4 de octubre de 1716: parte para las Filipinas el hasta entonces presidente de la Real Audiencia de Guatemala, Toribio José de Cosío y Campo

Plaza Central de Antigua Guatemala vista desde el Palacio del Ayuntamiento en 1875.  Obsérvese que el flanco izquierdo del frontispicio del Palacio de los Capitanes Generales no estaba reconstruido todavía.  Fotografía de Eadweard Muybridge.

La historia de la Capitanía General de Guatemala está entremezclada con la de la Real Audiencia de Guatemala y la del Reino de Guatemala, pues es frecuente encontrar a la región centroamericana denominada de una de las tres formas en los libros de historia.  En realidad, la Capitanía General se refería la administración pública, mientras que la Real Audiencia era la encargada de la administración de justicia.  En muchas ocasiones, el presidente de la Real Audiencia y el Capitán General eran la misma persona, pero no ocurrió así en todos los casos.   En cuanto al topónimo “Reino de Guatemala”, éste se utilizaba en documentos oficiales para referirse a la Capitanía General.

El 4 de octubre de 1716 terminó la gestión del presidente de la Real Audiencia, Toribio José de Cosío y Campo, quien había arribado a la region el 30 de Agosto de 1706, para hacerse cargo de la Real Audiencia debido al fallecimiento de su predecesor, el presbítero y doctor Alonso de Ceballos y Villagutierre, quien solamente había estado en el cargo por un año cuando le sobrevino la muerte.  (Aquello no era del todo extraño para la época, pues muchos de los oficiales españoles enviados a Centroamérica contraían malaria en el camino desde el Puerto de Omoa en Honduras hasta la ciudad de Guatemala, y los que no perdían la razón, fallecían sin remedio).

Durante su gobierno se sublevó la provincia de Tzendales en Chiapas, por lo que tuvo que trasladarse hasta allí para restablecer la paz y en premio a su labor, la corona española le otorgó el título de Marqués de Torre-Campo y el puesto de gobernador de Filipinas a donde se trasladó en 1716.  En su lugar llegó Francisco Rodríguez de Rivas, maestre de campo de los Reales Ejércitos, y quien estaba al frente del gobierno cuando ocurrieron los terremotos de San Miguel en 1717, los cuales destruyeron la ciudad de Santiago de los Caballeros de Guatemala a tal punto que hubo una propuesta formal por parte del arzobispo, jefe del clero secular, para que se trasladara la ciudad a una nueva ubicación.

Rodríguez de Rivas se opuso al traslado e incluso donó de su propio peculio para que la ciudad fuera reconstruida, en especial el oratorio de San Felipe Neri y la parroquia de El Calvario, hechos por los que fue reconocido por la Corona.

BIBLIOGRAFIA:

29 de septiembre de 1717: el terremoto de San Miguel destruye a la ciudad de Santiago de los Caballeros de Guatemala

Ruinas abandonadas del convent de Capuchinas en 1910.  Nótese que las ruinas eran utilizadas para siembras de maiz por personas de escasos recursos que vivían allí. La ciudad no fue declarada como monumento nacional sino hasta en 1944, por el gobierno del general Ubico. Imagen del fotógrafo japonés Juan José de Jesús Yas, tomada de Wikimedia Commons.

Los terremotos más fuertes que vivió la ciudad de Santiago de los Caballeros de Guatemala (hoy Antigua Guatemala) antes de su traslado definitivo en 1776 fueron los terremotos de San Miguel en 1717. En esa época, el dominio de la Iglesia católica sobre los vasallos de la corona española era absoluto y esto hacía que cualquier desastre natural fuera considerado como un castigo divino. Además, los habitantes de la ciudad también creían que la cercanía de los volcanes y las montañas que rodeaban a la ciudad, en especial el Volcán de Fuego, era la causa de los terremotos (de hecho, el arquitecto mayor Diego de Porres llegó a afimar que los terremotos eran causado por las reventazones del volcán).

