21 de septiembre de 1845: se emite un decreto para las elecciones municipales que iban a realizarse cada año

21septiembre1845
Retrato del capitán general Rafael Carrera, presidente de la República de Guatemala. A su derecha está el entonces general José Víctor Zavala, y a la derecha el alcalde la Ciudad de Guatemala. Imagen tomada de la Revista Conservadora del pensamiento centroamericano.

En 1845, se había convocado una vez más a una Asamblea Constituyente para que redactara una constitución para el Estado de Guatemala.  Ésta ardua tarea fue quedando pospuesta año tras año debido a la anarquía que imperaba en Guatemala, no solamente por los destrozos ocurridos tras las guerras entre Rafael Carrera y Francisco Morazán, sino que por la injerencia de los estados liberales vecinos, en especial Honduras y El Salvador, quienes patrocinaban rebeliones en contra del gobierno conservador de Guatemala.1 No fue sino hasta qu Carrera destrozó a los liberales en la Batalla de La Arada el 2 de febrero de 1851 que se consiguió un paz relativamente estable, la cual permitió que firnalmente se redactara una constitución.2

Una de las leyes emitidas por una de aquellas constituyentes el 21 de septiembre de 1845 se convirtió en el primer intento para tener elecciones democráticas en las municipalidades guatemaltecas.  He aquí dicha ley:3

El congreso constituyente del Estado de Guatemala, considerando:

1°— Que la administración municipal es el ramo más importante al gobierno político de los pueblos, porque a ella le está confiada cardinalmente la instrucción, la salubridad, el ornato, la comodidad de las poblaciones y aun su asiento:

2°— Que bajo este respecto, los ciudadanos municipales en los gobiernos democrátícos deben ser una emanación del pueblo, constituidos por é inmediatamente, para que sus individuos reunan la confianza pública, estén penetrados de los intereses, necesidades y opiniones del pueblo, y puedan obrar en consonancia con sus comitentes;

3°— Y que el sistema de elecciones municipales adoptado en el decreto de 2 de octubre de 1839, desviándose de estos principios, contrajo el voto activo en ellas solo al pequeño número de personas que han obtenido cargos municipales en los años anteriores, privando a la generalidad de los ciudadanos del sufragio activo que les correspondiera; decreta:

1°— El primer domingo del mes de diciembre del corriente año se convocará a los pueblos para la elección de sus respectivas municipalidades, la que se celebrará el inmediato domingo del mismo mes.[…]

3°— La votación se practicará diciendo en alta voz cada sufragante las personas por quienes vota, designándolas separadamente para los cargos del alcaldes, regidores y síndicos: escribiéndolos el secretario en una lista, que leerá en alta a cada votante, para que se cerciore éste y cualquiera otra persona de la junta que lo solicite.

4° — El directorio estará abierto por ocho horas; y concluida la votación, no bajando de treinta votos concunentes por lo menos, se hará el escrutinio en público, y se declararán electos alcaldes, regidores y síndicos los que obtengan mayoría de sufragios para los respectivos destinos.— Si no se reunieren cinco votos conformes, no habrá elección, y se repetirá el acto bajo el mismo directorio el dia festivo inmediato siguiente. — Si algunas personas reunieren igual número de votos para el mismo cargo, los ciudadanos presentes en el acto del escrutinio elegirán solo entre ellos, y si ya no hubiere concurrencia, lo ejecutará solo el directorio.

5°— Los recursos sobre cohecho ó soborno, y las reclamaciones sobre nulidad serán resueltos en el acto por el directorio y diez ciudadanos presentes que hayan votado.[…]

— Tendrán voto en estas elecciones todos los ciudadanos en ejercicio de sus derechos caificados anteriormente para la elección de diputados.[…]

8°— La renovación anual de la municipalidad se practicará en los mismos dias que expresa el artículo primero; y en la parte que disponen las leyes existentes.

9°— Cuando vaque algún empleo municipal, registrará la corporación las listas de sufragios, y llamará á subrogar á la persona que haya reunido mayoría después de la que se retiró, y ella debe sin excusa alguna entrar á servir el cargo; pero si no hubiere obtenido por lo menos cinco votos, se convocará al pueblo á nueva elección para reponer al municipal que falte.

10°— No se admitirán renuncias á los miembros de la municipalidad sin causas legales. — Conocerá de ellas el corregidor, previo informe de la municipalidad respectiva; y tal resolución se pondrá en noticia del síndico, á fin de que pueda hacer el reclamo conveniente al supremo gobierno caso de no hallarla arreglada.

11°— Se deroga el capítulo 4° de la ley de 2 de octubre de 1839, sobre gobierno político de los departamentos, en cuanto se oponga al presente decreto.3

Aquella bien intencionada ley, no pudo llevarse a la práctica porque, como tal y como ocurrió con los Códigos de Livingston de Mariano Gálvez y José Francisco Barrundia, no se aplicaban a la realidad de las poblaciones rurales del país.4 Era específicamente el artículo 6° el que echaba por tierra la buena intención del decreto, pues solamente eran ciudadanos aquellos que supieran leer y escribir o que tuvieran un oficio propio;  esto dejaba a la gran mayoría de los campesinos indígenas marginados del derecho al voto. De esta cuenta, el presidente de Guatemala, general Rafael Carrera, quien había fundado la República el 21 de marzo de 1847, emitió un decreto en noviembre de ese año, derogando el anterior:

El decreto [del 21 de setiembre de 1845], no ha podido ser ejecutado en muchos pueblos, ni observado en todos exactamente, por contrariar las costumbres de los indios, y exigir en su artículo 6° los votos de ciudadanos cuyos derechos estén calificados con anterioridad para la elección de diputados, calificación que, además de no existir, presenta graves dificultades para hacerse.1


BIBLIOGRAFIA:


 

17 de septiembre de 1837: el líder conservador y consejero de Rafael Carrera, Luis Batres Juarros, contrae matrimonio con Adela García-Granados y Zavala, hermana del general Miguel García Granados, líder liberal

17septiembre1837
Parte de la Plaza de Armas de la Ciudad de Guatemala en la época en que se casó Batres Juarros. Se aprecia el Portal del Comercio, el Colegio de Infantes y el antiguo mercado, ya desaparecido. En los recuadros: miniaturas de Francisco Cabrera de Adela García-Granados y Luis Batres Juarros. Imágenes tomadas de la Revista Conservadora del Pensamiento Centroamericano.

La figura de Luis Batres Juarros es muy importante para la historia del Gobierno conservador de los 30 años porque junto con Manuel Francisco Pavón Aycinena eran los principales líderes intelectuales de los criollos aristócratas durante la época del general Rafael Carrera.  De hecho, su esposa Adela García-Granados fue mentora de Ramona García, la primera esposa del general Rafael Carrera cuando éste llegó al poder en 1844.1

Tanto los Batres Juarros como los Pavón y Aycinena eran las familias aristocráticas más acaudaladas durante la época colonial; para que el lector se de una idea, he aquí las fortunas documentadas de las familias Batres Juarros, Pavón, Aycinena y García-Granados al momento de la Independencia de Centro América, las cuales están expresadas en pesos, con una conversión de $16 pesos por cada onza de oro español:

  • Pavón: $1,250,000
  • Aycinena: $750,000
  • Batres Juarros: $500,000
  • García-Granados: $650,0002

El 17 de septiembre de 1837, siguiendo la costumbre de los matrimonios endogámicos entre aristócratas, Batres Juarros se casó con Adela García-Granados y Zavala, nacida en 1814 y hermana del general Miguel García Granados, quien muchos años más tarde sería el líder de la revolución liberal que se hizo con el poder en 1871.3 Este hecho es importante tanto a nivel político como social, ya que era uno de los matrimonios de las familias criollas más aristocráticas de Guatemala, y fue celebrado cuando el gobierno liberal del Dr. Mariano Gálvez estaba combatiendo la revuelta campesino-católica dirigida por el general guerrillero Rafael Carrera. 4

De Adela, escribió el escritor liberal cabrerista Máximo Soto Hall: “el ovalado rostro de Adela; la boca perfectamente delineada y ligeramente provocativa; la nariz fina y recta; los ojos, unos ojos de sorprendete atracción y belleza; la palidez transparente que se adivina en una blancura mate; el cabello renegrido y lustroso; el cuello torneado y alto; la distinción jerárquica del busto; los rasgos artísticamente distintivos de Adela…5  Y por su belleza, es que se cuenta que el renombrado poeta e ingeniero agrimensor José Batres Montúfar, primo de Batres Juarros, sufrió enormemente por este enlace, y que le dedicó a Adela unos sencillos versos que han sido memorizados por innumerables guatemaltecos:

“¡Yo pienso en ti, tú vives en mi mente,
sola, fija, sin tregua, a toda hora,
aunque tal vez el rostro indiferente
no deje reflejar sobre mi frente
la llama que en silencio me devora.

