1854). Concordato entre la Santa Sede y el presidente de la República de Guatemala (en latín y Español). Guatemala: Imprenta La Paz.
  4. Aguirre Cinta, Rafael (1899) Lecciones de Historia General de Guatemala. Arregladas para uso de las escuelas primarias y secundarias de ésta República.  Guatemala: Tipografía Nacional. pp. 114-165.
  5. Hernández de León, El libro de las efemérides. pp. 336-337.
  6. Junta General de Autoridades (1854). Acta declarando presidente vitalicio al capitán general Rafael Carrera. Guatemala: Imprenta de la Paz.
  7. Milla y Vidaurre, José (1865). Cuadros de costumbres guatemaltecas. Guatemala: Imprenta de la Paz.
  8. Salazar, Ramón A. (1896). El tiempo viejo: recuerdos de mi juventud. Guatemala: Tipografía Nacional.