11 de junio de 1773: fuerte temblor sacude Santiago de los Caballeros de Guatemala

El 11 de junio de 1773 se siente un fuerte sismo en la ciudad de Santiago de los Caballeros, un día antes del arribo del Capitán General Martín de Mayorga

El valle de Pancho, con las ruinas de la ciudad de Antigua Guatemala a finales del siglo XIX. Imagen tomada de Mizner Scrap Book Central America.

Después del terremoto de San Casimiro en 1751, la capital del Reino de Guatemala no había sufrido mayores problemas con los sismos, aunque los pobladores sí sintieron el terremoto de San Francisco de 1757, el de la Santísima Trinidad de 1765 y el de San Rafael, que destruyó a Suchitepéquez poco después.1

En 1773 se inició un enjambre sísmico que coincidió con la llegada del capitán general Martín de Mayorga. En mayo habían empezado a sentirse unos sismos leves en la ciudad de Santiago, pero el 11 de junio hubo uno fuerte y largo que daño varias casas y templos católicos, seguido de una réplica esa misma noche. Mayorga había llegado al puerto de Omoa en las costa de Honduras en mayo, y desde allí envió una larga carga a los miembros de la Real Audiencia para informales que iba a revisar el Castillo de San Fernando de Omoa, ya que en ella había muerto su antecesor, Pedro Salazar y Herrera Natera de Mendoza, víctima del paludismo y el nuevo capitán general quería recorrer el sitio para dictar las medidas sanitarias necesarias. Después, recorrió la costa norte hasta Izabal, y de allí emprendió largas y cansadas caminatas, durante la temporada de lluvias, para finalmente llegar a la ciudad de Santiago de los Caballeros el 12 de junio.2

Los miembros de la Real Audiencia ordenaron que se adornaran las calles de la entonces preciosa ciudad de Santiago con cortinas, tapices, arcos de flores y alfombras de pino para recibir al capitán general, y que los músicos amenizaran la celebración de la multitud que se agolpó para la ocasión. Incluso, el arzobispo Pedro Cortés y Larraz salió a recibirlo a las puertas del Palacio Arzobispal con toda solemnidad.3

En los días siguientes hubo otros sismos, aunque no tan fuertes ni tan seguidos. Como en esa época las órdenes religiosas y el clero secular todavía tenían casi el control absoluto de los súbditos del Imperio Español —a pesar de la implementación de las reformas borbónicas del rey Carlos III—, se hicieron varias rogativas para que cesaran los temblores. Por ejemplo, en la iglesia de San Franciso expusieron a la veneración pública, y sacaron en procesión por nueve días, la imagen de Nuestra Señora de los Pobres.1

Sin embargo, a pesar de las rogativas, lo peor estaba por llegar: el 29 de julio, a eso de las cuatro de la tarde, se produjo una violenta sacudida que alertó a los pobladores, y pocos minutos después comenzó el terremoto de Santa Marta, que destruyó la capital del reino.1


BIBLIOGRAFIA:

  1. Juarros, Domingo (1857) [1808]. Compendio de la Historia de la Ciudad de Guatemala. Guatemala: Imprenta de Luna. p. 232.
  2. Hernández de León, Federico (1963) [1925]. El Libro de las Efemérides: Capítulos de las Historia de la América Central. VI. Guatemala: Tipografía Nacional. p. 455.
  3. Ibid, p. 456.

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19 de mayo de 1779: Matías de Gálvez continúa el traslado a la Nueva Guatemala

El recién llegado Capitán General Matías de Gálvez y Gallardo continúa con la política de su antecesor, Martín de Mayorga, de forzar el traslado de la destruida Santiago de los Caballeros a la Nueva Guatemala de la Asunción.

Ruinas abandonadas en la ciudad de Antigua Guatemala a principios del siglo XX. Las ruinas estuvieron en el abandono desde 1779. En el recuadro: el capitán general Martín de Mayorga. Imágenes tomadas de Mizner Scrapbook Central America y Wikimedia Commons.

El traslado de la destruida ciudad de Santiago de los Caballeros de Guatemala a la Nueva Guatemala de la Asunción fue lento y penoso, a pesar de las presiones que ejercían las autoridades civiles sobre los pobladores de la capital del Reino de Guatemala.

El traslado oficial se hizo efectivo cuando el ayuntamiento de la ciudad de Santiago de los Caballeros se trasladó a la Nueva Capital el 30 de diciembre de 1775, y celebró su primer cabildo en su establecimiento provisional en la Ermita del Cerrito del Carmen el 2 de enero de 1776. Sin embargo, no todos los pobladores se trasladaron, lo que obligó a Mayorga y a su justicia mayor, Fernando del Sobral, a tomar varias medidas drásticas para forzar a quienes se resistían a mudarse. Pero conforme más órdenes de traslado llegaban a la antigua capital, más se resistían sus pobladores a mudarse, aconsejados por el arzobispo Pedro Cortés y Larraz.1

A finales de enero de 1776 se empiezan a enviar materiales desde la antigua capital, los cuales eran acarreados por indígenas de Jocotenango, quienes eran hostigados como si fueran bestias de carga. Esta situación llegó a un punto tal, que el presbítero Miguel de Larrave le pidió a las autoridades que cesaran aquel hostigamiento en noviembre de ese año, y ésta, a su vez, informaron que no se podía hostigarles porque ellos preferían huir a medio camino.2

A principios del año siguiente, Mayorga ordenó que se evaluara qué se podía utilizar todavía en los antiguos edificios públicos, para determinar si se podían trasladar a la nueva capital. De esta forma, el 14 de febrero el maestro de obras Vicente Cruz le informó que había abundantes materiales en el antiguo Palacio de los Capitanes Generales, en el colegio de San Borja, en la antigua Compañía de Jesús, en la casa de la Moneda y en otras estructuras.2

El 23 de abril de 1777 Mayorga suprimió la enfermería del ayuntamiento, y el 17 de julio le dió un ultimátum al claustro de la Real y Pontificia Universidad de San Carlos de Borromeo para que se trasladara a la nueva capital «dentro del término de dos meses, sin réplica ni excusa alguna«.2 Y el 28 de julio, harto de que no atendieran sus órdenes, Mayorga promulgó un bando en el que ordenaba no solo el traslado de los habitantes, sino que se derribaran todas las ruinas que todavía quedaran en pie.; Y no contento con esto, el 11 de septiembre envió una carta al rey, quejándose de que el arzobispo Cortés y Larraz estaba entorpeciendo la final traslación del pueglo de Guatemala argumentando que solamente con expresa licencia del Papa se podía construir una nueva catedral en el Reino.3

El 27 de septiembre, Mayorga visitó la antigua capital, y cuando estuvo en el Palacio de los Capitanes Generales dió órdenes de que arrancaran las puertas, ventajas, rejas, lozas, maderas, tapices, cañerías de agua, búcaros, escudos y todo lo que pudiera utilizarse en la construcción del palacio de la Nueva Guatemala de la Asunción. Y le pidió a su justicia mayor, del Sobral, «que se faltaba piedra en la Nueva Capital, arrancara las piedras de las calles«.3

Finalmente, en noviembre de 1777 el claustro de la Universidad se trasladó a la Nueva Guatemala y lo mismo hicieron los agustinos. Los dominicos ya habían empezado su traslado, y Mayorga le dió un plazo de dos meses a los betlemitas, franciscanos, mercedarios y recoletos para hacer lo mismo.3

En 1778 Mayorga prohibió que hubiera guarnición militar en la antigua capital y que ingresara toda clase de mercaderia a la ciudad, a partir del 1 de enero de 1779. El 4 de abril de 1779 Mayorga fue sustituido por Matías de Gálvez, que nombró como justicia mayor a Guillermo de Macé, quien siguió con la obra de forzar el traslado a la nueva capital. De esta cuenta, el 19 de mayo de 1779 emitió los siguientes bandos:

  • Que incontinenti se cierren todas las tiendas, y que no se venda cosa alguna y que los mencionados efectos se deben sacar de este dicho suelo, dentro del término perentorio de quince días.
  • Por cuando las órdenes de su majestad y bando que ha tenido a bien el Superior Gobierno publicar, en esta ciudad, conspirantes a su despueblo y traslación a la Nueva Capital… ha resuelto el Muy Ilustre Señor Presidente, Gobernador y Capitán General de este Reino, que todos los que ejercen oficios públicos, les amoneste, de su orden, no deben dar un golpe sobre ellos, y si disponer el que se trasladen a la cpaital u otros pueblos, distantes a lo menor cinco leguas de éste… debiendo estar enterados que todo oficial, sea de la profesión que fuere deberá desde el día de hoy, suspender su trabajo y dejar este pueblo, en el preciso y perentorio término de quince días… prevenidos de que de no hacerlo, se remitirán bien asegurados, con partida y el correspondiente oficio, sin permitir ni oir excusa alguna…4

Gálvez finalmente logró que Cortés y Larraz renunciara a la mitra en 1780 y que fuera sustituido por Cayetano de Francos y Monroy, quien ayudó considerablemente a la construcción de la Nueva Guatemala de la Asunción.


BIBLIOGRAFIA:

  1. Pardo, J. Joaquín (1944). Efemérides de la Antigua Guatemala, 1541-1779. Guatemala: Unión Tipográfica. p. 212.
  2. Ibid., p. 213.
  3. Ibid., p. 214.
  4. Ibid., p. 215.

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28 de enero de 1776: arriba Real Cédula que reglamenta el traslado de la arruinada capital

Arriba la Real Cédula que establece la forma de traslado de la capital desde la arruinada Santiago a la Nueva Guatemala de la Asunción

28enero1776
Mapa del Llano de la Virgen, antes de la fundación de la Nueva Guatemala de la Asunción. En el recuadro: Martín de Mayorga, capitán general de Guatemala durante la época en que se trasladó la capital a la nueva ciudad.

La Real Cédula en la que se regula la forma en que se haría el traslado de la capital del Reino de Guatemala a la Nueva Guatemala de la Asunción fue emitida el 15 de septiembre de 1775 y llegó a la provincia americana el 28 de enero de 1776, casi un mes después de que ya se hubieran trasladado oficialmente las autoridades coloniales a la nueva capital.

En aquella Cédula se explicaban ochenta y seis puntos que había que tener en cuenta para el traslado de la ciudad, de los cuales los más relevantes eran los siguientes:

    • Se comprará el terreno de dos, tres o cuatro leguas cuadradas, por cuenta de la caja real, para emplazar la nueva ciudad.
    • La plaza mayor, plazuela y calles tendrán más extensión y capacidad, especialmente las últimas, según lo permita el terreno, y que tirándose a cordel como lo estaban las más en la destruida ciudad, tenga un ancho de diez y seis varas cuando menos, previendo por este medio cualquier inopinado suceso.
    • Se concederán gratuitamente los terrenos a las comunidades, iglesias matrices y filiales, los mismos que lograban en la asolada Guatemala, y en los propios sitios o parajes con corta diferencia, pero con la limitación o exclusión que propondremos de algunas de estas últimas, por no necesarias y por evitar los inconvenientes y ofensas de Dios que se cometían con la profanación; con advertencia de que, hallándose el terreno de alguna comunidad, iglesia, palacio arzobispal y cualquiera otra semejante, responsable a gravamen o censo consignativo, reservativo, haya de gobernarse este punto por las mismas reglas que se prescribirán para los fondos de los particulares.Nota a
    • A todos los vecinos de la capital se concederá gratuitamente el propio idéntico terreno, y en el mismo lugar, con corta diferencia del que en ella lograban; sujetándose al proporcional y correspondiente gravamen que legal y prudencialmente corresponda al valor intrínseco que se considere tenga o pueda tener algún paraje o sitio donde se señale, cuya pensión deberán reconocerla a favor de aquellas comunidades, capellanías, u obras pías, con que hubiesen estado afectas sus casas, como continuaría en el valor o estimación del suelo, sin embargo de haberse destruido los edificios, teniendo igualmente consideración en este caso al valor de los fragmentos útiles que hubieren quedado y se puedan aprovechar, vender o conducir a la nueva población, deducidos los costos, cuando menos, de su extracción.
    • La demarcación, o delineación de la ciudad sea sustancialmente la misma que tenía en Guatemala, con la circunstancia de dar alguna más extensión a la plaza mayor, plazuelas y calles y aun a algunas manzanas y cuadras, como aquí se les nombra; pues aunque la plaza principal es bastante capaz, según se expresa en el número 1o. de la razón de los templos, juzgamos que, no debiéndose pensar en fábricas altas, ni en lo demás que ha sido objeto de las mayores y considerables ruinas, como son bóvedas y demás semejantes, se hace forzoso dar una más capacidad al ángulo que ocupara el real palacio, al de la catedral, con que se halla habido el del arzobispo, como también al del cabildo, pues los conventos y comunidades lograban comunmente suficientísimo terreno, y en cualquier evento será fácil de aumentársele por la parte que no ofrezca perjuicio a tercero.
    • Para fabricar en la nueva ciudad se ha de guardar precisamente la debida proporción e igualdad en la altura de las casas, la que no deberá pasar de cuatro y media varas, dando al piso, o entresuelo, un poco más o menos, sobre lo cual deberá estar a la mira el Gobierno, la Audiencia, o sus Ministros, y el Ayuntamiento para su puntual observancia, publicándose por bando, de tiempo en tiempo, con la pena de demolición de la obra. Y por este medio se consultaba al decoro y hermosura de la ciudad, y a la mayor seguridad de los edificios, mediante la unión y enlace que mutuamente deben tener entre sí.
    • Que pagado el importe del sitio y terreno para la nueva ciudad, del producto de alcabalas destinado por mí a obras públicas se construyan seis casas iguales, con la posible inmediación al palacio de la Audiencia, para la habitación de los ministros de ella, y se les de sin otro gravamen que el de los reparos menos en atención a su corto sueldo y a la general necesidad de edificios.
    • La Iglesia Catedral es otro edificio, y muy principal, cuya fábrica nos persuadimos corra por cuenta del gobierno español, siempre y cuando no exceda en elevación de la competente y prudentemente regulada por los inteligentes de la Arquitectura Civil, con reflexión a lo expuestas que se hallan todas las Américas, Septentrional y Meridional, a los estragos que causan los temblores, con más repetición y fuerza en algunas partes, como se ha experimentado en la desgraciada Guatemala; pues, aunque discurrimos y tenemos por cierto y lo convencen los efectos, que en este valle no se han sentido con violencia y extraña fortaleza que llevamos dicho, se hace forzoso poner toda atención y posible cuidado en precaver las fábricas de cualquier inopinado suceso, sin que deba permitirse ni tolerarse, con pretexto alguno, arbitrio para lo contrario; estando, por consiguiente, a la mira la potestad secular, Presidente, Oidores, Fiscal y aun el Ayuntamiento, sobre el cumplimiento puntual y exacto de este punto tan importante al beneficio común y particular, como que el golpe y estrépito que causa la destrucción de estos edificios hace, sin la menor duda, notable daño a los de los vecinos, especialmente a los más inmediatos.Nota b
    • Las iglesias matrices o parroquiales, como son la de San Sebastián, la de Candelaria y los Remedios, tienen la aplicación que disponen la municipal y reales cédulas que tratan del asunto, para el caso de su reedificación, fuera del arbitrio o arbitrios que propondremos para con algunos pueblos que deben seguir a la capital y su traslación.Nota c
    • Siguiendo el orden observado de los templos, y pasando al capítulo de iglesias filiales, tenemos dicho lo conveniente en cuanto a la de San Pedro y su Hospital, según se advierte en los números 30 y 31 de este proyecto, y no debiendo quedar otras que la de los terceros del Carmen, la de San Lázaro, y con el tiempo, la del oratorio de Espinosa, fundada por un particular, la del Calvario, las ermitas de la Víacrucis y la de Santa Lucía, no nos parece necesario ni hallamos en la actualidad arbitros para consultar sus reedificios; pero les deberán quedar señalados los propios lugares que tenían en la destruída ciudad, para cuando llegue el caso de hallarse con fodo cada una de ellas con que poder atender a su correspondiente fábrica.

NOTAS:

    • a: lo de profanación se refiere a la Compañía de Jesús, la cual había sido expulsada en 1767 y sus propiedades habían sido traspasadas a los mercedarios; en cuanto a la disposición de los templos, esta es la razón por la que la ubicación de las iglesias y conventos en el Centro Histórico de la Ciudad de Guatemala guarda cierta semejanza con el de la Antigua Guatemala.
    • b: se expresa aquí la antigua creencia que tenían los pobladores originales de la Nueva Guatemala de la Asunción, de que la misma no era tan propensa a los terremotos como la antigua capital; aquella creencia fue desvanecida parcialmente con el terremoto de 1830 y disipada completamente con los graves terremotos de 1917-18.
    • c: pueblos como Jocotenango, por ejemplo. Estas parroquias, a cargo del arzobispo Pedro Cortés y Larraz, se resistieron al traslado a la nueva ciudad hasta que el arzobispo fue expulsado de la mitra en 1779.

BIBLIOGRAFIA:

  • Hernández de León, Federico (28 de enero de 1926). «El Capítulo de las Efemérides. 1776, 28 de enero: llega la Real Cédula que estable la forma de traslado de la ciudad«. Guatemala: Nuestro Diario, Talleres SELCA.

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7 de agosto de 1736: nace Cayetano de Francos y Monroy

Nace en España quien sería el arzobispo de Guatemala Cayetano de Francos y Monroy, quien lideró la construcción de la Nueva Guatemala de la Asunción, reformó la educación del Reino y fundó el Colegio de Infantes

7agosto1736
Fotografía de principios del siglo XX del arzobispo Cayetano de Francos y Monroy, tomada por Juan José de Jesús Yas.  Imagen obtenida de Wikimedia Commons.

El arzobispo de Guatemala, Cayetano de Francos y Monroy nació en Villavicencio de los Caballeros, España, el 7 de agosto de 1736. El 26 de noviembre de 1777, por consulta de Cámara, fue nombrado arzobispo de Guatemala, nombramiento era difícil ya que era en sustitución del arzobispo Pedro Cortés y Larraz, quien se negaba a aceptar el traslado de su arquidiócesis hacia la ciudad de la Nueva Guatemala de la Asunción, luego de que la capital de la capitanía, Santiago de los Caballeros de Guatemala fuera destruida por los terremotos de Santa Marta en 1773. Cortés y Larraz comprendía que el traslado iba a debilitar la posición del clero en los asuntos de Estado del Reino de Guatemala y por ello se resitía a trasladar al clero secular a la nueva ciudad.1

Inicialmente, Francos y Monroy decidió no aceptar el cargo que le ofrecían, pero el 20 de noviembre de 1778 fue presionado por el gobierno real, y finalmente se embarcó en Cádiz a principios de mayo de 1779. Fue acompañado por una cuantiosa corte que incluía un provisor, un secretario, un capellán, un caudatorio, un mayordomo, siete pajes y un maestro de pajes, y quienes fueron elegidos cuidadosamente con un fin político definido: retomar el control de clero guatemalteco que se encontraba en estado de rebelión casi abierto contra la autoridad del Capitán General Martín de Mayorga.1

El siete de octubre de 1779, con una escolta de ocho caballeros, entró en la Nueva Guatemala de la Asunción, la cual apenas se estaba empezando a construir. Había arribado a Guatemala con diecisiete individuos de su familia, gastando en el viaje 64,240 pesos., y se encontró con que los frailes de las órdenes regulares, que habían vivido en suntuosos conventos en Santiago de los Caballeros, ahora lo hacían en ranchos de paja, mientras que las monjas y beatas seguían en sus conventos en la arruinada ciudad. Además, la única construcción religiosa sólida que existía era la Ermita del Carmen.

Un mes antes de la llegada del nuevo arzobispo, Cortés y Larraz publicó una carta pastoral denunciando la llegada de un usurpador y amenazando con excomulgarlo, pero eso no inmutó a Francos y Monroy, quien tomó sus primeras medidas al recién llegar, nombrado a un cura párroco para el pueblo indígena de Jocotenango y luego fue en persona a buscar a la destruida Santiago de los Caballeros de Guatemala a las beatas de Santa Rosa. Cortés y Larraz comprendió entonces que era inútil seguir resistiendo, y finalmente dejó la mitra de Guatemala.2

El arzobispo Francos y Monroy estuvo muy involucrado con las corrientes liberales de los filósofos ingleses y del francés Juan Jacobo Rousseau, los cuales habían proporcionado nuevos lineamientos en la pedagogía y la formación intelectual de los infantes, y por ello, inició en la Nueva Guatemala de la Asunción una reforma educativa. Cuando el arzobipso llegó a su nueva arquidióces, solamente estaba en funcionamiento la escuela de Belén, que había sido fundada por el santo Hermano Pedro de Betancourt, y el resto de escuelas no funcionaban desde quelos jesuitas habían sido expulsados en 1767.3 Por su parte, el resto de entidades civiles y religiosas estaban trabajando arduamente en construir sus nuevos edificios tras el traslado. Francos y Monroy fundó entonces dos escuelas de primeras letras, la de San José de Calasanz y la de San Casiano, a las que donó de su propio peculio cuarenta mil pesos para su funcionamente; además, también fundó el «Colegio San José de los Infantes» el domingo 10 de junio de 1781, el cual sigue activo hasta la fecha. Y también contribuyó económicamente con seis mil pesos para finalizar la construcción del Colegio y Seminario Tridentino de Nuestra Señora de la Asunción, quince mil pesos para el del colegio de seises —como se le decía también al Colegio de Infantes—, aproximadamente cincuenta mil para la iglesia y beaterio de Santa Rosa —ya que ésta era la catedral temporal—, y la casa del Obispo.1

Tras su ardua labor, para la que contó con el apoyo del nuevo Capitán General, Matías de Gálvez, el seis de diciembre de 1782 Francos y Monroy informó al rey que había trasladado a la nueva ciudad la catedral —aunque ésta quedó temporalmente en el Beaterio de Santa Rosa—, el colegio seminario, los conventos de religiosos y religiosas, beaterios y demás cuerpos sujetos a la Mitra; todos ellos habían sido trasladados a edificios formales o en construcción. Es importante destacar que para terminar estas obras Francos y Monroy había tenido que dejar la obra del palacio Arzobispal por un lado, y conformarse con vivir en una incómoda casa de alquiler, careciendo de oficinas y habitación.1


BIBLIOGRAFIA:

  1. Belaubre, Christophe (2013). «Francos y Monroy, Cayetano: Aspectos de la vida del arzobispo de Guatemala que vino para retomar el control de un clero guatemalteco en estado de rebelión casi abierto». Archivado desde el original el 22 de julio de 2017.
  2. Hernández de León, Federico (1963) [1926] El Libro de las Efemérides; Capítulos de la Historia de América Central. V. Guatemala: Tipografía Nacional. p. 116-118.
  3. Salazar, Ramón (1897). Historia del desenvolvimiento intelectual de Guatemala. 1, La Colonia. Tipografía Nacional.

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21 de febrero de 1768: llega a Guatemala Pedro Cortés y Larraz

Arriba a la ciudad de Santiago de los Caballeros Pedro Cortés y Larraz, tercer arzobispo de Guatemala

21febrero1768
Descripción gráfica de los curatos de San Pedro, Sololá, Panajachel y Atitlan según lo report el arzobispo Pedro Cortés y Larraz en 1770.  Imagen tomada del Archivo General de Indias. En el recuadro: retrato oficial del arzobispo Cortés y Larraz. Imagen tomada de Wikimedia Commons.

Inicialmente el arzobispo Pedro Cortés y Larraz no quería venir al Reino de Guatemala y para que el lector se de una idea de por qué, a continuación reproducimos la narración que hace el historiador Federico Hernández de León de la llegada del arzobispo a su arquidiócesis:1

«El prelado había llegado a Guatemala desde la triste y soñolienta Zaragoza en España, de cuya catedral era reverendo canónigo. Por cierto que la noticia de su nombramiento le sonó a escopetazo disparado a mansalva.  Conversaba una tarde otoñal de 1766 con otro de los canónigos zaragozanos, cuando fue llamado violentamente al palacio arzobispal.  Acudió presuroso y allí fue notificado que Su Santidad, como premio a sus virtudes y talentos, lo agraciaba con la mitra guatemalteca.

No tenía muy buena fama la diócesis designada, por las noticias de alborotos y enredos que levantaban los mismos frailes, en sus rivalidades de dominicos y franciscanos, poniéndose de por medio los jesuitos, atizando los rencores de las dos comunidades magnas.  Por esto, a la muerte del arzobispo, doctor don Francisco José de Figueredo y Victoria, un viejecito ciego, de más de ochenta años, fue designado para sustituirlo el doctor don Pedro Marrón, doctoral de Toledo.  Pero el reverendo señor Marrón no aceptó y, de esa cuenta, la pedrada había sido dirigida al señor Cortés y Larraz.1

Así pues, el nuevo arzobispo tuvo que aceptar, y he aquí cómo llegó a su nueva arquidiócesis:

Dejó el señor Cortés y Larraz la quietud beatífica de Zaragoza y se dirigió a México en donde fue consagrado.  Luego enfiló sus pasos a nuestras tierras y el 21 de febrero de 1768 entraba en la capital del reino, bajo el simbólico palio, a lomos de una burra pensativa y escoltado por una larga muchedumbre que le aclamaba a cada paso de la burra.  Salió a recibirlo hasta la puerta del palacio episcopal el señor dean y doctor don Francisco de Palencia, que fuera el encargado de soportar el peso arzobispal, desde la muerte de Figueredo y Victoria, en junio del año 65.  Al llegar el nuevo arzobispo, al lugar de su residencia, levantó en alto la mano con la señal de la cruz, y bendijo a la muchedumbre apiñada a su alrededor.»1

Una vez instalado, Cortés y Larraz uno de los que más labor realizó durante su trabajo episcopal,  pues recibió una arquidiócesis casi en ruinas producto de las rencillas entre las poderosas órdenes regulares de los dominicos y los franciscanos, y de la debilidad en que quedaron las doctrinas de indígenas cuando éstas pasaron de las órdenes regulares a un clero secular muy mal preparado.  Pero pocos meses después de llegar realizó un exahustivo recorrido por toda la región, dejando plasmado el verdadero y deplorable estado de la misma, junto con grabados a color de los poblados y doctrinas que visitó.2

Luego, debido al terremoto de Santa Marta en 1773, y comprendiendo que el traslado de la arruinada ciudad de Santiago de los Caballeros a una nueva ubicación tenía como objetivo principal reducir el poder de la Iglesia, decidió resistirse al mismo, junto con el clero secular a su cargo.3 Y no solamente no se trasladó a la Nueva Guatemala, sino que fue quien tomó las medidas sanitarias más sensatas para evitar la propagación de la epidemia de tifo que se desató después de los terremotos.4


BIBLIOGRAFIA:

  1. Hernández de León, Federico (1925). El libro de las efemérides: Capítulos de la Historia de la América Central. I. Guatemala: Tipografía Sánchez y de Guise. p. 382.
  2. Cortés y Larraz, Pedro (2001) [1770]. García, Jesús María; Blasco, Julio Martín, ed. Descripción Geográfico-Moral de la Diócesis de Goathemala. Corpus Hispanorum de Pace. Segunda Serie. Consejo Superior de Investigaciones Científicas. ISBN 9788400080013. ISSN 0589-8056.
  3. Cadena, Felipe (1774). Breve descripción de la noble ciudad de Santiago de los Caballeros de Guatemala y puntual noticia de su lamentable ruina ocasionada de un violento terremoto el día veintinueve de julio de 1773. Mixco, Guatemala: Oficina de Antonio Sánchez Cubillas.
  4. Martínez Durán, Carlos (2009). Las Ciencias Médicas en Guatemala, origen y evolución (4.ª edición). Guatemala: Universitaria, Universidad de San Carlos de Guatemala. ISBN 9789993967583.

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26 de mayo de 1774: epidemia de tifo tras terremotos de Santa Marta

Lenta reacción de autoridades coloniales tras terremotos de Santa Marta, resulta en gran mortandad por epidemia de tifo

26mayo1774
Ruinas de la Iglesia de La Recolección, tal como quedaron tras los terremotos de Santa Marta y el saqueo realizado por los mismo sacerdotes para construir el nuevo templo en la Nueva Guatemala de la Asunción.  Las ruinas fueron destruidas aún más por los terremotos de 1874 y 1917-18.  Imagen tomada de Wikimedia Commons.

La recuperación de los poblados luego de los desastres naturales siempre ha sido problemática para las autoridades de turno; pero ha dependido de la firmeza del gobierno mantenerse en el poder a pesar de la lentitud de su respuesta al desastre.

Durante el siglo XVIII, cuando ocurrieron los terremotos de Santa Marta, el poder del Capitán General era indiscutible, mientras que el de las otrora poderosas órdenes regulares y del arzobispo (líder del clero secular) se habían debilitado considerablemente.  De esta cuenta, cuando el Capitán General Martín de Mayorga se hizo cargo de la recuperación de la ciudad y sus resultados no fueron los esperados, no hubo quien se atreviera a hacer críticas al respecto, más que el debilitado arzobispo Pedro Cortés y Larraz.1

El caos se apoderó de la ciudad tras los terremotos, y una epidemia de tifo exantemático provocó más muertes entre la población mestiza e indígena que los propios movimientos telúricos. Para combatir la peste, Mayorga, Cortés y Larraz, los miembros del Ayuntamiento y el puñado de médicos que había en la ciudad unieron esfuerzos y colaboraron tan armoniosamente como pudieron.​ La epidemia empezó cuando los pobladores pobres retornaron a la ciudad, luego de que habían emigrado a las montañas que la rodeaban huyendo de los sismos, en donde tuvieron que subsistir en condiciones sanitarias pésimas durante largo tiempo. Ante esta situación, Mayorga estableció una «Junta de Salud Pública» para que elaborara el plan para erradicar la epidemia, pero esto no ocurrió de inmediato, porque el plan original no había sido aproblado.  Y es que, originalmente, los miembros del Ayuntamiento criollo habían requirido los servicios del doctor Avalos y Porres -entonces octogenario y catedrático de la Cátedra Prima de Medicina– para que elaborara un plan para contrarrestar los efectos del tifo, el cual fue revisado por otros doctores de la ciudad y finalmente enviado a Mayorga, quien no lo aprobó por considerarlo muy precipitado y poco prudente.2, Nota a

En realidad, Mayorga no aprobó el plan propuesto por Avalos y Porres porque dicho plan estaba influenciado por las creencias y prejuicios de la época; he aquí un extracto de lo que decía el venerable medico: «el tifo se debe a las influencias de los astros, que deslíen vitriolo en las aguas y hacen humo todas las materias metálicas, las cuales, libres en la atmósfera, envenenan y coagulan la sangre. El tratamiento debe hacerse con medicamentos que disuelvan los humores viscosos y no puede ser igual para indios y nobles, pues es conocida la resistencia que oponen los aborígenes a toda terapéutica nueva«.​2

Por su parte, el arzobispo Pedro Cortés y Larraz no abandonó a sus feligreses y visitó en persona los lugares infectados.  Como había hecho una meticulosa visita de su diócesis entre 1768 y 1770, el arzobispo​ dedujo las causas de la peste y rápidamente propuso un plan preventivo que era sumamente avanzado para su época;​ además, por no haber estudiado medicina en la Universidad, no estaba influido por las ideas erróneas de su tiempo. Por sus conocimientos de la región determinó que la peste se había originado en el occidente de Guatemala y que la habían llevado a la ciudad los pobladores pobres que habían emigrado precipitadamente tras los terremotos de julio.3

Ya con el lugar de origen identificado, Cortés y Larraz investigó por qué se estaba propagando con tanta rapidez -al punto de provocar hasta cien muertes diarias- y encontró que esto ocurría por las pésimas condiciones sanitarias de los hospitales improvisados, en donde los pacientes eran amontonados y comían en los mismos platos. Recomendó entonces que se construyeran galeras de aislamiento y que se mejorara la alimentación de los pacientes.​ El plan del arzobispo era simple y efectivo, pero se topó con la burocracia colonial y pasaron varios meses antes de que se pudiera implementar debidamente.​3

Tras muchas deliberaciones, y ya cuando la peste iba mermando, el cirujano Alonso de Carriolla emitió un dictamen que resume lo aprendido por los médicos de la ciudad en esos días:​3

Medidas preventivas para evitar la peste de tifo

      1. Buscar los lugares donde el aire corra con más liberatad, y si fuese posible, huir de los lugares contagiados.
      2. Que las habitaciones miren al Norte o al Oriente, a no ser que haya cementerio.
      3. Huir de lugares cenagosos y cerrados.
      4. Que se mantenga fuego en las casas.
      5. Que se enciendan grandes fuegos en las plazas de la ciudad.
      6. Que se eviten los concursos de gentes
      7. Que se rieguen las habitaciones con vinagre
      8. Que se huya de la inmoderada bebida de licores, en particular de los que fácilmente se corrompen o fermentan
      9. Que se modere la cantidad de alimentos
      10. Que las pasiones violentas se moderen
      11. Que el acto prolífico se evite todo lo que se pueda, y debe por lo tanto sacarse a las mujeres públicas, desterrándolas
      12. Que se entierren pronto los cadáveres
      13. Que se limpien calles y plazas
      14. Que los vestidos y muebles se quemen o bien se usen después de algun tiempo, ahumándoles con hierbas olorosas
      15. Que se impidan los baños públicos
        • Alonso de Carriola, 26 de mayo de 17743

NOTAS:

    • a: Es importante destacar aquí que solamente había cinco medicos y un puñado de estudiantes de medicina en toda la ciudad en ese entonces.

BIBLIOGRAFIA:

  1. Cadena, Felipe (1774). Breve descripción de la noble ciudad de Santiago de los Caballeros de Guatemala y puntual noticia de su lamentable ruina ocasionada de un violento terremoto el día veintinueve de julio de 1773. Mixco, Guatemala: Oficina de Antonio Sánchez Cubillas.
  2. Comisión del presidente de la Real Audiencia de este Reino de Guatemala (1774). Extracto o Relación Methodologógica de los autos de reconocimiento. Mixco, Guatemala: Oficina de Antonio Sánchez Cubillas.
  3. Martínez Durán, Carlos (2009). Las Ciencias Médicas en Guatemala, origen y evolución (4.ª edición). Guatemala: Universitaria, Universidad de San Carlos de Guatemala. ISBN 9789993967583.

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