En mi lóbrega y yerta fantasía
brilla tu imagen apacible y pura,
como el rayo de luz que el sol envía
al través de una bóveda sombría
al roto mármol de una sepultura.

Callado, inerte, en estupor profundo,
mi corazón se embarga y se enajena,
y allá en su centro vibra moribundo
cuando entra el vano estrépito del mundo
la melodía de tu nombre suena.

Sin lucha, sin afán y sin lamento,
sin agitarme el ciego frenesí
sin proferir un solo, un leve acento,
las largas horas de la noche cuento…
¡y pienso en ti!5

En 1848, cuando la situación del país era caótica, los criollos conservadores pensaron que era el momento de salir de Carrera, a quien hasta ese momento habían considerado como un caudillo barato que les había ayudado a recuperar el poder.  Fue Luis Batres Juarros el que le entregó la renuncia para que la firmara y la entregara a la Asamblea Legislativa. Al respecto, dice el periodista guatemalteco Clemente Marroquín Rojas: “los liberales comprendieorn que Carrera no era un general cualquiera que se dejara manejar y ellos, que creyeron dominarlo en los momentos de su distancianiemto de los nobles, se convencieron de que tenía mucha personalidad.  Sin embargo, insistieron en la lucha y esta fue culminando, hasta que llegó a estallar en los días de agosto de 1848.5  Para terminar con las rebeliones, lo alzamientos en la montaña, las ambiciones de los hermanos Cruz, los problemas críticos del erario nacional y la lucha de los partidos criollos, Carrera renunció y se fue exiliado a México.1,5

Pero la situación real del país se evidenció con la ausencia del caudillo.  Los liberales tomaron el poder pero no pudieron aprovechar su oportunidad, y cuando la situación estaba en completa anarquía, llevaron al general conservador Mariano Paredes a la presidencia, quien permitió el retorno de Carrera en 1849.6  Al enterarse del regreso del general mestizo, los liberales guatemaltecos huyeron hacia El Salvador, mientras que los conservadores, con Batres Juarros a la cabeza, tuvieron que quedarse en el país porque eran aborrecidos en el resto de Centroamérica, y además, se vieron obligados a pactar con Carrera, ya que éste tenía fuertes lazos con los líderes indígenas guatemaltecos y los conservadores temían que se produjera otra masacre contra los europeos, como ya estaba ocurriendo en Yucatán.7


BIBLIOGRAFIA:

  1. Woodward, Ralph Lee, Jr. (1993). Rafael Carrera and the Emergence of the Republic of Guatemala, 1821-1871 (Edición en línea) (en inglés). Athens, Georgia EE.UU.: University of Georgia Press.
  2. Batres Jáuregui, Antonio (1949). La América Central ante la Historia. Memorias de un Siglo 1821-1921. Guatemala: Tipografía Nacional. pp. 238-239. 
  3. Zavala Urtecho, Joaquín (1970). «Huellas de una familia vasca-centroamericana en cinco siglos de historia»Revista conservadora del pensamiento centroamericano (Managua, Nicaragua) XXIII (111). p. 183.
  4. Ibid., p. 145.
  5. Ibid., p. 146.
  6. Ibid., p. 147.
  7. Don E. Dumond (2005). El Machete y la Cruz: La Sublevación de Campesinos en Yucatán. México: UNAM, pp. 488. ISBN 978-9-70322-309-1.

15 de septiembre de 1842: fusilan al ex-presidente de la República Federal de Centroamérica, Francisco Morazán, en San José, Costa Rica

15septiembre1842
Fusilamiento de Morazán y Villaseñor en la Plaza de Armas de San José, Costa Rica en presencia de numerosas personas. Imagen tomada de Casa de Morazán.

Uno de los personajes más nefastos para la historia de los criollos aristócratas  guatemaltecos es el líder liberal Francisco Morazán, quien invadió Guatemala en 1829 y los expulsó junto con sus principales aliados: los frailes de las órdenes regulares.1  Tras esto, Morazán llegó a convertirse en el presidente de la República Federal de Centro América, y fue durante su mandato que las medidas desatinadas llevaron al rompimiento de la Federación y a la formación de los débiles estados que actualmente ocupan la región.

Derrotado por Rafael Carrera en marzo de 1840 luego de que invadir a Guatemala desde El Salvador para tratar de evitar que ésta retomara el territorio del Estado de Los Altos, Morazán tuvo que salir huyendo del país gritando “¡Salve Regina!” y “¡Que viva Carrera!” para salvar la vida, dejando abandonados a su suerte a los soldados salvadoreños que lo acompañaron en aquella funesta invasión.  Por estos hechos, no fue bien recibido en El Salvador y terminó huyendo hasta Perú.1

Morazán se encontraba exiliado en David, Panamá, cuando un grupo de criollos liberales costarricenses le envió una carta pidiéndole que fuera a Costa Rica para combatir al jefe de Estado conservador Braulio Carrillo, quien el 6 de junio de 1842 se había declarado “jefe perpetuo e inamovible” (por cierto que éste fue el mismo gobernante que el 14 de noviembre de 1838 emitió el decreto retirando a Costa Rica de la Federación Centroamericana cuando Morazán no quiso convocar a elecciones). Entre aquellos liberales estaban varios enemigos personales de Carrillo, incluyendo al ex-jefe de Estado Juan Mora Fernández, y varios exiliados costarricenses que vieron en Morazán la mejor opción para retomar el poder en su Estado.2

Si bien puede decirse que la carrera política de Morazán había terminado a manos de Rafael Carrera en la batalla de la ciudad de Guatemala en 1840, los costarricenses el enviaron una carta en la que le decían entre otras cosas, lo siguiente: “Por Dios, véngase inmediatamente, general, porque usted es el único llamado a redimir a estos pueblos y a poner dique a todas las vejaciones y tormentos de que son víctimas todos sus amigos y partidarios, por parte de Carrera, Ferrera y Carrillo“.2 Es conveniente aclarar que aquellas “vejaciones y tormentos” que mencionan los liberales en este escrito, no es más que el retorno de los privilegios para criollos aristócratas y el clero regular, que Morazán había expulsado tras invadir a Guatemala en 1829, pero que habían regresado tras el derrocamiento del gobierno liberal de Mariano Gálvez en Guatemala en 1838, y la aplastante derrota que le infringió Carrera a Morazán en 1840. Por su parte, por “redimir a estos pueblos”, querían decir: trasladar los privilegios de que antes gozaban los criollos aristócratas a los criollos liberales, quienes en su mayoría eran hacendados y resentían el poder político y económico que los criollos aristócratas, en especial los guatemaltecos, habían gozado durante la colonia.1

En Perú, Morazán recibió del presidente de aquel país un batallón de cinco mil hombres, y de los desterrados costarricenses, un capital de 18 mil pesos, con lo cual compró armamento y arrendó un navío para ir a Costa Rica, a donde llegó el 7 de abril de 1842.  Al enterarse, Carrillo ordenó que sus fuerzas repelieran la invasión morazanistas, pero fue traicionado por el saldoreño Vicente Villaseñor, a quien Carrillo había protegido, pero quien se alió a Morazán.2

Así pues, con gran facilidad, Morazán llegó a convertirse en Jefe de Gobierno Provisorio de Costa Rica. Pero para entonces, debido a sus múltiples errores y arbitrariedades cuando era presidente de la República Federal, ya contaba con numerosos enemigos en toda la región, principiando por el hombre fuerte de Guatemala, el general Rafael Carrera, seguido por el cónsul británico Frederick Chatfield, y muchos miembros del clero, que desaprobaban el anticlericalismo de Morazán.3

Del 10 al 15 de septiembre de 1842 se realizaron reuniones secretas para diseñar un plan para derrocar a Morazán y el 11 de septiembre a las 2:00 de la mañana, un grupo de ciudadanos suscribió un acta en la que expresaban su inconformidad por “los aprestos de guerra y reclusión de tropas que el general pretende hacer contra los verdaderos sentimientos de los costarricenses“. Al amanecer de ese mismo día, un grupo de insurrectos instigados sitió la manzana del Cuartel Principal, la de los Almacenes y el Cabildo e insubordinó a los doscientos soldados josefinos acuartelados en el Cabildo Principal. Al darse cuenta de ello, el coronel Manuel Antonio Lazo enseguida le avisó a Morazán y a Villaseñor, por medio de José Antonio Vigil, y que esta tropa se resistía a salir para Puntarenas’. El Jefe de Gobierno Provisorio no le dio la importancia a esta revuelta y simplemente nombró una comisión negociadora al mando del vicejefe de Estado, Juan Mora Fernández, y el presbítero José Antonio Castro.3

