19 de agosto de 1589: conflicto entre el presidente de la Real Audiencia y los franciscanos

El presidente de la Real Audiencia, Pedro Mallén de la Rueda abusa de su autoridad y obliga a un novicio franciscano a salir del convento por la fuerza, debido a las intrigas del confesor del mencionado presidente.

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Ruinas del templo y convento de San Francisco en la ciudad de Antigua Guatemala en 1930. En 1589, el convento todavía distaba mucho de ser este imponente complejo y el poder económico y político de los franciscanos todavía era poco considerable. Imagen tomada de Wikimedia Commons.

Reproducimos a continuación un episodio relatado por el licenciado Federico Hernández de León, y que ocurrió el 19 de agosto de 1589 en la ciudad de Santiago de los Caballeros y que refleja cómo era la vida de las autoridades civiles y de los frailes en los inicios de la época colonial.

Dice el licenciado Hernández de León:

En cuanto el alba de aquel día, 19 de agosto de 1589, empezó a clarear y se dibujaron de manera precisa en el celeste del infinito los conos de los tres volcanes, el señor licenciado Pedro Mallén de la Rueda, presidente de la Real Audiencia y gobernador del reino, dejó el lecho y empezó a medir, a grandes trancos, la anchurosa habitación que le servía de dormitorio. El señor licenciado no había podido entornar siquiera los ojos, en toda la santa noche. Hondas preocupaciones agitaban su espíritu y en su cerebro aleteaban las ideas como si fuese una bandada de murciéelagos.

«¡Ni el seráfico hermano de Asís, que abjaara de nuevo a la tierra, les libra de mi autoridad! — exclamaba el madrugador presidente—.  ¡Malditos frailes! Si con el majagranzas de don García hicieron lo que les vino en gana, conmigo se las tendrán muy tiesas; ¡vaya si se las tendrán!»

Agitó una campanilla entre sus dedos nerviosos. Como por ensalmo apareció, tra sun tapiz, la figura alargada de un tipo de casaca verde, ribeteada de negro, de fuertes zapatos con hebilla, mirar torcido y andar receloso.  Destacó todo su cuerpo y, sin pronunciar una palabra, se detuvo a corta distancia de la puerta.

«Decid a fray Diego Merchange —ordenó el presidente— que necesito de él inmediatamente. Y pasad recado al licenciado Gómez de Abaunza, diciéndole que antes de la hora de audiencia deberá hablarma. ¡Y Ya estáis aquí de vuelta!»

Siguió en sus paseos agitados nuestro señor don Pedro; la luz pálida que entraba por una de las ventanas que se enfrentaba al volcán de Agua, ponía mayor lividez en su rostro. Mascullaba palabras y frases sin coherencia y apenas se alcanzaba a percibir la frasecilla:

«¡Malditos frailes!»

Con el primer rayo del sol, entró en el dormitorio del agitado presidente la figura amojamada de un fraile franciscano, encorvado de cu4erpo, con las manos metidas dentro de las anchas bocamangas del hábito, la barba desordenada y la mirada humillada, en fuerza de parecer humilde.

«¡De hoy no debo pasar! — rugió don Pedro—. ¡Lenguas de Satanases! ¡Ya sabrá cómo se las gasta don Pedro Mallén de Rueda cuando le pica una avispa! Iréis al convento y diréis de mi parte a fray Francisco Salcedo, que os entregue a Alonso Duarte, sin más demora: es la autoridad de la Justicia la que lo manda.»

Salió el fraile, que era fray Diego Merchante en persona, confesor del señor gobernador y uno de los peores animaluchos que había llegado últimamente al reino. Taimado, intrigante y ambicioso, había pretendido que se le eligiera provincial de los franciscanos, a cuyo hábito pertenecía en exterior, porque credenciales, ni licencias, ni papeles algunos había mostrado, que le acreditasen como miembro de la comunidad. Los franciscanos, hombres en su mayoría de mucho orden, rechazaron las pretensiones de fray Diego, y aunque el propio presidente apadrinó los deseos de su confesor con un calor desusado, la comunidad de franciscanos se mantuvo firme y dio las calabazas del siglo al empecatada fraile.

Fray Diego se devoró lo que consideraba una afrenta y resolvió tomar venganza. Hipócrita y zurcidor, siguió frecuentando las relaciones con los confiados frailes franciscanos y no desperdició oportunidad para poner a don Pedro de vuelta y media. Al principio los frailes no emitían opinión alguna; pero como el otro les tirara de la lengua y los obligra a hablar, marcándoles las diferencias que habían entre el buenazo de don García de Valverde y el señor Mallén de Rueda, los frailes dieron rienda suelta a sus enojos y resentimientos.

Palabra por palabra trasmitía fray Diego a don Pedro, de lo que oía en convento. Y con este llevar y traer, se fue marcando una animadversión entre los dos poderes, que llegó el momento en que había de reventar.  Y sucedió que habiendo tomado el hábito como novicio un jovenzuelo que había estado al servicio de don García y que se llamaba Alonso Duarte, el presidente tomó empeño en retenerlo a su lado, para sacarle secretos de la pasada administración. cuando supo que se encerraba en el convento, creyó que era una estratagema y ordenó que le fuera entregado el susodicho Duarte.

Negóse el provincial a las pretensiones gubernamentales. Y aquella mañana del 19 de agosto, mandaba, por mediación de su propio confesor, la última requisitoria.

Cuando volvió fray Diego, más humilde y lastimoso que de costumbre, ya estaba el presidente en unión del licenciado don Alvaro Gómez de Abaunza, oidor de la Real Cancillería, enemigo implacable de los franciscanos y víctima de don García de Valverde, que en cierta ocasión le abriera la cabeza de un golpe de piocha.

«Dice el hermano guardián —pronunció el fraile— que si su excelencia le señala el delito que hubiera cometido Alonso Duarte y se lo prueba, lo expulsará inmediatamente del convento. Pero que si la Justicia es la que necesita de alguna investigación, que pase al convento, en donde serán atendidos sus representantes. Salvados estos dos casos, es excusado pensar en que pueda verse el novicio.»

«¡Por el santo que custodia la entrada del cielo, que lo veré! —vociferó don Pedro, ya en un extremo de enojo incontenible—. ¡Y será ahora mismo!»

Agitó de nuevo la campanilla de plata y se presentó el personaje de la primera escena.

«¡Que vengan dos alcaldes de corte y cien soldados con ellos! ¡Malditos frailes, ya me conocerán!»

El sol había avanzado en su carrera, cuando el enfurecido don Pedro, en medio del oidor Abaunza y del sargento mayor de la ciudad, llevando a las espaldas cien hombres armados y en disposición de entrar en combate, se dirigió al convento de San Francisco. Hizo rodear toda la manzana y se metió en el edificio, como Pedro por su casa. Destacó un grupo de soldados al mando de un oficial y ordenó que se buscara hasta en el último rincón al tal Duarte, causa inmediata de aquel alboroto.

A los pocos momentos dieron con el infeliz novicio, que fue presentado al presidente. En cuanto le vio don Pedro, como si quisiera saciar en alguien su enojo, se echó sobre él y le plantó dos bofetadas, que resonaron en todas las celdas de la comunidad. Luego, tirándole vilentamente del hábito, exclamó, para que le oyesen bien los interesados: «¡Fuera con este saco de maldades y cobertor de ladrones!»

Y de dos empellones pusieron en la calle al infeliz novicio, en trapos tan menores que casi atentaba el pudor.

A la noticia del escándalo, acudió todo el vecindario que, desde prudentes distancias, presenciaba las maniobras. Pronto llegó el señor obispo, fray Gómez Fernández de Córdova y quiso hacer valer la inviolabilidad del santo lugar y el respeto a los votos. Pero don Pedro no estaba para atender latines y mandó al señor obispo muy a otra parte.

En tanto, el guardián, envalentonado con la presencia del señor obispo, quiso sacar fuerzas de donde no las tenía y, levantando la voz, previno al señor presidente la continencia a que estaba sujeto por el lugar en que se hallaba. No había concluido la última sílaba, cuando don Pedro le descargó tal bofetada, que el pobre fraile rodó, y rodó como una pelota.

El obispo fulminó un entredicho, mandó cerrar las iglesias y se prohibió la celebración de los santos oficios. Pero al cabo triunfó la autoridad civil, y cuando más tarde se habalada al presidente del obispo, se contentaba con decir:

«No se salió con la suya ese traidor, amparador de judíos y malhechores».


Bibliografía:

  1. Hernández de León, Federico (1965). El Libro de las Efemérides; capítulos de la Historia de la América Central. VII. Guatemala: Tipografía Nacional. pp. 411-415.