14 de junio de 1839: Asamblea constituyente ratifica la salida de Guatemala del pacto federal

La Asamblea constituyente del Estado de Guatemala ratifica el rompimiento con la República Federal de Centro América que había decretado el jefe de Estado Mariano Rivera Paz

Alta de estilo barroco que se encuentra en la Iglesia de la Merced en la ciudad de Guatemala y que fue llevado a ese templo desde la Antigua Guatemala en 1778. Imagen tomada de Mizner Scrapbook Central America.

El 17 de abril de 1839 el jefe de Estado Mariano Rivera Paz hizo una declaratoria sobre la ruptura de hecho del pacto federal.1 En ese momento, el Estado de Guatemala estaba reducido a su mínima expresión, contando únicamente con los departamentos de Guatemala, Sacatepéquez, Verapaz y Chiquimula, ya que el resto de departamentos se había separado y formado el Estado de Los Altos.2 Es importante indicar que Guatemala reconoció la ruptura de la República Federal ya cuando Honduras, Costa Rica y Nicaragua se habían separado de la misma.

Y es que así como se había formado el Estado de Los Altos, también se habían fraccionado los estados de Honduras y de Nicaragua, todo como producto de la rivalidad entre los criollos aristócratas y los criollos liberales. Y, como puntilla final a la desaparecida Federación, los nuevos estados independientes habían establecido tratados de comercio, alianza, paz y amistad entre ellos.1

El comunidado de Rivera Paz pasó a la Asamblea para que emitiera el dictamen definitivo sobre el asunto de la disolución de la República Federal de Centro América, el cual fue emitido el 17 de junio de 1839, y se reproduce a continuación:3

Es un hecho acreditado por documentos públicos y auténticos, que los Estados de Honduras, Nicaragua y Costa Rica se habían separado desde antes de aquella fecha, del pacto federal, y desconocido al Vice Presidente de la República, único funcionario que ha quedado de los que antes componían las autoridades nacionales.

Desorganizado el sistema, y disuelto así el pacto que establecía la constitución de 1824; rota ésta y violada desde antes de mil maneras; ocupadas las rentas respectivas por aquellos Estados; y mal administradas y peor invertidas, las que aún estaban a disposición del Gobierno unitario, era claro y evidente que el Estado de Guatemala estaba ya en el caso de salvar su existencia y sus intereses, y que su gobierno debía proveer a este deber sagrado, poniendo en ejecución una ley, dada con previsión, para un caso que estabe efectuado y cumplido.

Los acontecimientos posteriores aún hacen más útil e indispensable la medida adoptada. El Estado de El Salvador pro su declaración de derechos de 30 de mayo, ha reconocido la disolución del pacto federal de 1824, y el de Los altos ha obrado indirectamente en el mismo sentido, resumiento la administración de la renta de tabacos, única federal que allá había, de que tiene nuestro Gobierno conocimiento oficial.

Se acabaron, pues, las autoridades federales; no hay objeto para la consignación de rentas; y estos pueblos, entrando al pleno goce de sus imprescriptibles derechos, se hallan en el caso de proveer a su bienestar futuro, sin obstáculo alguno; y de manejar sus intereses con toda aquella pureza que demandan las experiencias de los males pasados, y la urgencia de sus presentes necesidades.

Se agregan a estas razones, otras muchas consideraciones, que están lejos de ocultar a los señores representantes.

La separación de Los altos devolvió al Estado, en cuanto a la organización de sus poderes, y el decreto emitido por el congreso último, sobre cada uno de los que componían la federación pudiesen constituirse sin las trabas que estableció el título 12 de la Carta de 1824, le dio a más el derecho legal de hacerlo sin ningun embarazo.

El Estado, por los principios que han querido antes establecerse, tenía derechos dados, y que interpretándose en diferentes ocasiones con contrariedad, han dado lugar a guerras y desgracias; hoy ha entrado en el pleno ejercicio de su alta soberanía, sin limitación alguna, y sólo las tendrá cuando por convenios especiales las establezca de nuevo con los demás Estados que componen la región centroamericana.

Esta determinación no ha sido un acto voluntario del Gobierno, sino una expresión de la voluntad expresa y terminantemente pronunciada por los pueblos del Estado. Ellos no han querido elegir individuos para el Congreso; no han querido sufragar para la renovación de Presidente y Vice Presidente de la República; no han querido que hubiese estas multiplicadas autoridades y funcionarios; se han negado a que la forma antes establecida se hiciese renacer de su decrepitud, y han expresado de un modo claro y espontáneo que se adopten medidas para que se organice el Estado bajo una forma sencilla, económica y que provea a los objetos que los hombres desean para su seguridad y bienestar.

Un tal pronunciamiento estaba en el deber del Gobierno acatarlo. Una ley había previsto al caso en que nos hallábamos, y el Gobierno no ha hecho sino declarar este caso y ponerla en ejecución.

La deuda que sea común a todos los Estados y haya sido contraída durante la existencia del pacto disuelto, debe liquidarse y reconocerse proporcionalmente y este será uno de los objetos principales de que se ocupará la convención. La deuda que sea particular del Estado, que haya sido contraída antes de la separación de los departamentos que hoy componen el Estado de Los altos, debe ser igualmente liquidada y reconocida proporcionalmente por aquel y este Estado.

Estas son las consecuencias más importantes de la resolución a que se contrae este dictamen, y sobre las cuales la comisión de crédito público, propondrá a su tiempo, las medidas que deban adaptarse.

Con respecto a las relaciones con las Provincias extranjeras, y los demás Estados de la Unión el decreto ha proveído oportunadamente en conformidad de los principios reconocidos en todos los países cultos, y que establece el derecho público.

En tal concepto, hallándose esta augusta Asamblea reunida para proveer a la reorganización del Estado para constituirlo y promover el bienestar de sus habitantes, estando ya proclamada la soberanía de sus pueblos, y el poder de que está investido este Cuerpo constituyente, la comisión propone a la sabiduría de la Asamblea, se sirva declarar solemnemente:

Que el decreto de 17 de abril último, expedido por el Jefe del Estado, declarando la disolución del pacto federal y la soberanía del mismo Estado, se aprueba y ratifica en todas sus partes por la Asamblea Constituyente.3


BIBLIOGRAFIA:

  1. Pineda de Mont, Manuel (1869). Recopilación de las leyes de Guatemala, compuesta y arreglada en virtud de orden especial del Gobierno Supremo de la República I. Guatemala: Imprenta de la Paz en el Palacio. pp. 46-48.
  2. García Elgueta, Manuel (1897). Un pueblo de los Altos: apuntes para su historia. Exposición Centroamericana. Quetzaltenango, Guatemala: Popular. pp. 80-92
  3. Hernández de León, Federico (1963) [1924] El libro de las Efemérides: capítulos de la Historia de la América Central. VI. Guatemala: Tipografía Nacional. pp. 472-475.

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13 de junio de 1869: alzamiento indígena en Chiapas

Una rebelión indígena en Chamula, Chiapas resulta en el asesinato de numerosos criollos y mestizos.

Templo católico de San Juan Chomula, Chiapas. El cura párroco de la localidad fue asesinado por indígenas alzados en 1869. Imagen tomada de Wikimedia Commons.

Una de las razones por las que se impuso el capitán general Rafael Carrera ante los criollos aristócratas guatemaltecos fue que estableció pactos con los líderes indígenas del occidente guatemalteco cuando regresó al poder en 1849,1 lo que evitó sangrientos alzamientos indígenas como los que ocurrieron en Yucatán en 18472 y en Chiapas en 1869, y que eran producto de las abusivas leyes económicas de los criollos yucatecos y mexicanos en contra de ellos.

Tras la consolidación de la independencia de México en 1821 gracias al triunfo del ejército trigarante de Agustín de Iturbide, se iniciaron los conflictos entre los criollos conservadores y los criolos liberales, tal y como ocurrió en Centroamérica. Por un lado, los criollos conservadores —que incluían al clero— querían mantener el estado tal y como se encontraba durante la colonia, ya que les representaba numerosos privilegios, y por el otro, los criollos liberales que abrazaron el pensamiento de la ilustración y la masonería a fin de obtener una separación de Iglesia y Estado y acceder ellos al poder y a los privilegios que hasta entonces habían gozado los conservadores.3

Al igual que ocurrió en Centroamérica durante el siglo XIX, la lucha entre los criollos mexicanos eran despiadada, y no les importaba incluso llegar a entregarle el país a potencias extranjeras con tal de mantener o arrebatar los privilegios económicos. Fué así como, tras perder la guerra de Reforma contra el presidente republicano liberal Benito Juárez, los conservadores consiguieron entregar la corona imperial de México al archiduque Maximiliano de Habsburgo, quien llegó al país en 1864, y quien se mantuvo en constante guerra contra las autoridades republicanas de Juárez, quien contaba con el apoyo del gobierno de los Estados Unidos. Maximiliano fue finalmente derrotado y fusilado en el Cerro de las Campanas en Querétaro en 1867. A partir de se momento, Juárez, retomó el poder absoluto y consolidó las Leyes de Reforma, con lo cual se separaba definitivamente a la Iglesia Católica del Estado mexicano, y se le expropiaban todas sus propiedades a las órdenes religiosas.4

Esto produjo un vacío de poder en Chiapas, ya que como los curas párrocos eran los encargado de mantener sosegados a los indígenas, el debilitamiento del clero permitió a éstos retornar a sus creencias ancestrales. Entonces, en 1867 aparecieron tres piedras en el paraje Tzajalhemel, en Chamula, descubiertas por Agustina Gómez Checheb, alias «la Leona» quien las llevó a Pedro Díaz Cuscat quien dijo ser sacerdote y entender lo que le decían piedras. Esto inició un culto por dichas piedras que resultó en que los indígenas tzotziles dejaran de asistir a las celebraciones religiosas en San Cristóbal de las Casas, y al mercado de la ciudad. Esto, aunado a que se sabía que se reunían en en los parajes, puso en alerta a las élites criollas deSan Cristóbal, ya que eso significaba que ya no podrían controlar a los indígenas que necesitaban para cultivas sus haciendas.3,4

Por esta razón la élite criolla no solamente intentó deshacer el culto, sino que hizo correr el rumor de que los tzotziles planeaban atacar la ciudad, algo que en esa época era muy posible, ya que ya había ocurrido en Yucatán. Para frenar el nuevo culto, las autoridades civiles y eclesiásticas confiscaron las piedras e hicieron prisioneros a sus líderes, Cuscat y Gómez Checheb a quienes llevaron a San Cristóbal.3,4

En aquella ciudad el anarquista Ignacio Fernández de Galindo se había unido a los indígenas, y los entrenó militarmente con el fin de rescatar a Díaz Cuscate y a «la Leona«. El 13 de junio de 1869 se supo en Ciudad Real de Chiapas que los indígenas del poblado de Chamula se estaban reuniendo en actitud sospechosa y amenazante, y los criollos locales pidieron ayuda al gobierno chiapaneco del general José Pantaleón Domínguez ante la amenaza de que se iba a desatar la violencia. Y es que Fernández de Galindo, ayudado ayudado por el matemático pasante de ingeniería Benigno Trejo, llegaron a los límites de San Cristóbal de las Casas con 7000 indígenas armados y exigieron la libertad de Cuscat y de «la Leona«.5

La violencia estalló cuando el cura Martínez, el maestro de escuela Luciano Velasco y a otros dos vecinos se apoderaron de uno de los tres ídolos.5 Los indígenas alzados los buscaron y asesinaron, mientras que el resto se vecinos se encerraron y defendieron como pudieron hasta que llegó una fuerza del gobierno de Domínguez, a cargo del general Crescencio Rosas al mando de un ejército de 90 hombres, y desalojó la plaza de los indígenas amotinados.3,4

Pero al día siguiente, se presentó una fuerza indígena aún mayor, portando picas, lanzas, machetes, hachas y escopetas cuyo jefe mandó emisarios y le dijo a los pobladores que lo único que querían era que les devolvieran al gran sacerdote indígena y a «la Leona«.5 Rosas firmó el Convenio de Esquipulas con Fernández de Galindo, por medio del cual se estipuló que Luisa Quevedo, Benigno Trejo y Fernández de Galindo quedarían detenidos en lugar de Cuscate, Agustina y Manuela, quienes serían puestos en libertad.4

Aceptado el intercambio, y cuando ya se habían retirado los indígenas, Galindo y Trejo fueron enviados a un consejo judicial, pero lograron enviar mensajeros a los indígenas antes de ser hechos prisioneros. Los indígenas, al enterarse, se arremolinaron alrededor de la población y a la atacaron con fiereza. Afortunadamente para los pobladores de Chamula un joven logró escapar e ir hasta San Cristóbal de las Casas donde pidió ayuda para que enviaran otro fuerza militar para repeler a los alzados. Mientras tanto, a pesar del ataque de los indígenas, la autoridad de militar de Chamula logró reunir a un consejo de guerra, que juzgó y condenó a muerte a Galindo y a Trejo quienes fueron fusilados inmediatamente.5

Aquella rebelión se extendió hasta que llegó un ejército de mil soldados desde San Cristóbal de las Casas, quienes finalmente repelieron a los indígenas, que dejaron tras de sí a cinco sacerdotes católicos muertos, y a cientos de criollos y mestizos asesinados. Además, durante varios meses escuadrones de indígenas estuvieron rondando el poblado, los que fueron finalmente sometidos cuando el general Domínguez ordenó una serie de incursiones en las comunidades indígenas para detener a las “gavillas” que todavía se mantenían insurrectas.4

Mientras tanto, en Guatemala, el poder del partido conservador se iba debilitando, pues el presidente Vicente Cerna y Cerna no tenía el mismo don de mando ni la inteligencia de Carrera y fue fácilmente manipulado por los criollos conservadores, lo cual fue aprovechado por los criollos liberales para hacerse con el poder en 1871, apoyados por Benito Juárez con armas que le habían proporcionado a su vez los Estados Unidos para luchar contra Maximiliano. Es más, con el antecedente de la guerra de Reforma en México y de la rebelión en Chiapas, los liberales guatemaltecos expropiaron las propiedades de la Iglesia y de los indígenas, para luego establecer leyes que los obligaba a trabajar de jornaleros en las fincas cafetaleras que se formaron, reduciendo la posibilidad de que se organizaran y alzaran en armas.1

Finalmente, es importante destacar que la situación de los indígenas chiapanecos no ha mejorado , pues a pesar de haber sido apaciguados en 1870, pelearon a las órdenes de Emliano Zapata en la revolución mexicana en 1911 y se alzaron en 1994 con el nombre de Ejército Zapatista de Liberación Nacional.


BIBLIOGRAFIA:

  1. Woodward, Ralph Lee, Jr. (1993). Rafael Carrera and the Emergence of the Republic of Guatemala, 1821-1871 (en inglés). Athens, Georgia EE.UU.: University of Georgia Press.
  2. Casares G. Cantón, Raúl; Duch Colell, Juan; Antochiw Kolpa, Michel; Zavala Vallado, Silvio et ál (1998). Yucatán en el tiempo. Mérida, Yucatán. ISBN 970 9071 04 1.
  3. González Roblero, Vladimir (s.f.) La prensa y el mito de la guerra de castas en Chiapas. El caso de La Brújula. México: Universidad de Ciencias y Artes de Chiapas. pp. 2-5.
  4. Moscoso Pastrana, Prudencio (1992). Rebeliones Indígenas en los Altos de Chiapas. México: Instituto de Investigaciones Antropológicas de la Universidad Nacional Autónoma de México . ISBN 968-36-2399-9.
  5. Hernández de León, Federico (1963) [1926]. El libro de las Efemérides: capítulos de la Historia de la América Central. VI. Guatemala: Tipografía Nacional. p. 467-468.

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10 de junio de 1853: Carrera restringe el derecho de asilo

En medio de tensiones entre Guatemala, Honduras y El Salvador, el presidente Rafael Carrera restringe el derecho de asilo para ciertos tipos de delitos

Una vivienda rural en Guatemala en la época del general Rafael Carrera. En el recuadro: el general Trinidad Cabañas, presidente de Honduras en 1853 y enemigo acérrimo de Carrera. Imágenes tomadas de «Guatemala: the land of the quetzal» y de Wikimedia Commons.

Luego del triunfo de la batalla de la Arada sobre los criollos liberales centroamericanos el 2 de febrero de 1851, el teniente general Rafael Carrera fue nombrado presidente de la República de Guatemala, y se inició la hegemonía de ésta en la región centroamericana, aunque los liberales matenían las esperanzas de recuperar el poder.1

En noviembre de 1851, el presidente de Honduras, Juan Lindo, ganó las elecciones para un tercer período pero no quiso aceptar el poder, y pidió que se hiciera una nueva elección en la que resultó favorecido el general Trinidad Cabañas, férreo liberal que combatiera contra Carrera en varias oportunidades y que perseguía derrocarlo y restaurar la unión centroamericana liberal. Cabañas se oponía a la intervención del cónsul británico Frederick Chatfield en la región, aunque en 1852 logró llegar a un acuerdo sobre los reclamos financieros que Honduras tenía con los ingleses, lo cual sería el último acto oficial de Chatfield antes de irse de la región en mayo de ese año. Cabañas prefirió buscar una alianza con los Estados Unidos, para lo cual envió como ministro plenipotenciario de su gobierno al líder criollo liberal guatemalteco José Francisco Barrundia, quien era enemigo mortal de Carrera.2

La tensión entre ambos estados fue en aumento, especialmente porque a Carrera no le gustaba que hubiera presencia estadounidense en Honduras ni que Cabañas, un morazanista de la vieja guardia, fuera el gobernante. Carrera, entonces, empezó a apoyar una revuelta contra Cabañas, ya que todavía tenía que terminar de pacificar a los grupos guerrilleros que había en las regiones montañosas.3 La tensión existente se puede apreciar en el siguiente decreto emitido el 10 de junio de 1853, en el que se restringe el derecho de asilo de los ciudadanos de los estados vecinos:4

Decreto N°. 9

El Presidente de la República de Guatemala, por cuanto la Cámara de los representantes de la República de Guatemala, habiendo tomado en consideración, que el castigo de los reos por crímenes que ofenden la moral, la propiedad y la seguridad pública interesa a todos los pueblos, y que el derecho de asilo concedido indistintamente a toda clase de delincuentes comprometería el crédito de la nación y amenazaría la existencia de la sociedad, ha establecido por ley lo siguiente:

Art. 1.°— Los reos prófugos procedentes de los Estados del Salvador, Honduras y Nicaragua encausados por crímenes de parricidio, asesinato, homicidio premeditado y seguro ó alevoso, incendio, robo, falsificación da moneda, sellos, é instrumentos públicos, quiebra fraudulenta ó alzamiento en perjuicio de acreedores legítimos, rapto, violencia y abijeato calificado, no tendrán derecho de asilo en el territorio de Guatemala; y en caso de reclamarse su extradicion, serán entregados, siempre que se reconozca por las autoridades de los Estados referidos en los propios términos y con iguales condiciones de reciprocidad, el derecho de Guatemala a reclamar los reos prófugos de su territorio, que se hallen en los mismos casos y circunstancias.

Art. 2.°— Para que la extradicion se verifique, será condición indispensable, que calificado el crimen con todas sus circunstancias, resulte comprobado en tales términos, que justificasen la prisión ó enjuiciamiento de la persona que cometiera igual delito en Guatemala.

Art. 3.°— Será igualmente necesario para que la extradicion tenga lugar que se haga la reclamación de los reos de Gobierno a Gobierno, viniendo los exhortos diligenciados por las autoridades judiciales, en la manera y términos que hoy se practica.

Art. 4.°— Si el reo cuya extradicion se solicita, hubiere cometido en la República otro delito por el cual esté encausado ó pueda estarlo, no será obligatoria la extradicion; pero si el delito fuere menos grave que aquel por el cual se le reclama, el Gobierno, de acuerdo con la Suprema Corte de Justicia, podrá, si lo tiene por conveniente, mandar hacer la entrega.

Por tanto: y sancionada de acuerdo con el Consejo do Estado la pre-inserta disposición, mando se publique, cumpla y ejecute.

Palacio del Gobierno, Guatemala, junio 10 de 1853.

        • Rafael Carrera
        • El oficial mayor encargado del despacho de gobernación y justicia, Mariano Córdova4

El 6 de julio de ese año el departamento de Chiquimula fue invadido por el ejército hondureño comandado por el presidente de Honduras, Trinidad Cabañas,5 pero fueron vencidos y expulsados por el brigadier Vicente Cerna, quien los obligó a retirarse y a pedir a los gobiernos de El Salvador y Nicaragua para que mediaran en el asunto, propinando un fuerte golpe a los intentos de los liberales para desestabilizar el país.6


BIBLIOGRAFIA:

  1. Sierra González, Aída Lucila (2001).«La batalla de la Arada». Guatemala: Servicio de Historia Militar, Sección de Investigaciones Históricas, Museo Militar. Archivado desde el original el 21 de diciembre de 2014.
  2. Woodward, Ralph Lee, Jr. (1993). Rafael Carrera and the Emergence of the Republic of Guatemala, 1821-1871 (en inglés). Athens, Georgia EE.UU.: University of Georgia Press. p. 242.
  3. Ibid., p. 245.
  4. Carrera, Rafael; Córdova, Mariano (10 de junio de 1853). Decreto N°9. Guatemala.
  5. Carrera, Rafael; Aycinena, Pedro de (6 de julio de 1853). Proclama. Guatemala.
  6. Woodward, Rafael Carrera and the Emergence of the Republic of Guatemala, p. 243.

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7 de junio de 1846: arriban los restos del arzobispo Casaus y Torres

Tras vivir en el exilio en Cuba, los restos del arzobispo Ramón Casaus y Torres arriban a la ciudad de Guatemala para ser sepultados en la Iglesia de Santa Teresa.

Ruinas de la iglesia de Santa Teresa en la ciudad de Guatemala luego de los terremotos de 1917-18. Allí fue sepultado el arzobispo Ramón Casaus y Torres (inserto) en 1846. Imágenes tomadas de Wikimedia Commons.

Su Ilustrísima y Reverendísima, fray Ramón Casaus y Torres era originario de Aragón, España, y de ser un fraile dominico, pasó a hacerse cargo de su arquidiócesis en Guatemala en las postrimerías de la época colonial y tuvo que sobrellevar lo mejor que pudo las grandes modificaciones políticas que se introdujeron con la Independencia de la región.1 Casaus y Torres fue uno de los que juraron la independencia y desconocieron al gobierno español, pero luego de la efímera Anexión a México en 1822, de la formación de la República Federal de Centro América en 1825, y de la Guerra Civil Centroamericana de 1826 a 1829, terminó siendo expulsado de la región por el general liberal Francisco Morazán, junto con los miembros de las principales órdenes religiosas.2

Casaus y Torres salió para La Habana, Cuba —que todavía era parte del Imperio Español— y desde allí dirigió virulentas cartas en contra de las autoridades liberales, las cuales eran reproducidos por los curas párrocos hasta que finalmente lo declararon enemigo de la patria en 1830.3 De esa cuenta, el arzobispo sirvió como administrador del obispado de La Habana, en reserva de regresar a su arquidiócesis cuando las circunstancias lo permitieran. Pero murió en Cuba a los ochenta y un años de edad, el 10 de noviembre de 1845, a pesar de que cuando cayó el gobierno de Mariano Gálvez en 1838 llegaron varias comisiones guatemaltecas para que regresara al país. Casaus y Torres ya era un hombre anciano y no estaba para emprender un viaje de esta índole, y solamente aceptó a que sus restos fueran retornados a Guatemala y que fueran sepultados en el templo de Santa Teresa, al que le tenía especial aprecio.4