Todo se inició en la noche del 27 de agosto cuando hubo una erupción muy fuerte del Volcán de Fuego, que se extendió hasta el 29 de agosto y cuyos retumbos atemorizaron a los pobladores de la ciudad, quienes pidieron auxilio al Santo Cristo de la Catedral Primada de Santiago (hoy parroquia de San José Catedral) y a la Virgen del Socorro (que eran los patronos jurados contra el fuego del volcán) por medio de procesiones, rogativas y novenas.​ El 29 de agosto salió la Virgen del Rosario en procesión después de un siglo sin salir y hubo muchas más procesiones de santos hasta el día 29 de septiembre, día de San Miguel.

Ese día, ocurrieron sismos leves durante la tarde, pero a eso de las 7 de la noche se produjo un fuerte temblor que obligó a los vecinos a salir de sus casas y dañó a la mayoría de las estructuras de la ciudad.​ Los temblores y retumbos siguieron hasta la cuatro de la mañana y los vecinos salieron a la calle y a gritos confesaban sus pecados, pensando lo peor.​ Además de los daños ocasionados por los sismos, el río Pensativo se desbordó pues su cauce quedó obstruido por los escombros de los edificios y con material que cayó por la erupción, lo que provocó una seria inundación en la ciudad.

Los terremotos de San Miguel dañaron la ciudad considerablemente, y hubo un abandono parcial de la ciudad, escasez de alimentos, falta de mano de obra y muchos daños en las construcciones, además de numerosos muertos y heridos.

Como en ese entonces las principales órdenes regulares de la Iglesia Católica (es decir: jesuitas, franciscanos, dominicos y mercedarios) controlaban a las autoridades civiles, el propio capitán general Francisco Rodríguez de Rivas (que gobernó de 1717 a 1724) donó de sus propios fondos para reconstruir el oratorio de San Felipe Neri y la parroquia de El Calvario.  Por su parte, los daños en el Palacio de los Capitanes Generales fueron reparados por Diego de Porres, quien los terminó en 1736.​

El intento de traslado originó un conflicto entre las autoridades reales y el clero secular, ambos entonces con un gran poder sobre la ciudadanía: el obispo Juan Bautista Alvarez de Toledo era partiradio del traslado y el presidente de la Audiencia, Francisco Rodríguez de Rivas y las órdenes regulares se oponían al mismo. El obispo pretendía que el rey lo nombrara presidente de la Audiencia, pero no lo consiguió, pues por real cédula se agradeció al presidente Rodríguez su labor en la reconstrucción de la ciudad, y no se autorizó el traslado de la misma.  (Curiosamente, luego del terremoto de Santa Marta de 1773, las posiciones fueron contrarias el Capitan General apoyó el traslado y el arzobispo se opuso al mismo).  Al final, la ciudad no se movió de ubicación, pero el número de elementos en el Batallón de Dragones para resguardar el orden fue incrementado considerablemente.

Posterior a los sismos que se dieron después de los terremotos de Santa Marta de 1773, en 1776, la Corona española finalmente ordenó que la capital se trasladase a otro sitio, al Valle de la Ermita, donde la actual Ciudad de Guatemala permanece hasta hoy.

BIBLIOGRAFIA:

27 de septiembre de 1793: muere en el destierro en Bolonia, Italia, el sacerdote jesuita y poeta guatemalteco Rafael Landívar

Tarjeta de graduación de Rafael Landívar del colegio San Borja. Imagen tomada de Wikimedia Commons.

Para las nuevas generaciones guatemaltecas el nombre de Rafael Landívar está identificado con una universidad privada dirigida por los sacerdotes jesuitas, o con una colonia en la zona 7 de la ciudad de Guatemala.

Pero, ¿quién fue Rafael Landívar y por qué los jesuitas llamaron así a su universidad fundada en 1961?

Landívar nació en Guatemala el 27 de octubre de 1731, en una casa en la ciudad de Santiago de los Caballeros de Guatemala que estaba frente a la iglesia y convento de la Compañía de Jesús de esa ciudad.  Era de una familia acaudalada, pues era descendiente del conquistador español Bernal Díaz del Castillo, lo que le permitió iniciar su educación a los once años en el Colegio Mayor Universitario de San Borja, que al mismo tiempo era seminario jesuita. En aquellos años, el pertenecer a una orden religiosa como la de los franciscanos, dominicos o mercedarios era un gran privilegio, pero no tan alto como el ser miembro Compañía de Jesús, ya que por ese entonces la Compañía tenia mucha influencia sobre la Inquisición y la misma corona, ya que el confesor del rey de España era un sacerdote jesuita.

En 1744, Landívar se inscribió en la Real y Pontificia Universidad de San Carlos de Borromeo, de donde obtuvo su grado de bachiller en filosofía en 1746 y el de licenciado en filosofía y maestro en 1747. Posteriormente, en 1749 se trasladó a México para ingresar formalmente a la Compañía de Jesús y se ordenó sacerdote en 1755, regresando a Guatemala como rector del colegio San Borja.

Para entonces, la relaciones entre los jesuitas y la corona española empezaron a resquebrajarse. La difusión del jansenismo (doctrina y movimiento de una fuerte carga antijesuítica) y de la Ilustración a lo largo del siglo XVIII dejó desfasados los métodos educativos de los jesuitas, así como su concepto de la autoridad y del Estado. La monarquía era cada vez más laicizada absolutista y empezó a considerar a los jesuitas no como colaboradores útiles, sino como competidores molestos. En 1759 subió al trono el rey Carlos III en 1759 quien, a diferencia de sus dos antecesores, no era nada favorable a los jesuitas, debido al ambiente antijesuítico que predominaba en la corte Nápoles de donde provenía. Su primer acto oficial en contra la Compañía de Jesús fue el nombramiento de un fraile no jesuita como su confesor.

En 1767, la relación llegó al punto del rompimiento final.  Por medio de la pragmática sanción de ese año, todos los sacerdotes jesuitas fueron expulsados del Imperio Español.  En Guatemala, tuvieron que embarcarse y buscar asilo, hasta que finalmente lo encontraron en Bolonia, Italia.  Allí fue a pasar sus últimos años el padre Landívar, y fue allí en donde publicó su obra cumbre, “Rusticatio Mexicana” la cual fue redescubierta en la década de 1890 por los trabajos de Ramón Salazar, el canciller del presidente José María Reina Barrios, quien consiguió que el cónsul de Guatemala en Italia obtuviera dos copias para la Exposición Centroamericana de 1897.

Todas las posesiones de los jesuitas pasaron a las otras órdenes religiosas, incluyendo sus rentables haciendas y conventos.  Aunque regresaron durante el gobierno de Carrera en 1840 no pudieron recuperar todo su antiguo splendor y fueron expulsados nuevamente por el presidente J. Rufino Barrios en 1872.  No fue sino hasta que la constitución de 1956 permitió a las órdenes religiosas retornar oficialmente a Guatemala y a tener posesiones que los jesuitas regresaron y por eso, es que sus instituciones educativas datan de finales de la década de 1950 y principios de los sesenta.

BIBLIOGRAFIA:

 

 

 

 

10 de septiembre de 1541: la ciudad de Santiago de los Caballeros de Guatemala es destruida por un alud que baja del Volcán de Agua

Portada del document que describe la destrucción de la ciudad de Santiago de los Caballeros, hoy Ciudad Vieja. Imagen tomada de Wikimedia Commons.

El historiador eclesiástico Domingo Juarros describe que la recién fundada ciudad de Santiago de los Caballeros no pudo prosperar porque a los catorce años de fundada fue arruinada por “un formidable torrente de agua que bajó del Volcán de Agua la noche del 10 al 11 de septiembre de 1541; el torrento trajo consigo grandes rocas que destruyeron una parte de los edificios y maltrataron al resto”. El deslave se produjo a raíz de un un terremoto, el que a su vez era consecuencia de la actividad volcánica del Volcán de Fuego.

La ciudad quedó destruida y los sobrevivientes a la deriva, pues la gobernadora Beatriz de la Cueva había muerto en el desastre, que ocurrió poco después de que muriera su esposo, el Adelantado Pedro de Alvarado y ella fuera nombrada gobernadora por el noble Ayuntamiento.  Como ella había guardado luto riguroso, muchos vecinos estaban indignados y creyeron que había sido culpa suya el deslave que asoló la naciente ciudad.  El recién nombrado Obispo Marroquín tuvo que recurrir a todo su prestigio para evitar que los vecinos arrojaran el cadaver de la Sin Ventura a los perros.

Los pobladores pidieron entonces a Francisco de la Cueva que pusiera a disposición la vara de Adelantado de su difunta hermana y celebró cabildo el 17 y 18 de septiembre, resultando seleccionados el obispo Francisco Marroquín y el propio Francisco de la Cueva como gobernadores interinos. Los vecinos también quisieron tratar el punto del traslado del poblado a un área alejada del volcán de Agua, pero no pudieron porque la sesión —que se celebraba en la catedral del pueblo— fue interrumpido por varios temblores que hicieron que los presentes huyeran.

El 27 de septiembre se eligió una comisión de dos alcaldes y once ciudadanos para que inspeccionaron el área y recomendaran un nuevo lugar para trasladar allí la ciudad, y a los dos días retornaron y asegurando que el sitio idóneo era el Valle de Tianguecillo, a donde ordenó el cabildo que se mudaran los pobladores. Pero, antes de que se realizara el traslado, arribó el ingeniero Juan Bautista Antonelli, constructor de ciudades y villas, quien recomendó que la ciudad fuera trasladada al Valle de Panchoy —o Valle del Tuerto—, porque “en él se aparta el peligro de los volcanes, que nunca podrán inundarla, está resguardada del Norte, con los cerros que la rodean; tiene abundancia de aguas, que naciendo muy altas corren por este valle sobre la faz de la tierra, y se pueden encañar y llevar fácilmente a todas partes; que dicho terreno es llano, y por esto cómodo para la formación de las plazas, calles y casas; y tan dilatado, que por mucho aumento que tome la Ciudad, tendrá suelo donde extenderse, hasta ocho, o nueve leguas de circunvalación. [Además], que dicho sitio en todos tiempos está bañado de Sol, y es tan fértil, que todo el año se ve cubierto de hierba, y por esta parte es bueno para apacentar bestias y ganados. [Finalmente], en sus inmediaciones hay gran proporción para fabricar tejas, ladrillo y adobes, que en los cerros que rodean el valle se encuentran canateras a distancia de dos o tres millas; y no lejos se halla la cal y el yeso”.

En 1895, Anne Cary Maudslay y su esposo, el arqueólogo Alfred Percival Maudslay visitaron el área de Antigua Guatemala como parte de su viaje a través de los monumentos mayas y coloniales de Guatemala, y para escalar el Volcán de Agua; en su libro “A glimpse at Guatemala”  explican que el agua del cráter del volcán no pudo haber destruido la vieja ciudad de Santiago: “La causa de esta catástrofe es generalmente atribuida al rompimiento de uno de los bordes de un lago que se habría formado en el cráter del extinto volcán; pero examinando el cráter, se advierte que esta no es una explicación probable, pues se observa que la apertura que tiene está en la dirección opuesta, y por lo tanto el agua que hubiese salido de allí no habría podido afectar al poblado. Es más, no hay evidencia alguna que muestre que la porción inferior del cráter —que todavía está intacto— haya albergado grandes cantidades de agua. De hecho, lo más probable es que se haya acumulado agua en esos tormentosos días en una obstrucción temporal de las profundas ranuras que hay en las pendientes de esta gran montaña, y posteriormente, un deslizamiento de tierra hay provocado el daño sin que hubiese ninguna erupción ni ninguna apración sobrenatural, como las reportadas por los cronistas de la época”.

Los primeros pobladores creyeron en las palabras del ingeniero Antonelli, y vivieron dos siglos más con la zozobra de las erupciones del volcán de Fuego y las inundaciones provocadas por el crecimiento del río Pensativo, pero eso sí, estuvieron a salvo de posibles deslaves provenientes del volcán de Agua, los cuales no han vuelto a ocurrir.

BIBLIOGRAFIA:​

3 de septiembre de 1874: fuerte terremoto destruye el poblado de Parramos y echa por tierra varios edificios de Antigua Guatemala que habían sobrevivido el terremoto de Santa Marta

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Ruinas de la Iglesia de la Congreación de Cristo Crucificado de Propaganda Fide (La Recolección) en 1840 y en 1875.  Imágenes tomadas de Wikimedia Commons.