Sin embargo, cuando las negociaciones no prosperaron, Morazán regresó a las 11 de la mañana al Cuartel Principal y se apresuró a organizar a sus pequeñas fuerzas para defenderse de sus conspiradores.  En ese momento, no contaba con sus hombres porque había mandado al jefe del Estado Mayor, el general mercenario francés Isidoro Saget, a detener una rebelión en el Guanacaste.3 Al mando de dichas fuerzas colocó al general hondureño José Trinidad Cabañas, quien combatiría más tarde combatiría con ahínco pero con mucho desacierto por la causa liberal. Aquella fuerza contaba con apenas 25 hombres, y aún así logró repeler a los asaltantes hasta el polvorín, en dirección del cementerio, dado que los atacantes josefinos hacían una descarga, luego huían y desaparecían, para luego reaparecer.3

Poco a poco se reunieron dos mil soldados alzados, obligando a la pequeña fuerza de Cabañas a retroceder hasta el cuartel donde se hallaba Morazán. Esa tarde y noche del 11 de septiembre Morazán se sumó a la batalla para defender la plaza, pero para la mañana del 12 la situación era la misma. El número de alzados aumentaba cada vez mientras que los soldados cartagineses de Morazán comenzaron a desertar al ver caer a muchos de sus compañeros.3

Finalmente, Morazán fue capturado y juzgado sumariamente. Los últimos segundos de Francisco Morazán, fueron de desasosiego, ya que estaba preocupado por la vida de su familia que también corría peligro; de hecho, dictó su testamento a su hijo Francisco, de sólo 14 años de edad. En ese momento, Morazán vestía un traje civil y estaba detenido en el edificio del Palacio Nacional, a donde había llegado a la una de la tarde ese 15 de septiembre. A unos pasos está el edificio donde operó el Cuartel Militar, donde Morazán tenía su pequeño ejército. De este edificio las fuerzsa comandadas por el coronel retirado portugués Antonio “Tata” Pinto, sacaron al hijo de 14 años de Morazán que lo había pedido para dictarle su testamento; y a unos 200 metros, caminando en línea recta, está la esquina del parque, donde las fuerzas de Pinto fusilaron al otrora poderoso caudillo, a las 6:00 de la tarde del 15 de septiembre de 1842, rodeado de un bullicio ensordecedor.3


BIBLIOGRAFIA:

  1. Woodward, Ralph Lee, Jr. (1993). Rafael Carrera and the Emergence of the Republic of Guatemala, 1821-1871 (Edición en línea) (en inglés). Athens, Georgia EE.UU.: University of Georgia Press.
  2. El Heraldo (12 de septiembre de 2016). Francisco Morazán llega a Costa Rica para atender llamado de auxilio. Honduras: El Heraldo.
  3. El Heraldo (12 de septiembre de 2016). Aquí entregaron y fusilaron al general Francisco Morazán. Honduras: El Heraldo.

16 de agosto de 1849: el general Rafael Carrera, entonces Comandante en Jefe del Ejército, es retado a un duelo a muerte por un problema de faldas

16agosto1849
Ciudad de Guatemala en 1892. En el recuadro: retrato del Capitán General Rafael Carrera, cuando era presidente de la República de Guatemala.  Imágenes tomadas de Wikimedia Commons.

El capitán general Rafael Carrera regresó a la palestra política en Guatemala tras retornar de su exilio autoimpuesto en México en agosto de 1848.  Al regresar, fue nombrado Comandante en Jefe del Ejército por el presidente general Mariano Paredes y se convirtió en el poder detrás del trono.1

En esa época se acostumbraba que los personajes importantes de la sociedad y la política tuvieran numerosos amoríos a donde quiera que fueran.  Y siendo el que tenía el poder en Guatemala, Carrera no tenía reparos en cortejar a las damas, a pesar de estar casado con Petrona García, quien se había quedado en México tras el retorno de su esposo a Guatemala.1

La siguiente anécdota que relata el historiador Antonio Batres Jáuregui en su obra “La América Central ante la Historia“, se retrata claramente la personalidad del general Carrera, quien era mestizo, y su posición de dominio ante los criollos miembros del partido conservador, quienes tuvieron que aliarse a él para evitar ser víctimas de la ira de los campesinos indígenas (como estaba ocurriendo en la Guerra de Castas de Yucatán2), que eran leales a Carrera:

Aunque sin instrucción, el indio — como impropiamente se le ha llamado, pues era mestizo —, llegó a adquirir maneras cultas, y recibía cortesmente en su casa, a los diplomáticos, cónsules y particulares. Daba banquetes y bailes oficiales, invitando a la mejor sociedad y personajes de alto rango, con toda cortesía y distinción. En la tarde del 16 de agosto de 1849, se encontraba el general Carrera por Jocotenango, como particular, celebrando la feria, en una jacarandana, en la cual, al son de la marimba, bailaban y tomaban licores espirituosos. Pasaron por allí don Joaquín y don José Arzú, quienes fueron mandados llamar afablemente por Carrera. Una muchacha muy guapa figuraba como reina del bureo. Enamoradizo, como siempre fué, aquel capitán general había bailado polka con ella y se había prendado de sus atractivos y zalamerías. Don José Arzú, joven gallardo, valiente y amigo de románticas aventuras, comenzó a cortejar a la diva. Luego se apresuró el doctor don Francisco Aguilar (alias Rosa Manteca), a decirle oficiosamente : “Tenga cuidado, niño José, porque el general Carrera anda tras la Conchita”, que tal era el nombre de la damisela codiciada. “Aquí todos somos iguales, y el general es caballero, repuso Arzú. Yo jamás he temido a nadie”, replicó con arrogancia; y siguió danzando con la simpática chapina. Al rato se acercó Carrera a su rival, y con varonil ademán, le preguntó : “¿Ha traido usted sus pistolas?” “No ando con armas — le contestó Arzú — ; pero dondequiera, estoy a la disposición de usted, como hombre”. “Mañana, a las ocho, nos encontraremos tras de la Plaza de Toros; yo iré solo y llevaré las armas”, exclamó el presidente. “Desde luego, no faltaré”, contestó don José Arzú.3
Siguió la fiesta; solamente el doctor Aguilar, compadre y amigo de Carrera, pudo percibirse del reto, y se quedó temblando… Don Luis Batres Juarros, Consejero de Estado y político de prestigio e influencia, pudo evitar decorosamente el lance. A los pocos días, el presidente invitaba a una comida, en su casa, a varios amigos suyos, sin etiqueta oficial, y entre ellos, a don José y a don Joaquín Arzú, a quienes nunca les guardó rencor.”4

BIBLIOGRAFIA:

  1. Woodward, Ralph Lee, Jr. (1993). Rafael Carrera and the Emergence of the Republic of Guatemala, 1821-1871 (Edición en línea) (en inglés). Athens, Georgia EE.UU.: University of Georgia Press.
  2. Casares G. Cantón, Raúl; Duch Colell, Juan; Antochiw Kolpa, Michel; Zavala Vallado, Silvio et ál (1998). Yucatán en el tiempo. Mérida, Yucatán. ISBN 970 9071 04 1.
  3. Batres Jáuregui, Antonio (1949). La América Central ante la Historia. Memorias de un Siglo 1821-1921. III. Guatemala: Tipografía Nacional. p. 213.
  4. Ibid., p. 214.

15 de agosto de 1862: el escritor José Milla y Vidaurre escribe un artículo sobre la Feria de Jocotenango de la Ciudad de Guatemala

15agosto1862
El Parque de Jocotnenago en 1915.  Este parque llevó nombre “Estrada Cabrera” y “Morazán” hasta que le fue devuelto su nombre original.  En el recuadro: el escritor José Milla y Vidaurre.  Imágenes tomadas de Wikimedia Commons.

Reproducimos a continuación el artículo que el escritor guatemalteco José Milla y Vidaurre escribió el 15 de agosto de 1863, retratando la Feria de Jocotenango (conocida en el siglo XXI como Feria de Agosto), y describiendo cómo se vivía en la Ciudad de Guatemala durante los últimos años del gobierno del presidente vitalicio, el capitán general Rafael Carrera.

El dia 15 del corriente, a eso de las diez de la mañana, me constituí en Jocotenango. no tanto para ver la feria cuanto para ver los que van á verla. Armado con mi espíritu do observación como con un instrumento cortante, fui a reunir los materiales para este articulejo; o hablando con mas exactitud, fui a tomar una fotogralia de la feria. Si ella aparece desordenada, confusa é ininteligible, podrá ser efecto de torpeza del fotografista, o por el contrario, demasiada fidelidad del cuadro. Si es lo primero, yo tendré la culpa; si lo segundo, la tendré también, por haber escogído ese asunto como objeto del bosquejo. En uno y otro caso, me someto al fallo y no prometo la enmienda, visto que ni yo sé fotografiar mejor, ni hay por acá cosas mejores en que ejercitar el arte. Basta de introducción.I.

La plaza, las calles y los callejones de Jocotenango han recibido su visita de la policía, anual como la feria, transitoria como ella y como todas las cosas de este bajo mundo. Las paredes (donde las hay) están blanqueadas; los poéticos cercos de chichicaste (donde no hay paredes,) han visto caer sus vigorosos retoños, dejando libre el rustico sofá que cubre un tapiz verde, principio de vejetacion que se llevan á sus casas, pegado á los trajes, los que tienen la fortuna de disfrutar de la comodidad de esos bancos. Los árboles los árboles soa los únicos que es tan siempre iguales, y sospecho lo estarán hasta la consumación de los siglos. Mas de una hora permanecí el dia 15 bajo la sombra que proporcionaba uno de esos ancianos respetables, de la cual disfruté yo, pobre pedestre en compañía de un coche, cuatro caballos con sus correspondientes ginetes y una mesa, almacén portátil de golosinas. Tuve el estraño capricho de entablar un diálogo con aquel vejetal, ya fuese porque algunos hombres hemos de charlar hasta con las plantas, ya porque van haciéndose muy raros los individuos del reino Jiwnano con quienes puede tenerse un rato de conversación instructiva y agradable.1

Pasados los cumplimientos de estilo y el obligado ‘¿cuánto ha que no nos vemos?,’ yo, que procuro ser bien criado hasta con los árboles, estuve buscando circunloquios y precauciones oratorias para preguntar á mi amigo su edad y su nombre. El pícaro viejo contestó lo primero con una alusión histórica a uno de nuestros últimos capitanes generales del tiempo del gobierno español, y a lo segundo con una descripción científica. No habiendo entendido ni una ni otra, me propuse pasar el caso en consulta con cualquiera de los muchos sabios que tenemos, algunos de los cuales no dejarían de andar aquel dia viendo la feria. En seguida me refirió mil detalles curiosos de mas de cincuenta quinces de Agosto que había visto pasar; describiéndome los trajes antiguos, los coches antiguos, los hombres antiguos, las mujeres antiguas, el modo con que aquellos cortejaban á éstas en la feria antiguamente, en lo cual no hallé grandes diferencias con la moda actual, aunque él, como buen viejo, declaro todo lo moderno detestable; dijo que éramos, en todo y por todo unos farsantes, unos malos imitadores de los usos y costumbres de otros tiempos, citándome por ejemplo la crinolina, que dijo ser una exageración del tontillo de sus mocedades. Para poner término á la charla insustancial de aquel anciano descontentadizo, le pregunté cómo estaba tan descuidado y feo en un dia de tanta concurrencia; qué habla sido de algunos de sus compañeros, cuya falta estaba yo notando desde algún tiempo todos los años, y por qué no se les reponía con árboles jóvenes. Un ligero murmullo, como de impaciencia, fué la única respuesta que obtuve, y viendo que no podia sacar una palabra mas á aquel caprichoso vegetal, me despedí de mi amarillento y descuidado interlocutor y fui á mezclarme en la barahunda de la concurrencia.

(Nota de HoyHistoriaGT: Milla critica aquí el descuido del bosque que ocupaba el barrio de Jocotenango, que es donde se realizaba la feria y que actualmente es la zona 2 del Centro Histórico de la Ciudad de Guatemala. Milla podía darse el lujo de criticar a las autoridades porque él mismo era funcionario del Ministerio de Relaciones Exteriores y amigo personal del presidente Carrera).

II.

La plaza y la calle principal de Jocotenango presentan el espectáculo más animado y pintoresco. Millares de personas de condiciones diversas y de trajes tan diferentes como sus condiciones, se empujan unas á otras y apenas dejan espacio sufíciente para que puedan abrirse paso individuos de menor volumen que el mío. Las vendimias se ostentan por todas partes en ordenado desorden, bajo las anchas sombras de petate. Aquí las mesas cubiertas de vasos y garrafas de agua loja; allí los dulces, ofreciendo á las moscas gratuito y espléndido banquete; acá las delicadas tunas de Panajachel; allá las sabrosas camuesas de Totonicapan; los zapotes, los pepinos, las naranjas; la chancaca, la pepitoria y las rapaduritas. Todo se ofrece abundante y barato á los aficionados, menos las nueces de Momostenango, que este año están tan escasas como el dinero y como el buen sentido. Pero la sociedad puede ir pasando sin dinero, y el sentido común no hace una falta muy notable, que digamos. Las nueces es cosa diferente. La feria de Jocotenango sin nueces, es un cuerpo sin alma, una niña sin camisa garibaldina, una república sin revoluciones.2

(Nota de HoyHistoriaGT:  para 1862, la República de Guatemala, creada el 21 de marzo de 1847, había pasado por la revolución de 1848 que obligó a renunciar y salir al exilio al presidente general Rafael Carrera, la contrarrevolución de 1849, cuando Carrera regresó al poder y reincorporó a Los Altos, que se habían segregado nuevamente en 1848, y al intento de invasión de los liberales desde Honduras y El Salvador, que Carrera evitó en la batalla de La Arada el 2 de febrero de 1851.  Luego de eso, siguió la anarquía hasta que por fin se nombró presidente vitalicio al general Carrera en 1854.  Y esto sin contar la Guerra Civil Centroamericana de 1826 a 1829, y laguerra campesino-católica contra el gobierno liberal de Mariano Gálvez en 1837-38.  De allí que era como “una república sin revoluciones”).

A medida que adelanta el dia, la concurrencia crece. Los carruages van y vienen, abriéndose camino con dificultad por entre la masa compacta de gente de a pié y de á caballo que lo ocupa todo. Los cocheros aguejan sus bestias; y creyéndose, quizá, desde lo alto de sus pescantes, unos presidentes investidos con facultades extraordinarias, sacuden latigazos a diestra y a siniestra, sin hacer caso de los derechos del hombre ni de las garantías constitucionales. El calor es insoportable; el viento gira bajo la razón social de aire, polvo y compañia; millares de pitos de Patzún, soplados por vigorosos alientos infantiles, producen un ruido infernal, capaz de romper los tímpanos menos delicados. Damas elegantes cabalgando en briosos alazanes, (estilo figurado) pasan y vuelven a pasar de un punto á otro, sin saber por qué ni para qué, á no ser para tener el gusto de ver y mas aun la satisfacción de que las vean. Hábiles jinetes tienen la peregrina ocurrencia de sacar plumas en medio del gentío, olvidándose de que pueden sacarle á uno, de paso, el ánima del cuerpo. Los chalanes de la ciudad y de los pueblos circunvecinos van y vienen en sus caballos que desaparecen bajo las anchurosas albardas y los abultados pellones. Algunos caminan como he leído no sé dónde lo hacian los templarios, dos en un caballo. Escuadrones de chiquillos recorren las calles y la plaza, sobre rocines, ostentando la alegría expansiva y candorosa de su feliz edad. De cuando en cuando una figura extraña del uno ó del otro sexo, de a caballo o de a pié, tiene el privilegio de ocupar por diez minutos la atención de la concurrencia. Un coche que se rompe,un mal jinete que compra el terreno, una ligera camorra que se suscita por cualquier motivo y acaba de cualquier modo, esos son les acontecimientos notables que interrumpen la uniformidad del espectáculo.

III.

Entretanto, ¿dónde está la feria? ¡Oh, la feria! La feria es para la mayor parte de la gente que va á Jocotenango una cosa secundaria, un pretexto para reunirse, y nada mas. ¿Qué importan los bueyes a esa desdeñosa belleza que atraviesa el gentío recostada en el fondo de su carretela? Si se vendiera alguna otra cosa; ¡pero bueyes! ¿Qué tiene que ver con los muletos ese elegante metinietre que por nada de esta vida pondría sus frescos y limpios guantes en contacto con esas inmundas bestias? ¿Qué nos importan los animales con cuernos a mí y a tantos otros como yo, que somos animales de pluma?3

No así, por cierto, á Don Agaton Cuerna Vaca, hacendado opulento, que montado en una mula lerda, recorre el campo de la feria desde las seis de la mañana, seguido de un numeroso estado mavor de caporales y de vaqueros. Va en albarda, con grandes estriberas de hierro, de chaqueta, sin chaleco ni corbata, ni otros molestos adminículos, cubriendo sus tostadas facciones un enorme sombrero de palma, como de partideno. Discute científicamente sobre bueyes, caballos y muletos; compra, vende, se ajita, se afana, grita, se enfada, hace subir ó bajar los precios, es el rey de la feria. Lo vi durante una hora regatear un caballito, y confieso que no me habia imaginado pudiese desplegarse tanta habilidad diplomática en tan insignificante transacción. ¡Qué defectos puso Don Agaton á la pobre bestia! ¡Cómo le descubrió más tachas que si fuese muía de alquiler, todo por quedarse con el jaco por quince pesos! La retórica de Cuerna Vaca anonadó ai propietario, de tal modo, que entregó el caballo y se fué creyendo haber hecho un magnífico negocio. El hacendado ató su nueva compra á la cola de la muía que montaba, y volvió á la ciudad á eso de las tres de la tarde, atravesando las calles principales como un guerrero victorioso que lleva en pos de sí, como trofeo, los despojos del enemigo. El 15 de agosto de 1863, Don Agatón Cuerna Vaca irá á la feria y llevará el mJsmo caballo, ya gordo y amaestrado; pedirá por él cien pesos, y si le ofrecen ochenta, contestará muy serio: — Mas me costó aquí el año pasado. — ¡Oh sublimidad del arte del negociante! ¡Vender caro y comprar barato!4

IV.

Pero dejemos ese tipo y pasemos á otro que se encuentra también regularmente en la feria, y no es menos curioso que el que dejo lijeramente bosquejado. Don Inocente Patallana es lo que se llama un buen hombre, expresion que en el estilo común suele ser equivalente de algo que no quisiera Ud. ser, lector amado. Dios ha derramado sobre él sus bendiciones; es decir, le ha dado una descendencia que lleva trazas de llegar á ser tan numerosa como la de Abraham. Tiene once hijos vivos y efectivos, y después del último, la esposa de Don Inocente ha dicho como los periodistas cuando dejamos incompleto algún artículo: se continuará. Es pues el caso que las criaturas de Patallana, desde ocho días antes de la feria, le sacaban los últimos restos de juicio que le quedaban, instando para que los llevase á Jocotenango, á caballo. Patallana sumó sus oncegénitos y con una lógica admirable, dedujo que necesitaba once caballos, once sillas, once frenos para habilitarlos, añadiendo otro caballo con su respectivo jaez para él, pues los muchachos no debían ir solos, por su cuenta y riesgo. Ahí fueron las congojas y los apuros del bueno de Don Inocente. Al principio pensó en solicitar la remonta; pero desistió, temiendo hubiese en ella algunos caballos demasiado bravos. Alquilar era mucha cosa; pues el número que se necesitaba haria subir considerablemente el desembolso. Pensando y repensando el caso, se decidió al fin por el recurso mas obvio y mas común en tales circunstancias, acudir á los amigos por medio de un empréstito forci voluntario.5

Desincó en guerrillas a los interesados, que se desparramaron por la ciudad, distribuyendo esquelas y mensajes verbales, requisitorias de caballos y moríturas que recibieron los empadronados con señaladas muestras de impaciencia. Las respuestas no se hicieron aguardar. Uno estaba á pié, otro acababa de prestar su caballo, éste no tenia silla, aquel tenia que montar, el de mas acá ofrecía una grupera, el de mas allá una cincha, y casi todos declararon que no tenia freno. No faltó quien ofreciera á Don Inocente un caballo tordillo algo pesado, y admitido á pesar del defecto, a lo cual contestó únicamente el bueno del paterfamilías que la ocurrencia era graciosa, pero vieja. Entretanto los muchachos no se daban por vencidos; y al fin, aunque con mil fatigas, lograron aperarse, alquilando dos caballos, prestando otros, acomodándose dos pares de chicos en dos machos, sacando á luz unas monturas viejas que estaban sirviendo de dormitorio á las palomas en un altillo de la casa, y reservando para sí el excelente Patallana una yegua vieja que tenia una oreja posliza, hecha de cartón pintado. Habilitado el escuadrón, se puso en marcha é hizo su entrada triunfal en Jocotenango, á eso de las doce, con aplauso y jubilo de la concurrencia.

La comitiva fué de un lado á otro; de la plaza al llano y del llano á la calle principal, sin que hiciesen mella en la grande alma de Don Inocente las pullas y las bromas de sus amigos y de sus conocidos. Uno de tantos tuvo la maligna idea de jugarle una burla, y acercándosele con disimulo, mientras otro le llamaba la atención, arrancóla oreja fingida á la cabalgadura, dejando al descubierto el defecto de la pobre bestia. Ahí fué la alegría y la zumba de los que presenciaron el lance. Don Inocente acudió á buscar su oreja, digo la de su yegua, y ocupado en eso, no vio que iba sobre él un coche, tirado por dos fogosos tordillos. ”¡A un lado!” gritaron varias voces; pero el hombre no se movía. Entonces el postillon, que no podia ya contener sus caballos, sacudió un tremendo zurriagazo en las ancas de la yegua, que sacando fuerzas de flaqueza, levantó primero las partes traseras, luego las manos y dio en tierra con su caballero. Depuesta la carga, la sonta echó á correr por entre el gentío, derribando á uno de los mucliachos, volcando una mesa de comestibles y atropellando á la gente de a pié, que se hizo un remolino. En la confusión unos gritaron “¡fuego!,” otros ”¡temblor!,” otros ”¡revolución!,” otros “¡chucho con rabia!;” buscaron la policía y no se hallaba; todo era gritos, alboroto y carreras, hasta que la yegua sin oreja logró ganar una de las calles transversales y se largó para su casa. Don Inocente reunió su prole, y subiendo á las ancas del caballo de uno de sus niños, se volvió á su casa, maldiciendo de la feria de Jocotenango.6

(Nota de HoyHistoriaGT: entre bromas, Milla resume a lo que ya estaban acostumbrados los guatemaltecos en 1862: familias con numerosos hijos, incendios, terremotos y estallido de revoluciones, mientras que para imponer el orden la policía no se encontraba por ningun lado.)

IV.

Era ya tarde. Vi, pues, que debía dar punto a mis observaciones. Resumiendo éstas, dije para mí. Gran concurrencia, mucho rocín, mucho coche, calor insoportable, figuras estrambóticas y elegantes, animales que se venden y animales que no se venden, polvo, confusión, mucho ruido y pocas nueces; esto es, poco mas ó menos, la feria de Jocotenango. Para Don Agaton Cuerna Vaca estuvo buena, pues compró por quince lo que valía treinta. Para Don Inocente Patallana estuvo mala, pues queriendo proporcionar á su familia un rato de distracción, volvió a su casa burlado y magullado. La opinión que respecto á la feria expresarian en sus respectivos círculos aquellos dos sujetos, debía ser esencialmente diferente, como fué diverso el papel que en ella les destinó la suerte. No fueron menos contradictorios los juicios que tuve ocasión de oir a los mismos que venían de Jocotenango en la tarde del 15, en el espacio que media desde aquel pueble hasta mi easa. –Mucha concurrencia. — Mas hubo el año pasado. — Ahora ha sido mayor.— Pocas ventas. — Muchas, pero precios bajos. — Todo ha estado carísimo.- -¿La viste? — No ha venido. — Esto ha estado desierto.— Yo creía que no habría un traje como el mió, y he visto seis mejores. — Esto es insoportable. — ¡Qué hermosa es! — ¡Qué caballo tan penco el que montaba!— ;Será alquilado!— A veinticinco pesos la mancuerna, ¡qué barbaridad! — Mucha gente. — Jamas olvidaré este día. — No hubo nueces. — Buenas tardes. —

¿Cómo conciliar tan diferentes pareceres sobre las mismas cosas? Inútil empeño! Si de otro modo fuera, el mundo no seria mundo. Quédese pues, cada cual con su opinión y yo con la mía, que creo modestamente la mejor de todas, y convengamos ‘en que cada cual habla de la feria según le va en ella.'”


BIBLIOGRAFIA:

  1. Milla y Vidaurre, José (1882) [1865]. Cuadros de Costumbres Guatemaltecas. I. Guatemala: Tipografía El Progreso. p.: 145.
  2. Ibid., p.: 146.
  3. Ibid., p.: 147.
  4. Ibid., p.: 148.
  5. Ibid., p.: 149.
  6. Ibid., p.: 150.

14 de agosto de 1853: se subleva la guarnición del castillo de San José Buenavista

14agosto1853
Pintura de Augusto De Succa viendo a la ciudad de Guatemala desde el sur en 1870.  A la derecha se observa el Castillo de San José, y se puede apreciar como su elevación representaba una amenaza para la ciudad si su guarnición se sublevaba.  En el recuadro: el general Rafael Carrera en un cuadro en donde se muestra el mismo cuartel, ya que había sido construido durante su administración. Imágenes tomadas de Wikimedia Commons.

Si bien el capitán general Rafael Carrera quedó como dueño absoluto de  la situación tras retornar al país luego de su exilio en 1849, la situación de anarquía que se vivía en el país no cesaba.1 Y es que la pérdida de control que se produjo en los meses que siguieron a su renuncia a la presidencia el 15 de agosto de 1848 fueron tan extremos, que ni su retorno en 1849 fue suficiente para calmar la situación.2

En 1850, Carrera comentaba que “el trastorno cunde por todas partes en conscuencia precisa de que los trastornadores estánen todas las clases de la sociedad donde injustamente hablan de todo, inventan y hacen circular noticias faltas y alarmantes“, e indicaba que “este mal está en la mayor parte de los departamentos de la Repúbica“.  Esto lo obligó a tomar medidas represivas severas, decidió castigar sumaria y económicamente al que se dedicara a divulgar rumores, para “que por consiguiente no [pudiera] hablarse sino de cosas de que cada cual tenga la concienca de lo que dice y de lo que [fuera] personalmente responsable“.3

Incluso después de la Batalla de La Arada el 2 de febrero de 1851, en la que definitivamente venció a la amenaza internacional que representaban los liberales guatemaltecos exiliados en El Salvador, y los gobiernos de dicho país y el de Honduras, la paz no retornaba por completo.3  El marqués de Aycinena, obispo Juan José de Aycinena y Piñol, propuso entonces que fuera la religión católicada la que sirviera como “cimiento del edificio social“, anteponiendo la “caridad cristiana” a los arranques pasionales que había.3  El retorno de los jesuitas, aprobado el 7 de junio de 1851, y la firma del Concordato con la Santa Sede el 7 de octubre de 1852 cimentaron esta política del gobierno conservador de Carrera, quien llegó a la presidencia por segunda vez el 6 de noviembre de 1851 luego de que finalmente se aprobó una nueva constitución para la República.4

Tras asumir la presidencia, Carrera reactivó la política de pacificación que había probado durante su primer gobierno (1844-1848).  Y de ser necesario, se ponía él mismo al frente de la tropa para retomar el control de la situación.  Un ejemplo de esto ocurrió el 14 de agosto de 1853, cuando se sublevó la guarnición del Fuerte de San José Buena Vista, el cual ponía en grave peligro a la entonces pequeña Ciudad de Guatemala, que estaba a merced de los cañones de dicho fuerte, ya que en ese entonces era el punto más alto de la ciudad.  El historiador Antonio Batres Jáuregui, en su obra “La América Central ante la Historia” relata aquel hecho de la siguiente forma:

“El 14 de agosto de 1853, un coronel llamado Leoncio Camacho, hombre intrigante, de malas entrañas y peor alma, valor y agtrevimiento temerarios, encontrándose preso, por graves delitos, en el castillo de San José, en esta capital, sublevó la guarnición, secundándolo los fascinerosos Vicente Petenero y Victor Carabó.  Aquello fue mucho más trascendental que un gran escándalo, pues llegó a constituir terrible amenaza contra los habitantes de la ciudad, que estaba en peligro inminente de ser cañoneada por la artillería de la fortaleza.  Immediatamente que supo el capitán general Carrera semejante felonía, se situó en defensa de la población, con tropa y tres cañones, en la eminencia del guarda de la Barranquilla, para evitar que el público sufriera en el combate, contra el castillo sublevado”.5

“Refieren las crónicas que, estando Carrera dirigiendo la refiega, le mataron el caballo con una granada.  Siguió el jefe a pie, aunque bastante golpeado, en el mismo sitio del suceso: le hicieron ver el peligro que corría.  ‘Todavía no me ha llegado la hora -exclamó-; no tengan cuidado.  Tráiganme otro caballo, a ver si tienen buena puntería esos traidores, a quienes pronto castigaré’.  A las doce de la noche del 17 de agosto, recuperó Carrera el fuerte, después de una lucha tenaz y violenta, en la cual murieron veinticuatro soldados y dos oficiales, quedando muchos heridos.  Cayeron prisioneros cuatrocientos hombres.  Fueron fusilados en el acto, Petenero, Carabó y otros dos cabecillas.  Tres días después aprehendieron a Camacho en Amatitlán, siendo ejecutado en el mismo castillo el 23 de dicho mes.”5

Fueron acciones como ésta las que finalmente decidieron al pueblo de Guatemala a nombrar al capitán general Carrera como presidente vitalicio en 1854, pues los pobladores ya estaban cansados de las constantes guerras y anarquía y necesitaban por fin vivir en paz.


BIBLIOGRAFIA:

  1. Connaughton, Brian F. Moral pública y contrarrevolución: Nueva normativa socio-gubernativa en Guatemala 1839-1854. Parte segunda. En Jahrbuch für Geshichte Lateinamerikas 38.  Colonia, Alemania: Böhlau Verlag. p. 110.
  2. Ibid., p. 115.
  3. Ibid., p. 116.
  4. Ibid., p. 117.
  5. Batres Jáuregui, Alejandro (1946).  La América Central ante la Historia.  Memorias de un siglo 1821-1921.  Guatemala: Tipografía Nacional. pp. 204-205.

13 de agosto de 1839: se restablece el Consulado de Comercio de Guatemala, suprimido en 1826

13agosto1839
Fotografía de Eadweard Muybrdige del Cerrito del Carmen en 1875.  En el recuadro: Mariano Rivera Paz, Jefe del Estado de Guatemala en 1839.  Imágenes tomadas de Wikimedia Commons.

Tras la derrota del gobierno liberal y el ascenso al poder fáctico del general guerrillero Rafael Carrera, el gobierno del estado de Guatemala restableció el Consulado de comercio,1 que había sido creado por Real Cédula del 11 de diciembre de 1793 y que había sido suprimido por el gobierno liberal de Juan Barrundia el 22 de julio de 1826,2 lo que provocó el golpe de estado que los conservadores dieron para colocar a Mariano de Aycinena en el poder.3 El 21 de septiembre se instaló formalmente el nuevo Cuerpo Consular, con Rafael Urruela como Prior del mismo.1

En la primera época del Consulado de Comercio (1793-1826), los grandes comerciantes de la Ciudad de Guatemala (especialmente los miembros de la familia Aycinena) habían obtenido el control del monopolio comercial por la fuerza sobre el resto de negociantes centroamericanos, desplazando incluso a los poderosos hacendados criollos.4 Esto les proporcionaba considerables privilegios y por ello se oponían rotundamente a la Independencia.  Pero cuando vieron que era imposible evitarla, dado el descalabro de la Nueva España tras las luchas de Agustín de Iturbide, negociaron con el Capitán General Gabino Gaínza para que la región se declarara independiente, pero que mantuviera la misma estructura económica que la colonia.5  Esto era insostenible, pues los criollos hacendados y el resto de comerciantes se aglutinaron en el partido liberal ya que querían un nuevo estilo de vida tras el fin de la colonia; el cierre del consulado en 1826 fue el detonante no solo del golpe de estado contra los criollos liberales que gobernaban el Estado de Guatemala, sino de la Guerra Civil Centroamericana que terminó con la invasión de Francisco Morazán a Guatemala el 14 de abril de 18296 y la posterior expulsión de los principales comerciantes guatemaltecos que habían formado parte del Consulado de comercio y del gobierno de Mariano de Aycinena.7

La razón oficial para restablecer el Consulado en 1839 fue que con ello se producirían grandes beneficios por estar encargado de dirimir las disputas de comercio, y de sentenciar pleitos por “el principio de verdad sabida y buena fe guardada“, además de promover y ejecutar la construcción de bodegas en los puertos, la de puentes, caminos y calzadas, y de fomentar al mismo tiempo los ramos de la industria nacional.2 Pero, en realidad, el gobierno de Mariano Rivera Paz estaba tratando de congraciarse con los conservadores, luego de que éstos recuperaran el poder; así pues, durante el régimen de los 30 años, el consulado se transformó en una agencia gubernamental que funcionó para regular el comercio de los criollos conservadores.1


BIBLIOGRAFIA:

  1. Marure, Alejandro (1895) [1844]. Efemérides de los hechos notables acaecidos en la República de Centro América, desde el año de 1821 hasta el de 1842. Guatemala: Tipografía Nacional.  p. 117.
  2. Bertrand, Michel (s.f.) El consulado colonial de Guatemala: fuentes para su historia. pp. 33-51.
  3. Asamblea Legislativa de Guatemala. Departamento de Guerra (22 de septiembre de 1826), Hoja suelta-Decreto, S. Martin Xilotepeque, Guatemala, 22 de septiembre San Martin Xilotepeque, Guatemala.
  4. Bertrand, El Consulado colonial de Guatemala. p. 40.
  5. Pineda de Mont, Manuel (1869). Recopilación de las leyes de Guatemala, 1821-1869 I. Guatemala: Imprenta de la Paz en el Palacio.
  6. Hernández de León, Federico (1929). El libro de las efemérides: Capítulos de la Historia de la América Central. Tomo II. Guatemala: Tipografía Sánchez y de Guise.
  7. Coronado Aguilar, Manuel (1975). Apuntamientos para la Historia de GuatemalaI Guatemala. pp. 114-120.

5 de agosto de 1848: tras vencer a los alzados altenses en Patzún, el general presidente Rafael Carrera lanza una proclama anunciando su próxima renuncia

5agosto1848
Mapa del Estado de Guatemala en 1826. Los límites en negro muestran la separación entre Guatemala y el Estado de Los Altos, tras la creación de este último en 1838 y 1848.  Nótese la enorme área que ocupaba Totonicapán y que ya en 1826 existía el enclave británico de Belice (llamados Walys en el mapa) pero que llegaba solamente hasta el río Belice. Y nótese que la punta de Manabique pertenecía al Estado de Honduras. Imagen tomada de Wikimedia Commons.

La situación del país en 1848 era caótica, con numerosos alzados en las montañas y ladrones en los caminos, y se llegó al punto en que los criollos de ambos partidos le pidieron al general presidente Rafael Carrera que presentara su renuncia al cargo, pensando que podrían hacerse cargo de la situación.  Aquel estado de cosas era promovido por los criollos liberales y su principal aliado, el presidente de El Salvador, Doroteo Vasconcelos.1

Aprovechando aquella situación, los criollos liberales del Estado de Los Altos intentaron independizarse nuevamente.  Roberto Reyes, uno de los jefes de los alzados montañeses emitió la siguiente proclama para los criollos altenses:

Quetzaltecos y pueblos de todos Los Altos: Yo os saludo con el olivo de vuestra libertad.  Esta preciosa joya que perdisteis tan ignomiosamente y que quedó sembrada y fecunda con la sangre de vuestros iluestra y más distinguidos ciudadanos, es la que hoy venimos a brindaros floreciente.

Recibid este pqueño servicios de los héroes de las montañas, que no han perdonado trabajos de todas clases por conquistarla.  Sabedla apreciar, depositándola en manos puras y diestras que la sepan conservar.  La única recompensa que  os pedimos es que, unidos a nosotros cooperéis con vuestros brazos a consumar la obra grande que tenemos emprendida y es ya casi concluida.

Guatemala, nuestra hermana, está en conflicto; corramos a defenderla, y unidos todos en sentimientos no nos detengamos hasta recobrar completamente nuestras libertades y derechos: “¡VIVAN LOS ALTOS LIBRES!” ¡Viva Guatemala! ¡Vivan las libertades públicas! ¡Muera el déspota y sus tenaces defensores!…2

(Nota de HoyHistoriaGT: nótese cómo los criollos liberales altenses se consideraban como una nación aparte que tenía que ayudar a su “hermana” Guatemala.)

 

Poco después, el general Serapio Cruz (“Tata Lapo”) llegó a Quetzaltenangoy se hizo anunciar como “protector de la independencia.”  Para el 10 de julio, todos los pueblos altenses se alzaron y Carrera tuvo que salir a enfrentarlos con su ejército.  El 14 de julio se produjo la batalla de Patzún, donde Carrera salió triunfador y luego se dirigió a Quetzaltenago para pacificar la región.  De acuerdo al escritor liberal Carranza: “afortunadamente, no se repitieron las horrorosas escenas de 1840″, cuando Carrera hizo pasar por las armas a los principales criollos de la ciudad.2

No obstante este triunfo, Carrera sabía que sus días en la presidencia estaban contados, pues hasta los criollos conservadores le estaban pidiendo la renuncia.  Así pues, emitió la siguiente proclama el 5 de agosto:

“Compatriotas: restablecido el orden en Totonicapán y Quetzaltenango, he regresado con la valiente división que defendió a la capital en Patzún, dispuesto a consagrar mi existencia al mantenimiento del orden en los pocos días que debe pesar sobre mi el cargo de la Presidencia de la República”.3

El 16 de agosto se reunió la Asamblea y admitió la renuncia de Carrera, quien salió al exilio voluntario en Chiapas, mientras que el gobierno guatemalteco quedaba en manos de Juan Antonio Martínez,3 quien al saber que había sido nombrado presidente dijo: “¡No señores! ¡Conmigo se hunde la patria!” y salió huyendo en su mula hasta que lo alcanzaron los miembros de la guardia y lo obligaron a regresar a la ciudad.

Ya sin Carrera, Los Altos se envalentonaron y proclamaron nuevamente su independencia, solamente para ser nuevamente reducidos cuando el general regresó del exilio en 1849. 4,5 Eventualmente, tras la muerte de Carrera en 1865 los criollos liberales altenses lograron triunfar con la revolución liberal de 1871, y finalmente se hicieron con el poder en todo el país.


BIBLIOGRAFIA:

  1. Carranza, J.E. et. al. (1897) Un pueblo de Los Altos. Apuntamientos para su Historia (Totonicapán). Quetzaltenango: Popular. p. 112.
  2. Ibid., p. 113.
  3. Ibid., p. 115.
  4. Paredes, Mariano; Guzman, Agustin (1849). Convenio. Antigua Guatemala.
  5. Taracena, Arturo (1999). Invención criolla, sueño ladino, pesadilla indígena, Los Altos de Guatemala: de región a Estado, 1740-1871. Guatemala: CIRMA. Archivado desde el original el 9 de enero de 2016.

6 de julio de 1864: la Orden de los Dominicos renuncia a la administración de la parroquia de Santo Domingo y ésta se restituye su antiguo nombre de parroquia del Sagrario

6julio1864
Interior del templo de Santo Domingo en la Ciudad de Guatemala en diciembre de 2015.  En el recuadro: el escudo de la orden de predicadores.  Imágenes tomadas de Wikimedia Commons.

Durante el gobierno conservador del capitán general Rafael Carrera la Iglesia y el Estado estuvieron fusionados.  De esta cuenta, las órdenes religiosas florecieron, al punto que recuperaron mucho de su antiguo esplender, que habían perdido tras ser expulsadas por Francisco Morazán y sus correligionarios en 1829.1

Ese año, las órdenes religiosas de los dominicos, franciscanos, recoletos y mercedarios fueron expulsadas del país,  y sus bienes fueron confistados.  Las haciendas fueron confiscadas y luego repartidas entre los correligionarios de Morazán mediante subastas preparadas de antemano (exceptuando la gran Hacienda de San Jerónimo que tenían los dominicos en la Verapaz, que fue entregada a los socios ingleses de Morazán, 2 mientras que los utensilios sagrados y los muebles que no habían sido saqueados por las fuerzas invasores del líder liberal fueron repartidas entre las parroquias de la República y las alhajas de las imágenes fundidas para acuñar moneda.3  En cuanto a los conventos, éstos fueron vendidos a particulares a excepción de las siguientes secciones, que pasaron al servicio público:

  1. La midad del convento de Santo Domingo.
  2. La casa de corrección, la escuela de primeras letras y las habitaciones accesorias del templo nuevo y de los miembros de la tercera orden.
  3. Las mismas habitaciones pero en los conventos de los frailes recoletos y de los mercedarios.
  4. Los conventos que los regulares habitaban en Antigua Guatemala, Quetzaltenango, Totonicapán y Cobán.4
  5. Nótese que a los jesuitas no les afectó esto, ya que estos padres habían sido expulsados por las autoridades españolas en 1767.

El clero secular, por su parte, quedó debilitado cuando se eliminó el diezmo obligatorio, lo que hizo que los padres recurrieran a la limosna para subsistir. Durante los siguientes años, estuvieron inculcando entre la feligresía campesina, el germen de la rebelión en contra de los liberales herejes, enemigos de la verdadera religión, y esto, aunado a los desastrosos efecto de los Códigos de Livingston, el impuesto individual a los indígenas y una epidemia de cólera, desencadenó una revolución católica-campesina que derrocó al gobierno liberal en 1838.5

A partir de ese momento, se derogaron todas las leyes anticlericales y poco a poco empezaron a retornar las órdenes de religiosos, incluyendo los jesuitas.  Al cabo de veinticinco años, cuando ya el poder del presidente vitalicio Rafael Carrera era absoluto, los frailes habían recuperado muchos de sus antiguos bienes, tal y como refleja el hecho de que el 6 de julio de 1864 los dominicos retornaron al arzobispado la última parroquia que les habían cedido para que la administraran miemtras recuperaban su convento.  El decreto del gobierno eclesiástico es el siguiente:

Vista esta exposición con los antecedentes relativos a la división territorial de las parroquias de esta ciudad: considerando que las razones expuestas por el reverendo padre prior y comunidad de Santo Domingo para renunciar la administración espiritual de la parroquia del mismo título, que ha estado a su cargo, al mismo tiempo que son dignas de atención, hacen honor al celo de la misma comunidad por la observancia de la disciplina regular: que por otra parte, segun se infiere de la misma exposición ha cesado una de las principales causas que motivaron el encargo de la misma parroquia a los reverendos padres de Santo Domingo, que fue la de auxiliarles en el restablecimiento de su convento; y finalmente que es llegado el caso de restituir a su primitivo estado la antigua división territorial, que modificada por este gobierno eclesiástico, a consecuencia del decreto de la asamblea legislativa de seis de diciembre de mil ochocientos veinte y nueve, se comenzó a restablecer por nuestro auto de diez y ocho de junio de ochocientos cincuenta y tres.6

 

Por tanto, en uso de nuestra autoridad ordinaria, suprimimos la parroquia de Santo Domingo, única que quedaba de las tres que mandó erigir el decreto legislativo citado.  En consecuencia, desde la publicación de este auto quedarán reincorporados a la parroquia del Sagrario todo el territorio y feligresía, que segun el artículo tercero de nuestro refereido auto de diez y ocho de julio de mil ochocientos cincuenta y tres, ha pertenecido a la de Santo Domingo, que hoy se manda suprimir, de manera que la del sagratio tendrá todo el territorio de la primitiva erección.  Y por cuanto aumentándose su área y el número de sus feligreses, no es bastante un solo sacerdote para administrarla como corresponde, nombramos segundo cura interino de ella al presbítero don Francisco Batres, a quien se extenderá el correspondiente despacho.7


BIBLIOGRAFIA:

  1. Marure, Alejandro (1844). Efemérides de los hechos notables acaecidos en la república de Centro América, desde el año de 1821 hasta el de 1842. Guatemala: Imprenta La Paz.
  2. Pineda de Mont, Manuel (1872). Recopilación de las leyes de Guatemala, 1871 III. Guatemala: Imprenta de la Paz en el Palacio. pp. 255.
  3. Ibid., p. 254.
  4. Ibid, p. 257.
  5. Solís, Ignacio (1906) Memorias de Carrera, 1837 a 1840. Guatemala: Tipografía de Sánchez y de Guise.
  6. Ibid, p. 288,
  7. Ibid., p. 289.

29 de mayo de 1839: tras el golpe de estado de Rafael Carrera se establece una Asamblea Constitutiva que emitió una Constitución en 1842 aunque nunca fue ratificada

29mayo1839
Plaza de Armas de la Nueva Guatemala de la Asunción en la época en que se convocó a la Asamblea Constituyente de 1839.  En el recuadro: el general Rafael Carrera.  Imágenes tomadas de Wikimedia Commons.

Los máximos líderes de Guatemala del siglo XIX fueron el general católico conservador Rafael Carrera quien impuso su voluntad de 1839 a 1865 y el general anticlerical J. Rufino Barrios, quien lo hizo de 1871 a 1885. Ambos llegaron al poder después de revoluciones, ambos fueron el verdadero poder detrás de los jefes de estado o presidentes provisorios, y ambos gobernaron sin el amparo de una Constitución durante los primeros años de sus respectivos gobiernos.  Como corolario, ambos consiguieron que las Asambleas Constituyentes les redactaran una Constitución que amparara su estilo de gobierno y les permitiera perpetuarse en el poder; Carrera consiguió su constitución en 1851 y Barrios en 1879.  Y no es que no hubiera intentos por establecer una constitución, que sí los hubo.  Lo que ocurría era que no satisfacían las necesidades de Carrera o de Barrios, y quedaban en letra muerta.

El primer intento de hacer una constitución para el Estado Independiente de Guatemala se hizo cuando éste se separó de la República Federal de Centro América el 17 de abril de 1839, y se eligió a una Asamblea Constituyente para el efecto el 29 de mayo.1 Pero el estado de cosas en el país no era estable en lo absoluto; el Estado de Los Altos se había separado en 1838 y cuando los indígenas le pidieron ayuda a Carrera para que los ayudara contra la opresión de los criollos liberales de la región, éste combatió a las fuerzas altenses y recuperó el territorio para Guatemala.2 Esta situación, a su vez provocó que el jefe de Estado de El Salvador, el líder liberal Francisco Morazán invadiera a Guatemala.  Carrera y Morazán se enfrentaron en la capital guatemalteca y el general guatemalteco infringió una definitiva derrota al hondureño, quien huyó a El Salvador dejando a sus hombres a su suerte.  Aunque el hecho resultó en una decisiva victoria para las armas guatemaltecos, retrasó la discusión de la Asamblea Constituyente,3

La Asamblea finalmente redactó y firmó un proyecto el 29 de enero de 1842 y dió orden de imprimirlo el 20 de abril del mismo año luego de que una comisión conformada por los criollos aristócratas Aycinena, Pavón, Dardón, Colom, Andreu y Estrada le diera su aprobación.  Luego de impresa, se empezó a discutir en sesión pública el 1 de julio de 1843, aprobando el 6 de ese mes el primer artículo.  Pero hasta allí llegó la discusión, que quedó en suspenso el 3 de octubre cuando los diputados Pavón y Andreu solicitaron que ya no se siguiera discutiendo.4  Así terminó el primer intento de redactar una constitución para el gobierno conservador.

Viendo que el clero, y en especial el marqués de Aycinena, Juan José de Aycinena y Piñol, estaban intentando hacerse con el poder absoluto en el país, Carrera organizó una falsa sublevación en Pinula, la que utilizó para firmar un convenio en la Villa de Guadalupe el 11 de marzo de 1844, por medio del cual se organizó un congreso que prohibió a los clérigos participar en política, con lo que salió del molesto Aycinena.  Por otra parte, aquel congreso redactóuna constitución el 16 de septiembre de 1845, pero nunca fue sancionada porque dicha constitución era copia de la que habían redactado en el Estado de Los Altos y no aplicaba al estado guatemalteco.  Esto dió por finalizado el segundo intento de escribir una constitución para el Estado.4

Carrera finalmente se hizo con la jefatura del Estado en 1844, en sustitución de Mariano Rivera Paz, pero cuando en 1846 todavía no se había establecido una constitución en el Estado un partido de jóvenes estudiantes universitarios decidieron llenar aquel vacío constitucional, asesinando al presidente Carrera para así convocar una constituyente auténtica, y dar al poder militar una organización regularizada. Así, el 26 de junio de 1846, cuando habrían de celebrarse en la Iglesia Catedral las honras fúnebres del arzobispo Ramón Casaus y Torres, quien había muerto en el exilio en la Habana, los estudiantes llegaron armados al templo para asesinar al Jefe de Estado, pero su plan fracasó y los tuvieron que salir al exilio a Chiapas tras pasar un tiempo encarcelados en el Castillo de San José.5,6

El 21 de marzo de 1847 Carrera fundó la República de Guatemala, convirtiéndose en su primer presidente, y nuevamente convocó a a una constituyente en 1848, la cual fue disuelta en 1849 luego de queCarrera tuviera que salir al exilio cuando el país entró en una completa anarquía y los criollos (tanto conservadores como liberales) le pidieron la renuncia.  Carrera se fue a México, y regresó en 1849, aunque como Jefe Supremo de las Fuerzas Armadas, bajo el presidente Mariano Paredes, aunque todo el país sabía quien era el que verdaderamente gobernaba.7  La Asamblea Constituyente se disolvió, y el asunto quedó nuevamente incluso.4

Fue hasta después del triunfo de Carrera en la Batalla de La Arada el 2 de febrero de 1851, que finalmente una Asamblea Constituyente logró aprobar la Constitución de la República de Guatemala, la cual estuvo vigente hasta el 30 de junio de 1871, cuando fue sustituida por el Acta de Patzicía que firmaron los criollos altenses liberales para desconocer el gobierno del mariscal Vicente Cerna, dando inicio nuevamente a un largo proceso para redactar una nueva constitución.8


BIBLIOGRAFIA:

  1. Pineda Mont, Manuel (1869). Recopilación de las leyes de Guatemala, compuesta y arreglada a virtud de orden especial del Gobierno Supremo de la República. Tomo I. Imprenta de la Paz. p. 85.
  2. Taracena, Arturo (1999). Invención criolla, sueño ladino, pesadilla indígena, Los Altos de Guatemala: de región a Estado, 1740-1871. Guatemala: CIRMA. Archivado desde el original el 9 de enero de 2016.
  3. Hernández de León, Federico (1925). El libro de las efemérides: Capítulos de la Historia de la América Central. Tomo I. Guatemala: Tipografía Sánchez y de Guise.
  4. Pineda de Mont, Recopilación de las leyes de Guatemala, p. 86
  5. Brañas, César (1979). Tras las huellas de Juan Diéguez Olaverri. Guatemala: Unión TIpográfica.
  6. Vela Salvatierra, David (1943). “Juan Diéguez Olaverri”, en Literatura guatemalteca. Guatemala: Unión Tipográfica. p. 2 y siguientes.
  7. Coronado Aguilar, Manuel (1975). Apuntamientos para la Historia de Guatemala. I Guatemala: Editorial del Ejército. p. 266.
  8. Pineda de Mont, Recopilación de las leyes de Guatemala, pp. 79-85.