El envío de los restos del arzobispo fue todo un acontecimiento en Cuba. El cuerpo fue embalsamado por los médicos más distinguidos de La Habana y depositado en la Catedral de la ciudad, en una rica caja de caoba cubierta con un paño de terciopelo negro con galones de oro. El féretro fue colocado en unas andas forradas de terciopelo morado, con franjas de oro y conducido en hombros por cuatro lacayos vestidos de negro, precedidos por cuatro miembros de la curia que portaban las borlas. A las 5 de la tarde de aquel 9 de enero de 1546, el cortejo partió de la catedral para el muelle, rodeado de ocho granaderos y oficiales de Preste, con la capa de coro, el canónigo de la Iglesia Cubana, Onofre Antonio Mozo de Narváez, el obispo interino, Pedro Mendo —que era el obispo de Segovia— y el canónigo Penitenciario de la Catedral y rector de la Universidad literaria y prebendado de la Iglesia de Ceuta, José de Espinoza de los Monteros y Rubias Patas. El barco «Polka» fue el destinado para llevar los restos del arzobispo, y estaba adornado con cortinas azules, con franjas de oro y con el pabellón cubano en lo alto. Hacían guardia el teniente de navío Felipe Ramos Izquierdo, el subteniente de marina Juan Butler y el ayudante del Comandante General.5

El barco llegó a Izabal el 20 de febrero, y el gobierno del teniente general Rafael Carrera organizó un cortejo para llevarlo a la ciudad de Guatemala. Aquel penoso viaje se prolongó hasta el 7 de junio, cuando por fin llegaron los restos del arzobispo al Guarda del Golfo y fue depositado en la Iglesia de la Candelaria, para luego llevarlo a la de Santo Domingo, mientras se preparaban los oficios que iban a celebrarse en la Catedral.6

En medio de aquellos oficios fúnebres que se celebraron el 26 de mayo, unos estudiantes de la Pontificia Universidad de San Carlos intentaron infructuosamente asesinar al presidente Carrera, y la ciudad pasó del luto por el fallecido arzobispo a la zozobra provocada por la persecución que se desató contra los atacantes del gobiernante.7


BIBLIOGRAFIA:

  1. Hernández de León, Federico (1929). El libro de las Efemérides: capítulos de la Historia de la América Central. II. Guatemala: Tipografía Sánchez y de Guise. p. 433.
  2. Ibid., pp. 132-133.
  3. Ibid., pp. 361-366.
  4. Ibid., p. 434.
  5. Ibid., p. 435.
  6. Ibid., p. 436.
  7. Ibid., p. 437.
  8. Brañas, César (1979). Tras las huellas de Juan Diéguez Olaverri. Guatemala: Unión Tipográfica.

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5 de junio de 1849: el presidente Paredes decreta el regreso del general Carrera

El presidente interino, general Mariano Paredes, decreta que es nulo el decreto legislativo que había impuesto la pena de muerte al expresidente Rafael Carrera si este osaba retornar del exilio en México.

Detalle de la fuente de Jocotenango en 1875. Al fondo, la avenida Simeón Cañas. Fotografía de Eadweard Muybridge, tomada de la recopilación de Luis Luján Muñoz.

El 5 de junio de 1849 gobernaba Guatemala como presidente interino el general Mariano Paredes, quien había llegado al poder el 1 de enero de ese año, luego de que el teniente general Rafael Carrera renunciara al poder en agosto, y que los presidentes Juan Antonio Martínez y Bernardo Escobar apenas estuvieran por muy breves períodos en el poder. Los criollos pensaron que iban a poder hacerse cargo de la situación con la salida de Carrera, y la prensa que manejaban se había dedicado a insultar al ex-presidente exiliado en México, ya que la anarquía que imperaba en el país lo había obligado a separarse del cargo.1

Pero la situación empeoró de tal forma, que el 19 de mayo los miembros de la Asamblea pidieron a Paredes que derogara el decreto del 13 de octubre de 1848, en el que habían declarado a Carrera reo de muerte si intentaba regresar a Guatemala.2 Así pues, el presidente interino emitió el siguiente decreto el 5 de junio, el cual fue publicado por bando a través de un tiraje de hojas sueltas:3

Decreto Número 35

El Presidente interino de la República de Guatemala, facultado por orden especial de la Asamblea Constituyente de 24 de abril último, para obrar respecto del señor General don Rafael Carrera, conforme lo demandan las circunstancias, hasta el completo restablecimiento de la paz; y tiendo en consideración que los artículos 4 y 5 del Decreto de 13 de octubre de 1848, son contrarios a lo que dispone la Ley Constitutiva de Garantías de 5 de diciembre de 1839; oído el dictamente del Consejo Consultivo, decreta:

Artículo 1°.— Se declaran insubsistentes los artículos 4 y 5 del Decreto legislativo de 13 de octubre del año próximo pasado, que prohiben al teniente general don Rafael Carrera, regresar al territorio de la República.3

Artículo 2°.— El gobierno dirigirá, por medio de su Ministro Plenipotenciario, al de la República mexicana, poniendo en su conocimiento el presente decreto para los efectos consiguientes.

Dado en el Palacio de Guatemala, a 5 de junio de 1849.  

        • Mariano Paredes
        • El Ministro de la Guerra, Francisco Cáscara4

Los diputados liberales, ya viendo que el retorno del caudillo es inminente, y sabiendo que había establecido pactos con los líderes indígenas de la región occidental de Guatemala durante su retorno, temían que se desatara una carnicería contra los criollos, como ya estaba ocurriendo en Yucatán.5 Muchos de los liberales se ocultaron, como el joven Lorenzo Montúfar y Rivera —quien era secretario de la Asamblea cuando se firmó el decreto que declaraba a Carrera como reo de muerte— se escondió en la casa del ingeniero Julián Rivera, pariente suyo, y luego huyó del país disfrazado de clérigo. Y no sólo los liberales temían el retorno de Carrera, pues habían sido los criollos conservadores y los miembros del clero los que le habían pedido la renuncia al ex-presidente el 15 de agosto de 1848.6

Y como la situación del país siguiera en completo caos, el 3 de agosto Paredes nombró a Carrera como Comandante General de las Armas de la República por medio de otro bando.  Ahora, la prensa guatemalteco dió un giro completo y en vez de vilipendiar al general Carrera, lo llamaba «general invicto«, «salvador de Guatemala«, «hombre providencial«, «estratega genial y maravilloso«. Y no solamente la prensa se apresuró a adularlo; Quetzaltenango —que poco antes había intentado formar nuevamente el Estado de Los Altos— no solamente firmó un tratado de paz con él, sino que se apresuró a brindarle a los miembros de su ejército para que combatiera a su lado.7

Carrera entró triunfalmente el 8 de agosto, y una comitiva con el presidente Mariano Paredes a la cabeza salió a recibirlo mientras los liberales huían, y los conservadores, que no eran bien recibidos en el resto de Centro América por aristócratas, tuvieron que pactar con él sabiendo que tenía fuertes alianzas con los líderes indígenas y temiendo que los lanzara en su contra.4


BIBLIOGRAFIA:

  1. Hernández de León, Federico (1963) [1926]. El libro de las Efemérides: capiítuylos de la Historia de la América Central. VI. Guatemala: Tipografía Nacional. p. 394.
  2. Coronado Aguilar, Manuel (1975). Apuntamientos para la Historia de Guatemala. I. Guatemala: Editorial del Ejército. p. 266.
  3. Hernández de León, El libro de las Efemérides, p. 395.
  4. Ibid., p. 396.
  5. Casares G. Cantón, Raúl; Duch Colell, Juan; Antochiw Kolpa, Michel; Zavala Vallado, Silvio et ál (1998). Yucatán en el tiempo. Mérida, Yucatán. ISBN 970 9071 04 1.
  6. Coronado Aguilar, Apuntamientos para la Historia de Guatemala, p. 258.
  7. Paredes, Mariano; Guzman, Agustin (1849). Convenio. Antigua Guatemala.

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4 de junio de 1856: proclama de William Walker en León, Nicaragua

En preparación a hacerse con el poder en Nicaragua y convertirla en una colonia esclavista de los Estados Unidos, William Walker lanza una proclama en la ciudad de León, donde estaba el gobierno complotando en su contra.

Palacio Presidencial de Walker durante su gobierno en Nicaragua. En el recuadro: retrato de Walker. Imágenes tomadas de «No Particular Plate to Go» y «Nicaragua Community«.

Las rivalidades entre los criollos liberales y los criollos aristócratas o conservadores han sido nefastas para la región Centroamericana. Un claro ejemplo fue que los criollos de un partido le abrieron las puertas al filibustero estadounidense William Walker en Nicaragua para vencer a los criollos rivales y, como resultado, todos los países centroamericanos tuvieron que enviar ejércitos para expulsarlo cuando dió un golpe de estado.1

A principios de 1856, el presidente Juan Rafael Mora de Costa Rica lanzó una proclama en contra el gobierno nicaragüense, por haber nombrado a Walker como general en jefe del ejército, y se preparó para invadir Nicaragua. Aquella proclama de Mora resonó en toda la región y todos los países se empezaron a preparar para combatir la filibustero. En los primeros combates las fuerzas costarricenses se impusieron a las de los mercenarios filibusteros y el presidente nicaragüense Máximo Jerez, optó por trasladar el gobierno a la ciudad de León, la cual estaba aislada en esa época por lo que ayudaba a la conspiración que los criollos planeaban hacer en contra del norteamericano ahora que consideraban que ya no les era útil a sus fines.2

Pero Walker, sospechando lo que se tramaba en su contra, y sabiendo que El Salvador iba a iniciar a enviar hombres a Nicaragua, debido a la amenaza que el filibustero representaba a la soberanía de la región, decidió aprovechar a su favor la retirada de las fuerzas costarricenses el 26 de abril debido a los estragos de la epidemia de cólera que diezmaba las tropas de Mora.  De esta forma, salió de Granada el 31 de mayo y se fue para León, en donde fue recibido con grandes muestras de júbilo por los pobladores que rivalizaban en sus demostraciones de respeto y agradecimiento para con los soldados mercenarios de Walker, sin imaginar que los planes del estadounidense era el de convertir a Nicaragua en una colonia esclavista de los Estados Unidos.3

Walker advirtió que los miembros del gobierno estaban preocupados e inquietos por las noticias de que se estaba preparando el ejército salvadoreño para invadir Nicaragua, y se rumoraba que el presidente de Guatemala, general Rafael Carrera, también estaba por iniciar su avance.3

Cuando Walker se enteró de que el gabinete había propuesto reducir a doscientos hombres la fuerza de los filibusteros al servicio de Nicaragua, Walker se jugó el todo por el todo. Primero, le hizo ver al gobierno que esto era imposible, porque el Estado no estaba en condiciones de pagarle a los mercenarios lo que les debía si los despedía;4 y luego, lanzó el siguiente manifiesto público en preparación a tomar el poder por la fuerza:

Nicaragüenses:

¡Compatriotas!  Os doy este nombre con gusto y alegría y he de estar entre vosotros leoneses, hijos ilustres de la libertad y amantes del progreso. Soy vuestro compatriota porque en Nicaragua mi patria adoptiva, como lo es igualmente de millares de hombres libres que me han acompañado, y que han derramado su sangre, perdido la vida con gloria, porque lo han hecho defendiendo a su patria, y morir así es glorioso.  Los campos de Santa Rosa y de Rivas, son pruebas patentes, así como también lo son de que defendimos con bizarría nuestros fueros patrios, el triunfo obtenido sobre los costarricenses; ellos han sido vencidos y los hechos lo demuestran. ¿En dónde están? En vano pues, escriben falsedades por su calumniosa prensa. Mas nos falta qué hacer todavía; las Repúblicas vecinas injusta y torpemente nos amenazan, es preciso aunque sea doloroso, ir a las armas. Volad pues, valientes leoneses a tomarlas, y creed que el triunfo es seguro. Nuestra bandera es de justicia, orden y libertad.  La civilización os dará la victoria, y la posteridad os verá con envidia: vuestros hijos y las generaciones venidaderas, tomando por herencia  la paz que dejaréis a una patria digna de hombres, os colmará de bendiciones, y la historia os consagrará una página inmortal. Nicaragüenses: conoced vuestros verdaderos intereses, escuchad la voz del Presidente de la República, y unámonos en un solo sentimiento para defendernos, y marchemos si fuere necesario y lo ordenase el Gobierno, contra los enemigos de la humanidad y de todo bien social, que tendrá mucha honra en acompañaros vuestro amigo y compatriota.

        • William Walker, general en jefe del ejército nicaragüense.

León, junio 4 de 1856.5


BIBLIOGRAFIA:

  1. Hernández de León, Federico (1963) [1924]. El libro de las Efemérides: capítulos de la Historia de la América Central. VI.  Guatemala: Tipografía Nacional. p. 397.
  2. Ibid., p. 398.
  3. Ibid., p. 400.
  4. Ibid., p. 401.
  5. Ibid., p. 399.

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1 de junio de 1839: los liberales protestan tras golpe de estado de Carrera

Tras el golpe de estado de Carrera del 13 de abril de 1839, los diputados liberales que habían de tomar posesión de sus curules en la Asamblea Constituyente convocada para el 1 de junio, publican una enérgica protesta desde Los Altos

Ciudad de Quetzaltenango en la segunda mitad del siglo XIX. Desde aquí protestaron los diputados liberales el no poder participar en la Asamblea constituyente por temor por sus vidas. En el recuadro: el diputado y líder liberal José Francisco Barrundia. Imágenes tomadas de Wikimedia Commons.

Luego del derrocamiento del Dr. Mariano Gálvez, los criollos liberales encabezados por José Francisco Barrundia pensaron que iban a hacerse con el poder fácilmente pero no lo consiguieron, en parte por sus propios errores y en parte por la oposición de la huestes de Mita, comandadas por el teniente coronel Rafael Carrera.

Y la realidad les cayó como balde de agua fría con el golpe de estado que perpetró Carrera el 13 de abril de 1839, por medio del cual forzó a huir al jefe de Estado Carlos Salazar,1 a quien el presidente federal Francisco Morazán había colocado en lugar de Mariano Rivera Paz el 30 de enero de ese año.2  Tras el golpe de estado, para el 1 de junio se convocó a una asamblea constituyente en la Nueva Guatemala de la Asunción, pero varios los diputados liberales tuvieron que huir al Estado de Los Altos y desde Quetzaltenango, encabezados por Barrundia, lanzaron la siguiente proclama el 1 de junio:3

Elegidos los que suscribimos, por los distritos que se expresan a continuación de nuestro nombres, para representarlos en la Asamblea Constituyente del Estado de Guatemala; creemos que faltaríamos a los deberos anexos a la alta confianza que hemos merecido de los pueblos, si callásemos en medio de los acontecimientos que han hecho desaparecer el orden público en nuestra afligida patria y sometido sus destinos al imperio brutal de las bayonetas, si consintiésemos por un silencio culpable y deshonroso a la reunión de la Asamblea, cuando se nos ha estorbado y estorba aun por la violencia, llevar a ella la voluntad de nuestro comitentes.

Axioma muy trivial es, del derecho político, el que require la libertad en las deliberaciones para que sea legal la existencia y valederos los acuerods de culaquiera Asamblea representativa. Cuerpos deliberantes y la no intervención de las armas, remota ni inmediata en ellos, son dos idea inseparables; porque sin esto los actos de una Asamblea no serían la expresión del sentimiento general, sino el mandato de lpoder.  Y si en los cuerpos constituidos se considera precisa la libertad, lo es aun mucho más en los constituyentes, cuya misión es incomparablemente de mayor latitud y trascendencia que la de los primeros.

La ocupación de la plaza de Guatemala, verificada por Carrera el día 13 de abril, con escandalosa infracción de los convenios de paz y en desprecio de todas las reglas sociales, ha sustituido en todo el Estado la ley de la Espada y el capricho de aquel caudillo, al orden constitucional.  Desde entonces sus habitantes no tienen derechos ni garantías; pues si bien el enemigo del reposo público, ha querido proclamar la restauración de un Gobierno regularizado, éste, a más de no tener una autoridad incuestionable, solo existe de nombre, no ejerciendo otras funciones que las de echar una sombre de legitimidad sobre los atentados y dominación arbitraria del bandido.  El testimonio, los sentimientos, la exasperación de todas las gentes acreditan nuestra aserción. ¡Verdad amarga pero bien notoria!  El único orden que existe hoy en Guatemala, es el placer de Carrera y de sus colaboradores.  Sujetas las poblaciones a su rapacidad y rabia carnicera; no ha sido este estado de cosas la situación de una hora, de un día ni de una semana; es el régimen permanente, la agonía de todos los momentos desde el infausto trece de abril, hasta la actualidad, que continúa y se prolonga sin un término fijo.  Dígalo sino, el mismo gobernante Rivera Paz, que ha sido repetidas veces insultado personalmente por soldados de Carera, al intentar contener infructuosamente los excesos de los salvajes.

Y, ¿en semejantes circunstancias se pretende aun instalar la Asamblea que ha de producir la regeneración de la sociedad?

Varios de los que suscribimos hemos sido arrojados de nuestros horages por la saña de Carrera y sus hordas; se nos ha dado caza como a fieras, se han profanado hasta los lugares sagrados en pesquisa nuestra, y apenas hemos podido escapar por medio de la fuga, a la persecusión, después de haber visto nuestros cortos haberes hecho presa de los bárbaros y sufrido en el asilo doméstico atropellamientos sin número.  Estamos, al fin, refugiados en un territorio extraño. ¿Podremos concurrir a la sesiones? Es claro que no; y mucho menos cuando el dictador Carrera ha dicho ya ser su irrevocable voluntad que tales y tales diputados no lo sean.  Y cuando habiendo uno de tantos (el ciudadano José Barrundia) reclamado la protección de la ley, como ciudadano y como representante, al que se llama Gobierno, por medio de una protesta que obra en su secretaría, lejos de dispensársele, continuaron los bárbaros persiguiéndole con más encarnizamiento que nunca.  Algunos otros que no hemos estado en los lugares al tiempo del último desastre, nos abstenemos también de partir al desempeño de nuestra comisión, por no exponernos a iguales ultrajes y por no ir a tomar el degradante papel de instrumentos o por lo menos de expectadores pasivos.

Todos los infrascritos tenemos la decidida intención de no concurrir a la Asamblea. La fuerza brutal nos impide que lo hagamos. Entre tanto, los distritos que nos hicieron el honor de elegirnos, no pueden ser privados de sus votos en la formación de la carta constitutiva, no deben carecer de uno o más de sus delegados cuando estos quieren prestarles sus servicios; y ninguna causa justa, ningún obstáculo legal se presenta en contrario.  Tampoco podemos ser reemplazados a virtud de nuevas elecciones, no habiendo renunciado, como no lo hemos hecho, a nuestros nombramientos.  Luego la instalación de la Asamblea constituyente, mutilada como se halla, en cualquier tiempo que se verifique mientras sea el terror, está, por el mismo hecho, viciada, y los acuerdos que emitiere serán nulos y de ningun valor.

Lo son igualmente los actos de las juntas preparatorias y todos los procedimientos de la administración erigida por Carrera. Esta última convicción nos obliga a protestar solemnemente a esa junta de diputados, ante los pueblos del Estado de Guatemala, ante la nación y a la faz del universo civilizado, que tendremos por nulo cuanto se halla acordado o acordare a nombre de la Asamblea constituyente o de las juntas preparatorias, mientras las bandas de Carrera no hayan evacuado la capital y demás poblaciones principales, reduciéndose dichas hordas a sus hogares, y quedando a cubierto de sus ataques la misma corte y el resto del Estado.

Protestamos tambien de nulidad de las autoridades y funcionarios puestos por Carrera, y les hacemos cargos con la responsabilidad a que sean acreedores por haber impedido así la reunión legar de la Constituyente, secundando los actos de Carrera y ejerciendo facultades y poderes que indebidamente se abrogan. 

Estado de los Altos, junio 1 de 1839.

Por supuesto, aquella protesta no prosperó; antes bien, los acontecimientos que se sucedieron los próximos meses dieron fin con el Estado de Los Altos, obligando a Gálvez a partir al exilio a México y a Barrundia a El Salvador.4 Guzmán, por su parte, como era era el jefe de las fuerzas armadas de Los Altos, fue derrotado por Carrera el 29 de enero de 1840 y luego exhibido como trofeo de guerra tanto en Quetzaltenango como en la Nueva Guatemala.5  Esta situación llevó al final definitivo de la República Federal de Centro América cuando Morazán intentó vengar a los Altos y unir a Guatemala con El Salvador por la fuerza, pero fue categóricamente derrotado por Carrera el 19 de marzo de 1840, teniendo que salir exiliado de la región.6

En cuanto a la Asamblea constituyente, ésta nunca presentó su propuesta de constitución y fue sustituida por un Consejo Constituyente tras el convenio de Guadalupe por el que Carrera consiguió que los clérigos salieran del gabinete de Rivera Paz en 1844.7  Carrera se hizo con el poder absoluto en diciembre de 1844 y no aprobó la constitución propuesta en 1845 sobreviviendo a un atentado en su contra perpetrado por estudiantes universitarios en 1846, que querían que se redactara la constitución de una buena vez.8

Carrera fundó la República de Guatemala el 21 de marzo de 1847 sin que el Consejo Constituyente hubiera emitido una nueva constitución,9 y luego renunció al poder en agosto de 1848 a petición de los criollos de ambos partidos cuando la inestabilidad en el país se hizo insostenible.10 Los liberales se hicieron con el poder, pero no pudieron tomar el control de la situación y Carrera regresó al poder definitivamente en 1849.

Los liberales centroamericanos, liderados por el presidente de El Salvador, Doroteo Vasconcelos, se aliaron en contra del gobierno guatemalteco e invadieron el país, enfrentando a Carrera en la batalla decisiva en La Arada, el 2 de febrero de 1851.11  No fue sino hasta después del contundente triunfo de Carrera en la Arada que finalmente se aprobó la constitución de 1851, la cual fue redactada para facilitarle gobernar como dictador absoluto.12 De hecho, en 1854 fue nombrado presidente vitalicio y gobernó dictatorialmente hasta su muerte en 1865.


BIBLIOGRAFIA:

  1. Hernández de León, Federico (1929). El libro de las efemérides: Capítulos de la Historia de la América CentralII. Guatemala: Tipografía Sánchez y de Guise. pp. 75-81.
  2. — (1963) [1926]. El Libro de las Efemérides, Capítulos de la Historia de la América Central V. Guatemala: Tipografía Nacional. pp. 172-175.
  3. — (1963) [1924]. El libro de las Efemérides: capítulos de la Historia de la América Central.VI.  Guatemala: Tipografía Nacional.  p. 375-379.
  4. Ibid., p. 360.
  5. Hernández de León, Libro de las Efemérides, V., pp. 166-168.
  6. Solís, ignacio (1906). Memorias del General Carrera. 1838-1840. En: Colección de Datos Históricos y Biográficos. 1. Guatemala: Tipografía Sánchez y de Guise. p. 90.
  7. Hernández de León, Libro de las Efemérides, V., pp. 397-402.
  8. Brañas, César (1979). Tras las huellas de Juan Diéguez Olaverri. Guatemala: Unión Tipográfica.
  9. Pineda de Mont, Manuel (1869). Recopilación de las leyes de Guatemala, compuesta y arreglada en virtud de orden especial del Gobierno Supremo de la República I. Guatemala: Imprenta de la Paz en el Palacio. pp. 73-76.
  10. Carranza, J.E. et. al. (1897) Un pueblo de Los Altos. Apuntamientos para su Historia (Totonicapán). Quetzaltenango: Popular. p. 112.
  11. Sierra González, Aída Lucila (2001). «La batalla de la Arada». Guatemala: Servicio de Historia Militar, Sección de Investigaciones Históricas, Museo Militar. Archivado desde el original el 21 de diciembre de 2014.
  12. Asamblea Constituyente de Guatemala (19 de octubre de 1851). Acta Constitutiva de la República de Guatemala, Guatemala.

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29 de mayo de 1862: muere Mariano Gálvez

Muere en la ciudad de México el ex-jere de estado de Guatemala, Dr. Mariano Gálvez, quien fuera parte de la Junta Provisional de Gobierno que se formó tras la independencia y jefe de Estado de 1831 a 1838.

El Castillo de Chapultepec en la Ciudad deMéxico, durante la época en que murió en ese ciudad el Dr. Mariano Gálvez. Imagen tomada de Wikimedia Commons.

El 2 de junio de 1862, la «Hoja de Avisos» —entonces a cargo del escritor José Milla y Vidaurre— reportó la muerte del ex-jefe de Estado Mariano Gálvez con esta breve nota:

El doctor don Mariano Gálvez, jefe del estado de Guatemala que fué, y que el año de 1839 se ausentó de esta su patria para México, falleció en aquella capital el 29 del próximo pasado mayo. (R.I.P.)1

En esa época gobernaba el capitán general Rafael Carrera, quien había llegado al poder tras el derrocamiento de Gálvez en 1838, y por esta razón la Gaceta Oficial, en donde también trabajaba Milla, no publicó anda al respecto de la muerte del ex-jefe de Estado.1

Tras ser derrocado el 2 de febrero de 1838, el Dr. Gálvez —a pesar de ser líder un gobierno eminentemente anticlerical— se refugió en la casa de un clérigo amigo suyo, y allí estuvo a salvo de sus enemigos liberales hasta el golpe de estado del 13 de abril de 1839, que perpetró Carrera ingresando a la Nueva Guatemala de la Asunción para restituir en el poder a Mariano Rivera Paz, quien había sido removido a la fuerza por el presidente federal, general Francisco Morazán, en enero de ese año. Tras el golpe de Estado, Gálvez huyó de la ciudad, pues temía que las hordas de Carrera lo asesinaran.2

Su recorrido no fue fácil, pues tuvo que sortear innumerables obstáculos para llegar a las afueras de la ciudad, y luego salir en su mula a hacia Chimaltenango. Y no se fue directamente, sino que tuvo que dar grandes rodeos para evitar encontrarse con sus enemigos. Finalmente llegó a Quetzaltenago en donde estuvo un corto tiempo.  A pesar de todo, fue electo diputado por Cahabón a la Asamblea constituyente convocada por Carrera para el 1 de junio, y junto Barrundia y Agustín Guzmán protestaron no poder asistir a las reuniones de dicha asamblea por haber tenido que huir a Los Altos por la persecución de las huestes de Carrera. Tras la caída del Estado de Los Altos en enero de 1840, el nuevo jefe del distrito le ordenó que saliera de la ciudad.2

Finalmente llegó a la ciudad de México, en donde unos antiguos adversarios políticos lo ayudaron a ponerse en contacto con personas que lo podían ayudar. Gracias a ello y a su habilidad como abogado, logró establecer un bufete en México junto con el ex-jefe de Estado de Los Altos, Marcelo Molina, en donde llevó importantes casos que le representaron una gran fortuna y prestigio.3

Gálvez vivió durante veinticinco años en México, a donde se llevó a su familia, y ya nunca quiso regresar a Guatemala. Y allí murió a los sesenta y ocho años de edad, olvidado en Guatemala, en donde no se le hizo reconocimiento alguno al morir. No fue sino hasta en 1924 que sus restos fueron repatriados e inhumados con grandes homenajes en la antigua Facultade de Derecho y Notariado de la Universidad Nacional en el Centro Histórico de la Ciudad de Guatemala.3


BIBLIOGRAFIA:

  1. Hernández de León, Federico (1963) [1924] El libro de las Efemérides: capítulo de ls Historia de la América CentralVI. Guatemala: Tipografía Nacional:  p. 360.
  2. Ibid., p. 361.
  3. Ibid., p. 362.

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26 de mayo de 1839: el Estado de Los Altos decreta su demarcación territorial

El nuevo estado de Los altos delimita sus departamentos y consigna los derechos y garantías de sus habitantes

Mapa que muestra el área aproximada que tenía el Estado de Los Altos. En ese momento las fronteras con México no estaban bien definidas y Soconusco pertenecía al departamento de Quetzaltenango. Imagen tomada de Wikimedia Commons.

El 26 de mayo de 1839, la Asamblea Constituyente de los Altos decretó la demarcación territorial del nuevo Estado, dividiéndolo en cuatro departamentos: Quezaltenango —como se llamaba en ese entonces, y que incluía a lo territorios de Soconusco, Retalhuleu y San Marcos—, Totonicapam — como se llamaban entonces, y que incluía a Huehuetenango y Quiché—, Solóla y Suchitepéquez. En el mismo decreto consignó los derechos y garantías que correspondían a todos sus habitantes y declaraba que el nuevo Estado era uno de los que componían la moribunda Federación Centroamericana, ya que los diputados altenses tenían la esperanza de a enviar a sus representantes al nuevo pacto de confederación que esperaban que se celebrara luego del rompimiento de 1838.1,2

Ese mismo día la Asamblea de Los Altos emitió sus bases constitucionales, mientras se emitía la ley fundamental, cuyo proyecto se encomendó a José Antonio Azmitia, José Matías Quiñones y Francisco Quiñones Sunsín. La intención de los diputadores era que la Constitución de los Altos se basara en el cuadro sinóptico aprobado por la Asamblea el 29 de abril y que contenía los derechos y garantías ya mencionados, basados principios liberales de derecho público, además de que no hacía mención en él de la religión en lo absoluto, y estaba fuertemente influida por la constitución de los Estados Unidos y las primeras enmiendas que se le habían hecho a ésta.1,2

He aquí el cuadro sinóptico:3

Derechos Libertad Libertad personal
Libertad de opinión
Libertad de escribir y publicar sus pensamientos sin previa censura; pero con responabilidad.
Seguridad Nadie puede acusar, arrestar ni detener a un habitante de los Altos, sino con las formalidades y en los casos establecidos previamente por ley.
La casa de un habitante de los Altos es un asilo sagrado, que no puede ser violado, sin crimen.
Propiedad El habitante de los Altos tendrá siempre expedito el libre uso de sus bienes. El poder público del Estado garantiza las propiedades: se compromete a no exigir jamás empréstitos forzosos, a indemnizar previamente el valor de aquella propiedad que exige con urgencia la necesidad pública; y a protegerle en el ejercicio libre de su industria, sin más restricción que la que demande el interés público calificada por su representación popular.
Igualdad Todos los habitantes de los Altos son iguales ante la ley, ya premie ya castigue. La obligación de defender el Estado con las armas y de sostenerle, contribuyendo en proporción a sus haberes es igual.
Garantías Poder electoral Lo ejerce el Pueblo por medio de sus inmediatos elegidos, y éstos eligen diputados, sufragan para magistrados y el jefe de Estado
Poder constituyente Siempre es diverso del legislativo. Es convocado en los casos y de la manera prevenida en la Constitución.
Poder legislativo Lo ejercen las cámaras de Diputadores y Senadores con el veto suspensivo del Ejecutivo, y en un caso del Supremo Tribunal.
Poder ejecutivo Unipersonal, periódico, irrelegible y responsable.
Poder judicial Lo ejercen magistrados electos por el pueblo. Es independiente porque la elección de estos magistrados es para mientras dura su buena conducta, porque no hay translaciones ni promociones, y porque sus sueldos no pueden ser alterados durante la permanence de los electos en el destino.
Poder municipal Lo ejercen las Juntas Departamentales y las Municipalidades: unas y otras encargadas de la Educación Pública.
Excentricidad del P.E. Para este efecto tendrán las Juntas Departamentales la repartición de las contribuciones que decrete la Asamblea y la propuesta de los empleados del departamento.
Derecho de petición
Milicia cívica por toda fuerza pública En caso de estimarse conveniente otra fuerza que no sea cívica, nunca excederá la que se organiza de la quinta parte de la cívica que exista organizada.

En ese momento un grupo considerable de criollos liberales había emigrado a Quetzaltenango, y entre ellos estaban los antiguos líderes del derrocado gobierno del Dr. Mariano Gálvez: José Francisco Barrundia, Juan Barrundia —exjefe de Estado—, el propio Gálvez, Antonio Rivera Cabezas, Simón Vasconcelos, Juan Frem, José Bernardo Escobar, y Gregorio Márquez entre otros, quienes no solamente apoyaron la creación del Estado de Los Altos, con vana la esperanza de que junto con El Salvador —que en ese momento era gobernado por Francisco Morazán, pudieran recuperar el poder en Guatemala— sino que aconsejaron al jefe de Estado Marcelo Molina a que desoyera las invitaciones de los delegados de Guatemala para hacer la guerra a Morazán y El Salvador.4

Debido a que el Estado de los Altos se había formado con el 50% del territorio de Guatemala y contenía el 75% de la capacidad productiva de ésta, además de la importante frontera comercial con México, y salida al mar, era solamente cuestión de tiempo para que estallara la guerra entre ambos estados, como efectivamente ocurrió tras la matanza de indígenas que protestaban contra el impuesto individual en Santa Catarina Ixtahuacán el 1 de octubre de ese mismo año.5


BIBLIOGRAFIA:

  1. Alejandro Marure (1844). Efemérides de los hechos notables acaecidos en la República de Centro-américa, desde el año de 1821 hasta el de 1842. Guatemala: Imprenta de la Paz. p. 115.
  2. Carranza, Jesús (1897) Un pueblo de Los Altos: Apuntamientos para su historia (Totonicapán).  Quetzaltenango: Popular. p. 99.
  3. Ibid., p. 279.
  4. Ibid., pp. 96-97.
  5. Ibid., p. 100.

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24 de mayo de 1844: José Milla escribe un poema contra Carrera

Luego de invasión de Francisco Malespín a Guatemala tras la fracasada revolución del general Manuel José Arce, el entonces joven escritor José Milla y Vidaurre arremete contra el general Rafael Carrera.

La Plaza de Armas de la Ciudad de Guatemala en 1840. En el recuadro: el escritor José Milla y Vidaurre. Imágenes tomadas de Wikimedia Commons.

El escritor José Milla y Vidaurre se caracterizó por ser ul mejor representante de la prosa guatemalteca del siglo XIX, pero sus poemas dejaron mucho que desear. Milla lo comprendió así y por eso se dedicó a la prosa, pero en su juventud, cuando militaba en el partido liberal a pesar de ser criollo aristócrata, escribió los siguientes versos en contra del general Rafael Carrera, poco después de que alentara la fracasada revolución del general Manuel José Arce en El Salvador:1

Himno Patriótico, en loor del Exmo. Teniente General, R. Carrera, Jefe del ejército, etc., con motivo de la expedición salvadoreña

quia pulvis es, et in pulverem reverteris
Porque eres lodo y en el lodo te has de convertir

Hijo de la miseria y de la nada
Tiranuelo opresor de un Pueblo inerme.
Zorra cobarde que acomete osada
A un gallinero que tranquilo duerme.

General, director, héroe, caudillo;
Arcángel, qué se yo como te llaman.
Entre bordados mal envuelto pillo
Ya los pueblos de ti venganza claman.

Por entre esa comparse de malvados,
digna guardia de honor de tu persona,
ellos van a pasar desesperados
a romper en tu frente tu corona.

En pos del enemigo corres tarde,Nota a
teniente general, pues ha sonado
al fin tu hora fatal, tiembla cobarde
dentro de tus harapos de soldado.

Excecrada y maldita tu memoria,
excecrado será cuanto tú hiciste,Nota b
y si ha de hablar de ti, dirá la historia,
que tú ni aun ser déspota supiste.

Lobos, Pais, Carrera, veteranos
del crimen, y en el terror de las banderas,
farsa vil y burlesca de tiranos,
parodias de Cartuch con charreteras.Nota c

¿Que haceis aun allí? Su voz os lanza,
el clarín de Jutiapa en son de guerra:
imprudentes huid, nuestra venganza
debajo de las entrañas de la tierra.

Aycinena, Pavón, fuera señores,
fuera con vuestro rancio servilismo,
¿soñásteis ser tal vez conservadores,
o darnos una burla del torismo?Nota d

Honorable marqués, no más Bretaña,
no más status quo ni tiranía;
vaya su excelencia no se engaña,
sin el statu quo, por Dios, ¿qué haría?

¿Cómo sin él las indemnizaciones?
¿Cómo los sueldos gruesos y continuos?
¿Cómo cobrar sin él, medios millones
por pérdidas, perjuicios y destinos?Nota e

Fuera la camarilla, sea libre
Guatemala por fin, de oscurantistas,
de esos politicones de calibre
profundos y rellenos estadistas.Nota f

Los tigres de Texigua ya se lanzan,
tiemble vuestro cobarde corazón
y ¡ay de vosotros los zorros, si os alcanzan
con sus fieros lebreles de León!

Ya hundiréis esa frente hoy orgullosa:
ya al polvo volveréis de do salisteis;
y entonces guatemala generosa,
olvidará los males que le hicisteis.

Y vivid, os dirá, vivid oh viles
general, mariscales, brigadieres,
vivid parodia ruin de los Aquiles
manejando la rueca entre mujeres.

No mancharás jamás nobles aceros
de cerdos la sangre envilecida,
¡Claros y esforzadísimos guerreros!
vivid, pues, que tan cara os es la vida.

Guatemala, mayo 24 de 1844.

José Domingo Milla.2, Nota g

Como dice el escritor e historiador Federico Hernández de León, «Milla arremete contra todos los elementos del gobierno y a Carrera lo pone como para escurrirlo.» Y es que estos versos, a pesar de ser de muy mala calidad, causaron una honda impresión entre los criollos liberales, quienes se los memorizaban como si se tratara de uno de los poemas del gran José Batres y Montúfar.

El escritor siguió atacando al gobierno de Carrera hasta 1848, cuando se dió cuenta del desastre que se produjo cuando Carrera renunció a la presidencia y salió al exilio, y los criollos liberales intentaron gobernar y solamente consiguieron hundir más al país. Entonces, se volvió conservador abrazando la causa aristócrata de su familia y trabajó para Carrera y Cerna desde 1848 hasta 1871, en que salió al exilio voluntario tras el triunfo de la revolución liberal. Durante este tiempo se hizo amigo personal del general Carrera, de quien fue consejero, embajador en los Estados Unidos, y miembro de la Secretaría de Relaciones Exteriores, bajo las órdenes de Pedro de Aycinena, el decano de los ministros de Estado.3


NOTAS:

    • a: Milla se refiere aquí a que el presidente de El Salvador, Francisco Malespín, ya había tomado Jutiapa, adelantándose a las fuerzas de Carrera. Malespín, no obstante, tuvo que replegarse a El Salvador, cuando se enteró que estaban planeando darle un golpe de estado.
    • b: Aquí se tuvo razón Milla, pues los historiadores liberales se hicieron cargo de pintar de una forma totalmente nefasta y negativa la figura del general Rafael Carrera. Los libros de historia oficiales, basados en la «Reseña Histórica» del ideólogo liberal Lorenzo Montúfar, se refieren al gobierno conservador como una época oscura sin progreso, donde Carrera era un criador de cerdos analfabeto que estaba bajo el control de los aristócratas. Nada más lejano de lo que realmente ocurrió en ese período.
    • c: Milla se burla aquí de los uniformes que utilizaban los militares guatemaltecos de la época, ya que la tropa se vestía como podía y era descalza, mientras que los oficiales disponían de uniformes regalados por el ministro británico Frederick Chatfield, los cuales no estaban hechos a la medida.
    • d: Se refiere aquí al marqués Juan José de Aycinena, obispo y hasta entonces consejero de estado de Mariano Rivera Paz; y a Manuel Francisco Pavón y Aycinena, otro de los consejos de estado e ideólogos conservadores. Nótese como les llama «serviles», mote despectivo con el que los liberales se referían a los aristócratas por haber sido funcionarios de gobierno durante la colonia española.
    • e: Acusa aquí al marqués de Aycinena de corrupción, aunque ésta no se daba durante los gobiernos conservadores porque el Estado estaba en la ruina debido a tantas guerras contra los liberales.
    • f: Milla se burla no solamente de los aristócratas sino de aspecto mofletudo del marqués de Aycinena.
    • g: En su juventud, Milla se firmaba con sus dos nombres, aunque luego dejó de hacerlo según la costumbre de la época.

BIBLIOGRAFIA:

  1. Hernández de León, Federico (1963) [1926]. El libro de las Efemérides: capítulos de la Historia de la América Central. VI. Guatemala: Tipografía Nacional. p. 333.
  2. Ibid., p. 334-336.
  3. Ibid., p. 337.

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