Los conquistadores y colonos españoles quedaron maravillados por la topografía de Guatemala, y decidieron construir sus principales ciudades al pie de enormes volcanes sin medir las consecuencias.  Como resultado, la capital del Reino de Guatemala, Santiago de los Caballeros, fue destruida por deslaves, y varios terremotos, además de ser periódicamente afectada por inundaciones provocadas por el aumento del caudal del río Pensativo.

Luego de ser finalmente abandonada en 1778 después de los terremotos de Santa Marta de 1773 y la subsiguiente epidemia de tifo, la otrora majestuosa ciudad fue presa de la rapiña y abandono y se convirtió en una simple villa con escasos habitantes.   A pesar de ello, sus magníficos edificios todavía tenían vestigios de lo que alguna vez fueron.

Pero el 3 de septiembre de 1874, muchos de ellos fueron arruinados completamente por lo que el periódico estadounidense The New York Times, el terremoto más devastador de los que se registraron en ese año en todo el mundo.​ No solamente se destruyó lo que quedaba de los edificios en Antigua Guatemala, sino que borró del mapa los poblados de Parramos y de San Miguel Dueñas,​ e incluso hubo bandas de forajidos armados con cuchillos y otras armas punzocortantes que intentaron asaltar a los damnificados y robarles lo poco que les quedaba; afortunadamente.  Eran los tiempos del gobierno de J. Rufino Barrios, las bandas fueron capturadas por la policía del gobierno y ejecutadas sumariamente.

Los sismos se iniciaron en agosto, pero nadie les puso atención pues la población estaba acostumbrada a que temblara con cierta frecuencia; es más, no impidieron que se celebrara una gran gala en honor al enlace matrimonial del presidente Barrios con su joven esposa, Francisca Aparicio.

Los poblados afectados aparte de Antigua Guatemala, Dueñas, Parramos y Patzicía, fueron Jocotenango, San Pedro Sacatepéquez, Ciudad Vieja y Amatitlán.  De hecho, hubo ciento dieciséis muertos y ochenta y cinco heridos en Patzicía, que fue el epicentro del terremoto.​ Por su parte, en Parramos se reportaron cerca de doscientos fallecidos, ya que dos ríos que bajan de los volcanes cercanos se salieron de sus causes y arrastraron veinte chozas que estaban a las orillas de los mismo, matando a veinte de sus ocupantes.

BIBLIOGRAFIA:

1773-1774: lenta reacción de autoridades coloniales tras terremotos de Santa Marta, resulta en gran mortandad por epidemia de tifo

Ruinas de la Iglesia de La Recolección, tal como quedaron tras los terremotos de Santa Marta y el saqueo realizado por los mismo sacerdotes para construir el nuevo templo en la Nueva Guatemala de la Asunción.  Las ruinas fueron destruidas aún más por los terremotos de 1874 y 1917-18.  Imagen tomada de Wikimedia Commons.

La recuperación de los poblados luego de los desastres naturales siempre ha sido problemática para las autoridades de turno; pero ha dependido de la firmeza del gobierno mantenerse en el poder a pesar de la lentitud de su respuesta al desastre.

Durante el siglo XVIII, cuando ocurrieron los terremotos de Santa Marta, el poder del Capitan General era indiscutible, mientras que el de las otrora poderosas órdenes regulares y del arzobispo (líder del clero secular) se habían debilitado considerablemente.  De esta cuenta, cuando el Capitan General Martín de Mayorga se hizo cargo de la recuperación de la ciudad y sus resultados no fueron los esperados, no hubo quien se atreviera a hacer críticas al respecto, más que el débil arzobispo Cortés y Larraz.

El caos se apoderó de la ciudad tras los terremotos, y una epidemia de tifo exantemático provocó más muertes entre la población mestiza e indígena que los propios movimientos telúricos. Para combatir la peste, Mayorga, Cortés y Larraz, los miembros del Ayuntamiento y el puñado de médicos que había en la ciudad unieron esfuerzos y colaboraron tan armoniosamente como pudieron.​

La epidemia empezó cuando los pobladores pobres retornaron a la ciudad, luego de que habían emigrado a las montañas que la rodeaban huyendo de los sismos, en donde tuvieron que subsistir en condiciones sanitarias pésimas durante largo tiempo.

Ante esta situación, Mayorga estableció una «Junta de Salud Pública» para que elaborara el plan para erradicar la epidemia, pero esto no ocurrió de inmediato, porque el plan original no había sido aproblado.  Y es que, originalmente, los miembros del Ayuntamiento criollo habían requirido los servicios del doctor Avalos y Porres (entonces octogenario y catedrático de la Cátedra Prima de Medicina) para que elaborara un plan para contrarrestar los efectos del tifo, el cual fue revisado por otros doctores de la ciudad y finalmente enviado a Mayorga, quien no lo aprobó por considerarlo muy precipitado y poco prudente.  (Es importante destacar aquí que solamente había cinco medicos y un puñado de estudiantes de medicina en toda la ciudad en ese entonces)​

Y Mayorga no aprobó el plan propuesto por Avalos y Porres porque estaba influenciado por las creencias y prejuicios de la época; he aquí in extracto de lo que decía el venerable medico: “el tifo se debe a las influencias de los astros, que deslíen vitriolo en las aguas y hacen humo todas las materias metálicas, las cuales, libres en la atmósfera, envenenan y coagulan la sangre. El tratamiento debe hacerse con medicamentos que disuelvan los humores viscosos y no puede ser igual para indios y nobles, pues es conocida la resistencia que oponen los aborígenes a toda terapéutica nueva“.​

Por su parte, el arzobispo Cortés y Larraz no abandonó a sus feligreses y visitó en persona los lugares infectados.  Como había hecho una meticulosa visita de su diócesis entre 1768 y 1770, el arzobispo​ dedujo las causas de la peste y rápidamente propuso un plan preventivo que era sumamente avanzado para su época.​ Además, por no haber estudiado medicina en la Universidad, no estaba influido por las ideas erróneas de su tiempo. Por sus conocimientos de la región determinó que la peste se había originado en el occidente de Guatemala y que la habían llevado a la ciudad los pobladores pobres que habían emigrado precipitadamente tras los terremotos de julio; yYa con el lugar de origen identificado, investigó por qué se estaba propagando con tanta rapidez —al punto de provocar hasta cien muertes diarias— y encontró que esto ocurría por las pésimas condiciones sanitarias de los hospitales improvisados, en donde los pacientes eran amontonados y comían en los mismos platos. Recomendó entonces que se construyeran galeras de aislamiento y que se mejorara la alimentación de los pacientes.​ El plan del arzobispo era simple y efectivo, pero se topó con la burocracia colonial y pasaron varios meses antes de que se pudiera implementar debidamente.​

Tras muchas deliberaciones, y ya cuando la peste iba mermando, el cirujano Alonso de Carriolla emitió un dictamen que resume lo aprendido por los médicos de la ciudad en esos días:​

Medidas preventivas para evitar la peste de tifo

  1. Buscar los lugares donde el aire corra con más liberatad, y si fuese posible, huir de los lugares contagiados.
  2. Que las habitaciones miren al Norte o al Oriente, a no ser que haya cementerio.
  3. Huir de lugares cenagosos y cerrados.
  4. Que se mantenga fuego en las casas.
  5. Que se enciendan grandes fuegos en las plazas de la ciudad.
  6. Que se eviten los concursos de gentes
  7. Que se rieguen las habitaciones con vinagre
  8. Que se huya de la inmoderada bebida de licores, en particular de los que fácilmente se corrompen o fermentan
  9. Que se modere la cantidad de alimentos
  10. Que las pasiones violentas se moderen
  11. Que el acto prolífico se evite todo lo que se pueda, y debe por lo tanto sacarse a las mujeres públicas, desterrándolas
  12. Que se entierren pronto los cadáveres
  13. Que se limpien calles y plazas
  14. Que los vestidos y muebles se quemen o bien se usen después de algun tiempo, ahumándoles con hierbas olorosas
  15. Que se impidan los baños públicos
—Alonso de Carriola, 26 de mayo de 1774

BIBLIOGRAFIA:

 

 

29 de septiembre de 1717: Luego de fuerte erupción del Volcán de Fuego, el terremoto de San Miguel destruye a la ciudad de Santiago de los Caballeros de Guatemala

 

Boceto del sivlo XVI que muestra una de las erupciones del Volcán de Fuego.  Imagen tomada de Wikimedia Commons.

 

El Volcán de Fuego ha estado active desde mucho antes que los españoles conquistaran la region centroamericana en la década de 1520.  A pesar de ello, los invasores construyeron importantes centros politicos y comerciales en los valles de Almolonga y de Panchoy, ubicados a los pies de tres enormes volcanes: el Volcán de Agua, Volcán de Fuego y Volcán Acatenango.

Ya en 1541 la naturaleza había avisado cuando in deslave de las laderas del Volcán de Agua sepultó a la Ciudad de Santiago que estaba entonces en el valle de Almolonga, obligando el traslado de la capital a su nueva ubicación en el valle de Panchoy, a unos cuantos kilómetros de la destruida ciudad.  (Debe recordarse que en el siglo XVI, esa era una considerable distancia para el traslado de una ciudad).

La nueva ciudad de Santiago de los Caballeros de Guatemala estaba un poco más lejos del volcán de Agua, pero más próxima a los volcanes de Fuego y Acatenango.  De hecho, en la ciudad, los habitants creían que la cercanía de los volcanes y las montañas que rodeaban a la ciudad, en especial el Volcán de Fuego, era la causa de los temblores que frecuentemente ocurrían e incluso el arquitecto mayor, Diego de Porres, llegó a afimar que los terremotos eran causado por las “reventazones del volcán”.

Al caer la noche del 27 de agosto de 1717 se registró una erupción muy fuerte del Volcán de Fuego, que se extendió hasta el 29 de agosto y cuyos retumbos atemorizaron a los pobladores de la ciudad, quienes pidieron auxilio al Santo Cristo de la Catedral Primada de Santiago y a la Virgen del Socorro (que eran los patronos jurados contra el fuego del volcán)​ por medio de procesiones, rogativas y novenas.​ El 29 de agosto salió la Virgen del Rosario en procesión después de un siglo sin salir y hubo muchas más procesiones de santos hasta el día 29 de septiembre, día de San Miguel Arcángel.

Ese día, hubo sismos leves por la tarde, pero a eso de las siete de la noche se produjo un fuerte temblor que obligó a los vecinos a salir de sus casas y dañó la mayoría de las estructuras de la ciudad.  Los temblores y retumbos continuaron hasta la cuatro de la mañana y los vecinos salieron a la calle y a gritos confesaban sus pecados, pensando lo peor. Además de los daños ocasionados por los sismos, los ríos que pasaban por la ciudad e desbordaron pues sus cauces ser obstruyeron con restos de los edificios y con material que cayó por la erupción, lo que provocó una seria inundación en la ciudad.

Los terremotos de San Miguel dañaron la ciudad considerablemente, y hubo un abandono parcial de la ciudad, escasez de alimentos, falta de mano de obra y muchos daños en las construcciones de la ciudad; además de numerosos muertos y heridos.  De hecho, las autoridades pensaron seriamente en trasladar la ciudad a un nuevo asentamiento menos propenso a la actividad sísmica, pero los vecinos de la ciudad se opusieron rotundamente al traslado, e incluso tomaron el Real Palacio en protesta al mismo. Al final, la ciudad no se movió de ubicación, pero el número de elementos en el Batallón de Dragones para resguardar el orden fue incrementado considerablemente.  Estando todavía como estaba la monarquía Española al dominio de la Iglesia Católica, el propio capitán general Francisco Rodríguez de Rivas —que gobernó de 1717 a 1724— donó de sus propios fondos para reconstruir el oratorio de San Felipe Neri y la parroquia de El Calvario.​

La reconstrucción tomaría un par de décadas, pero la ciudad se recuperaría totalmente e incluso sobreviviría el terremoto de San Casimiro en 1751.   No fue sino hasta los terremotos de Santa Marta en 1773, y por la division entre el gobierno español y las autoridades eclesiásticas, que la capital finalmente se trasladó a in nuevo lugar.

BIBLIOGRAFIA: