1918: tras los terremotos de diciembre de 1917 y primeros meses de 1918, empieza el declive del gobierno del licenciado Manuel Estrada Cabrera

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Durante mucho tiempo, la ciudad de Guatemala no había padecido de fuertes terremotos, y los abuelos creían que por su lejanía del Volcán de Fuego y su ubicación en lo alto de un cerro aislado de la cordillera la ciudad era inmune a los sismos de gran magnitud.  Esta fantasía fue violentamente destruida junto con numerosas estructuras que habían sido construidas en los gobiernos de José María Reina Barrios —por ejemplo, el pabellón de la Exposición Centroamericana, y el palacio del bulevar «30 de Junio»— y de Manuel Estrada Cabrera —por ejemplo, el asilo para damas «Doña Joaquina»—.

Pero fue la respuesta del gobierno del licenciado Estrada Cabrera lo que empezó a indignar a los guatemaltecos.  El Diario de Centro América (que entonces no era el periódico oficial, pero sí pertenecía a Estrada Cabrera) después de publicar dos ediciones diarias reportando los desastres, pasó a criticar al Gobierno por la lenta e ineficiente respuesta al desastre.​ En uno de los artículos de opinión de este periódico oficial se llegó a decir que las imágenes religiosas de algunos templos católicos de la ciudad se habían salvado porque, al momento del primer terremoto, “ya no quisieron seguir en una ciudad en donde imperaba el lujo excesivo, la impunidad y el terror“. Por otra parte, se dijo que existían leyes “excelentes” para la reconstrucción, las cuales, sin embargo, “no se cumplían“; de hecho se criticó que, como ocurría siempre en caso de cataclismos, “se emiten leyes y reglamentos a diario, pero lo que se necesita es de su correcta ejecución diaria, y no de tantos reglamentos“.​ Además, se publicó en primera plana, tres meses después de los terremotos, que “todavía hay escombros por toda la ciudad“.​ El propio Diario de Centro América era editado entre escombros, pese a lo cual logró tirajes de ejemplares de media hoja, a veces hasta dos al día, durante la crisis.​

La comisión de Hacienda encargada de la reconstrucción de la ciudad, después del terremoto, por fin decidió crear un Banco Nacional Privilegiado con un capital de 30 millones de pesos —que provendrían de un préstamo a bancos extranjeros—, lo cual hundió la economía nacional. Debe destacarse que uno de los miembros directivos de esta comisión fue Carlos Herrera y Luna, quien luego sería presidente de Guatemala.

En 1920, el príncipe Guillermo de Suecia llegó a Guatemala durante una travesía que hacía por Centroamérica; su viaje lo llevó a Antigua Guatemala y a la Ciudad de Guatemala en donde pudo ser testigo presencial de que no se había efectuado ningún trabajo de descombramiento y la ciudad estaba todavía en ruinas. Además, se levantaban remolinos de polvo que dejaban gruesas nubes, que hacían que penetrara el polvo por todos lados -en la ropa, en la boca y nariz, ojos y hasta en los poros de la piel-; los visitantes se enfermaban de los pulmones hasta que su cuerpo se acostumbraba al polvo. Las calles no estaban pavimentadas y sólo una de cada tres casas estaba ocupada, ya que las otras estaban ruinas.​

Los edificios públicos, escuelas, iglesias, el teatro Carrera y los museos estaban todavía en la misma condición paupérrima en que quedaron en 1918. Trozos de techo colgaban de las paredes y los pisos estaban llenos de ripio y trozos de antiguos adornos y cornisas. Bastaba un pago de algunos cientos de dólares estadounidenses para que el dueño de una casa tuviera el visto bueno de las autoridades sobre su propiedad, garantizando que la misma ya no necesitaba reparaciones y de esa forma había muchas casas abandonadas sin reparar.[25]​ Pero era en el cementerio general de la ciudad en donde se apreciaba la devastación en toda su magnitud: el lugar quedó totalmente destruido por el terremoto y se contaba que unos ochenta mil muertos habían salido literalmente de sus tumbas, quedando expuestos y poniendo en peligro la ciudad por una posible peste. Fueron quemados en una pira gigantesca, pero las tumbas quedaron en ruinas y no se había hecho ningún intento por repararlas para 1920.[25]

Por último, el Príncipe Guillermo hace mención en su libro que Guatemala había recibido muchísima ayuda internacional tras el terremoto, pero que el efectivo fue a dar a la fortuna personal del presidente, Manuel Estrada Cabrera, mientras que los bienes fueron vendidos en Honduras por algunos ministros de Estado, quienes percibieron una ganancia considerable.

Esto generó un descontento no solamente en la población sino que en el gobierno de los Estados, principal apoyo de Estrada Cabrera, lo que fue aprovechado por los criollos conservadores para aglutinarse en el Partido Unionista que eventualmente derrocó al presidente en abril de 1920.

BIBLIOGRAFIA:

 

 

1773-1774: lenta reacción de autoridades coloniales tras terremotos de Santa Marta, resulta en gran mortandad por epidemia de tifo

Ruinas de la Iglesia de La Recolección, tal como quedaron tras los terremotos de Santa Marta y el saqueo realizado por los mismo sacerdotes para construir el nuevo templo en la Nueva Guatemala de la Asunción.  Las ruinas fueron destruidas aún más por los terremotos de 1874 y 1917-18.  Imagen tomada de Wikimedia Commons.

La recuperación de los poblados luego de los desastres naturales siempre ha sido problemática para las autoridades de turno; pero ha dependido de la firmeza del gobierno mantenerse en el poder a pesar de la lentitud de su respuesta al desastre.

Durante el siglo XVIII, cuando ocurrieron los terremotos de Santa Marta, el poder del Capitan General era indiscutible, mientras que el de las otrora poderosas órdenes regulares y del arzobispo (líder del clero secular) se habían debilitado considerablemente.  De esta cuenta, cuando el Capitan General Martín de Mayorga se hizo cargo de la recuperación de la ciudad y sus resultados no fueron los esperados, no hubo quien se atreviera a hacer críticas al respecto, más que el débil arzobispo Cortés y Larraz.

El caos se apoderó de la ciudad tras los terremotos, y una epidemia de tifo exantemático provocó más muertes entre la población mestiza e indígena que los propios movimientos telúricos. Para combatir la peste, Mayorga, Cortés y Larraz, los miembros del Ayuntamiento y el puñado de médicos que había en la ciudad unieron esfuerzos y colaboraron tan armoniosamente como pudieron.​

La epidemia empezó cuando los pobladores pobres retornaron a la ciudad, luego de que habían emigrado a las montañas que la rodeaban huyendo de los sismos, en donde tuvieron que subsistir en condiciones sanitarias pésimas durante largo tiempo.

Ante esta situación, Mayorga estableció una «Junta de Salud Pública» para que elaborara el plan para erradicar la epidemia, pero esto no ocurrió de inmediato, porque el plan original no había sido aproblado.  Y es que, originalmente, los miembros del Ayuntamiento criollo habían requirido los servicios del doctor Avalos y Porres (entonces octogenario y catedrático de la Cátedra Prima de Medicina) para que elaborara un plan para contrarrestar los efectos del tifo, el cual fue revisado por otros doctores de la ciudad y finalmente enviado a Mayorga, quien no lo aprobó por considerarlo muy precipitado y poco prudente.  (Es importante destacar aquí que solamente había cinco medicos y un puñado de estudiantes de medicina en toda la ciudad en ese entonces)​

Y Mayorga no aprobó el plan propuesto por Avalos y Porres porque estaba influenciado por las creencias y prejuicios de la época; he aquí in extracto de lo que decía el venerable medico: “el tifo se debe a las influencias de los astros, que deslíen vitriolo en las aguas y hacen humo todas las materias metálicas, las cuales, libres en la atmósfera, envenenan y coagulan la sangre. El tratamiento debe hacerse con medicamentos que disuelvan los humores viscosos y no puede ser igual para indios y nobles, pues es conocida la resistencia que oponen los aborígenes a toda terapéutica nueva“.​

Por su parte, el arzobispo Cortés y Larraz no abandonó a sus feligreses y visitó en persona los lugares infectados.  Como había hecho una meticulosa visita de su diócesis entre 1768 y 1770, el arzobispo​ dedujo las causas de la peste y rápidamente propuso un plan preventivo que era sumamente avanzado para su época.​ Además, por no haber estudiado medicina en la Universidad, no estaba influido por las ideas erróneas de su tiempo. Por sus conocimientos de la región determinó que la peste se había originado en el occidente de Guatemala y que la habían llevado a la ciudad los pobladores pobres que habían emigrado precipitadamente tras los terremotos de julio; yYa con el lugar de origen identificado, investigó por qué se estaba propagando con tanta rapidez —al punto de provocar hasta cien muertes diarias— y encontró que esto ocurría por las pésimas condiciones sanitarias de los hospitales improvisados, en donde los pacientes eran amontonados y comían en los mismos platos. Recomendó entonces que se construyeran galeras de aislamiento y que se mejorara la alimentación de los pacientes.​ El plan del arzobispo era simple y efectivo, pero se topó con la burocracia colonial y pasaron varios meses antes de que se pudiera implementar debidamente.​

Tras muchas deliberaciones, y ya cuando la peste iba mermando, el cirujano Alonso de Carriolla emitió un dictamen que resume lo aprendido por los médicos de la ciudad en esos días:​

Medidas preventivas para evitar la peste de tifo

  1. Buscar los lugares donde el aire corra con más liberatad, y si fuese posible, huir de los lugares contagiados.
  2. Que las habitaciones miren al Norte o al Oriente, a no ser que haya cementerio.
  3. Huir de lugares cenagosos y cerrados.
  4. Que se mantenga fuego en las casas.
  5. Que se enciendan grandes fuegos en las plazas de la ciudad.
  6. Que se eviten los concursos de gentes
  7. Que se rieguen las habitaciones con vinagre
  8. Que se huya de la inmoderada bebida de licores, en particular de los que fácilmente se corrompen o fermentan
  9. Que se modere la cantidad de alimentos
  10. Que las pasiones violentas se moderen
  11. Que el acto prolífico se evite todo lo que se pueda, y debe por lo tanto sacarse a las mujeres públicas, desterrándolas
  12. Que se entierren pronto los cadáveres
  13. Que se limpien calles y plazas
  14. Que los vestidos y muebles se quemen o bien se usen después de algun tiempo, ahumándoles con hierbas olorosas
  15. Que se impidan los baños públicos
—Alonso de Carriola, 26 de mayo de 1774

BIBLIOGRAFIA:

 

 

29 de septiembre de 1717: Luego de fuerte erupción del Volcán de Fuego, el terremoto de San Miguel destruye a la ciudad de Santiago de los Caballeros de Guatemala

 

Boceto del sivlo XVI que muestra una de las erupciones del Volcán de Fuego.  Imagen tomada de Wikimedia Commons.

 

El Volcán de Fuego ha estado active desde mucho antes que los españoles conquistaran la region centroamericana en la década de 1520.  A pesar de ello, los invasores construyeron importantes centros politicos y comerciales en los valles de Almolonga y de Panchoy, ubicados a los pies de tres enormes volcanes: el Volcán de Agua, Volcán de Fuego y Volcán Acatenango.

Ya en 1541 la naturaleza había avisado cuando in deslave de las laderas del Volcán de Agua sepultó a la Ciudad de Santiago que estaba entonces en el valle de Almolonga, obligando el traslado de la capital a su nueva ubicación en el valle de Panchoy, a unos cuantos kilómetros de la destruida ciudad.  (Debe recordarse que en el siglo XVI, esa era una considerable distancia para el traslado de una ciudad).

La nueva ciudad de Santiago de los Caballeros de Guatemala estaba un poco más lejos del volcán de Agua, pero más próxima a los volcanes de Fuego y Acatenango.  De hecho, en la ciudad, los habitants creían que la cercanía de los volcanes y las montañas que rodeaban a la ciudad, en especial el Volcán de Fuego, era la causa de los temblores que frecuentemente ocurrían e incluso el arquitecto mayor, Diego de Porres, llegó a afimar que los terremotos eran causado por las “reventazones del volcán”.

Al caer la noche del 27 de agosto de 1717 se registró una erupción muy fuerte del Volcán de Fuego, que se extendió hasta el 29 de agosto y cuyos retumbos atemorizaron a los pobladores de la ciudad, quienes pidieron auxilio al Santo Cristo de la Catedral Primada de Santiago y a la Virgen del Socorro (que eran los patronos jurados contra el fuego del volcán)​ por medio de procesiones, rogativas y novenas.​ El 29 de agosto salió la Virgen del Rosario en procesión después de un siglo sin salir y hubo muchas más procesiones de santos hasta el día 29 de septiembre, día de San Miguel Arcángel.

Ese día, hubo sismos leves por la tarde, pero a eso de las siete de la noche se produjo un fuerte temblor que obligó a los vecinos a salir de sus casas y dañó la mayoría de las estructuras de la ciudad.  Los temblores y retumbos continuaron hasta la cuatro de la mañana y los vecinos salieron a la calle y a gritos confesaban sus pecados, pensando lo peor. Además de los daños ocasionados por los sismos, los ríos que pasaban por la ciudad e desbordaron pues sus cauces ser obstruyeron con restos de los edificios y con material que cayó por la erupción, lo que provocó una seria inundación en la ciudad.

Los terremotos de San Miguel dañaron la ciudad considerablemente, y hubo un abandono parcial de la ciudad, escasez de alimentos, falta de mano de obra y muchos daños en las construcciones de la ciudad; además de numerosos muertos y heridos.  De hecho, las autoridades pensaron seriamente en trasladar la ciudad a un nuevo asentamiento menos propenso a la actividad sísmica, pero los vecinos de la ciudad se opusieron rotundamente al traslado, e incluso tomaron el Real Palacio en protesta al mismo. Al final, la ciudad no se movió de ubicación, pero el número de elementos en el Batallón de Dragones para resguardar el orden fue incrementado considerablemente.  Estando todavía como estaba la monarquía Española al dominio de la Iglesia Católica, el propio capitán general Francisco Rodríguez de Rivas —que gobernó de 1717 a 1724— donó de sus propios fondos para reconstruir el oratorio de San Felipe Neri y la parroquia de El Calvario.​

La reconstrucción tomaría un par de décadas, pero la ciudad se recuperaría totalmente e incluso sobreviviría el terremoto de San Casimiro en 1751.   No fue sino hasta los terremotos de Santa Marta en 1773, y por la division entre el gobierno español y las autoridades eclesiásticas, que la capital finalmente se trasladó a in nuevo lugar.

BIBLIOGRAFIA:

 

 

27 de abril de 1718: el Cabildo de Santiago de los Caballeros de Guatemala solicita al rey de España un alivio a los impuestos tras el terremoto de San Miguel de 1717

 

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a Catedral de Antigua Guatemala durante su construcción a finales del siglo XVII, pocos años antes del terremoto de San Miguel de 1717.  Imagen tomada de Wikimedia Commons.

 

Debido a lo interesante de los datos en él expuestos, reproducimos a continuación el artículo que escribiera el licenciado Federico Hernández de León el 27 de abril de 1924 sobre la solicitud que hizo el cabildo de la ciudad de Santiago de los Caballeros a la Corona Española para que les aliviera la carga impositiva luego del terremoto de San Miguel, que ocurrió el 27 de Agosto de 1717, día de San Miguel Arcángel.

Dice el licenciado Hernández de León:

“Los vecinos de la capital del reino de Guatemala no dijeron propiamente seísmico, que la palabrita estaba todavía entre las cosas por hacerse; pero sí dijeron al rey que los temblores de tierra llamados de San Miguel, los habían dejado en peores condiciones de como se mantiene el ángel que el susodicho santo tiene a sus plantas.  El lector recordará que por los días de septiembre, precisamente por donde cae la celebración del arcángel, de 1717, la tierra se había encalabrinado en formas poco decentes y aparte las viviendas humanas que derribara o cuarteara, las casas de Dios estaban para venirse por los suelos.  A mayor abundamiento, unos huracanes devastaban la campiña.

Debemos, aunque sea a la distancia, manifestar nuestra piedad, para aqeullos primeros pobladores de la ciudad señorial, que constantemente se veían atormentados por los temblores de tierra; y los fenómenos volcánicos, después del torrente que se despeñara de la cumbre del Volcán de Agua, se manifestaban por erupciones de los otros atalayas, que ponían el espanto dentro de gentes venidas de lejanas tierras y agobiadas por escrúpulos espirituales y preocupaciones de todo linaje.  El 27 de Agosto del citado año 17, a eso de las 11 de la noche, cuando los vecinos de la ciudad estaban en el goce del sueño, se despertaron al mandato de unos ruidos que tenían los alcances de alaridos de gigante.  Salieron a los patios y a las calles y vieron con espanto que, sobre la cresta del Volcán de Fuego se levantaba una inmensa columna, como si se tratase de una válvula de escape de los infiernos.

Aquello era obra de Satanás.  De pronto, cuando se estaba en lo major de las discusiones, una sacudida violenta, anunció el arribo de un cataclismo.  Los infelices vecinos, castañeteaban de puro pavor y la noche se desenvolvió, en medio de las más crueles zozobras.  Así pasaron noches y días que en el día de San Miguel, el terremoto fue algo de tomarse en consideración.  Las autoridades levantaron la plaza y los vecinos ricos se ausentaron de aquellos lugares, dispuestos a no volver más.  Pero como al cabo pasaran algunos días, sin que los fenómenos se repitieran, poo a poco se entró en confianza y la ciudad volvió a tomar el tinte de animación que en sus mejores días.

Sin embargo, los quebrantos sufridos, suponían Fuertes pérdidas y todos se dieron a buscar la manera de resarcirse de los daños.  Se celebraron varias juntas para dirigirse al rey, en demanda de amparos que, si no eran con aprestos de dinero, por lo menos que se acordara la merma de las contribuciones y tributos.  Las solicitudes fueron presentadas el 27 de abril de 1718 reforzadas por inúmeros memorials que se acompañaron al pedimento dirigido a la real persona.

El Cabildo decía algo así:

“Señor. La Ciudad de Santiago de Guatemala, puesta a los reales pies de V.M., pone en su real consideración los lamentables estragos, que ha padecido en la repetición de los formidables terremotos, que sobrevinieron en ella; de forma que la arruinaron enteramente, como tiene dado cuenta a V.M. difusamente en los autos que se remitieron. Para que pueda repararse aquella Ciudad, y continuar el real servicio como lo han hecho hasta aquí, propone a V.M. los medios que pueden ser de alivio común, sin perjuicio del patrimonio de V.M.

  1. Que la plata y oro que se sacare de las minas y se marcare sea pagando el diezmo en lugar del quinto, como ya se ha concedido repetidas veces.
  2. Que hallándose la Ciduad totalmente sin propios algunos y sin poder reedificar las oficinas necesarias y estando gravados los vecinos con ochocientos pesos anuales sobre el abasto de la carne, se ha de servir V.M. mandar cese esta gabela en la carne a beneficio común.
  3. Siendo constant que el único fruto que mantiene las provincias de Guatemala es la tinta añil, que copiosamente producen, teniendo V.M. prohibido no trabajen los indios en estas haciendas por haberse informado peligraban mucho en ellas; se ha de servir V.M. permitir que los indios que voluntariamente quisieren trabajar en ellas lo puedan hacer, y los dueñs de las haciendas permitirlo, sin car en pena ni condenación alguna.
  4. Atendiendo a la gran ruina que la Ciudad y sus contornos padeció con los huracanes, se pide la piedad de V.M. para que perdone las alcabalas por veinte años y que se aplicasen los frutos de todas las encomiendas que vacasen hasta conseguir la reedificación.

Espera la Ciudad de la benigna y piadosa propensión de V.M. le honre y favorezca, concediéndola los pontos que van tocados, para alivio de las desgracias que ha padecido; y que puedan sus habitadores y los de sus provincios repararse de tan especiosas ruinas, y contratiempos como han experimentado”.

Acá termina el relato del licenciado Hernández de León.  Como la ciudad se mantuvo en este sitio hasta 1773 e incluso fue reedificada tras los terremotos de San Casimiro en 1751, es de suponer que el rey aprobó lo solicitado por los vecinos de la Ciudad de Santiago.

BIBLIOGRAFIA: