4 de diciembre de 1930: en medio de un caos generalizado derivado de la Gran Depresión, estalla el polvorín del cuartel de “El Aceituno” en la Ciudad de Guatemala

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Instalaciones de la Finca “El Aceituno” cuando en ellas funcionaba el Instituto Agrícola de Indígenas en 1895.  Aquí estaba localizado el polvorín que explotó en 1930.  En el recuadro, el general Lázaro Chacón, presidente de Guatemala de 1926 a 1930.  Imágenes tomadas de Wikimedia Commons.

El último año del gobierno del general Lázaro Chacón fue una pesadilla tanto para el gobernante como para los habitantes de Guatemala.  Debido a la Gran Depresión que se había iniciado el año anterior tras la quiebra de la Bolsa de Valores de Nueva York, el país estaba sumido en una profunda crisis social y económica.

En noviembre de 1930 la situación era tan grave que los comerciantes desesperados le prendían fuego a sus propiedades en la Ciudad de Guatemala para cobrar el seguro.  Y es que para entonces ya se habían producido huelgas y revueltas universitarias, además del desplome de las exportaciones de café y, prácticamente, la quiebra del Estado por la grave crisis económica que empezaba a expandirse por todo el mundo.

Para colmo de males, el 4 de diciembre, aproximadamente a las diez y media de la mañana, mientras la población esperaba disfrutar de una exposición de aviación de una escuadrilla estadounidense que estaba de paso hacia la Zona del Canal, una explosión en la guarnición militar de “El Aceituno” estremeció a toda la ciudad, dejando a muchas viviendas sin vidrios.  El polvorín del cuartel, situado al norte de la ciudad, había estallado causando decenas de muertos entre soldados y oficiales.

He aquí como describió el periódico “El Imparcial” aquel suceso:

“El edificio quedó totalmente arrasado, hasta sus cimientos, y los árboles vecinos, como las siembras,desaparecieron.  Los cuerpos despedazados de las víctimas  muertas fueron lanzados a gran distancia del lugar del siniestro y no se han encontrado todos.

“Esta mañana, cuando la atención de la gente se distraía esperando las evoluciones de los aviones norteamericanos, que inicaban un simulacro aéreo, fuimos sorprendidos, a las diez y cinco minutos, por una sorda detonación, seguida por el estruendo de algunos vidrios que se quebraban repentinamente en las casas de altos.

La primera suposición fue la de que alguna pared cercana se hubiese derrumbado y otros presumieron que alguno de los aviones cayera sobre la ciudad incendiándose el motor.  De todas las casas particulares y de comercio salían caras inquietas y curiosas, hasta que se advirtió hacia el oriente, gruesa columna de humo, que hacía pensar en una desgracia en el fuerte de Matamoros o la repetición del suceso de Aceituno, cuando explotó el polvorín causando graves perjuicios en la tarde del 16 de diciembre de 1927 […]

[…] Gran cantidad de carros se agromeraba al final de la calle de Matamoros, cerca del castillo del mismo nombre; pero al convencerse sus tripulantes de que no era allí, sino en la finca Aceituno, el teatro de la tragedia, cambiaban de rumbo para formar larga cola en el camino de Las Vacas. 

[Al Aceituno] llegaron el director de la policía, el subdirector, el jefe de investigación, el comandante de la cuarta demarcación y otros empleados y agentes.  Se encontraba ya en el lugar el ingeniero Jesús Hernández y el licenciado Ernesto Viteri h., […] cuya familia estaba en una temperada en una propiedad rural […] muy cercana al emplazamiento del polvorín.

El edificio del polvorín quedó demolido completamente, removido hasta en sus cimientos en torno la tierra aparecía agrietada.  El camino hacia él mostraba una siembra de milpa que fue por completo arrasada por el aire desplazado por la explosión. […] Toda la vegetación circundante sufrió los estragos del siniestro, los árboles habían sido deshojados, y algunos quebrados y calcinados; otros averiados por sinnúmero de proyectiles.

[Uno de los sobrevivientes]. el solvado Román Chalel, estaba sumido en un agudo estado de nerviosismo; tenía varias heridas de consideración, aunque tal vez no muy graves […] Sevía de asistente al coronel Manuel Rivera, jefe de la guarnición, y se encontraba en compañía de éste cuando ocurrió el suceso; solo recuerda que vió humo y no se explica cómo ni a qué horas resulta sentado en la lodera de un carro, cubriéndose con la mano izquierda una herida que tiene en el abdomen, del lado derecho.  Indicó que el coronel está herid, lo mismo que la esposa de su jefe; y que eran treinta los que formaban la guarnición y supuso que sus compañeros están casi todos muertos o por lo menos muy mal heridos.  

[Arribaron muchos oficiales del gobierno] y la policía y los peones de caminos comenzaron a rescatar víctimas de entre los escombros.  Trajeron a un muchacho como de siete años, gravemente herido, casi agonizante; después otro mucho como de diez y seis años que, auxiliado por dos hombres, logró caminar por sus propies pies; procede del camión A-3439, que traía pasajeros a la ciudad y pasó cerca del polvorí en el momento de producirse la explosión. Sacaron luego a cinco soldados heridos, casi todos en etado de inconsciencia y con gravísimas lesiones […], las heridas restañadas con la misma tierra que los bañó y el peligro de una infección que agravaría su estado.

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Composición fotográfica pubicada por “El Imparcial” el 4 de diciembre de 1930.  Arriba a la izquierda: camión particular que fué destruído por la explosión.  Arriba a la derecha: trabajos de descombramiento en busca de cadáveres. Al centro: el anciano panadero Anastasio de Paz que llegó a pedir trabajo y salió mal herido. Abajo, a la izquierda: lo que quedó del polvorín. Abajo, a la derecha: los daños en la casa de la administración de la finca Aceituno.

[…] después condujeron a un soldado muerto, difícil de identificar; dos en agonía casi, con gran número de lesiones y conmovidos por un fuerte choque nervioso; otro muerto, también soldado de la guarnición, y un muchacho como de 16 años, gravemente herido, con un aspecto de moribundo.  [Todos fueron] metidos en ambulancias y camiones para trasladarlos al hospital militar […]

La lista de heridos que se recabó en el lugar: Luis Catalán, Apolonio Cazuch, Faustino Carías, coronel Manuel Rivera, teniente Tereso Carías, sargento Francisco Oliva, Anastasio de Paz, José antonio Aroche y un niño de doce años.

El coronel Rivera era jefe de la guarnición y habitaba allí con su familia; tanto él como su esposa fueron conducidos al hospital militar, sufriendo lesiones de consideración; una hija suya y una chiquilla fueron aventadas muy lejos por la explosión y recibieron heridas muy graves […]

Hubo varios soldados que se salvaron por milagro, mientras que algunos semovientes perdieron la vida a consecuencia del desastre.  La casa del administrador de la finca Aceituno quedó destruida.  También se encontraba cerca el departamento de fibras textiles, que funcionaba como dependencia del ministerio de agricultura.  La casa quedó eriamente perjudicada, todos los vidrios rotos, las paredes cuarteadas y desniveladas, próximas a derrumbarse, el piso agrietado; sin embargo, en el interior quedó la maquinaria ilesa.”

Aunque la versión oficial en ese momento indicó que se trató de un caso de “pólvora mal cuidada”, surgen numerosas dudas al respecto, si se toma en cuenta lo que ocurrió después:

 

  • 12 de diciembre: el presidente Lázaro Chacón sufre un derrame cerebral que lo imposibilidad de continuar al frente del gobierno.  En su lugar asume el licenciado Baudilio Palma, segundo designado a la presidencia, quien aprovechó la ausencia del primer designado, general Mauro de León, para hacerse con el poder.
  • 13 de diciembre: el licenciado Palma ordena al comandante del cuartel de Matamoros, general Manuel María Orellana, que traslade al coronel Aguilar Bonilla (uno de los más capaces artilleros con que contaba el ejército) a una misión en el interior de la República.
  • 17 de diciembre: disgustado por el traslado de Aguilar Bonilla y aduciendo que la presidencia le correspondía al general Mauro de León, el general Manuel María Orellana se levanta contra el gobierno y tras un breve enfrentamiento militar en el Parque Central de la ciudad obliga a renuncia a Palma. Casualmente, en la refriega murieron el coronel Aguilar Bonilla y el general de León, quedando Orellana en el poder.
  • 31 de diciembre: los Estados Unidos no reconocen al gobierno de Orellana y lo obligan a renunciar en favor de José María Reina Andrade, a quien obligan a convocar a elecciones en las que resulta electo el general Jorge Ubico. A este último lo apoyaba el gobierno estadounidense y los personeros de la United Fruit Company, que tenía una fuerte presencia en América Latina en esa época y estaba velando por sus intereses económicos en vista de la Gran Depresión.
  • 14 de febrero de 1931: tras resultar electo presidente, Ubico toma el poder inmediatamente, sin esperar al 15 de marzo, como le correspondía de acuerdo a la Constitución vigente en ese momento.

BIBLIOGRAFIA: